Año VII
La Habana
2009

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TE PONGA EL PLATO?

 

La infamia 

Marilyn Bobes (Cuba, 1955)

 

Iluminada Peña se acomodó las gafas de sol sobre la cruz de esparadrapo y gasa que le ocultaba la nariz y se dijo: “esta vez El Bebo no tiene la excusa de  los tragos”.
 

La agresión había llegado inesperadamente, sin que mediara bebida alcohólica alguna; ni siquiera una tercera persona a la que hubiera concedido un baile o mirado con demasiada insistencia en  los jardines de La Tropical.
 

Cierto que ella lo había hecho esperar quince minutos. La delegada de la Federación de Estudiantes la había convencido para que la ayudara a confeccionar una lista de los alumnos que tenían más de tres ausencias mensuales. Encabezándolo se encontraba la propia Iluminada, cada día más remisa a asistir a una escuela en la que, desde su punto de vista, se perdía demasiado tiempo y se convocaban demasiados mítines y reuniones.
 

Lo había encontrado en el parquecito, hecho una furia. Primero fueron los reproches: por ir a buscarla, gritaba El Bebo, había dejado un negocio importante, algo que le proporcionaría muchos dólares. Y cuando la muchacha se atrevió a ripostarle, él le había soltado un jab directo a la nariz con el puño cerrado, así, sin más ni más, en medio de la calle.
 

Un transeúnte quiso intervenir pero Iluminada lo previno advirtiéndole que se trataba de una disputa privada, entre su marido y ella.
 

Después, El Bebo mismo la había acompañado al consultorio de la doctora Zunilda. La médico de la familia no hizo demasiadas preguntas. Estaba acostumbrada a ese tipo de reyertas: su cuñado, un profesor de Filosofía de alta estatura y vientre prominente, solía masacrar a su hermana en unas contiendas conocidas en todo el vecindario. Nadie se explicaba cómo una arquitecta, una profesional reconocida y prometedora, soportaba aquel abuso casi a diario sin chistar. Pero la vida, decían los vecinos, es así. “Mientras más la golpea, más enamorada parece la arquitecta de ese energúmeno”, aseguraba la madre de Iluminada a quien la quisiera escuchar.
 

Zunilda remitió a la paciente a un cirujano. Se hacía imprescindible una operación del tabique. Inmediatamente, El Bebo se ofreció para pagar un taxi hasta el hospital.
 

Esta era la tercera vez que su novio la emprendía a golpes con ella. Las anteriores siempre lo había hecho borracho. Iluminada había llegado a la conclusión de que era la bebida la que lo trastornaba. Ahora, sin embargo, El Bebo no tenía la excusa del alcohol y la muchacha se preguntaba si no sería ella misma, su mera existencia, la que desataba la agresividad de su enamorado.
 

Iluminada se reconocía torpe, perezosa, tal vez un poco coqueta. Sabía que aquella noche, la de las primeras bofetadas, no debía haber accedido a que Rufo la apretujara un poco mientras bailaban aquel bolerito estremecedor en La Tropical. Lo había hecho, sobre todo, porque su novio la dejó en medio de la pista con aquel amigo del barrio para irse a tomar aquellas cantidades industriales de cerveza que lo habían enloquecido.
 

Lo extraño era que, frente a Rufo, Bebo se había mostrado condescendiente y hasta jaranero, y no fue sino al llegar al apartamentico de Neptuno y Espada, donde vivía la muchacha con su madre y su abuela, que él había dado los primeros indicios de belicosidad.
 

Empezó por insultarla. La acusó de puta y, después, insinuó que ella podía ser la causante de que el jefe del Sector de la Policía hubiera venido a visitarlo para hacerle una advertencia sobre su hábito de fumar marihuana. ¿Quién otra que Iluminada sabía que él consumía esa droga, de vez en cuando?. Sus socios no lo chivatearían jamás. Entonces, era ella la única responsable de aquel informe que lo colocaba a un paso del tanque (como él le decía a la cárcel) adonde seguramente, dijo, Iluminada quería sumergirlo para quedarse con Rufo, aquel blanquito de modales afeminados que nunca podría darle lo que le daba él: un prestigio y una seguridad inimaginables para una cualquiera como ella, que había dejado de ser virgen a los catorce años y no tenía dónde caerse muerta. ¿Pensaría Iluminada que Rufo le iba a dar para vestirse como se vestía o la llevaría alguna vez al peor de los restaurantes que frecuentaban?
 

