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Leo por estos días a Roberto Bolaño. El
chileno comenzó a gustarme un par de
años antes de que se pusiera totalmente
de moda. Algunos dicen que es el
Córtazar de estos tiempos. Yo prefiero
no compararlo; si lo hago demasiado
cierro su novela y corro tras los
geniales cuentos del argentino.
En una de sus ficciones Bolaño habla de
un personaje que se dedica a participar
en concursos provinciales para
subsistir. Revisando el lomo de uno de
sus libros, veo que también el autor
pescó en esas legítimas aguas. Creo que
como todo trabajo es honrado, cada
concurso es igual de relativamente
valioso para el escritor. Ya se sabe: ni
te debes creer genio si lo ganas ni
desahuciado por el talento si no. Y
procurar dinero está bien. Cuando a un
creador le dan unos billetes como premio
le están regalando sobre todo tiempo
para su trabajo.
Yo no mando mucho a concursos, pero más
por vagancia o por temor a la eficacia
del correo que por otra cosa. También
tienen estas competencias la desventaja
de la ansiedad cuando se acercan los
días del fallo. Por eso es preferible
que tu obra no guste o que ni la lean
siquiera a esas demoras infinitas. Suele
suceder que cuando te olvidas de ellos
es que recibes la linda noticia de que
te premiaron.
A Bolaño le ha llegado la consagración
internacional plena después de morir a
los cincuenta años. Ahora los que fueron
jurados en aquellos municipios o
provincias sin glamour se
sentirán orgullosos de haber
contribuido, aunque sea escasamente, a
estimular al futuro genio. Tal vez
varias veces lo superaron personas que
luego no fueron escritores profesionales
o siguen siéndolo pero de cuarto o
quinta fila. Y eso tampoco es una
injusticia. ¿Por qué asegurar que se
equivocó el tribunal de la región remota
y no los sofisticados promotores de hoy?
Me gusta Bolaño y no me molesta que
siempre haya estado consciente de su
talento robusto y su singularidad
demostrable. Algunos –como Herralde,
delicado editor- dicen que era sólo una
máscara, una piel suplementaria para
defenderse. El chileno leyó mucho y
fustigó a los autores que no prefería,
sobre todo si además de no ser de su
agrado, eran famosos y/o ricos. Todo
es válido. Hay derecho hasta no gustar
ahora de Roberto Bolaño o tratar de
superar a sus jóvenes y vanidosos
herederos en el peor dotado, el más gris
de los certámenes literarios. |