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Soñoliento —porque el día para
él transcurre en las noches— y
divertido —pues cada minuto pasa
mejor si está lleno de gozo—,
encuentro a David Torrens
arrellanado en una butaca de
La Jiribilla, esperando la
hora del concierto. Mientras
conversamos, bromea y busca
aprobación en los músicos de su
banda, los mismos cómplices de
fiestas y madrugadas. Detrás de
la puerta, unos minutos después,
esperan sus fieles “Perversa” y
“Pamela”, el dulce “Besito” de
una abeja de La Colmenita, el
patio desbordando la Casa
Amarilla, el primer encuentro de
algunos con su música, los
colegas de ventanas y candiles,
el aplauso sincero, las risas…
El guanabacoense rubirrizo,
heredero de repentistas,
rockeros y trovadores, que en
otro tiempo tuvo a la música por
hobby, ya no logra desprenderse
de ella. Y en Cuba son pocos los
que pueden privarse de su
espiritualidad, de sus
espectáculos íntimos y
pasionales. Tal vez porque de su
espontaneidad, brota lo
auténtico.
¿Qué le entregas a La
Jiribilla en su octavo
aniversario, y qué representa
compartir con “ella” este
momento?
Para nosotros es un privilegio
que una publicación relacionada
con el arte, con lo que hacemos,
nos haya convidado a celebrar su
aniversario. Me han invitado a
otras actividades, y para mí
resulta muy divertido venir a
compartir con La Jiribilla.
¿Por qué lo haces, si los
conciertos son para ti un
“desgaste total”?
El concierto, a pesar de ser
agotador, es un acto
disfrutable, sobre todo cuando
uno sabe que se va a presentar
para artistas, para escritores…
Así se hace mucho más
interesante el intercambio que
puede darse en la escena. Por
eso puede ser, supongo, más
provechoso que en otras
ocasiones.
Cuando se menciona a David
Torrens, más que de un tema en
específico, se habla de las
descargas, de las peñas, de los
conciertos a los que puede ir
todo el mundo sin “exprimir” el
bolsillo. ¿Por qué te sientes
comprometido con esos espacios?
Realmente creo que en estos
lugares se encuentra parte del
público más fiel entre nuestros
seguidores. Suelen ser jóvenes
universitarios o del Pre. De
algún modo cultivar a ese
público es un fruto que uno
puede recoger en el futuro. Por
otra parte, la retroalimentación
que se siente es maravillosa. En
mi opinión la música que hago, a
pesar de no ser difícil, tampoco
es netamente comercial y por
ello ha gustado, ese público nos
ha seguido siempre. Más que
habérnoslo propuesto, es
sencillamente así como se ha
dado.
De haber sido de otro modo
supongo que estaríamos tocando
también en esos otros lugares,
pero realmente tocar para el
público universitario, para los
jóvenes, es lo que simplemente
se nos da mejor.
Tu música pudiera no tener
etiquetas, pudiera no
encasillarse dentro de un género
puro, pero sí es el reflejo
evidente de lo escuchado y lo
vivido. ¿A qué momentos, eventos
o a quiénes les debes más en tu
carrera?
Escuché en mis inicios como
compositor mucha música
argentina y brasileña sobre
todo, y mucha canción cubana de
bares y cantinas, esas canciones
que en algún momento, por un
motivo u otro, se dejaron de
escuchar y desaparecieron junto
con sus intérpretes. Todas esas
cosas juntas, más el haber
escuchado la trova, que me
encantaba, me han llevado a
concebir este tipo de música.
Realmente no creo que me dedique
a un género específico. Se lo
debo todo a la canción y a lo
que resulte ser la canción. No
me propongo hacer un danzón,
hacer esto o lo otro… Hago la
canción y después descubro que
puede pertenecer a un género.
¿De dónde te llegan la emoción
viva en la interpretación de los
temas, el tono pasional, los
deseos del llanto, el frenesí,
el paroxismo?
En mi caso, la interpretación
está relacionada con mi gusto
por figuras como el Benny y Bola
de Nieve, por ejemplo. Siempre
he creído que si una persona se
va a subir a cantar ante un
escenario y el público, debe ser
muy buen intérprete. Debe ser,
además, casi un actor:
desdoblarse y vivir la canción;
si no, es mejor que haga música
solo para la radio o que grabe
un disco y lo pase entre sus
amigos.
Durante mi carrera he respetado
mucho eso. Me impresionó cuando
empezaron a venir a Cuba figuras
como Fito y Baglietto, porque
sus espectáculos eran
tremendamente completos, uno se
iba satisfecho con lo que
sucedía en la escena. Me pasaba
con muchos cantautores del rock
argentino y cantautores e
intérpretes de Brasil, entre los
cuales pudiera mencionar a
Caetano Veloso, o a todas esas
personalidades que tienen un
gran nivel interpretativo;
verlos, aunque se le haya roto
el volumen a tu televisor, es
reconfortante.
También, por supuesto, hay algo
de eso que es medio empírico,
pero siempre he estado
convencido de que yo debía hacer
una interpretación que llenara a
la gente. “Culpables” de ello
son todas esas influencias.
Me aburría un poco ver la música
de otra manera. Prefería
escucharla y no observar una
imagen que no me transmitiera lo
que verdaderamente estaba
sintiendo el artista.
Tus canciones son, en su
mayoría, de amor y de olvido, de
alegría y desconcierto, pero
también de patriotismo. ¿Qué es
para ti Cuba, la Isla, el
terruño, la cuna?
Cuba es mi casa, mi todo.
Después de algunos años en los
cuales estuve fuera por asuntos
de trabajo, llegó el momento en
que me dije: “ahora debo regresar”.
Cuba es el lugar donde puedo
componer, donde realmente las
cosas me provocan.
Efectivamente, aunque no me lo
propongo, en mis canciones ―que
por lo general son de amor― no
logro escaparme de la realidad
social o política del país y de
cómo esas cosas pueden afectar
al individuo. No me propongo
hacer una canción política, pero
no me escapo de ello. |