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Caliban nació de la
pluma de William
Shakespeare en su última
obra, La tempestad.
Ese personaje, que
enfrenta desafiante al
conquistador Próspero
con la lengua y los
conceptos legados por
una colonización
sangrienta, se ha
convertido en metáfora
para expresar la
posición
contrahegemónica de los
pueblos del Sur. El
intelectual cubano
Roberto Fernández
Retamar nos trajo su ya
antológico ensayo
“Caliban” durante las
polémicas culturales de
los 70, cuya dimensión
imperecedera revela
hasta hoy nuestra
identidad y destinos.
Este es un diálogo con
Roberto Fernández
Retamar desde una
pretensión calibanesca-audiovisual
de la contemporaneidad.
Para el análisis del
audiovisual cubano en la
Sociedad de la
Información se puede
partir
de conceptos
teóricos que relacionan
dos miradas: El cine
imperfecto de Julio
García Espinosa y,
Caliban, su importante
ensayo. Según su
opinión, ¿Qué tendría
que hacer Caliban hoy?
Siento identificación
con las concepciones
teóricas de Julio García
Espinosa desde que leí
por primera vez su
ensayo “Por un cine
imperfecto”. Me pregunto
hasta qué punto se
pueden imbricar ambos
ensayos, pero creo que
ese personaje metafórico
que es Caliban, se
hubiera sentido
reconocido con la tesis
de un cine imperfecto.
¿A qué apostaría Caliban
en la aldea global del
presente?
Algunos de esos términos
son parientes de otros
como globalización. Hay
una frase tremenda, nada
menos que de Henry
Kissinger, que dice:
“Globalización
es otro nombre del
dominio de Estados
Unidos”.
Muchas de estas
supuestas
universalizaciones no
son más que imposiciones
de caracteres de la
civilización
norteamericana sobre el
resto del mundo.
Creo que una perspectiva
calibanesca sería
desenmascarar esas
falsas globalizaciones
y, desde luego, pensar
en términos colectivos,
universales, pero sin
dejarnos atrapar en que
ciertas
universalizaciones
locales de EE.UU.
signifiquen realmente
universalización. Martí
lo dijo con claridad
—como tantas veces—
“Patria
es humanidad”.
Pero la humanidad no es
necesariamente lo que se
dice o se piensa en
EE.UU., es un complejo
de muchísimos factores
que hay que tomar en
cuenta para hablar de
una verdadera
globalización. Considero
esa una perspectiva
propia de Caliban.
Imaginemos un Caliban
audiovisual…
Cuando escribí Caliban
en el año 1971 muchas
cosas eran distintas a
las de hoy, tales como
la presencia y
visibilidad cada vez
mayor de los medios de
comunicación. Martí, a
quien considero mi
orientador intelectual
total, expresó:
“Injértese
en nuestras repúblicas
el mundo, pero el tronco
ha de ser de nuestras
repúblicas”.
No importa de qué medios
nos estamos valiendo,
este pensamiento sigue
siendo rector.
A veces nos consideramos
verdaderamente modernos
y válidos, cuando lo que
hacemos es reproducir
criterios, conceptos y
esquemas
estadounidenses. Una
perspectiva propia de
Caliban es desarrollar
lo nuestro y recordar no
solo que la humanidad es
nuestra patria, si no
que los valores nuestros
también están presentes
en los valores
universales.
¿Dónde situar un Caliban
del audiovisual cubano?
La pregunta me sacude
porque no había pensado
en un Caliban de la
televisión, pero ser
fieles a nosotros mismos
resulta la clave, tal
como el hermoso pasaje
del Hamlet de
Shakespeare en que su
gran amigo le dice:
“Sé
fiel a ti mismo”.
En un medio de
comunicación tan
extraordinario como es
la televisión, que llega
a todas partes e invade
a todos, es importante
ser fieles a nosotros
mismos y, no intentar
reproducir lo que otros
—los EE.UU.— están
haciendo. Sería
encontrar un lenguaje
televisivo con
resonancia universal
pero al mismo tiempo,
específicamente nuestro.
