Iluminada Peña se acomodó
las gafas de sol sobre la
cruz de esparadrapo y gasa
que le ocultaba la nariz y
se dijo: “esta vez El Bebo
no tiene la excusa de los
tragos”.
La agresión había llegado
inesperadamente, sin que
mediara bebida alcohólica
alguna; ni siquiera una
tercera persona a la que
hubiera concedido un baile o
mirado con demasiada
insistencia en los jardines
de La Tropical.
Cierto que ella lo había
hecho esperar quince
minutos. La delegada de la
Federación de Estudiantes la
había convencido para que la
ayudara a confeccionar una
lista de los alumnos que
tenían más de tres ausencias
mensuales. Encabezándolo se
encontraba la propia
Iluminada, cada día más
remisa a asistir a una
escuela en la que, desde su
punto de vista, se perdía
demasiado tiempo y se
convocaban demasiados
mítines y reuniones.
Lo había encontrado en el
parquecito, hecho una furia.
Primero fueron los
reproches: por ir a
buscarla, gritaba El Bebo,
había dejado un negocio
importante, algo que le
proporcionaría muchos
dólares. Y cuando la
muchacha se atrevió a
ripostarle, él le había
soltado un jab directo a la
nariz con el puño cerrado,
así, sin más ni más, en
medio de la calle.
Un transeúnte quiso
intervenir pero Iluminada lo
previno advirtiéndole que se
trataba de una disputa
privada, entre su marido y
ella.
Después, El Bebo mismo la
había acompañado al
consultorio de la doctora
Zunilda. La médico de la
familia no hizo demasiadas
preguntas. Estaba
acostumbrada a ese tipo de
reyertas: su cuñado, un
profesor de Filosofía de
alta estatura y vientre
prominente, solía masacrar a
su hermana en unas
contiendas conocidas en todo
el vecindario. Nadie se
explicaba cómo una
arquitecta, una profesional
reconocida y prometedora,
soportaba aquel abuso casi a
diario sin chistar. Pero la
vida, decían los vecinos, es
así. “Mientras más la
golpea, más enamorada parece
la arquitecta de ese
energúmeno”, aseguraba la
madre de Iluminada a quien
la quisiera escuchar.
Zunilda remitió a la
paciente a un cirujano. Se
hacía imprescindible una
operación del tabique.
Inmediatamente, El Bebo se
ofreció para pagar un taxi
hasta el hospital.
Esta era la tercera vez que
su novio la emprendía a
golpes con ella. Las
anteriores siempre lo había
hecho borracho. Iluminada
había llegado a la
conclusión de que era la
bebida la que lo
trastornaba. Ahora, sin
embargo, El Bebo no tenía la
excusa del alcohol y la
muchacha se preguntaba si no
sería ella misma, su mera
existencia, la que desataba
la agresividad de su
enamorado.
Iluminada se reconocía
torpe, perezosa, tal vez un
poco coqueta. Sabía que
aquella noche, la de las
primeras bofetadas, no debía
haber accedido a que Rufo la
apretujara un poco mientras
bailaban aquel bolerito
estremecedor en La Tropical.
Lo había hecho, sobre todo,
porque su novio la dejó en
medio de la pista con aquel
amigo del barrio para irse a
tomar aquellas cantidades
industriales de cerveza que
lo habían enloquecido.
Lo extraño era que, frente a
Rufo, Bebo se había mostrado
condescendiente y hasta
jaranero, y no fue sino al
llegar al apartamentico de
Neptuno y Espada, donde
vivía la muchacha con su
madre y su abuela, que él
había dado los primeros
indicios de belicosidad.
Empezó por insultarla. La
acusó de puta y, después,
insinuó que ella podía ser
la causante de que el jefe
del Sector de la Policía
hubiera venido a visitarlo
para hacerle una advertencia
sobre su hábito de fumar
marihuana. ¿Quién otra que
Iluminada sabía que él
consumía esa droga, de vez
en cuando?. Sus socios no lo
chivatearían jamás.
