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Monotonía, déficit de
ilusión, abuso de la
subcultura del
corazón... todo ayuda a
potenciar el éxito de la
telenovela en la moderna
sociedad actual. Para
Reynaldo González, uno
de los expertos en este
género, solo un nivel de
comprensión mayor
requeriría de alimentos
culturales distintos. De
momento, la vigencia de
este género parece
incuestionable.
Cultura y tradición
hispanoamericana se
sitúan en los orígenes
de un género altamente
exportado y que no
parece perder vigencia.
Escritor y periodista
galardonado con
múltiples premios y
director de la revista
literaria
La Siempreviva,
con motivo del ciclo “Telenovela
¿cultura sentimental
latinoamericana?”,
González
analiza para Casa de
América los entresijos
del género y señala
claves para entender el
éxito atemporal de estas
"historias" que siguen
"enganchando" a
diferentes generaciones.
La primera pregunta es
obligada, ¿la telenovela
es parte de la cultura
sentimental
latinoamericana? ¿Por
qué?
En verdad, el
sentimentalismo
traducido a expresiones
artísticas llegó a
América de sus padres
directos, los españoles.
Fueron los dramones
decimonónicos hispanos
los maestros de la
exageración sentimental,
su retórica, una
oratoria que cargaba las
tintas en el honor, la
virginidad, el
sacrificio de las
madres, los entreveros
argumentales más
fuertes, las situaciones
extremas y los
apasionamientos feroces.
Sucedió que siendo
América un continente
con pueblos nuevos y
expresiones culturales
más desenfadadas y muy
cercanas a los
mass media
―mientras
la España del nacional
catolicismo franquista
se cerraba en círculos
concéntricos―
llevó los productos de
la llamada industria
cultural a un desarrollo
que luego tendría
reflejo en la Península:
el caso Sautier Casaseca
y sus novelones
radiofónicos. Así que
como en otros renglones,
hablamos de una “cultura
de ida y vuelta”. Los
aficionados a esos
mensajes, en ambas
orillas, se
connaturalizaron con el
llanto como válvula de
escape, la quejumbre y
la autoconmiseración.
Una realidad palpable es
el alto consumo de
telenovelas
latinoamericanas en la
llamada “España del
bienestar”, como pago de
una asignatura
pendiente, porque
ninguna cultura puede
cumplir la ilusión de
“quemar etapas”. Lo
vemos en el resultado de
sucesivas comprobaciones
de audiencia. Debemos
coincidir en que todo
esto es parte de la
cultura
hispanoamericana.
Un bebé aparece
abandonado en un portal…
o una joven huérfana
acogida en una familia
de millonarios… o un
amor incestuoso
escondido a la sociedad…
¿cómo hablar del origen
de este género a partir
de estas afirmaciones?
Los melodramas primero
solamente radiofónicos y
ahora televisivos, como
el teatro o el cine,
recurren a viejos
argumentos, dan
versiones modernas de
fábulas y mitos
antiguos. ¿Qué es el
aleccionador drama
El derecho de nacer,
del cubano Félix B.
Caignet, quien dio al
traste con la soap-opera
en clave estadounidense
y en esos predios
redondeó el triunfo
latinoamericano, sino
una versión de Edipo?
Pasión, pecado,
reconvención,
intolerancia, racismo,
todo eso asomó en ese
dramón, que en Brasil y
Centroamérica tuvo más
de 15 versiones
televisivas, dos
cinematográficas,
publicaciones y
traducciones a varios
idiomas en libros,
fotonovelas, postales
coleccionables y hasta
en envolturas de
caramelos. Abordé ese
fenómeno general en el
volumen Llorar es un
placer y ahora, como
estudio de caso, en mi
nuevo libro, El más
humano de los autores,
slogan impuesto a
Caignet en su época de
triunfo. Maquilladas o
trocadas, son versiones
de los rancios novelones
que animaron la prensa
francesa entre los
siglos
xix y
xx y, por
supuesto, que se
aventuran con historias
contemporáneas, pero
siempre con el regusto
de aquellas. La demanda
de sus consumidores pone
la otra parte: una
ansiedad de ilusión que
la sociedad
contemporánea echa en
falta, una fruición de
la subcultura donde
participa la prensa del
corazón, las noticias o
invenciones sobre los
famosos, algo que les
permita burlar las
dificultades o la
monotonía de la
cotidianidad.
