Año VII
La Habana

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de 2009

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Entrevista con Leo Brouwer

Sin música habría una catástrofe mundial

Frank Padrón • La Habana

Fotos: Liborio Noval

 

Entraría de lleno en el terreno de los lugares comunes (territorio superpoblado) decir que Leo Brouwer es el alma de la guitarra cubana; pero quizá no lo sea —por ser poco conocido— situarlo en un sitio no menos justo, no menos privilegiado, cuando de la música para nuestro cine se hable.  Entonces habría que utilizar término como magia, sabiduría, cultura; inventar sintagmas como mentalidad sólfico-cinematográfica, referirse a su labor como una suerte de alter ego de esas imágenes que ha sonorizado tan magistralmente.

Si solo hubiera fundado —junto con Alfredo Guevara— y dirigido durante muchos años el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, ya ello hubiera bastado para que la deuda del cine y la propia música con él fuera bastante elevada, pues este ensemble no solo generó espléndidas partituras para documentales y largometrajes de ficción, sino que sembró la semilla de lo que sería el Movimiento de la Nueva Trova y permitió el desarrollo y el inicio de la madurez en muchos de estos músicos y compositores (Silvio, Pablo, Noel, Sara, Eduardo Ramos, Pablo Menéndez, Sergio Vitier, Emiliano Salvador…).

Pero Leo es también el músico que adornó la banda sonora de importantes filmes nuestros con su inventiva y bagaje musicales la trilogía instrumenta; para Lucía, según momentos históricos de esas tres mujeres representativas de nuestra realidad, el pastiche para Aventuras de Juan Quin Quin, la elegancia neobarroca que exhibe Un día de noviembre, la espléndida Cantata de Chile con motivos andinos, la síntesis genérica criolla que respiran otras mujeres de la pantalla tan nuestras (Cecilia, Amada…) o la manera tan sui generis en que traduce (como "Minerva el mar") la paleta de Wifredo Lam al pentagrama.

Leo, es en fin, un microcosmos (claro que bien sonoro) de la música toda; en su quehacer —y la obra para el cine resulta un ejemplo elocuente— está la inspiración propia unida a la referencia multicultural; difícil es separar de sus pentagramas la tradición cubana de las vanguardias europeas, la sencillez de nuestras canciones populares de los motivos clásicos, el aleatorismo contemporáneo de las convenciones que dictan la musicalización "incidental"… pero siempre aflora el genio en trabajos que, magníficos complementos de las imágenes que respaldan, pueden disfrutarse plenamente sin ellas.

Este intercambio —suerte de "antífona"— es, amén de un homenaje a nuestro imaginario, otra a un hombre tan múltiple como el propio cine.

Maestro: usted sugirió como método ideal para la musicalización cinematográfica el de "contrapunto"; o sea, elaborar una partitura donde se juegue con elementos secundarios de la trama, para evitar subrayados innecesarios; siempre vi en esa tesis una suerte de transposición al sonido de lo que en la fotografía pudiera ser el efecto "profundidad de campo".

En Aventuras de Juan Quin Quin hay un ejemplo elocuente de dicho método; ahora bien, ¿pudiera decirse que en toda su obra para el cine ha habido una utilización parcial o total del mismo?

Este distanciamiento de la música para cine como contrapunto es necesario para evitar redundancias expresivas, dramáticas. Yo creo que actualmente, en los últimos diez o doce años, casi siempre se trabaja en este sentido en todo el mundo. Hubo una etapa neorrealista; algunos casos aislados como Orson Welles que no manejaba muy bien la banda sonora, casi nunca y en donde la redundancia expresiva de música e imagen se notaba excesivamente. Pero actualmente casi toda la música buena o mala se hace en este sentido.

¿Cree usted que el "músico para cine" debe tener una absoluta autonomía creadora en este rubro, o siempre debe tener una subordinación con respecto al creador? Ejemplifique con algunos de sus trabajos.

