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Confesión
A
Marcel Proust
¡Oh!,
Marcelo, soy una desterrada.
Los heliotropos de mis ojos
están sobre la tierra para podrirse,
para que vengan los gusanos de la muerte.
Mi
espalda es divina y mi sexo conmovedor,
tiemblo ante el roce de una mano
como una gota de agua
en
el parabrisas de tu coche.
Cómo irme a la cama
sin saber que alguien va a desangrarse
porque deje la luz del cuarto encendida,
porque entre los resquicios de mi memoria
un
hombre, otro, va a quitarme el sueño.
Preparo una taza de té, el baño
cuido de mi cuerpo con agua de rosas
para que ese enemigo de mi tranquilidad se serene,
para pensar en ti, en la soledad laboriosa.
Pero el hilo de mi recuerdo no existe,
busco a un hombre que no me ha amado
y
huye de mí.
Soy, querido Marcelo,
una bestia echada
sobre las mantas blancas que cubrieron tus sudores.
No
tengo perdón.
Los heliotropos que florecen en los jardines más amados
en
los ojos más venturosos
también van a podrirse
y
el sabor que alguien nos deja, aun sin probar sus
labios,
puede ser el té de cualquier tarde
en
que morimos.
Canción
Hazle a este hombre de perdón
una herida más honda que la soledad.
Reviéntale los ojos que le sirvieron
para ignorarte.
Paul Eluard
Liviana como un pájaro
danzo bajo la tormenta.
La noche y sus manos pasarán otra vez por mis ojos
con la misma vehemencia con que canto.
Que nadie lo castigue ni lo toque,
que su belleza sea siempre la misma:
tranquila, desarmada,
resguardado de mí.
Que nadie le prohíba respirar el vapor de las mañanas,
tener los pies desnudos, los objetos que ame,
sus dominios.
No tiene que venir
y detenerse ante el círculo que le estoy abriendo
para que cierre la boca sobre mí.
No importa que organice el silencio
o que se vuelva espuma.
Liviana como un pájaro bailo
calada por el miedo
de saber que tiembla y siente.
Puede desaparecer, borrarse del ruido del mundo,
oscurecerse como una mancha,
no existir,
amo también su olvido.
Mirábamos las láminas
Mirábamos las láminas en los libros infantiles
y queríamos un castillo, sus nubes azules,
el canal atravesando el jardín
y su puente.
Queríamos los trajes
-tan fáciles de trazar sobre el papel-
Queríamos conocer las ciudades
sus colores de relente.
Quisimos ser aquellos niños
de perfiles perfectos.
Pasados los años y olvidados
de tanta vana fantasía
buscamos nuestras pequeñas providencias
y no sabemos
si burlarnos
o sentir piedad.
Estrellas Fugaces
Siempre que las estrellas fugaces se desprenden
hacia esa otra noche
húmeda y lejana entre nosotros,
busco, rápido en mi memoria
aquel deseo
que solo en su fulgor se realizara;
pero pasa en un tiempo tan veloz
que apenas alcanza para alertar los sentidos,
y maldigo luego mi pereza
y quedo pensando
cuál es cuál será ese deseo,
el imposible,
que quisiera cumplir
por encima de todos mis deseos.
Estamos
Estamos en la orilla de la playa, tú me ignoras, seguro,
porque estoy aquí. No veo caracoles, restos de la resaca
que el mar arrastra y nos deja para convencernos de
nuestra fragilidad. Estás tan feliz. Juegas. A los cinco
años el mar era para mí la espalda de mi padre, sus
manos fuertes sosteniendo mi estupor y la transparencia
de un agua que ahora me asfixia. Agua para enloquecer,
resucitar la paz de los domingos profundos, cavados como
árboles o tumbas. La felicidad tiene sus leyes, su traje
de fiesta y su ropaje oscuro, una risa para ganar y otra
para simular las pérdidas. La arena blanca y la manía de
levantar castillos, mentiras para el humo del día. La
arena sin la resaca, sin el porvenir de mis recuerdos
que no mienten, pálida y muda, vencida. Ignora el pozo,
el aullido salvaje que me añade la tarde, en el cielo
hay una fiesta de la inventiva del hombre: paracaídas,
olas y viento que rompen en nuestros cuerpos la
corrosividad de la miseria. Aquí está el pan, el agua,
las cosas necesarias, tus ojos, y sobre todo mi amor tu
infancia. Se alzarán bramando los ausentes, verás sobre
la playa las gaviotas, los pelícanos rasantes, y no
sentirás sobre tu cuerpo otra cosa que el vaivén suave
de las olas. En mis entrañas se gestó tu vida y una
multitud duerme silenciosa. Tu felicidad es sagrada,
cuido su entrada, los rincones oscuros de ese recinto
misterioso, día y noche, en el verano filoso o el
aturdimiento del frío, de las palabas, de la ceniza de
los años, de los trapos que otras criaturas manchan y
olvidan. A los cinco años la mano de mi padre me mataba
o nos daba el pan humilde que tragábamos en los
rincones. Esta es otra playa, un año muy lejano, hay
otros personajes dispersos por la arena y el agua,
¿habrá en cada uno ese viento interior, esa lluvia
tormentosa que siento caer dentro de mí, o estarán en su
playa de siempre, remansados, viendo transcurrir sus
vidas, la historia de sus vidas, húmedos, ajenos, como
una tierra que florece?
Cira Andrés Esquivel: Escritora y poetisa cubana. Nació
en 1954. Es graduada de la Escuela Nacional de
Instructores de Arte. Ha publicado poemas en revistas
cubanas y extranjeras. Entre sus libros se cuentan
Visiones, 1987 y Parábolas, 2003. |