Novelas emblemáticas
adaptadas a la TV,
¿Hasta qué punto es
efectivo? ¿Qué
importancia tienen los
diálogos en historias
que casi siempre pueden
predecirse?
Los consumidores
―que
podemos llamar adictos a
ese tipo de producciones―
no son demasiado
exigentes. No buscan la
novedad, sino la
satisfacción de un goce
difícil de explicar,
pero cierto. El diálogo
inconducente que tu
pregunta cuestiona es,
aunque no lo creas, uno
de los mecanismos
significativos de ese
“masaje sin mensaje” del
que habló un teórico.
Como otras creaciones
del
kitsch,
no aportan
elementos artísticos,
sino que reiteran los de
otros, que consideran
efectivos. Y cuando se
proponen contenidos
nuevos, los banalizan.
Rechazan la complejidad,
se acostumbran a más de
lo mismo, a rizar el
rizo. Los abusivos
primeros planos y los
debates verbales que
dejan a los personajes
en simples monigotes,
como débiles mentales,
entran en un juego de
avances y retrocesos, de
reiteraciones y lugares
comunes estereotipados.
Hace algunos años
participé en unas
sesiones de estudio de
este fenómeno en
Barcelona, invitado por
mi amigo Román Gubern, y
mientras debatíamos los
periódicos hicieron una
encuesta entre
consumidores de
telenovelas. Ocurrió que
lo que normalmente
censuraba el
especialista era
exaltado por ellos:
preferían historias
elementales, con seres
instintivos, de
psicologías endebles,
como si satisficieran el
reclamo de conocer a
gente más simples e
irresolutas que ellos
mismos. Aunque tuvieran
los ingredientes dichos,
algunas producciones
brasileñas les
parecieron demasiado
elaboradas, preferían
las más simples, de
otras nacionalidades. Ya
sé que esto puede
sorprender, incluso
ofender en cuanto al
nivel de comprensión de
esos aficionados, pero
es una realidad.
Un nivel de televidentes
con una comprensión
más alta, requiere
otro alimento cultural.
Nombre dos telenovelas
que considere
representen mejor tanto
la estética, como el
alma de este género
televisivo.
Si nos remitimos al
inicio, es obligado
reconocer la
trascendencia de
El derecho de nacer,
pieza reiterada en todos
los estudios, comodín de
las programaciones a un
lado y otro del océano.
Y creo que
La esclava Isaura
exige un segundo lugar.
Con celeridad pasmosa
recorrió las
programaciones
televisivas de América y
Europa. En ese tiempo
debí moverme a muchos
sitios, por una campaña
cultural con la que
estaba comprometido, y
pude comprobar ese
comportamiento en
públicos de diferentes
países y estratos.
Coincide que ambas
historias partían del
siglo
xix, sus
contrastes, sus
estamentos sociales y
morales, donde era fácil
incluir las vilezas y
las bondades más
remarcadas, escenarios
hechos a la medida de la
telenovela, una versión
torcida del
romanticismo. Que
involucrara a
participantes de
culturas tan opuestas
dejaba interrogantes
insoslayables sobre
apetencias y
sentimientos
igualitarios.
Galanes, princesas,
sirvientes, esclavos…
¿qué roles
contemporáneos muestran
las telenovelas de hoy
en comparación con las
primeras?
Desde los años 40 el
cine melodramático ya
incursionaba en
historias de diferentes
signos, pero con un
objetivo unificador: el
manejo de las
ansiedades, la
manipulación de la
sentimentalidad popular.
