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Debo comenzar con unas
palabras de gratitud
para la Universidad de
Queen y para todos
aquellos que
participaron en la
organización de esta
conferencia. Su
iniciativa, hospitalidad
y excelentes
preparativos han
facilitado tres días de
útiles discusiones en
una atmósfera abierta y
constructiva.
No fue una tarea fácil.
Cualquier intento de
considerar a la
Revolución Cubana y de
analizarla con
objetividad plantea
retos que desafían la
integridad intelectual
y, muchas veces, la
honestidad y la
sinceridad personal.
En un brillante trabajo
por el cual nunca
podremos agradecerle lo
suficiente, Louis A.
Pérez Jr. escribió:
“Cuba ocupaba muchos
niveles dentro de la
imaginación
norteamericana,
frecuentemente todos a
la vez, de ellos casi
todos funcionaban al
servicio de los
intereses de Estados
Unidos. La relación
norteamericana con Cuba
era por sobre todas las
cosas servir de
instrumento. Cuba
―y
los cubanos―
eran un medio para
alcanzar un fin, estaban
dedicados a ser un medio
para satisfacer las
necesidades
norteamericanas y
cumplir los intereses
norteamericanos. Los
norteamericanos llegaban
a conocer a Cuba
principalmente por medio
de representaciones que
eran por completo de su
propia creación, lo cual
sugiere que la Cuba que
los norteamericanos
escogieron para
relacionarse era, de
hecho, un producto de su
propia imaginación y una
proyección de sus
necesidades. Los
norteamericanos rara vez
se relacionaban con la
realidad cubana en sus
propios términos o como
una condición que poseía
una lógica interna o con
los cubanos como un
pueblo con una historia
interior o como una
nación que poseía su
propio destino. Siempre
ha sido así entre
Estados Unidos y Cuba.”1
Esa persistente
resistencia a asumir a
Cuba como era e ignorar
su historia y realidad
ha acompañado a ambas
naciones durante toda su
vida. Ese fue un
inmenso obstáculo para
muchos norteamericanos
cuando tratan de
comprender qué pasó en
la Isla hace 50 años. No
hubo muchos héroes
intelectuales que
trataran de saltar esa
brecha.
Uno de ellos fue C.
Wright Mills, un ser
humano poco común, y uno
muy ignorado y olvidado.
Él incluso escogió
hablar como si fuera un
cubano en un magnífico
libro, al que contribuyó
un más joven Saul Landau.
Permítanme recordarlo:
“Estamos tan apartados
que existen dos Cubas
―la
nuestra y la que ustedes
se imaginan[1].”
Durante los años de la
indiscutible hegemonía
norteamericana en el
Hemisferio Occidental,
atrapada en las
dinámicas de la Guerra
Fría, esa imagen de Cuba
fue proyectada también
hacia otros lados, y
continúa siendo una
tarea difícil determinar
con imparcialidad qué
era y es realmente Cuba,
cuáles son sus logros y
deficiencias.
Hace 50 años pocas
personas podían haber
previsto que Cuba
atraería la atención
internacional que ha
alcanzado. En esos días,
cuando estábamos
angustiados por la
partida de la mitad de
nuestros seis mil
médicos, nadie en la
Isla se atrevía a
concebir el
establecimiento de un
sistema universal y
gratuito de atención de
salud, mucho menos
imaginar que miles de
miembros de nuestro
personal médico
servirían en docenas de
países y salvarían
millones de vidas en
todo el mundo.
En esos lejanos días
estábamos preparándonos
para iniciar la campaña
nacional de
alfabetización con
vistas a salvar de la
ignorancia a la cuarta
parte de nuestra
población. Ese fue el
primer y decisivo paso
hacia una profunda
Revolución Educacional y
Cultural. Una parte
importante de la misma
fue la creación de la
casa editorial estatal,
Imprenta Nacional, que
nació con una edición
masiva de la más famosa
novela de Cervantes.
Incluso en esos días
quijotescos no previmos
que miles de maestros
cubanos, con un método
cubano, contribuirían a
salvar del analfabetismo
a millones de personas
en tierras lejanas.
Eso se hizo con la
participación de
millones de cubanos
―trabajadores
y estudiantes, ancianos
y jóvenes, mujeres y
hombres―
por un gobierno que
estaba condenado a
fracasar.
Porque Cuba, en esos
días, estaba enfrentando
una bancarrota total. La
gente de Batista había
escapado de la Isla
llevándose con ellos
prácticamente todas las
reservas financieras del
país en lo que fue
probablemente uno de los
mayores robos de la
historia.
