Año VII
La Habana

2 al 8
de MAYO
de 2009

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Leo Brouwer en el núcleo de la postmodernidad

Tomás Marco • La Habana

Fotos: Cortesía Guille Vilar



Hablar de una personalidad musical tan vasta, variada y fértil, como es la de Leo Brouwer, obliga a ejercicios de simplificación que deben ser constantemente corregidos. Es un vano intento describir la música o simplemente hablar sobre ella con palabras, pero no tenemos otra herramienta para ello aparte de escuchar la música misma, que resulta ser su mejor explicación. Richard Strauss afirmaba que el mejor comentario a una obra de música es otra obra de música. Esta aseveración explicita muy claramente el porqué se sigue componiendo pese a la cantidad de obras maestras que el pasado nos lega pero, si yo me pusiera a componer aquí una obra musical como mejor explicación posible a la producción de Leo Brouwer, no solo sería mal entendido sino que además sería superfluo pues solo sería la obra de Brouwer la que explica totalmente la propia obra de Brouwer.

Así pues me veo obligado a tratar de explicar algo, realmente muy poco, de lo que Leo Brouwer es y significa y lo voy a hacer desde el enfoque que el propio título, que he escogido, sugiere: la postmodernidad, un fenómeno arrollador en las artes, y desde luego, en la propia música, en cuyo núcleo creo se halla la producción de nuestro gran compositor.

De postmodernidad se ha hablado mucho y casi todo el mundo está persuadido de que llevamos, ya tiempo, inmersos en ella y que es un movimiento que acabó con lo que significaba la modernidad. Pero una cosa es saber, o más bien presentir eso, y otra, tratar de explicar lo que es la modernidad. Cronológicamente postmodernidad es lo que acontece después de la modernidad. Pero ello solo sitúa cronológicamente el fenómeno y está bien lejos de explicarlo. De esta manera solo tenemos una descripción de tiempo, que es además puramente negativa. Y sin embargo creo que la postmodernidad es algo más que lo contrario de la modernidad o que su negación, porque lo contrario de la modernidad no es sino la antimodernidad. La postmodernidad no es antimoderna, en todo caso sería amoderna, se sitúa fuera de la modernidad, no en su contra.

El concepto de modernidad —como el de barroco, romanticismo u otras clasificaciones artísticas—, apunta a dos realidades bien distinguibles: un período concreto de la historia de las artes y, por otro lado, unas características generales que aparecen periódicamente en distintos modelos. Una primera modernidad hundiría sus raíces en la Baja Edad Media y no se puede negar que el Ars Nova significó una modernidad activamente combatida, que se vuelve a repetir en la épica del manierismo cuando se introduce no solo la melodía acompañada frente a la polifonía, sino la teoría de los affetti que dará lugar al paso del madrigal al madrigal representativo y luego a la ópera. Monteverdi tuvo que sufrir ataques tan virulentos como muchos modernos del siglo XX.

Pero como cronología concreta la modernidad se sitúa —en inicial paso— en los primeros años del siglo xx con un arte investigativo que se enfrenta a los lugares comunes heredados del romanticismo burgués. Y se concreta de una manera aún más exacta con las vanguardias artísticas posteriores a la Segunda Guerra Mundial que, en lo que a música se refiere, se centran, aunque no únicamente, en el serialismo integral como motor de una revolución a fondo que es tanto lingüística como sintáctica. La modernidad musical se sitúa en un mundo donde privan los valores de la racionalidad, la creencia en la ciencia y el método científico, la democracia —tanto la liberal socialdemócrata como la popular colectivista como expresión del "Estado del Bienestar"—, el laicismo y una creencia básica en la capacidad humana para el progreso ilimitado. Con la postmodernidad toda esa unidad se convierte en dispersión, en crisis de valores que se traduce en un "todo vale"; en la propia crisis del Estado del Bienestar como consecuencia del triunfo, sin contrapartida, del capitalismo consumista y de la cultura de consumo de masas; en la desconfianza hacia la ciencia mientras se consume sin tasa la producción tecnológica; en la sustitución del pensamiento laico no por una vuelta a la religión sino por el auge de la superstición, y el esoterismo, etcétera.

