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La lectura
Cuando tenía 6
años comencé a leer, a leer
vorazmente, y entre las primeras
cosas que asocié a la lectura,
había una pequeña cuarteta
popular que decía:
Con un cocuyo en
la mano
Y un gran tabaco
en la boca
Estaba el indio
cubano
Sentado sobre
una roca.
No lo he
olvidado jamás.
Comencé a leer
en serio a los 7 años. A esa
edad tomé solo el tranvía, mi
madre me montó llorando en él
para que me fuera a la escuela
mientras yo lloraba también en
el tranvía, pero a la media hora
me sentía el hombre más
importante y maduro del mundo.
En ese mismo momento empecé a
leer de una manera casi
demencial, como casi todo lo que
he hecho con la cultura.
He tenido el
privilegio de ser amigo de los
grandes escritores de habla
hispana, vivos y no vivos. Ha
sido un privilegio que todavía
tengo, ahí está Cintio Vitier,
Ángel Augier, Graziella
Pogolotti, una serie de titanes
del pensamiento literario en
cuya bolsa incluyo también a
Eusebio Leal, entre otras
figuras que sobrepasan los 60
años de edad. Los más jóvenes
también son importantísimos pero
aquí están. Soy un privilegiado
porque amé la literatura desde
niño. Llevo lentes desde los
siete u ocho años de edad,
aunque no fueron los libros
quienes me comieron la vista,
quizá la música sí, pero siempre
tuve necesidad de lentes.
Recuerdo que una
vez estando operado, Haydée
Santamaría me fue a ver con
Julio Cortázar y me llevó
Rayuela al hospital. También
tuve autografiado de su mano los
Cien años de soledad, de
García Márquez. Las primeras
ediciones de Cien años… y
Rayuela, no las primeras
en el mundo, pero sí las
primeras que divulgaron
masivamente a esos grandes de la
literatura, fueron hechas por
Casa de las Américas. Ahora
estoy, como siempre, leyendo dos
o tres cosas al mismo tiempo.
Leo mucho ensayo, algunos de los
grandes de la novela
contemporánea: Paul Auster,
Roberto Bolaños, alguna obra de
la nueva generación de habla
hispana o alguna traducción
importante, como una de las
mejores traducciones de Edgar
Allan Poe, hecha por Cortázar.
El hábito de leer perdido por la
televisión y por el ordenador es
un hábito que debemos de
asimilar, de insistir en que nos
enamore. Se debe leer porque hay
cosas que la imagen sola no nos
da. Desconfío muchísimo de toda
imagen que pueda ser manipulada,
el libro también, pero el libro
es pensamiento y está vivo,
mientras que la imagen
televisiva pasa y la
manipulación quedó grabada y no
se puede comprobar, por eso es
tan dañina.
Titón y Solás,
dos métodos de trabajo
En un diálogo
salen los términos más rápidos,
más populares y más directos de
una conversación sobre lo que se
trate, en este caso música para
el cine. Cuando trabajaba con
Titón (Tomás Gutiérrez Alea) nos
escribíamos, un epistolario muy
interesante y muy conceptual.
Titón era muy conceptual y frío.
Humberto (Solás), por el
contrario, era muy explosivo,
temperamental, intuitivo. Son
cosas de estos dos grandes del
cine cubano no muy conocidas
pero que viví día tras días.
El placer de un
habano
Hace unos 10 u
11 años tuve un severo ataque
cardiaco y abandoné muchos
elementos de mi vida cotidiana
aparentemente nocivas. Me
convertí en vegetariano, con lo
cual todos los animalitos me
aman, y me siento infinitamente
mejor, pero no pude dejar el
puro habano, lo único que hice
fue dilatar el placer de
fumármelo una o dos veces a la
semana, a veces por el trabajo
me paso hasta un mes sin fumar.
Los hombres
solitarios, que trabajamos en
solitario, que hemos pasado
muchísimos períodos de nuestra
vida en una soledad sonora,
quienes hemos estado tan solos,
un buen tabaco de vez en cuando
nos acompaña, nos reconforta,
nos ayuda y, sobre todo, hace
una cosa mágica: nos quita el
stress.