Muchas palabras han sido
usadas, durante décadas,
para hablar acerca del
“embargo” o de las
“sanciones económicas”
impuestas por EE.UU. al
régimen revolucionario.
Expertos tanto liberales
como, conservadores, que
han escrito mucho acerca
de la política de EE.UU.
hacia la Isla, le han
prestado muy poca
atención al gran robo,
el primer y más severo
golpe en una guerra
económica que ha durado
medio siglo.
Los cubanos no solo han
contribuido al
desarrollo social de
otros pueblos. Ellos
también han derramado su
sangre. Sin el ejemplo
único de solidaridad
internacionalista de
Cuba no existiera ahora
una Namibia
independiente, Angola no
hubiera podido alcanzar
su soberanía y la paz, y
Sudáfrica no fuera una
nación democrática.
Contribuimos a su lucha
de forma incondicional y
sin quitarles nada a
cambio.
Cuba ha ganado el
reconocimiento de
millones en África,
América Latina, el
Caribe, Asia e incluso
en el Pacífico, por lo
que hemos sido capaces
de hacer en las áreas
referidas anteriormente.
Si otros, con muchas más
riquezas y recursos
humanos y técnicos,
hubieran hecho algo
comparable los objetivos
de Naciones Unidas para
el Milenio se hubieran
alcanzado fácilmente
hace mucho tiempo.
Permítanme hacer un
paréntesis. Quiero
reconocer la presencia
aquí de un grupo de
maestros cubanos, que
están trabajando junto a
autoridades y ONG
canadienses en la
implementación del
programa YO SÍ PUEDO
para el beneficio de
aquellas comunidades en
Canadá que aún se ven
afectadas por el
analfabetismo. Esos
cubanos son jóvenes,
pero ya han acumulado
alguna experiencia
ayudando a mejorar la
educación de otros en
Nueva Zelanda, otro país
desarrollado.
Pero lo que pasó después
de la solución de los
conflictos en el sur de
África fue quizá más
asombroso. Con la
disolución de la Unión
Soviética, Cuba sufrió
el golpe más severo a su
economía, perdió sus
mercados y socios
comerciales y lo que le
quedaba en términos de
asistencia y cooperación
internacional. Más de un
tercio de su PIB
desapareció de la noche
a la mañana.
En ese momento crucial
estábamos absolutamente
solos sin ningún aliado
en la región ni más
allá. Y fue entonces
cuando EE.UU. decidió
intensificar su guerra
económica con la Ley
Torricelli en 1992 y la
Ley Helms-Burton en
1996, ambas, por cierto,
todavía vigentes y
puestas en práctica
mientras estamos
realizando esta
conferencia.
En esos años algunos
presuntuosos cuentistas
se apresuraron a
escribir acerca de la
inminente desaparición
de la Revolución Cubana.
Como Torricelli, Helms y
Burton, ellos estaban
seguros de la fecha
exacta de nuestro fin.
Obviamente ellos no
escucharon lo que les
estaba diciendo ni más
ni menos que Henry
Kissinger. En la época
pos Guerra Fría,
“Estados Unidos”
necesita “conocer sus
límites”, porque “lo
nuevo acerca del orden
mundial emergente es
que, por primera vez,
Estados Unidos no puede
ni aislarse del mundo ni
dominarlo”[2].
Esas palabras fueron
publicadas cuando muchos
creían en el “fin de la
historia” y en un mundo
unipolar bajo una y solo
una superpotencia, una
forma de pensar que
puede estar pasando de
moda.
Estamos viviendo en una
época en que se requiere
de una reflexión más
profunda. Una época para
escuchar, para tender la
mano y aprender. Una
época para descubrir la
realidad y deshacer
mitos y prejuicios.
Un rayo de esperanza en
esa dirección pareció
manifestarse en la
llamada V Cumbre de las
Américas, celebrada en
Puerto España, Trinidad
y Tobago un par de
semanas atrás.
Reunirse con otras
personas y escuchar y
comunicarse con ellas
como iguales es una muy
antigua experiencia
humana, familiar para
todos desde la más
temprana infancia. Nadie
debe esperar recibir un
reconocimiento especial
por hacer solo eso.
Nadie excepto si usted
pertenece a una nobleza
especial, a una
categoría superior, a
una raza particular que
está por encima de todas
las demás.