El problema es que la postmodernidad, al describirse como ausencia de modernidad, tiende a cobrar tintes muy negativos y esto no es así. Yo mismo me considero un postmoderno en materia musical y no creo que ello sea negativo. Desde luego el mundo en el que se mueve la postmodernidad —que nos fue legado por la modernidad, no lo olvidemos— es problemático, pero la respuesta artística ha sido en muchas ocasiones sumamente positiva. Y además es muy posible que estemos saliendo de ella, pues las fechas que se barajan para su inicio son en torno a los sucesos parisinos del Mayo del ’68 (que también pueden verse como la última eclosión de la modernidad) y los acontecimientos paralelos del mismo año en la Universidad de Berkeley tras los que nace el flower power. En cambio, la caída del muro berlinés de 1989 y la disolución de la Unión Soviética a partir de 1991 —que causa muchos más problemas de los que soluciona— son fechas que marcan un declive hacia otro estadio, quizá el de la intertextualidad y la fusión nacidos de la postmodernidad, pero netamente distinguibles de ella.

En todo este proceso se sitúa la figura y la obra de Leo Brouwer, que es un autor que debe pasar necesariamente por la modernidad antes de manifestar su pleno ser como una ascesis necesaria a la que no deja de marcar con su personalidad y algún rasgo postmoderno antes de la moda. Brouwer es y ha sido guitarrista, compositor, director de orquesta y todo ello resulta una personalidad indisociable porque se trata de un músico que, precisamente, asume en ese concepto de música integral, esas otras cualidades.

Brouwer nació, se crió y educó en un ambiente musical y, como es sabido, entronca familiarmente con la figura señera de Ernesto Lecuona. Es en ese ambiente donde vive la música y se hace músico completando sus estudios académicos en EE.UU. con aprendizajes en la Universidad de Hartford y en la famosa Juilliard School neoyorquina. Como he dicho alguna otra vez, Brouwer es Cuba más Hartford, significando que su esencia musical es la de aquella Isla caribeña de la que se nutre y que su precisión formal y expresiva la adquiere en esos centros singularmente importantes. Más tarde, la beca alemana del DAAD (Deutscher Akademischer Austauschdienst) le permite bucear por la música europea, frecuentar a compositores como Feldman, Bussotti o Brown, así como el fenómeno de la aleatoriedad. Brouwer milita en la modernidad durante la eclosión primera de su carrera y es, ciertamente, donde debe hacerlo pues hay muchas cosas que conquistar y remodelar. Los años sesenta son los de la vanguardia musical cubana tras las huellas certeramente trazadas por Juan Blanco. Hay que ser moderno para poder ser luego postmoderno, pero hay que conquistar primero el lenguaje.

Hay que señalar que, incluso en esos momentos, Brouwer dejará observar rasgos que están dentro de lo que después se entendería por postmodernidad. La razón es que se trata de un músico de extraordinaria sensibilidad que siempre se basa —y se fía— en el sonido como sensación acústica, como hecho físico frente a una consideración abstracta. Posiblemente ello le venga de su condición de guitarrista y de la consideración de la guitarra como un fenómeno principalmente de resonancia. Es por eso que sabe que en esos años hay que romper de alguna manera la tradición para poder después no recuperarla sino reutilizarla de una manera totalmente diferente. Y eso no es tarea fácil, ni lo primero ni lo segundo, porque como expresa bien uno de los títulos más significativos de esta época La tradición se rompe… pero cuesta trabajo.

Hay en esta etapa —que recorre los caminos del estructuralismo serial hacia la aleatoriedad, es decir, un arquetipo de lo moderno—, muchos elementos que son personales y que van a orientarse muy concretamente en la etapa posterior. Así Brouwer indaga en la fonología y la sintaxis de la nueva música, algo connatural a ella, pero también, en su semántica, algo que esa época desdeña y que, sin embargo, será uno de los centros estéticos de la postmodernidad. Además, en el lenguaje del compositor cobra un valor vital la métrica como expresión del ritmo, algo que en él es muy personal —y también muy cubano— y una alianza del ritmo con el timbre, en vez de hacerlo, como es muy habitual en sus coetáneos, con la armonía. Y no porque en él la armonía no tenga importancia sino porque el ritmo no acaba siendo un factor de la misma sino del timbre, lo que es a la vez original y enormemente sugerente muy abierto de cara a una evolución futura.

Todo lo anterior Brouwer lo experimenta desde un sentido muy personal, desde una verdadera interpretación profunda del son. El son cubano está en el fondo de su música vivificándola no como una tradición obligada, sino como una savia estimulatoria de toda clase de intentos. No es un anclaje en un nacionalismo, sino un rasgo de identidad natural, puesto que Brouwer está siempre en una vanguardia que, por propia definición, desborda por completo cualquier consideración chata de nacionalismo. Si tomamos como ejemplo una de sus primeras obras significativas, la Danza característica, que es de 1957, podemos encontrar en ella un lenguaje investigativo y, al mismo tiempo, cierta presencia de elementos nada ortodoxos en el serialismo y que nacen de la sonoridad, del son y del ritmo elaborado. No en vano incorpora a su título el concepto de danza tan ligado al ritmo como elemento particular, y a la métrica como elemento general. Este concepto lo vuelve a usar en una de sus obras más célebres, también procedente de la primera época, el Elogio de la danza.