Entonces, era ella la única
responsable de aquel informe
que lo colocaba a un paso
del tanque (como él le decía
a la cárcel) adonde
seguramente, dijo, Iluminada
quería sumergirlo para
quedarse con Rufo, aquel
blanquito de modales
afeminados que nunca podría
darle lo que le daba él: un
prestigio y una seguridad
inimaginables para una
cualquiera como ella, que
había dejado de ser virgen a
los catorce años y no tenía
dónde caerse muerta.
¿Pensaría Iluminada que Rufo
le iba a dar para vestirse
como se vestía o la llevaría
alguna vez al peor de los
restaurantes que
frecuentaban?
Esa noche, Bebo le había
propinado a su novia una
andanada de galletazos.
Ella aguantó los golpes sin
proferir una queja. No
quería que su madre y su
abuela se despertaran y
presenciaran la escena. Al
otro día, Iluminada tenía la
piel de alrededor de los
ojos amoratada de derrrames.
Se justificó con su familia
diciendo que ella y el Bebo
habían sido víctimas de un
asalto cuando venían del
baile.
No fue su novio quien la
llamara arrepentido.
Iluminada en persona lo
había ido a buscar hasta el
Parque Maceo para pedirle
perdón. Reconocía que su
actitud con Rufo no era la
de una muchacha decente. Se
había propasado, pero le
juraba a El Bebo que eso no
ocurriría otra vez, que
cuando fueran a La Tropical
no se despegaría de su lado
ni bailaría con nadie más.
Le aseguró también, con
lágrimas en los ojos, que
ella no tenía nada que ver
con la advertencia del jefe
del Sector y que primero
iría ella misma a la cárcel
antes que delatarlo a él, el
amor de su vida, el único
hombre del que había estado
verdaderamente enamorada.
El Bebo la perdonó y pasaron
algunos meses sin que
volviera a pegarle, aunque
de tanto en tanto descargaba
su furia contra la madera de
una puerta o rompía algún
objeto al tiempo que
calificaba a Iluminada de
estúpida o anormal.
La segunda paliza vino
después de un juego de
dominó durante el transcurso
del cual El Bebo había
ingerido un litro completo
de Silver Dry. Estaba
jugando de pareja con
Iluminada y perdieron.
Entonces él la había
responsabilizado por la
derrota. Delante de sus
amigos la agarró por el
cabello y la pateó hasta
tumbarla en el piso. Los
socios de El Bebo la
ayudaron a levantarse y
controlaron al agresor
sujetándolo con una llave de
judo.
Esta vez Iluminada se sintió
más confundida que nunca.
Algo en su fuero interno la
hacía pensar que era un
fracaso jugando al dominó y
que, en efecto, era ella la
responsable de la derrota.
Pero la reacción le parecía
desmesurada. El Bebo la
había humillado. Mucho más
cuando había testigos
presenciales. Rompería,
pensaba ella,
definitivamente con aquel
hombre y no le volvería a
mirar la cara.
Pasados quince días de
tomada esa decisión, El Bebo
apareció una tarde a
buscarla al Pre con un ramo
de príncipes negros y un
poema de José Martí entre
sus manos: Mucho, señora,
daría/ por tender sobre su
espalda/ su cabellera
bravía/ su cabellera
de gualda... Iluminada
no sabía lo que era gualda.
Ni El Bebo tampoco. Sin
embargo, la palabrita les
gustó. Y un gesto tan
desacostumbrado como el de
llevarle aquel poema y
aquellas flores, no pudo
menos que conmover a la
muchacha.
El Bebo prometió que nunca
más le levantaría una mano.
Antes me la corto, le había
jurado mientras sonreía con
esa sensualidad que la
desarmaba y que la convertía
en una víctima propicia.
Eran las diez de la noche
cuando Iluminada se asomó al
balcón por enésima vez. La
cruz de esparadrapo había
desaparecido de su rostro y
apenas se le notaba una
pequeña cicatriz. Llevaba un
vestido amarillo, de lycra,
muy descubierto en la
espalda. Su abuela había
pagado muchísimo dinero a un
traficante por aquella
prenda que la muchacha se
había estrenado para
acompañar a El Bebo a otro
baile en La Tropical.
