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Callada, no por temerosa ni
sumisa, sino por la silente y
modesta condición de quien se
conoce sabia y no requiere de
gritarlo. Con las nueces, no de
la riqueza desmedida y el
derroche, sino de las palabras
suficientes para que no haya
ruidos excesivos o fatuos y sí
frutos y raíces sólidas que
mostrar. Con la chispa, la
sonrisa, la travesura de su
inevitable condición de ángel
criollo y a la vez la hondura,
la madurez y el aguzado filo de
espada colectiva, de idea
nuestra como bandera y estrella
que ilumina y mata, tal dijera
el Maestro. Así, en esa mezcla
de arrojo juvenil y de sapiente
reposo, La Jiribilla
supera la alta valla de más de
400 ediciones en el ciberespacio
y cumple sus primeros ocho años
de decir y de decir bien.
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Nacida casi junto con este nuevo
siglo y su milenio, La
Jiribilla se abrió desde su
voz para contarnos, para
dejarnos ver como la unida y a
la vez diversa Fuenteovejuna que
somos los cubanos, llena de ese
espíritu de futuro que traen los
comienzos en tiempos de fundar
calendarios. Digo ángel de la
cultura, no solo por recordar
esa fantástica invocación de
Lezama, herencia bajo la cual ha
crecido este espacio, sino porque en sus páginas, digitales o
tangibles, ha hecho nido y
arraigo la cultura cubana y del
mundo, en su más amplio
significado, en su voz
mayúscula, en su afán de
batalla, de memoria y de
magisterio. En la misma
condición, terrible y a la vez
amorosa y noble, de todo querube
misionero que carga en sus
espaldas un poco de las alas y
disparos de todo un pueblo y que
debe mostrarlo a sí mismo y a
más allá.
En este octavo cumpleaños, a
pesar de la infantil sugerencia,
basta un simple vistazo y se
descubren los adultos pasos que
ya han dejado sus huellas. En
principio, en la cantidad de
trabajo diverso y variopinto,
acumulado y disponible, su
misión primera; pero además,
La Jiribilla se multiplica
en la constante preocupación por
salirse del mundo virtual y
mostrarse, en papeles, en foros,
en fotografías y lienzos
expuestos, en acordes y
canciones. En esa manera de
hacerse lugar y encuentro, ha
crecido nuestro ángel.
Por eso, en la fiesta que
acompañó el festejo de este
aniversario, el ya recurrente
Patio de Baldovina era un
hervidero de trabajo y alegría,
pero sobre todo de rostros
amigos. Artistas plásticos,
trovadores, músicos, escritores,
periodistas, fotógrafos. Esos
son los heraldos que reúne bajo
su manto este arcángel armado de
cada una de esas voces, de cada
uno de esos amores y empeños que
han ido dejándose ver en sus
páginas. La muestra expositiva
de Moisés Finalé, los cantos de
David Torrens, ese retrato
posible del ángel, que José Luis
Fariñas entregara a Roberto
Fernández Retamar, un Abel
Prieto sentado desde el público
como uno más, y otra vez vale
decirlo, muchos amigos. Esos son
los frutos que recoge este
lugar, este es el resultado de
esa arca, de navegar con la
resistencia como proa, de su
icárico empeño hacia la
vislumbrada alba poética.
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Este continente sólido y a la
vez leve, de hallazgos y de
encuentros, cumple sus primeros
ocho años. Me alegra y me
enorgullece, haber sido parte
alguna vez de ese apretado haz
de ideas y de sueños que
sostienen el vuelo de este
ángel, de que mis palabras se
unan al ancho y caudaloso
torrente con que La Jiribilla,
en el más vasto de los
significados y formas, dice
patria y sigue hablando para
todos. Ese Quijote que nos toca
ser en pequeño desde la voz de
una página escrita, a veces para
defendernos de los gigantes y a
veces hasta para hacer que
algunos molinos imprescindibles
sigan existiendo, tiene en este
espacio el pedazo de adarga
necesario, la oportunidad de
subirse a este alado Rocinante y
entre todos cargar a la palabra.
O al machete si alguna vez
hiciera falta.
Salud para ti, Ángel de la
Jiribilla. Que desde tu voz, esa
voz que somos muchos, siga
naciendo constante ese hágase la
luz que es la cultura. Sigue
siendo certeza, sigue siendo el
espíritu de alcanzar lo
imposible, sigue empuñándote
pregunta. La infinidad, esa que
será posible justo porque nos
rebasa, tiene la respuesta. |