No todas las obras del período de la vanguardia de la modernidad hacen alusión a la danza, aunque en muchos casos su huella está presente, sino también a esa concepción más bien abstracta y caracterizadamente cientificista que anima el período en la mayoría de los compositores. Así surgen Exaedros o el excelente Concierto para guitarra núm. 1, el Concierto para violín o esa maravillosa Espiral eterna de 1971. Son obras que le definen y que haríamos muy mal en dejar de lado por otras más recientes. Unas y otras son su retrato musical y el legado impagable que nos va dejando. Un proceso de investigación lingüística cuya culminación, a la vez técnica y estética, se da en una obra que yo valoro especialmente porque, considerándola como el paradigma de una música experimental e investigativa, al mismo tiempo posee unos elementos de semanticidad que la hacen muy postmoderna en un período bastante temprano como es 1974. La obra a que me refiero es Tarantos y, aunque el Brouwer de finales de los sesenta empieza a ser inequívocamente postmoderno, lo que en esta obra me llama más la atención es esa especie de síntesis entre las dos tendencias.

Uno de los elementos por los que Brouwer va pasando a la postmodernidad es la consideración de una composición de tipo intertextual. La intertextualidad es un concepto que, como tal, fue introducido en los años setenta desde la literatura por Julia Kristeva en el área francesa y profusamente aireado desde la revista Tel Quel y el entorno de Roland Barthes. Considera los nuevos textos literarios como una especie de glosas de los preexistentes y desplaza el punto central desde el escritor al lector. Es como si nos halláramos en una nueva época alejandrina donde lo único posible es la glosa.

Hay que decir que el fenómeno de la intertextualidad, que en música se ha intentado llamar intermusicalidad y que otros extienden a la interculturalidad, es algo no tan novedoso para los músicos ya que la identidad como objeto de la obra musical no cristaliza hasta el siglo xviii. Anteriormente era más un proceso y todo ello nos remite a un concepto básico de la filosofía de la música que consistiría en evaluar en qué consiste la identidad de la obra de música. Por supuesto que no es lugar ni momento para entrar en ello, pero señalemos cómo en la música se han dado desde siempre, las versiones, reducciones, orquestaciones, transcripciones e incluso el famoso procedimiento de "variaciones sobre un tema de…", elementos que confieren una plasticidad a la obra musical que también le viene de ser algo menos inamovible —gracias a la interpretación, al arte del intérprete y su variabilidad temporal— que los textos literarios o los objetos pictóricos. Pese a ello, la nueva manera de considerar la composición musical intertextual difiere de lo enunciado. No se trata de nuevas versiones sino de utilizar un material o materiales preexistentes en la creación (dialéctica) de una obra plenamente personal, actual y significativa. Como ejemplos bien representativos citaría obras de muy al comienzo de la postmodernidad, compuestas precisamente en el mítico ’68 y viviendo el autor precisamente en Berkeley como es el caso del multicollage de la Sinfonía de Berio o la recreación libre, iconoclasta y nada inocente de los magníficos Folk Songs.

La intertextualidad de Brouwer, de la que podríamos dar muestras parciales anteriores, eclosiona de una manera esplendorosa en una obra bien conocida cuya primera versión es de 1979. Me refiero a Canción de gesta, donde los elementos händelianos no solo son glosados en otra dirección al original, sino que se convierten en una especie de "objeto encontrado" para una semanticidad época que no deja de llevar consigo un elemento de crítica corrosiva que, sin embargo, no impide el goce sonoro. Esa es una de las características de la crítica postmoderna.

Otro ejemplo claramente postmoderno e intertextual lo encontramos en uno de sus conciertos de guitarra, el maravilloso Concierto de Lieja que no me parece en absoluto, como he leído a veces, una remodelación de las formas barrocas, sino una reutilización de elementos sintácticos conocidos para ofrecer una realidad distinta de su funcionalidad. En el mismo sentido podríamos hablar de lo que algunos han visto como una respuesta —nunca, creo yo, que una influencia— a los Folk Songs de Berio pero que a mí me parece situado en un plano muy alejado de lo que pretendía el italiano, sin que por ello sufra la genialidad ni de aquel ni de nuestro maestro cubano. La obra a la que me refiero es ese prodigio para guitarra y orquesta que es "From Yesterday to Penny Lane". Brouwer se permite glosar las canciones de los celebérrimos The Beatles, uno de los iconos más persistentes de la modernidad dentro de la cultura popular. No es que los orqueste, es que los reestructura en un ambiente expresivo que, sin renunciar a lo que contienen en origen, llega mucho más lejos. Para empezar, The Beatles representan, en la cultura de masas, un estadio más moderno que postmoderno. En cierta medida ya no son actuales en ese mundo, sino iconos históricos. Brouwer, en cambio, los lanza a la vorágine de la postmodernidad, les da la vuelta y nos los ofrece con una naturalidad que esconde la espoleta de una bomba expresiva y cultural.

