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La 24 edición del
Festival Internacional
de cine en Guadalajara,
México, que fue
celebrada recientemente
en esta hermosa ciudad
azteca (la segunda en
importancia del país),
vio descollar varias
cinematografías de la
región, tomando en
cuenta no solo la
imponente presencia en
las salas del certamen,
sino su recurrencia en
la nada cortas listas de
lauros oficiales y
colaterales. Llama la
atención cómo a
diferencia de años
anteriores y de otros
festivales, donde Brasil
y Argentina mayoreaban
en todo sentido, estos
países prácticamente
brillaron por su
ausencia en el certamen
tapatío; por el
contrario, el propio
México, España y Perú,
fueron las
cinematografías de mayor
empuje en la competencia
y hasta en secciones
paralelas.
Incluso, no es muy
frecuente en estos
eventos el espaldarazo a
cineastas peruanos, lo
cual sí ocurrió esta vez
cuando Claudia Llosa,
seguida por muchos desde
su ópera prima (Madeinusa)
se alzó con el principal
Mayahuel (nombre de los
lauros de este festival)
por La teta asustada,
que ya tuvo
reconocimientos, como el
Oso de Oro en Berlín
Siguiendo una vieja
leyenda quechua (idioma
en el que se habla
durante ciertos trechos
del filme), la segunda
pieza de la joven
realizadora alude a
una enfermedad que
presuntamente se
transmite por la leche
materna de las mujeres
que fueron violadas o
maltratadas durante la
guerra del terrorismo en
el Perú, pero aun cuando
acabó la contienda, la
protagonista teme
enfrentarse a sus miedos
y al secreto que oculta
en su interior: se ha
introducido una papa en
la vagina, como una
suerte de protector.
El guión, como se
aprecia a simple vista,
es sugerente, pero la
directora no consigue el
amarre y la fuerza de su
cinta anterior, porque
la puesta en pantalla
(donde sobresalen la
fotografía y la música)
está llena de
anticlímax, de
circunloquios y
suciedades de montaje.
Aun cuando la actriz
protagónica (Magali
Solier) resulta
convincente (lo cual le
valió el premio en esa
categoría) pienso
honestamente que hubo
desempeños superiores.
El país anfitrión, que
inundó las pantallas
festivaleras, conoció
secciones competitivas
propias tanto para la
ficción, como para el
documental, y en la
primera de ellas hubo
varios títulos que
sobresalieron:
el premio al mejor
director fue a parar a
manos de Alberto Cortés
por una película que es
interpretada por
indígenas de Chiapas,
titulada Corazón del
tiempo, y que
lamentablemente, no pude
ver pero que, ante tal
rareza, ya resulta
interesante per se.
El premio del público a
la mejor película fue
para
Oveja negra,
primera cinta del
mexicano Oscar Hinojosa
Ozcariz, que también
distinguió la FIPRESCI
(Federación
Internacional de la
Prensa Cinematográfica),
jurado que integró este
crítico.
Con gran soltura
narrativa y un sólido
diseño de personajes, el
bisoño realizador
entrega una comedia
donde bajo la aparente
ligereza hay no poca
espesura conceptual, y
una evaluación
inteligente de conductas
humanas.
Mejor ópera prima
mexicana resultó
Crónicas chilangas,
de Carlos Enderle, que
ganó además el premio al
mejor guión. Sin
embargo, a mi juicio es
ese último rubro lo más
cuestionable de una
pieza, sí, ingeniosa y
bien actuada (Regina
Orozco entre ellos) pero
donde las tres historias
que la integran se
interrelacionan de forma
bastante forzada y poco
creíble.
Andrés Parra, de
Colombia (país invitado
al evento) fue premiado
como mejor actor
iberoamericano
por su trabajo en La
pasión de Gabriel,
de Luis Alberto
Restrepo, y si bien es
muy justa la decisión,
la película toda pudo
correr mejor suerte, por
su cohesión y
organicidad a la hora de
hilar una historia en un
pueblecito rural de ese
país, una Caldera del
diablo donde un cura
fornicario pero de
saludable vocación
social (justamente papel
asumido por el actor
laureado) focaliza una
realidad: en tales lares
estos personajes son más
respetados y escuchados
que los propios
políticos.