Esa noche, Bebo le había propinado a su novia una andanada de  galletazos. Ella aguantó los golpes sin proferir una queja. No quería que su madre y su abuela se despertaran y presenciaran la escena. Al otro día, Iluminada tenía la piel de alrededor de los ojos amoratada de derrrames. Se justificó con su familia diciendo que ella y el Bebo habían sido víctimas de un asalto cuando venían del baile.
 

No fue su novio quien la llamara arrepentido. Iluminada en persona lo había ido a buscar hasta el Parque Maceo para pedirle perdón. Reconocía que su actitud con Rufo no era la de una muchacha decente. Se había propasado, pero le juraba a El Bebo que eso no ocurriría otra vez, que cuando fueran a La Tropical no se despegaría de su lado ni bailaría con nadie más. Le aseguró también, con lágrimas en los ojos, que ella no tenía nada que ver con la advertencia del jefe del Sector y que primero iría ella misma a la cárcel antes que delatarlo a él, el amor de su vida, el único hombre del que había estado verdaderamente enamorada.
 

El Bebo la perdonó y pasaron algunos meses sin que volviera a pegarle, aunque de tanto en tanto descargaba su furia contra la madera de una puerta o rompía algún objeto al tiempo que calificaba a Iluminada de estúpida o anormal.
 

La segunda paliza vino después de un juego de dominó durante el transcurso del cual El Bebo había ingerido un litro completo de Silver Dry. Estaba jugando de pareja con Iluminada y perdieron. Entonces él la había responsabilizado por la derrota. Delante de sus amigos la agarró por el cabello y la pateó hasta tumbarla en el piso. Los socios de El Bebo la ayudaron a levantarse y controlaron al agresor sujetándolo con una llave de judo.
 

Esta vez Iluminada se sintió más confundida que nunca. Algo en su fuero interno la hacía pensar que era un fracaso jugando al dominó y que, en efecto, era ella la responsable de la derrota. Pero la reacción le parecía desmesurada. El Bebo la había humillado. Mucho más cuando había testigos presenciales. Rompería, pensaba ella, definitivamente con aquel hombre y no le volvería a mirar la cara.
 

Pasados quince días de tomada esa decisión, El Bebo apareció una tarde a buscarla al Pre con un ramo de príncipes negros y un poema de José Martí entre sus manos: Mucho, señora, daría/ por tender sobre su espalda/ su cabellera bravía/ su cabellera de gualda... Iluminada no sabía lo que era gualda. Ni El Bebo tampoco. Sin embargo, la palabrita les gustó. Y un gesto tan desacostumbrado como el de llevarle aquel poema y aquellas flores, no pudo menos que conmover a la muchacha.
 

El Bebo prometió que nunca más le levantaría una mano. Antes me la corto, le había jurado mientras sonreía con esa sensualidad que la desarmaba y que la convertía en una víctima propicia.

 

Eran las diez de la noche cuando Iluminada se asomó al balcón por enésima vez. La cruz de esparadrapo había desaparecido de su rostro y apenas se le notaba una pequeña cicatriz. Llevaba un vestido amarillo, de lycra, muy descubierto en la espalda. Su abuela había pagado muchísimo dinero a un traficante por aquella prenda que la muchacha se había estrenado para acompañar a El Bebo a otro baile en La Tropical.
 

Su novio había prometido llevarla aquella noche a la pista. Tocaba NG La Banda y él estaba muy entusiasmado de poder escuchar aquella canción que no dejaba de tararear: Tú eres una bruja/ una bruja sin sentimientos/ tú eres una bruja...    
                                            

Habían pasado dos horas después de la acordada y El Bebo no aparecía. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Seguramente, pensó Iluminada, se había encontrado con alguno de sus amigotes y estaría bebiendo. Tembló de solo pensar en la posibilidad de otra borrachera y otra golpiza.
 