Su novio había prometido
llevarla aquella noche a la
pista. Tocaba NG La Banda y
él estaba muy entusiasmado
de poder escuchar aquella
canción que no dejaba de
tararear: Tú eres una
bruja/ una bruja sin
sentimientos/ tú eres una
bruja...
Habían pasado dos horas
después de la acordada y El
Bebo no aparecía. Como si se
lo hubiera tragado la
tierra. Seguramente, pensó
Iluminada, se había
encontrado con alguno de sus
amigotes y estaría bebiendo.
Tembló de solo pensar en la
posibilidad de otra
borrachera y otra golpiza.
La abuela de Iluminada entró
en la pequeña sala.
―Estás
muy bonita, Lumi. ¿Y Bebo?,
¿ todavía no ha llegado?
La muchacha no respondió.
Sacó de la cartera una mota
de polvo y un pequeño
espejito y rectificó su
maquillaje.
La abuela se sentó en una
mecedora frente a ella.
―Si
van a La Tropical, tengan
mucho cuidado. Creo que te
han echado mal de ojo. En
los últimos meses han pasado
muchas cosas. Primero, aquel
asalto y después el
accidente en el taxi que
casi te arruina la cara. Tú
tienes que cuidar mucho tu
cara, Iluminada, pues dice
Ochún que es con ella con la
que saldrás a flote y no con
la cabeza, como quisiera
Obatalá.
La mención a las deidades
hizo que la nieta recordara
el altarcito que había
improvisado en su cuarto. Se
desplazó hacia la
habitación.
Allí, a un costado de la
cómoda, había una imagen de
la Caridad del Cobre, un
florero con cinco girasoles
y una copa de cerveza.
Iluminada se hincó de
rodillas ante el icono.
―Virgencita,
haz que se termine esta
angustia. Que El Bebo no me
pegue más. Si él no es para
mí, desvíalo de mi camino y
permite que nunca vuelva a
pensar en él. Ya sé que no
sirvo para nada. Pero
tampoco le hago mal a nadie.
Dame un poco de paz y de
felicidad. Es todo lo que te
pido.
Después de este ruego,
volvió a la sala. No pudo
evitar que las lágrimas le
cruzaran el rostro.
Estaba mirando el reloj
cuando se fue la luz. Como
movida por un resorte,
Iluminada fue a la cocina y
metió a tientas un cuchillo
en su cartera. Se dispuso a
salir a la calle a tomar un
poco de aire, armada frente
a la posibilidad de un
encuentro con algún
delincuente o violador.
Salió del apartamento dando
un seco portazo. Caminó por
Espada hacia abajo, en
dirección al mar. Sabía que
tenía corrido el maquillaje.
No podía soportar que El
Bebo la hubiera dejado
embarcada. Su llanto no
cesaba.
Cuando caminaba en dirección
a la costa, distinguió en el
muro del Malecón una pareja.
El cabello rizado del hombre
y la anchura de sus hombros
la hicieron representarse en
aquella figura al Bebo. Este
discutía con la mujer y la
zarandeaba por los hombros
como si fuera una muñeca de
trapo. Un rencor y una rabia
inédita se apoderaron del
corazón de la muchacha.
Se paró frente al muro, a
solo unos pasos de la
pareja. Miró el océano con
expresión iracunda. En un
acto casi irreflexivo, sacó
el cuchillo de su cartera y
se lo clavó al hombre en la
espalda.
El cuchillo no llegó a
atravesar la piel, solo
produjo una herida
superficial en el omóplato.
Cuando la víctima volteó la
cara, Iluminada Peña
comprendió que se había
equivocado de persona. Aquel
hombre no era El Bebo. Pero
se merecía la cuchillada,
pensó.
La muchacha le dio gracias a
Ochún. En su rostro se
dibujaba una sonrisa de
satisfacción. Había dejado
de ser la víctima para
convertirse en victimaria.
De ahora en adelante las
cosas marcharían mucho mejor
para ella, se convenció.
Fue entonces cuando divisó
que un extranjero se
acercaba.