Año VII
La Habana
2009

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Las malas palabras
Amado del Pino • España

Leo sobre el debate acerca de las palabras “malsonantes” en las televisoras de EE.UU.  Se llega a multar a los creadores de alguna seria dramatizada si en horario estelar o para todos se profieren lo que en Cuba llamamos “malas palabras” y en España tacos.

El asunto me trae imágenes, sensaciones y hasta ideas un tanto contradictorias. Me crié en el campo donde las frases gruesas eran escasas y utilizadas casi exclusivamente por varones de mucha confianza y en lugares o situaciones muy precisas. Es más, hasta en el elogio a los atributos de una mujer el campesino no solía nombrar las hermosas proporciones con su santo y seña literal, sino que sustituía la bendita mala palabra por frases contrahechas por el pudor y gestos expresivos; algo así como: “¡Oiga..., esa mujer lo que tiene es…un fenómeno!”, y todo ello arrugándose de la admiración o poniendo palmadas donde, en otros círculos, irían los vocablos soeces. 

Por otra parte, soy de una generación que se liberó de muchos puritanismos y moralinas. Una de las razones por las que admiro tanto a Pablo de la Torriente Brau, es por la forma en que nuestro brillante periodista y escritor emplea la llamada mala palabra, el desenfado con que prescinde de  las célebres y feas iniciales acompañadas de puntos suspensivos. Donde mis primos, rústicos pero sutiles, apelaban al gesto; los editores conservadores acentuaban la grosería con esa letra inicial y el espacio para completar el supuesto insulto a la corrección.

Me cae bien la gente de la llamada “boca sucia”, siempre que ejerzan esa vocación con gracia.  La posible grosería que en alguien simpático da risa dicha por otro (a) sin ritmo o magia puede caer como una piedra sobre un charco de aguas residuales.

En mi teatro he apelado a estas palabras, pero sin verlas como fealdad o provocación. Por el contrario, sigo pensando que en ciertos momentos resultan insustituibles y que puestas en circunstancias poéticas se suman a esa ruda pero honda belleza.

El combate que se libra ahora parece ir por otro camino. Los defensores de la jerga supuestamente marginal o prohibida invocan al realismo del habla cotidiana. Es cierto que esos giros fuertes han ganado carta de legitimidad en cada vez más esferas sociales.

Solo comparto la censura a esta zona del lenguaje si se hace en nombre de embellecer y de hacer más rico el idioma. Claro, se trataría de limitarlas no de arrancarlas de raíz, pues algunos de estos vocablos son más hermosos y expresivos que otras legitimadas o solemnes. Repetir tacos puede ser tan aburrido como emplear muletillas o desconocer sinónimos radiantes o eficaces. Además, el abuso de ese lenguaje paralelo y pícaro acaba por degradarle su gracia; hacerle perder su condición de exclusiva,  sensual contraseña.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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