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La Jiribilla
es una guerrilla urbana que
lleva operando ya ocho años en
la ciudad imperial globalizada.
Célula —clandestina en sus
inicios— de la izquierda
poética que ha tomado las armas
de la razón para extender la voz
de la Revolución Cubana.
Cuando llegué a ella, en sus
primeras ediciones, no sabía ni
papa de lo que era un sitio web
(no creo que, ni siquiera al
cabo de tanto, sepa algo más
allá de lo indispensable); casi
había que dar un santo y seña
para traspasar las puertas del
viejo Palacio del Segundo Cabo,
en horas avanzadas de la noche y
subir al cuartito del segundo
piso, donde un grupo de
colaboradores conspirábamos
buscando títulos, imprimiendo
textos, rastreando una
declaración, escaneando
imágenes, enviando correos o
haciendo llamadas en busca de un
dato, una confirmación o una
firma de apoyo. Era una tremenda
orgía creativa donde todos
hacíamos de todo; a veces,
incluso uno comenzaba un texto y
al bloquearse lo terminaban
otros, o tras discusión de
equipo se cambiaba el enfoque y
terminaba en quién sabe… hasta
en un chiste visual o una
caricatura.
Recuerdo una vez que salí de
fotógrafo, a un festival de rap
en Alamar; me sentí un Korda
buscando ángulos, encuadres, o
el momento de una expresión, o
un contraste con luces de
escenario. Cuando regresamos,
que bajamos las fotos en la
máquina: unos zapatos (bien
parecidos a los míos) una mancha
negra con sombras, una imagen
quemada por las luces… no
recordaba tal expresionismo
desde ese clásico del cine que
es El gabinete del doctor Caligari.
Dentro del modus operandi,
primaba el placer de rastrear a
algunos viejos amigos o
conocidos del sector cultural
que desde el exterior se
prestaban a campañas mediáticas
imperiales. No escribimos nunca
replicando a alguien por haber
emigrado, sino por haberse
denigrado. Intelectuales que de
pronto empezaban a publicar, no
solo en franca contradicción con
todo lo que habían dicho o
expresado en su obra y su vida
(que en muchos casos conocíamos
bien) antes de partir, sino con
un grado de insinceridad o
bajeza espiritual realmente
penoso. Nuestras repuestas,
acorde con el nombre del sitio,
solían llevar sentido del humor,
así fuesen en el campo
ensayístico, de profunda
reflexión o como cuando Emilio
Ichicawa —filósofo devenido reseñador de show de cabaret—
dijo haber sido víctima en Cuba
de la censura, un escritor que
no podía publicar y sacamos una
foto titulada “La montaña
mágica”: una loma de libros y
revistas donde aparecían sus
textos publicados por las
principales editoriales del
país.
Nos llegaba el amanecer, editando,
incluyendo textos nuevos,
remoliendo ideas, en un delirio
que se tornaba como un vicio
infinito de polemizar y darle un
toque de humor a cada rincón;
sacábamos cada viernes (más bien
alba sabatina) una megarrevista
de muchos implicados que
resultaba como un gran secreto.
No pocas veces terminábamos
tirados por las sillas o en los
rincones del Palacio del Segundo
Cabo. La calificación de
“clandestinos” no es
exageración, muy pocos sabían
dónde estaba la sede, ni quiénes
la hacían, ni si publicábamos
amparados o no por alguna
institución, muchas veces
empleábamos seudónimos para firmar
y llovían los correos rastreando
indicios nuestros.
No escribo en pasado porque crea
que haya cambiado el espíritu
del colectivo, sino porque con
el tiempo y el trabajo
sostenido, ha cobrado La
Jiribilla una lógica
resonancia y salido del
clandestinaje aunque siga en la
batalla. Hoy es reconocida como
una institución cultural, y una
importante voz de la cultura
cubana a escala internacional.
Luego de aquella etapa, bajó a
la trastienda del cibercafé,
hasta llegar a su casa actual,
donde su labor social se amplía
con exposiciones de artes
plásticas, sala de navegación y
su sabroso Patio de Baldovina
que pronto se ha convertido en
un rincón muy especial para
trovadores y trovadictos. No
porque su colectivo se exponga a
la luz ha dejado de ser una
organización guerrillera, La
Jiribilla sigue siendo la
herejía en un mundo donde los
medios masivos y del
ciberespacio siguen estando en
manos de los poderosos, los
ultrarreacionarios, (los que
siempre fueron derechosos, y los
ex izquierdas), los tapaditos
(“la zurda sí… pero la derecha
no es tan mala como creíamos”),
los ultraizquierdas (que se
fueron de rosca y dicen que son
zurdos pero batean y cogen a la
derecha); en fin, que tiene
muchas verdades por cantar esta
publicación, a la que se le
puede desear que estos ocho años
sean el gateo parvulesco. No
tengo que decir que si bien no
soy de plantilla (realmente
nunca lo fuimos en años
clandestinos) soy jiribi-guerrilllero
y como dice La Original de
Manzanillo: a la hora que me
llamen (y hasta sin que me
llamen) voy. |