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Obama y Cuba
por Emilio
Ichikawa
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El senador Orville Hitchcock Platt, republicano por
Connecticut, y el general Leonard Wood, gobernador de
Santiago de Cuba, por poner dos ejemplos, quisieron para
la isla cosas muy parecidas (palabra por palabra) a las
que Barack Obama ha pretendido al respecto más de un
siglo después. La enmienda de Platt en el Congreso, como
todos recordarán, inspiró el documento que completó como
apéndice la primera Constitución Cubana de la república.
Y el sencillo y suficiente texto constitucional de Wood
del 20 de octubre de 1898 no pudo ser más lúcido para
regir una convivencia cubana.
¿Qué significaba en fin de cuentas aquel apéndice, a la
larga satanizado por el nacionalismo cubano hasta hoy
mismo en todas sus orillas, más allá incluso del
diferendo castrismo-anticastrismo? Pues una regla de
contención a los excesos y descarríos de un pueblo que,
precisamente por iniciarse en las artes del gobierno
propio a principios del siglo XX, no había mostrado aún
que tuviera capacidad para lograrlo. ¿Acaso las dudas de
los EEUU y la diplomacia internacional no estaban
justificadas? Tanto lo estaban, que cuatro años después
de fundada la república los propios cubanos, a través de
su presidente, solicitaron una nueva intervención ante
los desórdenes electorales. El presente histórico cubano
sería otra prueba contundente; pero de eso ni hablemos.
A pesar de todo, las clases políticas cubanas en el
poder se sentían muy incómodas con el recurso y tres
décadas después de fundada la república se quitaron de
encima dicho apéndice. El nacionalismo cubano se salió
con la suya y aún hoy se sigue llamando ''plattistas'' a
quienes buscan racionalizar las relaciones de Cuba con
unos Estados Unidos que, en efecto, dada la cercanía
geográfica e histórica, constituyen una suerte de
vecindad destinal que los cubanos tendremos que
considerar, ya sea por realistas, ya sea por indigentes. |
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N.E.:
A propósito de Obama, a
quien ve como continuador de Leonardo Wood y Orville
Platt, el filósofo de Miami elogia la Enmienda Platt como
“una regla de contención a los excesos y descarríos de
un pueblo que, precisamente por iniciarse en las artes
del gobierno propio a principios del siglo XX, no había
mostrado aún que tuviera capacidad para lograrlo”.
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