Un día en la
vida
Después de los
primeros años
―los
primeros años significa entre
los 10 y los 21―
porque yo trabajo desde los 11
años, cortaba árboles para
pagarme la comida, después de
esos primeros años vino la etapa
de desenfreno de los 20 a los 30
que significa no dormir, conocer
todo lo que me rodeaba, trabajar
y divertirme al mismo tiempo,
visitar los lugares más
insospechados, como la Playa de
Varadero que antes de eso nunca
conocí. Luego de esa etapa de
verdadera actividad juvenil pero
madura, vino una etapa de
introspección. Cuando cumplí 30
años me sentí muy viejo, no
pensaba que iba a llegar al
siglo XXI, empecé a invertir el
orden de los valores y desde
entonces llevo 40 años
levantándome a las 5:00 ó 5:30
de la madrugada. Actualmente me
levanto quizá media hora más
tarde, a las 6, pero sigo
poniéndome el horario de las 5
de la mañana como horario
inicial. A esa hora hago el
desayuno, se lo llevo a mi mujer
a la cama, hago un café
estupendo. Después me doy la
ducha de rigor, en Cuba hay que
practicar ese arte del baño un
par de veces al día, por lo
menos en verano, si el tiempo y
el trabajo te lo permiten y a mí
me lo permiten porque trabajo en
mi casa, componiendo 24 horas al
día. Tengo ese privilegio
extraordinario el cual añoré
hasta hace muy poco, siempre
estuve trabajando para la
sociedad o para los organismos
que me han contratado en todas
partes del mundo y no me
arrepiento, pero ahora trabajo
en mi casa lo que quiera hacer.
Esa es una gran ventaja, aunque
propongo a quien no tiene esa
dicha pensar como los asiáticos,
como los japoneses: que todo lo
que hace el ser humano es
importante, y tienen toda la
razón del mundo; si no hubiera
un hombre orgulloso de limpiar
las calles las plagas nos
matarían y en Japón el hombre
que limpia las calles es
saludado por el emperador. Eso
no ocurre aquí porque nosotros
tenemos una falsa escala de
valores, es un escalafón más
falso todavía, provocado por la
llamada cultura occidental,
donde imperan los valores del
“ganador” y el “perdedor”, léase
películas yanquis en el 95%. Con
esos valores no podemos ser
felices. Yo recomiendo mirarse a
sí mismos como un verdadero
valor, no hablo de la
autosuficiencia, no hablo del
hombre que se mira en el espejo
y se tira besos, hablo del
hombre que se mira adentro y
dice: yo sirvo, soy valioso para
algo o para alguien, y me quiero
a mí mismo. Esto me lo dijo Bola
de Nieve en una ocasión y lo
recomiendo. Vuelvo entonces a mi
vida, como soy un hombre
privilegiado compongo
prácticamente el día entero,
leo, veo cine, oigo música por
supuesto, tengo el amor en casa,
mis hijos son grandes,
supuestamente son
autosuficientes, aunque eso
nunca termina, los hijos siempre
necesitan del mayor. Después de
50 años sin haber tenido un
jardín, esa cosa monótona, un
poco tonta, de la tercera edad,
me percato que eso de fabricar
un jardín, echarle agua a las
plantas y hasta conversar con
ellas, también llena de
felicidad si no fuese por esa
escala de valores tan falsa que
tenemos.
En la noche leo
una obra literaria fantástica
que nunca termina porque el
cansancio me agobia. En ese
período de silencio es cuando
empieza un breve recuento de lo
hecho y lo que voy a hacer. Ahí
termina un día más. Esa es mi
vida, una vida muy sencilla,
nada aburrida.
Cumplir 70
Este año tengo
que ir a distintos lugares donde
se me van a hacer homenajes por
mis 70 años y yo me dejo querer.
Comenzaron por Dinamarca,
Suecia, Bélgica, Holanda,
España, Finlandia, Brasil,
México y esta última gira por
Barcelona, Madrid, París y dos
lugares maravillosos del campo
francés. Dentro de un tiempo
volveré luego de más de 20 años
a la nueva Rusia, que no será ya
la misma, debe estar muy
cambiada y por ahí se sigue. En
Cuba se han hecho homenajes como
el del recital del maestro
Pellegrini y ahora la entrega
del Premio Nacional de Cine. Eso
va a seguir todo el año pero no
es bonito hablar de ello, sí es
bonito hablar de lo que uno
siente cuando el cariño y el
respeto se manifiestan y eso sí
no me falta. Me quieren mucho,
pero también he trabajado mucho,
he hecho muchas cosas y estoy
feliz por ello. Seguiré
componiendo, tengo tantas ideas
que no me dan abasto las manos
ni el tiempo.
Algunas
reflexiones como epílogo
Me gusta mucho
hacer bromas porque la vida es
tan rica, pero tan difícil que
hace falta ver también ese
panorama.
Siempre me
asombra la naturaleza, lo que me
rodea, ya sea la naturaleza o la
cultura en todas sus formas, en
Cuba o fuera de ella. Una de las
cosas que atesoré desde joven
fue descubrir cosas, obras,
talentos. Descubrir de pronto a
un genio de la música, traerlo a
la radio, que te miren de reojo
y desconfíen de ese gesto lleno
de admiración, que ignoren
durante cierto tiempo ese
hallazgo y luego se encuentren
con que aquello se convirtió en
el “number one”, lo digo con
todo retintín y cierta ironía.
Es algo muy especial, muy
difícil, pero que llena de
felicidad.
Transcripción de algunos
fragmentos de la intervención
del Maestro Leo Brouwer en la
tertulia del Museo del Tabaco el
29 de abril de 2009.
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