Bueno, creo que la autonomía creadora o subordinación son planteamientos extremos ¡podría decirse que la absoluta autonomía creadora en música para cine no existe! Lo hubiese querido Stravinsky y por eso no hizo música para el cine. Hay películas históricas donde hay que reflejar carácter o irse diametralmente a otro extremo, postmoderno, diría yo. Existe generalmente, no una subordinación, la subordinación es también un extremo. El músico apoya o acompaña la imagen, medita sobre la imagen, a veces. Hay, por ejemplo, viejas películas casi todas las mías son viejas de hace más de quince años. Lucía, por ejemplo, una de las clásicas, yo lo que hago es un poco acompañar la historia y la expresividad de la imagen. Nunca coincidiendo en los ritmos. El elemento más chocante de una música para cine es el factor rítmico. Ritmo, no en el sentido musical, sino vital. Pulsación, diría yo. En Lucía los temas son totalmente románticos, en el primer y segundo cuentos, y totalmente locales en el tercero que se refería al 196… En otras películas cubanas de carácter histórico como Rancheador o algunas que tocan la esclavitud como La última cena, las músicas tienen ciertas referencias históricas, de estilo, y al mismo tiempo, un desenfado estético que llega a lo más contemporáneo, pero porque la imagen pide sumarse a ella.

En estos momentos, la imagen pide reflejar, no —y para simplificar esta pregunta tan aparentemente simple— diría que casi siempre, en mi música para el cine he seguido el espíritu del director, aun cuando este no supiese explicar la música que quisiera.

A propósito de ellos, ¿cuáles han sido los que más le han satisfecho en el plano personal? ¿Ha coincidido con el criterio de los directores o en algunos casos ha habido inconformidades?

Esta pregunta me plantea cuestiones nada sencillas. No he coincidido mucho con el criterio del director, en tanto que el director de cine, a excepción de Humberto Solás, por ejemplo, e incluso Titón inicialmente, no trabajaban con la banda sonora, como un complemento imprescindible o como un elemento imprescindible. De ahí que las músicas hayan sido escritas con criterio más personal que unificado con el director. Memorias del subdesarrollo es un caso específico, de introspección. Es una película muy seria independientemente de los planteamientos ideológicos, su estructura es enormemente compleja, pero interesante y exige una introspección, a su vez, en el campo del sonido. Es la reflexión de un hombre solo frente a un mundo. Tiene una música que refleja una multitud o una actividad expresiva del común de los hombres en un estado gregario, en fin.

Me gusta mucho trabajar con Humberto Solás y me sentí muy satisfecho en las últimas, media docena de películas que hice con Titón, por ejemplo La última cena. Casi todos los directores jóvenes, en aquella época, no pensaban en la música desde el inicio, a excepción de Humberto. Esto es un problema, que no tiene que ser un problema cultural, es un problema de concepto.

"La música —afirmó usted hablando de Lucía— debía ser su otro yo". En ese filme no hay dudas: la propia plataforma semántica y estética de la obra lo requerían, pero, ¿es siempre así?

"La música debía ser mi otro yo". Claramente reflejado en Lucía. Bien, no siempre es así, claro. Sobre todo, porque las películas independientemente del contexto histórico que reflejan, tienen en su trama tradicionalmente: prólogo, logo, epílogo, etcétera, además de un carácter y un ritmo y un color, elementos que ya son coincidentes con la música. El otro "yo" del creador o de la obra en su totalidad, es un desdoblamiento que tiene el ser humano siempre. El hombre vivo tiene un pensamiento individual y un pensamiento colectivo; un comportamiento individual y un comportamiento colectivo, etcétera, y esto también puede referirse a ese otro "yo" del que estamos hablando. Esa "otra edad" como dirían algunos filósofos. Pero finalmente no siempre es así, porque hay músicos que tienen una sola manera de escribir y todas sus películas serán, más o menos idénticas, idénticas hasta la temática. Hay momentos en los que uno no sabe si tales temas son de esta película o de aquella otra, porque reflejan al compositor y lo que en suma debían de reflejar que es el contexto fílmico.

Entrando en ciertas generalizaciones, ¿cómo valora el trabajo musical para el cine cubano más reciente?

Me parece que la música para el cine cubano reciente está muy bien en general. Aunque he visto poco cine cubano reciente. Digo que está muy bien, porque el cine que he visto se acerca muchísimo a lo que definimos como "culebrones". Es un cine mucho más inmediato, más de carácter popular y por lo tanto, las músicas con un devenir "popular" encajan perfectamente en casi todos los trabajos musicales, que para el cine, actualmente, tienen esa especie de sencillez tan necesaria para clarificar los significados. Así que me parece que puede ser un éxito este homenaje al pop.

¿Y en cuanto al cine universal? ¿Considera, digamos, que existe una crisis en cuanto a "poéticas" musicales? (John Barry, John Williams, Howard Newton, et al.). ¿No encuentra que las concepciones hollywoodenses (y a veces más allá, siguiendo tales patrones) han caído en una serie de clichés?