No tengo una fórmula
fácil para convertirlo
en realidad, pero sí
pienso que en algunas
ocasiones, en muchos
países, en el nuestro
también, la televisión
rinde homenaje a modelos
extraños que no nos
enriquecen.
El mundo de hoy es más
dialógico a partir de
las nuevas tecnologías,
pero de ello puede
resultar también la
contaminación con la
banalidad y los
subterfugios del
mercado. Es ahí donde se
ve el cine imperfecto de
Julio García Espinosa
desde una mirada
calibanesca, para
apropiarnos de las
nuevas tecnologías y
producir algo nuestro y
universal a la vez. ¿Lo
cree posible?
Me pregunto si para ese
gran cineasta y ser
humano que fue Humberto
Solás, lo que él llamaba
cine pobre no se vincula
también con lo que Julio
llamó cine imperfecto.
Cine imperfecto o cine
pobre no es cine mal
hecho; es
valernos de
nuestros propios medios
para intentar alcanzar
universalidad.
Lo que hacemos, a
veces, a partir de
nuestras propias
realidades, es intentar
injertar realidades
extrañas de una manera
precipitada e
insuficiente. Me llama
la atención que dos
cineastas tan destacados
hayan acentuado este
elemento, uno llamándole
cine imperfecto, otro
llamándole cine pobre.
Estoy pensando en alta
voz y, no sé si ellos
estarían de acuerdo en
acercar estos dos
criterios; pienso que
sí.
Así como se ha luchado
por un cine pobre,
debemos luchar por una
televisión pobre, que no
trate de copiar lo que
se hace en otras partes
del mundo,
específicamente en
EE.UU., que es el modelo
de globalización
impuesto. Debemos partir de nuestra realidad para alcanzar una
dimensión universal.
Desde Caliban, ¿cómo
tendría que ser el
espíritu de esa
televisión nuestra?
No soy un experto en
televisión y mis
palabras debieran ser
tomadas con piedad. Con
respecto a la
televisión, como a otras
tantas cosas, soy un
espectador, pero me
gustaría que esta fuera
más esencialmente
nuestra y al mismo
tiempo más
sustancialmente
universal y, esto no
siempre ocurre. Hay
programas en la
televisión verdaderos
calcos de EE.UU., como a
la zaga de lo que se
hace allí. ¿Por qué no
asumir que somos un país
del Tercer Mundo, e
intentar hacer lo que
Solás postuló como un
cine pobre? Apuesto por
una televisión pobre, no
por eso espiritualmente
pobre, al contrario,
sería espiritualmente
muy rica a partir de
nuestras realidades
¿Qué significa
exactamente lo nuestro,
nosotros, la
espiritualidad nuestra?
Sobre eso pensó y
escribió mucho José
Martí. En su texto
fundamental, Nuestra
América, habla de lo
nuestro no solo para
Cuba si no para lo que
ahora llamamos la
América Latina y el
Caribe. Somos una
cultura relativamente
reciente —si se piensa
en la milenaria cultura
china, por ejemplo— pero
tiene como
particularidad el cruce
de muchas culturas.
Nuestra cultura deriva
de la llamada cultura
occidental, con sus
propias características
y especificidades. No
las voy a enumerar, pues
son muchas. Pero de la
misma manera que en el
extranjero identificamos
a un cubano por el modo
de caminar —¡y
qué decir de una
cubana! —, hay ahí una
respuesta a lo nuestro:
Nuestra manera de
caminar, de pensar y
hablar, nuestra manera
de escribir y de
aspirar. Todas esas
maneras existen y somos
conscientes de ellas.
¿Qué retos tendría
Caliban hacia el futuro
de la Revolución Cubana?
Originalmente mi ensayo
“Caliban”, ese personaje
conceptual cuyo
nacimiento previo había
ocurrido en la mente de
William Shakespeare, el
extraordinario
dramaturgo inglés, quiso
ser una defensa de la
Revolución Cubana en un
momento muy polémico.
Con satisfacción he
visto que el tiempo ha
pasado y el ensayo sigue
despertando interés.
Creo que la Revolución
Cubana es esencialmente
calibanesca porque
satisface las exigencias
de ese personaje
conceptual.
