Año VII
La Habana
2008

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Carruajes y más carruajes en La Habana del XIX
Josefina Ortega • La Habana
 

Por 1840 se comentaba en la capital cubana y de ello dan fe sus más afamados cronistas que si se quería conocer a alguien, nada mejor que hacerlo por su calesero particular, pintoresco personaje considerado el aristócrata de los esclavos.

“¿Es elegante, alegre y entendido, y con más de una amante? ¡Es calesero de un señorito de familia de alcurnia! ¿Pasa de los cuarenta, viste con seriedad y lleva semblante compungido? Es calesero de señoras beatas, muy viejas… y muy viudas.”

“¿Qué va vestido a la antigua, con cara taciturna y botas gastadas, además de dormirse sobre el caballo? Es calesero de un médico, escribano o procurador.”

“Si por el contrario va vestido con una chaqueta sobrecargada con adornos de plata y oro, y va tieso y sin gracia, como una estaca, es calesero de un comerciante de reciente éxito.”

Cierta o no tal singularidad, no admite duda qué tan grande era el número de carruajes que circulaba entonces por La Habana decimonónica que se hacía necesario la más minuciosa atención para no ser atropellados por esos “grandes insectos con enormes patas traseras y un hocico largo”, como curiosamente describiera las volantas o coches cubanos la sueca Fredika Bremer a su paso por la Isla.

Tanta belleza en un coche

María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, condesa de Merlín, afirma que en esa época la aristocracia contaba para su disfrute de tantas volantas como miembros de familia hubiese, niños incluidos.

Por su original aspecto, las volantas y los quitrines fueron asunto de diversas descripciones por propios y extraños.

Jacinto Salas en su libro Viajes por la Isla de Cuba  expresa que: “Realmente son muy curiosos y llaman la atención del viajero sus riquísimos estribos y demás adornos de bruñida plata, sus ruedas con radios de durísima ácana; su tapacete de paño muy fino, con que se preservan del sol o la lluvia los paseantes; las varas, de flexible majagua.”

Para Salas, eran destacados desde el traje del calesero hasta el brioso caballo, cuando al caer la tarde se alzaba la cubierta y entonces se veía paseando en los ligeros carruajes dos o tres hermosas criollas, esas que desde el breve y bien calzado pie hasta el abundante cabello, hacían honor a tanta belleza reunida en el coche.

Para quitar un resabio a su caballo

Tirados por caballos, los carruajes de las clases acomodadas eran conducidos por el calesero “cual caballero sobre arrogante corcel”, como fue descrito con asombro por algunos de los viajeros que pasaron por esa Habana. De él se conocían dos tipos fundamentales: el particular y el de alquiler.

Eran famosos los de alquiler por la estampa que llevaban: siempre en constante movimiento, hoy con botas nuevas y dentro de poco gastadas y sucias, con espuelas nunca haciendo pareja y sonando además por lo estropeadas que van; los sombreros tenían las formas, materiales y usos más diversos que uno pueda imaginarse.

El calesero de alquiler se conocía al dedillo la ciudad.

Cada rincón y cada callejuela dejaban de ser una incógnita para él. Según el propio Salas, “entre sacudidas y vaivenes, va a toda velocidad que permite el ‘caballejo’ que siempre encabeza la calesa de alquiler, y sobre el que llueven los azotes y alguna que otra mala palabra”.

En una crónica publicada en el periódico El Noticioso y Lucero, en su número del 1ro de enero de 1842 se opinaba que: “…si queréis quitar un resabio a su caballo, entréguelo a un calesero de alquiler y lo volveréis a ver en unos pocos días, dócil, sumiso cual oveja, amén de flaco y cubierto de mataduras… muchos de esos caballos, en momentos en que no circulan, pueden verse dormidos, enganchados a la calesa, como sonámbulos”.

Otra cosa era el calesero particular

Este típico personaje del calesero particular, el negro más preciado de la casa y atributo de estimable valía, siempre iba vestido con elegancia y aseo: la graciosa chaqueta andaluza, adornado el cuello y mangas con cintas de blasón, sombrero negro galoneado, botas brillantes, pasadores y espuelas de plata, siempre una argolla de oro pendiente de una oreja “porque es prenda de su amada”.

“Aunque sus deberes consistían en bañar y alimentar a las bestias, conducir y mantener la calesa reluciente, como especifica Teresita Hernández, de la Oficina del Historiador muchos sobrepasaban esos límites, involucrándose en las aventuras y amoríos del señor.”

Al decir de Fanny Erskine, marquesa Calderón de la Barca: “Quien tenía un buen calesero jamás se deshacía de él.”

Andanzas por el paseo de Isabel II

En horas de la tarde de un día cualquiera en San Cristóbal de La Habana, a mitad del siglo XIX, era considerable el tránsito de carruajes y de personalidades por el paseo de Isabel II, el lugar más notorio de la época.

Imagine ahora que vamos a recorrer la milla del paseo que entonces no se llamaba del Prado y que además de Paseo de Isabel II era conocido también como Alameda de Extramuros.

A esa hora por su doble vía circulaba en coche buena parte de lo más brillante de la sociedad habanera, o por el paseo, caminando con paso lento y escoltado por árboles y bancos.

Según se conoce por los escritos del folletinista Lino Aguirre de Hornillos, los domingos tocaban cinco bandas en el paseo y era posible ver un destacado panorama humano.

Cuenta don Lino que “toda esa gente viene a ver o a que la vean: aquel que ocupa en ese mundo el espacio de tres, es don Pepe González, próspero comerciante en embutidos y por eso pasea con calma su gordura… aquel otro es el farmacéutico Juan Flores: va con tanta delgadez, que casi es el espejo de todas las flaquezas humanas.

A la derecha, muy tieso, va el procurador Martín Cosculluela, embutido en su corbatín”.

Al decir de don Lino, quien conoce a todo el mundo, podía verse también “a la encantadora Luisa, la nueva rosa del paseo, quien con su talle esbelto y su rostro angelical va dominando el corazón de los hombres”.

Por cierto, en una ocasión el Diario de La Habana publicó una nota en la que un cronista se hacía eco de la inquietud de muchos jóvenes habaneros que pedían modificar la costumbre de las señoritas de no bajar nunca de los carruajes.

Se decía que si, de vez en vez, las damitas desandaban a pie por el paseo era más fácil admirar su belleza y tenían más tiempo para elaborar y declamar largos y elegantes piropos.                     

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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