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Para suerte de todos, la Editorial
Oriente ha publicado este libro del
notable crítico Enrique Saínz, en mi
opinión una de las mejores colecciones
de ensayos literarios que han salido de
nuestras imprentas en los últimos años.
Y digo que es una suerte, porque, sin
duda, no se trata solamente de una
selección de críticas afortunadas, sino
que en su conjunto hay múltiples
posibilidades para el lector curioso, y
sobre todo, para los jóvenes que
comienzan a recorrer el accidentado
camino de la poesía, que no sé si será
el mismo para los poetas de otras
latitudes, pero sí sé que es el nuestro,
y no es poco mérito el de Saínz al
reseñarlo tan cumplidamente, llevándonos
de la mano a través de las páginas de su
libro.
Advierto que no es un libro sencillo ni
mucho menos elemental; por el contrario,
Saínz profundiza en cada tema tanto como
se lo ha exigido la voluntad de
hacérnoslo comprender, aunque
comunicándonos el deslumbramiento que ha
experimentado con cada uno para
compartirlo con nosotros.
De este modo, nos hace entrar en la
poesía griega clásica, en la latina a
través de Horacio, para guiarnos en el
devenir de la poesía castellana de los
siglos de Oro, desde Jorge Manrique
hasta Calderón de la Barca, pasando por
los versos maravillosos de fray Luis de
León, Quevedo y San Juan de la Cruz,
cumbres del genio de nuestro idioma, el
mismo que hablamos y que utilizamos para
crear poesía, tan sobrehumana como la de
San Juan de la Cruz. Aquí debo señalar
el vínculo, o mejor sería decir el
crecimiento que va tomando la lengua
castellana en tanto alcanza densidad y
significado, y se expande por las
naciones descendientes de España. Así,
el autor cruza el océano con Juan Ramón
Jiménez, y nos emparenta con Lezama,
Cintio y Fina, y todo el grupo de
Orígenes, en quienes el idioma se llena
de una sensibilidad otras, logra la
altura de un sentido nuevo, se vuelve
cubano con toda su carga de resonancias
diferentes.
Pero no se queda aquí el autor. La
poesía cubana no se forma solamente de
le herencia hispana: Saínz nos presenta
a los franceses con la poesía perfecta
de Paul Claudel, la expresión en lengua
inglesa con el australiano John Kinsella
y cuanto hay de renovador en él, como en
todo el genio de esta poesía.
No falta en este libro una referencia a
la poesía en lengua alemana,
representada por los austríacos Rainer
María Rilke y Georg Trakl. La
espiritualidad germana no es extraña a
la formación de nuestra poesía, aunque
pueda parecer una afirmación
inesperada. Aquí, en Santiago de Cuba,
hubo en el siglo XIX un pequeño grupo de
traductores que insistieron mucho
precisamente en la poesía de lengua
alemana. Me refiero, sobre todo, a los
hermanos Francisco y Antonio Sellén,
traductores de Goethe, Schiller y,
particularmente, Heine, cuya obra alentó
durante largos años la sensibilidad
poética de los cubanos. Un volumen de
Antonio Sellén, Ecos del Rin,
contiene versiones de más de 30 poetas
alemanas, y recuerdo con cariño y
nostalgia la difusión que hace muchos
años tuvo entre nosotros las Cartas a
un joven poeta, de Rilke, verdadero
momento de iniciación para tantos poetas
nuestros, concebido desde los términos
de la misma poesía.
Saínz añade, además, a un “raro”, al
decir de Rubén Darío, como Georg Trakl,
suicida a los 27 años como consecuencia
de una tormenta anímica provocada por
una vida plagada de tragedias, agravada
por el sangriento espectáculo de los
combates de la Primera Guerra Mundial.
Lo introvertido y torturado de Trakl es
característico de estas corrientes
literarias que aparece también en Hugo
von Hofmannstahl y Stefan George, así
como en un artista cuya espiritualidad
se manifestó a través de la música,
Gustav Mahler.
Todos ellos han rozado más o menos
nuestra poesía, y es evidente que
Enrique Saínz ha reunido estos 17
ensayos breves con la intención de
acercarnos a las fuentes de la nueva
poesía cubana, que pueden ser también la
de nuestra poesía futura, de ahí la
utilidad de este libro, importantísimo
en mi opinión, y admirable desde muchos
puntos de vista, pero especialmente por
el deslumbramiento que nos aporta, el
prodigio del lenguaje poético, el
asombro, el pequeño sobresalto de que
hablaba Lezama. No hay mayor virtud para
un libro de crítica. |