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Refiriéndose a los Beatles habló
Leo Brouwer ya finalizando su
concierto: del aporte traído a
la música por ellos, de su
talento, de su técnica, del
profundo estudio de sus
tradiciones, del cabal
conocimiento del medio
(comercial) en que este aporte
artístico debía hacer impacto.
En todo esto pensaba yo al
abandonar el escenario del ICAIC
el pasado lunes 17. Se había
producido allí la más estrecha
comunicación entre un creador e
intérprete multifacético y un
público heterogéneo (con edades
y hábitos musicales diferentes)
en razón de su talento, de su
técnica, del profundo estudio de
sus tradiciones, de su cabal
conocimiento del medio.
Bajo disímiles formas de
expresión, Brouwer se paseó con
igual maestría a través de la
historia del "sabio ordenamiento
del sonido", habiendo logrado
derribar barreras esquemáticas
entre arte culto y popular para
entregar una sola cosa: música.
Cuatro frases escuetas, dichas
ante cada intervención de su
maravillosa guitarra, servían
para trasladar la mente de su
auditorio a un nuevo espacio de
su capacidad sensitiva.
Tres obras del compositor
brasileño Heitor Villa-Lobos,
Preludio núm. 1, Estudio
núm. 8 y Choros núm.
1, abrieron el diálogo entre
Brouwer y la "gran familia" allí
presente. Las ricas esencias
populares del Brasil nutrieron
de tal forma a Villa-Lobos que
llegó a exclamar "el folklore
soy yo". Así parecía repetirlo
Leo con su guitarra.
Tres canciones de amor anunció a
continuación: una anónima, "El
testamento de Amelia", recogida
por Miguel Llobet, otra de Leo,
tema del filme Un día de
noviembre, y el romance
anónimo empleado en el filme
Juegos prohibidos. Músicas
mecidas en sus brazos con
marcada ternura.
Los dos ragtimes de Scott
Joplin, que seguían el programa,
son ejemplos clásicos,
históricos, de un género que
canta la alegría y el dolor del
pueblo negro norteamericano y
que habían de resumirse en la
palabra clave, misteriosa, de
etimología ignorada: jazz. Las
versiones de Brouwer transmutan
el fervor sensual, el sabor
agridulce de esta expresión
afroamericana a través de la
creación progresiva en el curso
de la interpretación.
A continuación interpretó la
"Chacona", de Juan Sebastián
Bach, perteneciente a la
Sonata en re, para
violín solo y transcripta por
Andrés Segovia. Esta obra
monumental, que adquiere
peculiar dimensión en el ámbito
sonoro de la guitarra, es un
ejemplo totalizador del arte
musical barroco. Toda la
capacidad creativa, la
potencialidad técnica, la
cultura musical y humanística
que encierran sus páginas,
fueron reveladas magistralmente
por Brouwer. Una versión libre
con gran riqueza "ornamental",
permitió descubrir su ensamblada
perspectiva interna, el tránsito
permanente de la quietud a la
exaltación, la perfecta
correspondencia entre el molde y
la sustancia.
Después de un breve intermedio,
como para tomar aliento a la
salida de Bach, dos aires
argentinos: uno anónimo, "Danza
del altiplano", y un tango de
Astor Piazzolla, compositor de
alta enjundia, cuyo trabajo
revaloriza esta forma musical
rioplatense, latinoamericana,
universal. Ambas versiones de
Brouwer recrean estas músicas
dignificando su realidad
designada.
De Francisco Tárrega,
guitarrista y compositor
catalán, se escucharon dos obras
sumamente conocidas: Mazurca
("Adelita") y Estudio en
trémolo ("Recuerdo del
Alhambra"). Muestras de un
romanticismo amable, estas
páginas se han posesionado para
siempre del vientre de la
guitarra. Para "disfrutarlas"
una vez más todo depende de
quien las invita a abandonar su
sueño…
De su vasta producción
guitarrística, Brouwer ofreció
dos obras capitales: "Elogio de
la danza" y "La espiral eterna".
La primera, escrita en 1964, es
tal vez su obra más difundida en
Cuba y en el extranjero. Sus dos
secciones —lento, ostinato—
surgen de una poliarmonía que
parece pertenecer al espacio
vital sonoro del instrumento:
tal es la perfecta adecuación
técnica en su elaboración.
Partiendo de la cuerda más
grave: mi, este sostenido
se convierte en permanente
pedal, como raíz que
soportara un frondoso árbol. Las
figuraciones lineales están
dibujadas con saltos
interválicos que caracterizan
rasgos estilísticos del
compositor. Desde el punto de
vista estético, geográfico,
ideológico, esta obra es el
elogio de la danza
latinoamericana.
"La espiral eterna", que data de
1970, resume vivencias
condensadas, visiones poéticas,
alusiones astrales. El autor
habló de galaxias y sueños
cósmicos, pero ese espacio
infinito es percibido desde
nuestro planeta, y en nuestro
planeta desde esta Isla que lo
explica a él y a su obra
musical. En "La espiral eterna"
la emancipación de la materia
sonora por ascenso y descenso,
las alternativas de nebulosidad
y transparencia que van dando
profundidad a ese motus
circulare, ese bullir
interno que nos lleva al borde
del delirio, se rompe de momento
como una tregua para tomar el
camino de regreso. Aquí aparecen
distintos elementos
contrastantes, a veces
explosivos, que van anunciando
la llegada de un guaguancó
remoto, como si lo escucháramos
venido de tierra cubana mientras
vagamos por el espacio. Eficaz
elocuencia de un idioma sonoro
que conjuga el paisaje
circundante con el clima
universal en logro culminado y
feliz de una expresión
americana. Por su originalidad,
la integración de sus elementos
estructurales y el
descubrimiento novedoso de los
recursos instrumentales, "La
espiral eterna" se alza
reinante en el repertorio
universal de la guitarra de
nuestros días.
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Siguiendo la secuencia de un
programa perfectamente meditado,
cuyo transcurso parecía estar
improvisando en aquella "sala
familiar", Brouwer brindó dos
deliciosos valses románticos de
un compositor paraguayo muy
difundido últimamente entre los
guitarristas: Agustín Barrios,
Mangoré. Música
salonnière que sugiere
encajes, perfumes y "carné de
baile".
Para finalizar, las audaces
versiones de tres canciones de
los Beatles: "She’s leaving home",
"The fool of the hill" y "Penny
Lane". "Primeros clásicos
populares de la segunda mitad
del siglo", comentó el propio
Brouwer refiriéndose a los
Beatles. Yo añadiría que solo un
compositor dotado con tal
imaginación y recursos en su
instrumento puede realizar tal
hazaña: sobre un playback
y en juego con las versiones de
los Beatles, Brouwer nos sumió
en el mundo fascinante de esta
música antigua y actual, popular
y culta, remota y presente.
Para que nada quedara fuera de
lo que hoy sucede con la
música, brindó Leo como
encore el segundo movimiento
del "Concierto de Aranjuez", de
Joaquín Rodrigo, en una
espléndida versión para dos
guitarras (una en playback)
que mal pudiera disgustar a los
puristas de la música. Antes
explicó cómo ya esta obra
disfruta una vida propia. Yo
pienso que tal vez su autor
escuche complacido estas
"versiones" con maliciosa
sonrisa…
Con ayuda de una amplificación
sonora técnicamente conseguida,
Leo Brouwer nos acercó a él
formando una "gran familia",
ignorando que ocupábamos lugar
en un teatro de grandes
dimensiones totalmente lleno.
Así nos hizo escuchar su recital
en un clima de verdadera
intimidad como reclama su
instrumento.
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