Durante mucho tiempo esa
fue la experiencia
latinoamericana y
caribeña. Nunca nos
reuníamos con otros como
iguales, salvo cuando lo
hacíamos entre nosotros
mismos, exclusivamente,
sin ningún extraño.
En la conferencia, con
Cuba orgullosamente
ausente, todos nuestros
hermanos y hermanas de
la región se encontraron
con el Presidente de los
EE.UU.
Se ha dicho que la
reunión fue histórica,
pero sin presentar
argumentos sólidos que
sostengan esa
valoración. Por supuesto
que de ella salió un
documento sin
precedentes por su
extensión que los
participantes no
firmaron y que muy pocos
leerán. Además de eso
todos parecían sentirse
felices por la cordial
atmósfera que prevaleció
en el encuentro.
El Presidente Obama
trató de sacar el mejor
provecho a ciertas
decisiones con respecto
a Cuba que él había
anunciado antes de
iniciar su viaje.
Esencialmente eliminó
las crueles
restricciones que George
W. Bush había impuesto a
los viajes de los
cubano-americanos y a
las remesas que enviaban
a la Isla, dándole
marcha atrás al reloj en
este tema, hasta la
situación existente en
mayo de 2004, una época
que, de acuerdo con sus
propios cálculos, fue
hace mil años atrás.
Es algo irónico que la
misma persona que
insistió en olvidar la
historia y en mirar
solamente adelante hacia
un futuro de promesas
difusas y vagas, trate
de darle tanta
importancia a algo que
lo único que significa
es un regreso parcial al
pasado. Parcial porque
él no les devolvió a
otros ciudadanos
norteamericanos ciertos
derechos en esos temas
que habían tenido,
algunos de ellos,
incluso durante los
primeros años de W.
Bush. Escuchando al
Presidente, no puedo
dejar de recordar la
advertencia de
Kierkegard: “La vida se
vive hacia adelante pero
se entiende hacia
atrás”.
Ese es el problema con
la historia. Uno puede
pretender ignorarla,
pero nadie puede vivir
fuera de ella. Sostengo
que es más sabio
reconocer que la
historia existe y
aprender de ella.
Cualquiera que hiciera
eso se quedaría
sorprendido por esas
palabras viniendo de
Washington, que al mismo
tiempo reiteran la
continuación de la
agresión económica
contra la Isla
―el
“embargo” en su lenguaje
edulcorado―,
dicen que Cuba debe
hacer algo para
retribuir el generoso
“gesto” de levantar esas
restricciones a los
cubano-americanos, un
gesto que, después de
todo, fue dictado por la
creciente demanda
interna por parte de
aquellos afectados, como
fue reconocido por el
propio candidato Obama.
En otras palabras, Cuba
tiene que cambiar y
comportarse de acuerdo a
los deseos de
Washington. Si es acerca
de cambio de lo que
ellos están hablando, un
cambio que ellos puedan
realizar en este mismo
momento, entonces
permítanme ser muy
específico.
¿Por qué finalmente
Washington no responde a
la solicitud formal de
extradición a Venezuela
de Luis Posada Carriles?
La misma fue recibida
hace más de cuatro años,
y no ha tenido
respuesta.
Las convenciones
internacionales contra
el terrorismo son muy
claras y no le dejan a
EE.UU. salida alguna.
Posada debe ser
extraditado para que
continúe su juicio por
la destrucción en pleno
vuelo de un avión civil
o EE.UU. está en la
obligación de procesarlo
por el mismo crimen “sin
ninguna excepción en
absoluto.” Extraditar o
procesar inmediatamente
a Posada, o EE.UU.
continuará violando el
Artículo 7 de la
Convención de Montreal
para la Protección de la
Aviación Civil y todos
los otros instrumentos
legales contra el
terrorismo internacional
y la Resolución 1373 del
Consejo de Seguridad de
Naciones Unidas de
septiembre de 2001.
Si la retórica acerca
del cambio también
incluye comenzar a
respetar los principios
de justicia y las normas
morales, el Presidente
no puede seguir
ignorando la
encarcelación injusta e
injustificada de Gerardo
Hernández, Ramón
Labañino, Antonio
Guerrero, Fernando
González y René
González. Simplemente
debe ejercer su
autoridad desestimando
los cargos fabricados
contra ellos y liberar
inmediatamente a los
Cinco.
