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Asistimos al nacimiento de La
Jiribilla con mucha
expectativa y curiosidad
¿pegará?, nos preguntábamos,
¿gustará, durará? ¿No es
demasiado ambiciosa, demasiado
abarcadora?
En tanto publicación cultural
electrónica no tenía demasiados
antecedentes en el país, casi se
estaba estrenando este formato
periodístico, por lo que el
terreno todavía era bastante
virgen, se podía crear, inventar
a gusto, sin temer la repetición
de estilos, el desafío era
excitante. Y con respecto a su
versión en papel, cabía
preguntarse: ¿podrá ser distinta
a las tantas otras revistas ya
existentes, aportar un lenguaje
y enfoques diferentes?
También en el terreno de los
contenidos, los temas a tratar,
sus objetivos eran y siguen
siendo ambiciosos. Porque sin
olvidar el legado de la
historia, lo que la memoria
colectiva ha consagrado, La
Jiribilla quiere hacer
visible y transmitir todo lo que
se está haciendo actualmente en
el mundo, y fundamentalmente en
Cuba, en el campo del
pensamiento y la cultura para el
progreso de la humanidad; o
sea, promover el cambio, todo
lo que sea realmente
revolucionario y creador (y que,
ya no es un secreto para nadie,
ahora solo pueden generar las
concepciones socialistas, desde
la izquierda, no el sistema de
ideas del capitalismo).
Y ocho años después, La
Jiribilla nos demuestra con
creces que logró, y más allá de
lo esperado, sus propósitos: ha
alcanzado una notable
convocatoria de colaboradores y
público, y las opiniones que se
emiten desde sus páginas
cuentan, se buscan, se comentan
en el país y mucho más allá de
sus fronteras.
Como colegas, desde La Letra
del Escriba, nos alegramos
con esa sinceridad solo posible
en un sistema en el que no cabe
rivalizar. Como me lo recordó la
misma directora, siempre tan
solidaria como sus demás
compañeros de la revista, el día
en que se celebró este octavo
aniversario: “En el socialismo
no competimos, nos
complementamos…” |