Si Brouwer ha podido transitar para acá y para allá la difícil, y a menudo minada, frontera del arte culto y del arte popular, y dentro de este, del de consumo de masas, es porque procede de un vivo entorno cultural, el cubano, donde, rara avis, lo popular y lo culto han ido en muchas ocasiones de la mano. Sus relaciones con la nueva trova cubana, su conocimiento de todas las músicas que vivifican su país le permiten saltar barreras, unir lo disperso, conciliar lo que mutuamente se ignora.

Desde un punto de vista de los elementos de la sintaxis, Brouwer no ha sido insensible, aunque le ha dado su personal respuesta al problema tan postmoderno del minimalismo. A veces se tiende abusivamente a reducir la problemática de la postmodernidad al minimalismo y, dentro de este, a la conocida escuela repetitiva norteamericana. El minimalismo es también otras cosas y puede ser mucho más. Brouwer ha adquirido con naturalidad muchos rasgos minimalistas en su lenguaje y por eso ni la imaginación más calenturienta lo relacionaría sin más con el repetitivismo norteamericano, ni menos con el sesgo ultranacionalista que ha adquirido con la segunda generación que impregna ideológicamente un John Adams. Pero sí puede ser caracterizado de minimalista en cuanto que aprovecha en varias obras el valor de los elementos mínimos variables y acumulados como una saludable medicina contra retóricas viejas y nuevas. Uno de los más bellos ejemplos de la historia del minimalismo la encontramos en su hermosa obra de 1987, Manuscrito antiguo encontrado en una botella. En toda la obra, pero singularmente en el movimiento titulado La palabra amor escrita mil veces, el minimalismo es capaz de conferir una rara belleza a una música cuya desnudez es esencialidad, pero también una profunda inmersión en la belleza del sonido.

Con la alusión a la belleza del sonido, entramos en lo que quizá sea el meollo del estilo de Leo Brouwer a lo largo de su carrera. Brouwer es un trabajador, un investigador del sonido y, más aún, de la belleza que esconde y que él pone de relieve. En el fondo, todos sus intentos técnicos y sus piruetas estilísticas desembocan en el culto a la sonoridad que impregna su entera producción. Nunca los títulos de Brouwer son caprichosos ni elusivos del contenido musical. Todos los que hemos mencionado hasta ahora tienen mucho que ver con el contenido musical de la obra y por ello mi último ejemplo musical en esta charla será una pieza que resume lo que la sonoridad representa para el estilo de nuestro autor. La obra es de 1981 y es de nuevo guitarrística. Se trata de El Decamerón negro y concretamente, del movimiento titulado "La huida de los amantes por el valle de los ecos". En sí es ya todo un programa musical pero, al propio tiempo, una realidad sonora cimentada en la sonoridad.

La alusión en el título de esta obra de Brouwer al libro de Frobenius nos remite a un contacto de culturas que también están presentes en otros trabajos del compositor. Es por eso que pienso que Brouwer está siguiendo ese camino de la postmodernidad por la cual, en estos albores del siglo xxi, parece agitarse, o al menos se transforma hacia otra etapa. Un momento quizá de interculturalidad, de fusión cultural, algo más difícil de hacer de lo que muchos creen y de lo que parecen proclamar algunos intentos comerciales, pero que en todo caso marcan una de las vías del futuro. Brouwer, a quien creo le queda todavía mucho que decir y a quien todos deseamos muchos años para decirlo, seguramente será uno de los modeladores de ese futuro. Es lo que siempre ha sido. Y ha podido serlo porque siempre ha estado en el presente, ha sido nuestro gran presente musical y, ¿por qué no señalarlo? Es uno de los más grandes creadores musicales del mundo en toda una época. Es ya una página de la historia, pero una página abierta que todavía se llenará con renglones fundamentales.
 

Publicado por primera vez en Leo Brouwer en el núcleo de la postmodernidad. Córdoba, Colección Nombres Propios de la Guitarra. I.M.A.E., Gran Teatro del Ayuntamiento de Córdoba, 2006 y reproducido en Leo Brouwer. Del rito al mito, Radamés Giro, Ediciones Museo de la Música. La Habana, 2009.

 

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