España fue otro país
triunfador en la persona
de Chus Gutiérrez,
quien recibió el premio
Mayahuel a la mejor
dirección por Retorno
a Hansala, que
triunfó también como
mejor guión, junto con
Juan Carlos Rubio. El
tema de la migración
árabe al país del Viejo
Continente, implica un
viaje al revés: un
enterrador lleva de
vuelta el cadáver de un
joven (hermano de la
protagonista) cuando
este perece en el mar
intentando seguir la
ruta de ella.
Sensibilidad desde el
minimalismo, trazado y
evolución eficaces de
personajes, captación
perfecta del ambiente
(¡ese desierto
marroquí!) y notables
actuaciones caracterizan
una cinta que emociona
desde su sencillez y
economía de recursos.
Otro premio a la Madre
Patria fue a la
fotografía de
Alex Catalán por
Camino
(Javier Fesser), de
veras, uno de los pocos
méritos de una
grandilocuente y
manipuladora película
que paradójicamente,
alude a esas
características
partiendo de una
historia real: una niña
que muere de cáncer,
utilizada por el Opus
Dei para la
canonización.
Dentro de las
coproducciones con
España, México entregó
una obra atendible:
El árbol,
del hispano Carlos
Serrano,
y producida
por dos “dioses
tutelares” del llamado
“nuevo nuevo cine” y sus
técnicas desnarrativas:
el mexicano Carlos
Reygadas (Luz
silenciosa) y el
español Jaime Rosales (La
soledad), matrimonio
estético que se une para
engendrar una criatura
muy cercana a sus
maneras de concebir el
cine.
Un joven desorientado y
en crisis se pasa
caminando, buscando algo
que no encuentra… el
filme tiene un desenlace
impresionante pero… es
evidente que el cine es
mucho más que un buen
final, y pareciera que
los creadores apostaron
todo a ese “broche
dorado” olvidando el
resto; así, la película
es tan pretenciosa como
hueca y desangelada.
¿Y el cine cubano?
Aunque sin preseas,
nuestro cine no pasó en
lo absoluto inadvertido
durante Guadalajara
2009.
Y de veras: esto no es
nacionalismo exacerbado
en tierra ajena: fue
sentir la sinceridad y
gratitud en los
aplausos, fue comprobar
las salas llenas cuando
otras funciones no lo
estaban, fue observar el
nivel de curiosidad y
deseos de conocer más de
Cuba y su cine en cada
función.
Hay que agradecer a la
directiva del evento su
delicadeza al homenajear
los 50 años del ICAIC,
pero esto poco hubiera
sido sin la cálida
acogida que el público
local, los visitantes y
la prensa de todas
partes del mundo le
tributó.
Empezando por la
competencia, las dos
cintas que nos
representaron (El
cuerno de la abundancia,
de Juan Carlos Tabío y
Ciudad en rojo,
de Rebeca Chávez)
motivaron a gran parte
de quienes las vieron.
Representantes de sus
respectivos equipos de
realización y actores
fueron abordados
constantemente en los
pasillos de los cines o
del hotel Fiesta
Americana, sede del
festival, para
manifestarles su
complacencia con ambos
filmes, de modo que
aunque no alcanzaran
alguno de los lauros
Mayahuel, regresaron a
casa con el muy
importante premio de una
notable recepción.
Otras actividades
relacionadas con Cuba en
el Festival de
Guadalajara no fueron
menos estimulantes: el
homenaje a la
institución fílmica
cubana, con un diploma
recogido por Rosa María
Rovira (jefa de
Relaciones
Internacionales de este
organismo) o las
proyecciones en
distintas salas de
títulos emblemáticos en
este medio siglo de
fructífera vida (desde
Memorias del
subdesarrollo y
Lucía hasta Now,
Retrato de Teresa o
Se permuta)
encontraron análoga
acogida.
Entre los miembros de la
delegación cubana figuró
Mirta Ibarra, actriz de
El cuerno… como
se sabe, y que también
ha mostrado a los
participantes del
festival y a todo el
público su documental
Titón: de La Habana a
Guantanamera,
testimonio de uno
de nuestros cineastas
mayores quien fuera su
compañero en las últimas
décadas de vida. |