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Por 1840 se comentaba en la capital
cubana
—y
de ello dan fe sus más afamados
cronistas—
que si se quería conocer a alguien, nada
mejor que hacerlo por su calesero
particular, pintoresco personaje
considerado el aristócrata de los
esclavos.
“¿Es elegante, alegre y entendido, y con
más de una amante? ¡Es calesero de un
señorito de familia de alcurnia! ¿Pasa
de los cuarenta, viste con seriedad y
lleva semblante compungido? Es calesero
de señoras beatas, muy viejas… y muy
viudas.”
“¿Qué va vestido a la antigua, con cara
taciturna y botas gastadas, además de
dormirse sobre el caballo? Es calesero
de un médico, escribano o procurador.”
“Si por el contrario va vestido con una
chaqueta sobrecargada con adornos de
plata y oro, y va tieso y sin gracia,
como una estaca, es calesero de un
comerciante de reciente éxito.”
Cierta o no tal singularidad, no admite
duda qué tan grande era el número de
carruajes que circulaba entonces por La
Habana decimonónica que se hacía
necesario la más minuciosa atención para
no ser atropellados por esos “grandes
insectos con enormes patas traseras y un
hocico largo”, como curiosamente
describiera las volantas o coches
cubanos la sueca Fredika Bremer a su
paso por la Isla.
Tanta belleza en un coche
María de las Mercedes Santa Cruz y
Montalvo, condesa de Merlín, afirma que
en esa época la aristocracia contaba
para su disfrute de tantas volantas como
miembros de familia hubiese, niños
incluidos.
Por su original aspecto, las volantas y
los quitrines fueron asunto de diversas
descripciones por propios y extraños.
Jacinto Salas en su libro Viajes por
la Isla de Cuba expresa que:
“Realmente son muy curiosos y llaman la
atención del viajero sus riquísimos
estribos y demás adornos de bruñida
plata, sus ruedas con radios de durísima
ácana; su tapacete de paño muy fino, con
que se preservan del sol o la lluvia los
paseantes; las varas, de flexible
majagua.”
Para Salas, eran destacados desde el
traje del calesero hasta el brioso
caballo, cuando al caer la tarde se
alzaba la cubierta y entonces se veía
paseando en los ligeros carruajes dos o
tres hermosas criollas, esas que desde
el breve y bien calzado pie hasta el
abundante cabello, hacían honor a tanta
belleza reunida en el coche.
Para quitar un resabio a su caballo
Tirados por caballos, los carruajes de
las clases acomodadas eran conducidos
por el calesero “cual caballero sobre
arrogante corcel”, como fue descrito con
asombro por algunos de los viajeros que
pasaron por esa Habana. De él se
conocían dos tipos fundamentales: el
particular y el de alquiler.
Eran famosos los de alquiler por la
estampa que llevaban: siempre en
constante movimiento, hoy con botas
nuevas y dentro de poco gastadas y
sucias, con espuelas nunca haciendo
pareja y sonando además por lo
estropeadas que van; los sombreros
tenían las formas, materiales y usos más
diversos que uno pueda imaginarse.
El calesero de alquiler se conocía al
dedillo la ciudad.
Cada rincón y cada callejuela dejaban de
ser una incógnita para él. Según el
propio Salas, “entre sacudidas y
vaivenes, va a toda velocidad que
permite el ‘caballejo’ que siempre
encabeza la calesa de alquiler, y sobre
el que llueven los azotes y alguna que
otra mala palabra”.
En una crónica publicada en el periódico
El Noticioso y Lucero, en
su número del 1ro de enero de 1842 se
opinaba que: “…si queréis quitar un
resabio a su caballo, entréguelo a un
calesero de alquiler y lo volveréis a
ver en unos pocos días, dócil, sumiso
cual oveja, amén de flaco y cubierto de
mataduras… muchos de esos caballos, en
momentos en que no circulan, pueden
verse dormidos, enganchados a la calesa,
como sonámbulos”.
Otra cosa era el calesero particular
Este típico personaje del calesero
particular, el negro más preciado de la
casa y atributo de estimable valía,
siempre iba vestido con elegancia y
aseo: la graciosa chaqueta andaluza,
adornado el cuello y mangas con cintas
de blasón, sombrero negro galoneado,
botas brillantes, pasadores y espuelas
de plata, siempre una argolla de oro
pendiente de una oreja “porque es prenda
de su amada”.
“Aunque sus deberes consistían en bañar
y alimentar a las bestias, conducir y
mantener la calesa reluciente,
—como
especifica Teresita Hernández, de la
Oficina del Historiador—
muchos sobrepasaban esos límites,
involucrándose en las aventuras y
amoríos del señor.”
Al decir de Fanny Erskine, marquesa
Calderón de la Barca: “Quien tenía un
buen calesero jamás se deshacía de él.”
Andanzas por el paseo de Isabel II
En horas de la tarde de un día
cualquiera en San Cristóbal de La
Habana, a mitad del siglo XIX, era
considerable el tránsito de carruajes y
de personalidades por el paseo de Isabel
II, el lugar más notorio de la época.
Imagine ahora que vamos a recorrer la
milla del paseo
—que
entonces no se llamaba del Prado—
y que además de Paseo de Isabel II era
conocido también como Alameda de
Extramuros.
A esa hora por su doble vía circulaba en
coche buena parte de lo más brillante de
la sociedad habanera, o por el paseo,
caminando con paso lento y escoltado por
árboles y bancos.
Según se conoce por los escritos del
folletinista Lino Aguirre de Hornillos,
los domingos tocaban cinco bandas en el
paseo y era posible ver un destacado
panorama humano.
Cuenta don Lino que “toda esa gente
viene a ver o a que la vean: aquel que
ocupa en ese mundo el espacio de tres,
es don Pepe González, próspero
comerciante en embutidos y por eso pasea
con calma su gordura… aquel otro es el
farmacéutico Juan Flores: va con tanta
delgadez, que casi es el espejo de todas
las flaquezas humanas.
A la derecha, muy tieso, va el
procurador Martín Cosculluela, embutido
en su corbatín”.
Al decir de don Lino, quien conoce a
todo el mundo, podía verse también “a la
encantadora Luisa, la nueva rosa del
paseo, quien con su talle esbelto y su
rostro angelical va dominando el corazón
de los hombres”.
Por cierto, en una ocasión el Diario
de La Habana publicó una nota en la
que un cronista se hacía eco de la
inquietud de muchos jóvenes habaneros
que pedían modificar la costumbre de las
señoritas de no bajar nunca de los
carruajes.
Se decía que si, de vez en vez, las
damitas desandaban a pie por el paseo
era más fácil admirar su belleza y
tenían más tiempo para elaborar y
declamar largos y elegantes piropos. |