Bueno, el cine universal, por ejemplo Hollywood, e incluso algo de Europa, aunque con mucha distancia, sí han caído. Hollywood siempre ha sido un cliché, desde los grandes tiempos, desde Max Steiner, desde Alfred Newmann. El cine hollywoodense tiene los dos extremos, el cine intimista y el cine a lo cinemascope. Los patrones son para ellos imprescindibles, aparte de la estructura cinematográfica que mantienen invariable desde hace más de cincuenta años. El sonido, al igual que las tramas tiene un cliché. Voy a sacar a modo de ejemplo a Disney. En todo Disney hay un cliché. Hay un bueno, los que rodean al bueno y un malo, malo, y los bicharracos que rodean al malo. En Hércules, los buenos son el propio Hércules y el fauno, después el malo es el dios de las tinieblas. No recuerdo, tal vez me confundo de película, es una que tiene unos bicharracos que son sus ayudantes, medio graciosos. Lo mismo ocurre con La Cenicienta, la madrastra mala tiene sus hijas malas y un gato malo, en fin, estos clichés del lenguaje cinematográfico se aplican también a la banda sonora. Las canciones más o menos con el ritmo actualizado, los fondos —hablo ya no solo de Disney, sino de Hollywood— y por otra parte hay un Hollywood que pretende lavarse la cara con un cine más reflexivo, como pueden ser algunas excepciones, digamos Expedientes X, una serie que ha llegado aquí, del consorcio posiblemente más execrable, que es la 20th Century Fox, donde yo tuve el disgusto de trabajar recientemente.

Los clichés —esta pregunta acerca del cine universal, es mucho más compleja de lo que yo intento reflejar con mi respuesta— siempre hay clichés. No, no hay nada nuevo, lo nuevo es la manera de ver el mundo. El mundo es el mismo, nuestra manera de verlo es la que cambia y así debía ser cuando se compone para cine. Recuerdo cuando la película Hanoi, martes 13 de Santiago Álvarez, cuya música hice. Santiago pensaba en una atmósfera de guerra, en un momento de catástrofe puesto que era guerra y yo no pensé en la guerra, pensé en el dolor humano y entonces —no quiere decir que Santiago no pensase, al contrario, ese fue su punto de partida de esa denuncia— él oía la banda sonora y oía guerra y yo dolor, y entonces hasta en eso hay riqueza de imágenes y esa variedad. Puede ser que me haya equivocado, puede ser que se haya equivocado Santiago, de todas maneras nos entendimos, hicimos un poco de todo. Y esto mismo ocurre con los clichés que hay en la interpretación cinematográfica, tanto musical como escénica, como imagen —quiero decir. No me asustan los clichés —esta es una pregunta larga y compleja. El problema es que los clichés se han extendido, en la medida en que los medios masivos se van apoderando de la mente y van manipulando, incluso, en la visión cultural del hombre. Estamos en unos años, posiblemente diez, doce, quince, no sé, por lo menos esta docena de años en la que estamos viviendo, ya el hombre no se sorprende, a no ser que quiera sorprenderse. A mí que me fascina la sorpresa, no el suspenso, es algo, hablo de la sorpresa, de lo inesperado. Estamos en una etapa de grandes rutinas, impecables rutinas y puede ser que esto se entienda como crisis, por la pregunta. Mi respuesta es que no hay crisis, hay ideas, hay ideologías. En este momento estamos en un momento de no sorpresas, de rutinas agradables e impecables. Aún en el cine imperfecto hay rutinas.

No hablemos ahora de música; como hombre de cine, espectador sensible, culto, ¿qué importancia le confiere al cine cubano en estos cuarenta años de Revolución?

La importancia del cine cubano en cuarenta años de Revolución es grande. Yo creo que el cine cubano tiene una medalla de oro enorme. O sea, tiene un mérito, más que mérito, un valor incalculable en haberle dado identidad a la cultura cubana, a la cultura revolucionaria y latinoamericana. Cuando hablo de cultura hablo de mundo. "Estos mundos desconocidos" para otras latitudes, supuestamente cultas. El hermanamiento cubano con la América Latina y con el Tercer Mundo ha valido, y se ha extendido, no se ha quedado en el ámbito cinematográfico. La cinematografía cubana le ha prestado valores a la plástica, a la música. Con esto quiero decir, que el cine cubano llamó la atención hacia la cultura cubana y por ende, se extendieron las curiosidades del mundo exterior hacia todos los campos de la cultura cubana. No hablo de nombres, sino de hechos culturales, los nombres siempre existirán aisladamente.

