Año VII
La Habana

2 al 8
de MAYO
de 2009

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Leo Brouwer: toda la música para todos

Harold Gramatges

Fotos: Cortesía Guille Vilar



Refiriéndose a los Beatles habló Leo Brouwer ya finalizando su concierto: del aporte traído a la música por ellos, de su talento, de su técnica, del profundo estudio de sus tradiciones, del cabal conocimiento del medio (comercial) en que este aporte artístico debía hacer impacto. En todo esto pensaba yo al abandonar el escenario del ICAIC el pasado lunes 17. Se había producido allí la más estrecha comunicación entre un creador e intérprete multifacético y un público heterogéneo (con edades y hábitos musicales diferentes) en razón de su talento, de su técnica, del profundo estudio de sus tradiciones, de su cabal conocimiento del medio.

Bajo disímiles formas de expresión, Brouwer se paseó con igual maestría a través de la historia del "sabio ordenamiento del sonido", habiendo logrado derribar barreras esquemáticas entre arte culto y popular para entregar una sola cosa: música. Cuatro frases escuetas, dichas ante cada intervención de su maravillosa guitarra, servían para trasladar la mente de su auditorio a un nuevo espacio de su capacidad sensitiva.

Tres obras del compositor brasileño Heitor Villa-Lobos, Preludio núm. 1, Estudio núm. 8 y Choros núm. 1, abrieron el diálogo entre Brouwer y la "gran familia" allí presente. Las ricas esencias populares del Brasil nutrieron de tal forma a Villa-Lobos que llegó a exclamar "el folklore soy yo". Así parecía repetirlo Leo con su guitarra.

Tres canciones de amor anunció a continuación: una anónima, "El testamento de Amelia", recogida por Miguel Llobet, otra de Leo, tema del filme Un día de noviembre, y el romance anónimo empleado en el filme Juegos prohibidos. Músicas mecidas en sus brazos con marcada ternura.

Los dos ragtimes de Scott Joplin, que seguían el programa, son ejemplos clásicos, históricos, de un género que canta la alegría y el dolor del pueblo negro norteamericano y que habían de resumirse en la palabra clave, misteriosa, de etimología ignorada: jazz. Las versiones de Brouwer transmutan el fervor sensual, el sabor agridulce de esta expresión afroamericana a través de la creación progresiva en el curso de la interpretación.

A continuación interpretó la "Chacona", de Juan Sebastián Bach, perteneciente a la Sonata en re, para violín solo y transcripta por Andrés Segovia. Esta obra monumental, que adquiere peculiar dimensión en el ámbito sonoro de la guitarra, es un ejemplo totalizador del arte musical barroco. Toda la capacidad creativa, la potencialidad técnica, la cultura musical y humanística que encierran sus páginas, fueron reveladas magistralmente por Brouwer. Una versión libre con gran riqueza "ornamental", permitió descubrir su ensamblada perspectiva interna, el tránsito permanente de la quietud a la exaltación, la perfecta correspondencia entre el molde y la sustancia.

Después de un breve intermedio, como para tomar aliento a la salida de Bach, dos aires argentinos: uno anónimo, "Danza del altiplano", y un tango de Astor Piazzolla, compositor de alta enjundia, cuyo trabajo revaloriza esta forma musical rioplatense, latinoamericana, universal. Ambas versiones de Brouwer recrean estas músicas dignificando su realidad designada.

De Francisco Tárrega, guitarrista y compositor catalán, se escucharon dos obras sumamente conocidas: Mazurca ("Adelita") y Estudio en trémolo ("Recuerdo del Alhambra"). Muestras de un romanticismo amable, estas páginas se han posesionado para siempre del vientre de la guitarra. Para "disfrutarlas" una vez más todo depende de quien las invita a abandonar su sueño…

De su vasta producción guitarrística, Brouwer ofreció dos obras capitales: "Elogio de la danza" y "La espiral eterna". La primera, escrita en 1964, es tal vez su obra más difundida en Cuba y en el extranjero. Sus dos secciones —lento, ostinato— surgen de una poliarmonía que parece pertenecer al espacio vital sonoro del instrumento: tal es la perfecta adecuación técnica en su elaboración. Partiendo de la cuerda más grave: mi, este sostenido se convierte en permanente pedal, como raíz que soportara un frondoso árbol. Las figuraciones lineales están dibujadas con saltos interválicos que caracterizan rasgos estilísticos del compositor. Desde el punto de vista estético, geográfico, ideológico, esta obra es el elogio de la danza latinoamericana.

"La espiral eterna", que data de 1970, resume vivencias condensadas, visiones poéticas, alusiones astrales. El autor habló de galaxias y sueños cósmicos, pero ese espacio infinito es percibido desde nuestro planeta, y en nuestro planeta desde esta Isla que lo explica a él y a su obra musical. En "La espiral eterna" la emancipación de la materia sonora por ascenso y descenso, las alternativas de nebulosidad y transparencia que van dando profundidad a ese motus circulare, ese bullir interno que nos lleva al borde del delirio, se rompe de momento como una tregua para tomar el camino de regreso. Aquí aparecen distintos elementos contrastantes, a veces explosivos, que van anunciando la llegada de un guaguancó remoto, como si lo escucháramos venido de tierra cubana mientras vagamos por el espacio. Eficaz elocuencia de un idioma sonoro que conjuga el paisaje circundante con el clima universal en logro culminado y feliz de una expresión americana. Por su originalidad, la integración de sus elementos estructurales y el descubrimiento novedoso de los recursos instrumentales, "La espiral eterna" se alza reinante en el repertorio universal de la guitarra de nuestros días.

Siguiendo la secuencia de un programa perfectamente meditado, cuyo transcurso parecía estar improvisando en aquella "sala familiar", Brouwer brindó dos deliciosos valses románticos de un compositor paraguayo muy difundido últimamente entre los guitarristas: Agustín Barrios, Mangoré. Música salonnière que sugiere encajes, perfumes y "carné de baile".

Para finalizar, las audaces versiones de tres canciones de los Beatles: "She’s leaving home", "The fool of the hill" y "Penny Lane". "Primeros clásicos populares de la segunda mitad del siglo", comentó el propio Brouwer refiriéndose a los Beatles. Yo añadiría que solo un compositor dotado con tal imaginación y recursos en su instrumento puede realizar tal hazaña: sobre un playback y en juego con las versiones de los Beatles, Brouwer nos sumió en el mundo fascinante de esta música antigua y actual, popular y culta, remota y presente.

Para que nada quedara fuera de lo que hoy sucede con la música, brindó Leo como encore el segundo movimiento del "Concierto de Aranjuez", de Joaquín Rodrigo, en una espléndida versión para dos guitarras (una en playback) que mal pudiera disgustar a los puristas de la música. Antes explicó cómo ya esta obra disfruta una vida propia. Yo pienso que tal vez su autor escuche complacido estas "versiones" con maliciosa sonrisa…

Con ayuda de una amplificación sonora técnicamente conseguida, Leo Brouwer nos acercó a él formando una "gran familia", ignorando que ocupábamos lugar en un teatro de grandes dimensiones totalmente lleno. Así nos hizo escuchar su recital en un clima de verdadera intimidad como reclama su instrumento.

Publicado por primera vez en La Gaceta de Cuba (La Habana), núm. 168 y reproducido en Leo Brouwer. Del rito al mito. Radamés Giro. Ediciones Museo de la Música. La Habana. 2009

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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