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No deseo
comparar, pero hay impresiones
que se van concretando en uno de
forma inalterable. En tal
sentido, calificaría a La
Jiribilla como una de esas
felices publicaciones que han
sabido mantener una posición
editorial antidogmática. Quien
la haya observado a fondo lo
sabe. Fiel a su línea y
antidogmática, lo cual, sin más
rodeos, la coloca en un sitio al
cual seguimos llamando “de
vanguardia”. Sus rivales
—ladran, luego cabalgamos—
pueden presentarla como un
órgano de agitación política,
pero tal vez se enmadejen en sus
propios estados de neurastenia,
en su propia urgencia por
desdorar, con el fin de evadir
las demasiadas peticiones de
pruebas. Lo cierto es que la
revista atina con el dato
travieso, con la puntualización
incómoda, con una mirada plural
a las cosas.
Eso de manera
general. Por supuesto que
cualquier análisis paciente
pudiera sugerir alguna
deficiencia. Quizá esa especie
de expedientes que suelen
insertar a propósito de fechas o
eventos no haya tenido siempre
un equilibrio en su significado.
Pero la mayoría de las veces lo
ha tenido, así como el don de
implicar a pensadores de
crédito.
La superflua
pelea entre periodismo y
literatura, por ejemplo, queda
pospuesta en La Jiribilla,
gracias a una idea sobre la
cultura capaz de superar la
compartimentación y el recelo.
¿Qué necesita el periodismo, que
el ejercicio más demorado del
ensayo —y es un ejemplo
escolástico— no es capaz de
propiciarle? ¿Qué recinto exige
el ensayo para ser observado con
naturalidad? Las recetas no son
tan meridianas, o en todo caso
así pudiera demostrarlo una
prensa que se aparte del
automatismo.
Se trata —claro— de un órgano
con cierta especialización. Pero
me veo tentado a admitir que la
agilidad, el tiempo para pensar
las cosas y una ironía que
algunos cómicamente ignoran, son
atributos laudables de esta
publicación digital. Las veces en que
sus rivales han caído en la
trampa de usarla como referente
son una buena demostración.
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