La abuela de Iluminada entró en la pequeña sala.

Estás muy bonita, Lumi. ¿Y Bebo?, ¿ todavía no ha llegado?

La muchacha no respondió. Sacó de la cartera una mota de polvo y un pequeño espejito y rectificó su maquillaje.


La abuela se sentó en una mecedora frente a ella.

Si van a La Tropical, tengan mucho cuidado. Creo que te han echado mal de ojo. En los últimos meses han pasado muchas cosas. Primero, aquel asalto y después el accidente en el taxi que casi te arruina la cara. Tú tienes que cuidar mucho tu cara, Iluminada, pues dice Ochún que es con ella con la que saldrás a flote y no con la cabeza, como quisiera Obatalá.

La mención a las deidades hizo que la nieta recordara el altarcito que había improvisado en su cuarto. Se desplazó hacia la habitación.

Allí, a un costado de la cómoda, había una imagen de la Caridad del Cobre, un florero con cinco girasoles y una copa de cerveza.

Iluminada se hincó de rodillas ante el icono.

Virgencita, haz que se termine esta angustia. Que El Bebo no me pegue más. Si él no es para mí, desvíalo de mi camino y permite que nunca vuelva a pensar en él. Ya sé que no sirvo para nada. Pero tampoco le hago mal a nadie. Dame un poco de paz y de felicidad. Es todo lo que te pido.

Después de este ruego, volvió a la sala. No pudo evitar que las lágrimas le cruzaran el rostro.
 

Estaba mirando el reloj cuando se fue la luz. Como movida por un resorte, Iluminada fue a la cocina y metió a tientas un cuchillo en su cartera. Se dispuso a salir a la calle a tomar un poco de aire, armada frente a la posibilidad de un encuentro con algún delincuente o violador.
 

Salió del apartamento dando un seco portazo. Caminó por Espada hacia abajo, en dirección al mar. Sabía que tenía corrido el maquillaje. No podía soportar que El Bebo la hubiera dejado embarcada. Su llanto no cesaba.
 

Cuando caminaba en dirección a la costa, distinguió en el muro del Malecón una pareja. El cabello rizado del hombre y la anchura de sus hombros la hicieron representarse en aquella figura al Bebo. Este discutía con la mujer y la zarandeaba por los hombros como si fuera una muñeca de trapo. Un rencor y una rabia inédita se apoderaron del corazón de la muchacha.
 

Se paró frente al muro, a solo unos pasos de la pareja. Miró el océano con expresión iracunda. En un acto casi irreflexivo, sacó el cuchillo de su cartera y se lo clavó al hombre en la espalda.
 

El cuchillo no llegó a atravesar la piel, solo produjo una herida superficial en el omóplato.
 

Cuando la víctima volteó la cara, Iluminada Peña comprendió que se había equivocado de persona. Aquel hombre no era El Bebo. Pero se merecía la cuchillada, pensó.

La muchacha le dio gracias a Ochún. En su rostro se dibujaba una sonrisa de satisfacción. Había dejado de ser la víctima para convertirse en victimaria. De ahora en adelante las cosas marcharían mucho mejor para ella, se convenció.

Fue entonces cuando divisó que un extranjero se acercaba.


Marilyn Bobes: Poetisa, narradora, crítica literaria y editora. La Habana, 1955. Obtuvo el Premio David de Poesía, 1979, con La aguja en el pajar. Ha publicado, además, los poemarios Hallar el modo (1989); Revi(c)itaciones y Homenajes (1998). En 1993 obtuvo en México el Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés, y en 1994, en Perú, el Premio de Cuento Hispanoamericano Femenino Magda Portal. En 1995 ganó el Premio Casa de las Américas  con su libro de cuentos Alguien tiene que llorar (1996). Como periodista ha colaborado con la agencia Prensa Latina y la revista Revolución y Cultura.

 
 

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