Debo recordar que no fui
el primer escritor en
traer a Caliban al
Caribe, si no el
barbadiense George
Lamming en su libro
Los placeres del exilio,
editado inicialmente en
1960 y publicado en el
2007 en español por Casa
de Las Américas, con un
prólogo mío. Ese libro,
que es muy atrayente, lo
menciono en mi ensayo
como un antecedente
natural. Resulta de sumo
interés que posterior a
su edición primera,
el autor le añade unas
palabras donde afirma
que la Revolución Cubana
es calibanesca y
que Caliban intentó
hacer la Revolución
haitiana a su imagen y
semejanza, pero
desgraciadamente fue
bloqueada, atracada,
vilipendiada y no pudo
realizar su sueño, que
era como una magnífica
entrada de la libertad
en nuestra América.
Discurre Lamming en esa
nueva edición de su
libro, que en Cuba se
logró la aspiración de
Caliban de una
revolución democrática,
popular, con ansias de
justicia social y, con
un sentido solidario
gigantesco.
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Pocos países en la
historia de la humanidad
han dado tantas muestras
de solidaridad como
Cuba. Mi criterio es que
Caliban ansiaba una
Revolución como la
cubana y se sentía
orgulloso de ella.
Ese Caliban que también
es usted, ¿cómo se mira
a sí mismo?
No me veo como Caliban,
si no como Ariel. Muchos
autores han visto en
este curioso personaje
la imagen del
intelectual, incluso
del gran escritor
argentino Aníbal Ponce
en su libro Humanismo
burgués, humanismo
proletario, en el
cual
incluyó un ensayo
muy bueno que se llama
Ariel o la obstinada
ilusión, que trata
sobre el intelectual.
Más de una vez he dicho
que el Ariel más
calibanesco que he
conocido se llamó
Ernesto Che Guevara.
Siempre recurre al Che
desde Caliban, ¿por qué?
El Che es una figura
prodigiosa, siento gran
devoción por él. En mi
lugar de trabajo tengo
una fotografía suya de
joven, siempre
presente. Che es el más
calibanesco de los Arieles que he conocido,
un intelectual
brillantísimo, audaz,
incansable, hombre de
acción, un héroe que
reunía en sí una
cantidad enorme de
virtudes, pero quiero
destacarlo en su
carácter de importante
intelectual. Siguen
publicándose materiales
del Che, muchos de los
cuales habían
permanecido inéditos y,
en todos se revela su
grandeza y su voluntad
arielesca de unirse a
las huestes de Caliban,
que es el pueblo
batallador y humilde.
¿Hasta dónde su Ariel se
ha contaminado con
Caliban?
Espero haberme
contaminado. Si afirmo
que el Che es el Ariel
más calibanesco que he
conocido, situarme en
esa dimensión sería una
desmesura, una
inmodestia y un error.
Pero sí aspiro a que en
la medida de mis escasas
fuerzas, mi costado Arielesco no se separe
de mi deber Calibanesco.
Le contaré una anécdota:
Cuando escribía Caliban
mis hijas eran niñas. Me
encerré en un cuarto
donde trabajaba sin
parar, y solo salía a
ratos. Entonces, una de
mis hijas, la mayor, que
tendría unos 11 ó 12
años y le gustaba mucho
el teatro, había leído
un librito de Renée
Méndez Capote sobre las
obras de Shakespeare;
entró a mi cuarto y
preguntó qué hacía. Le
expliqué
esquemáticamente de qué
se trataba. Se irritó
mucho y con sus puñitos
me daba en el pecho y
exclamaba: “¿Como haces
eso? ¡Estás traicionando
a Shakespeare!” Yo le
dije: ¡No, yo también
soy Arie! No traiciono a
Shakespeare, le estoy
rindiendo el mayor
homenaje que puedo, que
es Caliban, un personaje
suyo, situándolo en la
historia contemporánea.
Shakespeare era Ariel,
pero no todos los
Arieles unen sus fuerzas
a Caliban, algunos lo
hacen a Próspero, el
hechicero, el mago. Esos
Arieles no son buenos.
Estoy pensando en que
hay Arieles buenos y
Arieles malos.
¿Dónde se ubicaría
usted?
Entre los buenos. Aspiro
a eso.
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