En estos cuarenta años el cine se ha movido ya en lo particular como siempre se mueve todo en espiral: nace, se desarrolla y vuelve al mismo punto para hacer vida, y cuando vuelve al mismo punto y se trasciende es porque ya acabó un ciclo. Por lo que hay buenas películas, después viene un grupo de malas, películas rutinarias, después viene un intento de cambio, como en un momento que quisimos competir económicamente para ganar dinero haciendo productos y películas comerciales, en fin. El alto y bajo se da siempre, o casi siempre, pero eso no es lo importante. El conjunto de la obra del cine cubano plantea un llamado a la atención del hombre hacia nuestro entorno y hasta nuestra realidad, y hacia nuestra realidad y la realidad latinoamericana, y este es el punto más importante y exitoso.

Particularizando, le pediría sucintos criterios de estas personalidades de nuestro cine, con los que ha trabajado directa o indirectamente.

Alfredo Guevara: Alfredo Guevara es el hombre alerta, el hombre de la cultura cubana. No solo del cine, es el hombre de la ideología de la cultura. Su sentido de las calidades, de la estética, y su inmensa cultura y además, el contexto histórico en que le tocó vivir fue el momento más creador. Todo el primer tercio del ciclo histórico de la revolución cubana, le colocan en una situación privilegiada por su inteligencia, difícil para cualquier otro. Haberse metido con el affiche, con la pintura, haber promovido la música y haber seguido dirigiendo el cine cubano y después la cultura cubana en general, desde París, logrando además, atención hacia Cuba y a los más grandes organismos nacionales, no es fácil. Eso se da a base de sacrificio. Sacrificó su "yo" individual por el "yo" colectivo.

Santiago Álvarez: Santiago es el hombre terremoto, el inmediato, la solución directa y la visión de un mundo "revolucionario" —no se trata de la Revolución como proceso histórico, ni tampoco de la Revolución Cubana. Santiago es revolucionario por principios. Creo que desde que nació debió haber sido difícil. Santiago lleva ese espíritu, que yo llamo revolucionario dentro de la estatura compositiva, al campo de la ideología y al campo de la realidad cotidiana, y siempre fue así.

Tomás Gutiérrez Alea: Titón es el hombre reflexivo en la cultura con una exquisitez. Siempre a partir de lo que es la cultura popular. La cultura popular caminando dentro del cine.

Humberto Solás: Humberto Solás es la otra cultura, una cultura introspectiva. Me parece el talento más excepcional que conocí en el cine cubano, aunque parezca también un exceso. Humberto ha tenido —como alguno de nosotros, incluido yo— un enemigo: él mismo, es decir, su mirada de espejo está empañada por su mirada a la historia universal del cine y a mí me pasa lo mismo. Yo no escribo un concierto de piano ¡porque después de los tres de Prokofiev, dos de Brahms, cinco de Beethoven, un par de los de Bartók, etcétera, no me dan ganas de hacer un concierto para piano! La cultura y la erudición no nos ayudan, es mejor ser un poco analfabetos y crear osadamente.

Julio García Espinosa: Julio está más dentro de esto último. Julio García Espinosa piensa conceptualmente y realiza popularmente. Tiene un guión erudito y lo realiza como si fuera un montaje. Es decir, tiene esa dicotomía, esa gran contradicción que muchas veces es efectiva; y ahí están sus productos de cultura, a lo que yo llamo cultura popular.

Yo sé que estos conceptos pueden parecer ambiguos, dado la idea sucinta, sin embargo, no son ambiguos, son complejos.

En estos inicios (el año cuarenta y uno del cine revolucionario) y finales (la década, el siglo llegan a su fin), ¿cree aún en la música —la del cine y la otra, toda la música—?, ¿cree que pudiera salvar al mundo?

Pero que sí, se nos olvida que la música está en todas partes y en todo. El hombre tiene dos sentidos a distancia: la vista y el oído. Pero el oído es omnidireccional, mientras que la vista es parcial. Son los dos sentidos que el hombre ha "sublimado", porque los otros tres están tan cerca del sexo, que se convierten en polígonos: el tacto, el olfato y el gusto. Entonces, teniendo la música que llega desde todas partes, y oyéndola constantemente, el hombre no se da cuenta de lo importante que es. Si nos quedáramos sin música cuarenta y ocho horas, absolutamente cuarenta y ocho horas seguidas, creo que podría haber una catástrofe mundial.

Publicado por primera vez en Cine Cubano (La Habana), núm. 144, abril-junio, 1999, p. 11-15  y reproducido en Leo Brouwer. Del rito al mito. Radamés Giro. Ediciones Museo de la Música. La Habana, 2009

 

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