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Leo sobre el debate acerca de las
palabras “malsonantes” en las
televisoras de EE.UU. Se llega a multar
a los creadores de alguna seria
dramatizada si
―en
horario estelar o para todos―
se profieren lo que en Cuba llamamos
“malas palabras” y en España tacos.
El asunto me trae imágenes,
sensaciones y hasta ideas un tanto
contradictorias. Me crié en el campo
donde las frases gruesas eran escasas y
utilizadas casi exclusivamente por
varones de mucha confianza y en lugares
o situaciones muy precisas. Es más,
hasta en el elogio a los atributos de
una mujer el campesino no solía nombrar
las hermosas proporciones con su santo y
seña literal, sino que sustituía la
bendita mala palabra por frases
contrahechas por el pudor y gestos
expresivos; algo así como: “¡Oiga...,
esa mujer lo que tiene es…un fenómeno!”,
y todo ello arrugándose de la admiración
o poniendo palmadas donde, en otros
círculos, irían los vocablos soeces.
Por otra parte, soy de una
generación que se liberó de muchos
puritanismos y moralinas. Una de las
razones por las que admiro tanto a Pablo
de la Torriente Brau, es por la forma en
que nuestro brillante periodista y
escritor emplea la llamada mala palabra,
el desenfado con que prescinde de las
célebres y feas iniciales acompañadas de
puntos suspensivos. Donde mis primos,
rústicos pero sutiles, apelaban al
gesto; los editores conservadores
acentuaban la grosería con esa letra
inicial y el espacio para completar el
supuesto insulto a la corrección.
Me cae bien la gente de la llamada
“boca sucia”, siempre que ejerzan esa
vocación con gracia. La posible
grosería que en alguien simpático da
risa dicha por otro (a) sin ritmo o
magia puede caer como una piedra sobre
un charco de aguas residuales.
En mi teatro he apelado a estas
palabras, pero sin verlas como fealdad o
provocación. Por el contrario, sigo
pensando que en ciertos momentos
resultan insustituibles y que puestas en
circunstancias poéticas se suman a esa
ruda pero honda belleza.
El combate que se libra ahora parece
ir por otro camino. Los defensores de la
jerga supuestamente marginal o prohibida
invocan al realismo del habla cotidiana.
Es cierto que esos giros fuertes han
ganado carta de legitimidad en cada vez
más esferas sociales.
Solo comparto la censura a esta zona
del lenguaje si se hace en nombre de
embellecer y de hacer más rico el
idioma. Claro, se trataría de limitarlas
no de arrancarlas de raíz, pues algunos
de estos vocablos son más hermosos y
expresivos que otras legitimadas o
solemnes. Repetir tacos puede ser tan
aburrido como emplear muletillas o
desconocer sinónimos radiantes o
eficaces. Además, el abuso de ese
lenguaje paralelo y pícaro acaba por
degradarle su gracia; hacerle perder su
condición de exclusiva, sensual
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