En esos años
predominaban las
canciones sentimentales,
con el subrayado
pasional del bolero y
del tango, periódicos y
revistas servían
historias alambicadas y
dramas que implicaban a
personas de diferentes
escaños sociales. Se
unían en la zona del
sentimiento, del amor
comprendido como fatum y
el tránsito en la tierra
como una escala de
sacrificios, hacia una
redención improbable. En
la actualidad los
personajes responden a
circunstancias
explícitas de la
realidad, como carnada
para agarrar al
espectador. Pueden tener
actuaciones marcadamente
diversas que aquellos,
pero los trasciende la
misma comprensión del
sacrificio, de
imposiciones y secretos,
dudas y tropiezos. Si la
observación se lleva a
los extremos
comparativos que
tácitamente propongo,
veremos que en el fondo
no han cambiado.
Literatura y televisión.
¿Cuál es el resultado de
esta “fusión”? ¿Qué se
necesita para escribir
una “buena” telenovela?
Mi comprensión de la
novela no coincide con
la papilla que
generalmente ofrecen los
medios. La literatura es
otra cosa. Desde el
principio quedó
esclarecida la
diferencia entre
novelistas y “autores”
de radio-telenovelas.
Hace poco conocí otra
diferencia, incluso más
exigente en términos
literarios, la de
“novela de arte” frente
a la novela de consumo
que tanto abunda y
aparece en algunos
currículos notables. Los
temas de la literatura,
como las fábulas y mitos
augurales, pueden ser
llevados a la
televisión, pero en
adaptaciones que
soslayen las
complejidades y los
objetivos más
intrincados. La radio
aprendió con el oficio
de traslación de la
página al sonido, lo ha
hecho el cine y es obvio
que lo hace la
telenovela. Una
telenovela será “buena”
en la medida en que
cumpla bien sus
objetivos de
comunicación directa, si
se la complica demasiado
perderá el rating
que desean sus
patrocinadores. Esto no
asegura la inexistencia
de algunas telenovelas
con elementos de
experimentación, pero
sin exagerar, sin que se
la pueda comparar con la
libertad creadora de la
literatura, el riesgo
del escritor y su sello
propio, si es un
narrador verdadero.
Música para planchar con
sabor a telenovela.
¿Cuánta importancia
tiene para el éxito de
la misma?
La palabra “melodrama”
se explica por sí misma,
nació en la
escenificación
operística y por
extensión acompaña a las
producciones que mezclan
música y diálogos, con
una comprensión más
ambiciosa de lo
melodramático, ya tenido
como exaltación del
sentimiento, una
comprensión que escapa
del lenguaje
musicológico. Un matiz
del asunto incluye la
utilización de melodías
y canciones
sentimentales, o trozos
de conciertos, para
subrayar los clímax. La
radio-telenovela nació
junto al auge de la
canción rompecorazones,
en sus diversos géneros.
Los argumentos de las
canciones y de los
dramas representados
fueron similares, lo uno
sirvió a lo otro. En la
industria cultural
cubana, uno de los
centros generadores de
radio-telenovelas, cuyos
guiones alimentaron el
cine mexicano
―cubano-mexicano,
según sus coproducciones―,
reinaron las canciones
que ya predominaban en
los cabarés y en los
gramófonos de cantinas,
clubes y bares. Cuando
en 1950 la televisión
llegó a Cuba, sus
imágenes resultaron
herederas de los ardides
cinematográficos, con la
música como elemento
recurrente. Fue un
contagio espontáneo. Los
galanes cantores (Carlos
Gardel, Jorge Negrete,
Pedro Infante, Tito
Guízar) y las orquestas,
encarnaron a los
protagonistas de los
dramas, o le nutrieron
el entorno. El cine de
rumberas cubanas
trasladadas a los
estudios Churubusco tuvo
en un solo cuerpo de
mujer el remeneo de los
bailes y los
estremecimientos del
llanto. Del guateque
pasaban a la desdicha y
en el primer resbalón, a
la cárcel o al convento,
recintos que aunó el
facilismo en un conjunto
donde lo único atendible
eran las rumbas. Allí,
como en las telenovelas,
la serialización causó
su estrago, respondió a
la rutina y a la
exigencia del consumo.
Música y melodrama,
melodrama y telenovela,
han terminado como
binomios persistentes.
No se negará que rinden
culto a la primera
acepción, ya sin la
magnificencia de la
ópera. |