Sí, él puede. Lo acaba
de hacer la semana
pasada con aquellos
hallados culpables de
cometer espionaje a
favor de Israel. En el
caso del AIPAC (Comité
Americano-Israelí de
Asuntos Públicos) hubo
un grupo de documentos
secretos relacionados
con las fuerzas armadas
y la seguridad nacional
de EE.UU. En el caso de
los Cinco cubanos, como
determinó la Corte de
Apelaciones en una
decisión unánime en
septiembre pasado, no
estuvo involucrada
ninguna información
secreta.
La vergonzosa acusación
en contra de Gerardo
Hernández
―conspiración
para cometer asesinato,
el infame Cargo Tres de
la acusación―
nunca pudo ser probada,
como lo reconoció el
mismo gobierno de EE.UU.
en una moción de
emergencia sin
precedente en la
historia norteamericana.
Solamente un jurado
intimidado después de
tal reconocimiento por
parte de los fiscales
pudo hallar culpable a
Gerardo, un resultado
que demuestra que era
imposible realizar un
juicio justo en Miami.
El caso de los Cinco
cubanos es ante todo y
sobre todo el más
notorio ejemplo de mala
conducta por parte de la
fiscalía y el gobierno.
EE.UU. debe liberarlos
si es que quiere que
creamos que algo
fundamental está
cambiando en Washington.
La actitud de EE.UU. es
no solo la continuación
de una política ilegal,
injustificable y
fallida. Es también la
consecuencia de un
profundo error, una
falsa percepción de sí
mismo que fundamenta el
papel de EE.UU. en el
mundo. Como dijo un
distinguido investigador
norteamericano:
“la larga sombra que
proyecta sobre la
historiografía
norteamericana su mítico
carácter de luchadora
por la libertad” es “el
mayor de nuestros
malentendidos
nacionales” que “fijó
en la conciencia
nacional el idilio de
libertad del cual, hasta
hoy, la sociedad
norteamericana permanece
rehén[3].”
Esta falsa
autorrepresentación
comienza desde el
momento de la separación
de las Trece Colonias de
Inglaterra y ha sido
fabricada por estadistas
y políticos e inculcada
deliberadamente en las
mentes de la población.
Ese esfuerzo estuvo
presente en la
Declaración de
Independencia y en los
artículos de El
Federalista. Ha sido
multiplicado de forma
exponencial y exitosa
con las modernas
tecnologías de la
comunicación.
Así es como una persona
involucrada de forma
notoria en el genocidio
en Vietnam y Cambodia
pudo escribir acerca del
“idealismo
norteamericano” como
“una expresión de fe de
que nuestra sociedad es
capaz eternamente de
renovarse a sí misma,
trascender la historia y
rediseñar la realidad”.
Y él, que fue el
autor intelectual del
golpe de Estado fascista
que destruyó la
democracia en Chile, y
torturó y asesinó a
miles de personas
indefensas, fue capaz de
definir ese inventado
“idealismo” como la
“búsqueda tradicional de
EE.UU. de un mundo en el
cual el débil esté
seguro y el justo libre”[4].
Una visión como esa es
un recordatorio de una
expresión atribuida a
Otto Von Bismarck: “Dios
tiene una providencia
especial para los
tontos, los borrachos y
los Estados Unidos de
América.”
Refiriéndose
específicamente a Cuba
la narrativa oficial
norteamericana va más
allá de cualquier límite
intelectual. Hechos muy
bien documentados, en
una historia que se nos
invita sospechosamente a
olvidar, muestran que en
fecha tan temprana como
1805, Jefferson abogó
por la anexión de la
Isla. Desde esos días
los norteamericanos
desarrollaron una
narrativa, de acuerdo
con la cual ellos tienen
derechos especiales
sobre Cuba otorgados por
Dios, para incorporar la
Isla a la Unión, para
intervenir en los
asuntos cubanos y para
dictar nuestro presente
y nuestro futuro. Todo
eso basado en una
versión de la realidad
que no tiene nada que
ver con la verdad, pero
promovida por un país al
que se le ha hecho creer
que tiene una misión y
un destino divino y “es
eternamente capaz de…
trascender la historia y
rediseñar la realidad”,
ideas muy
apreciadas por los
neoconservadores con las
consecuencias que todo
el mundo conoce. Como
dice Lou Pérez, “la
capacidad de los
norteamericanos para la
autodecepción fue
superada solamente por
su insistencia de que
los cubanos, también
contribuyeran a la
decepción y estuvieran
agradecidos”[5].
Pero en tiempos más
recientes EE.UU. ha
demostrado una increíble
capacidad en tratar de
decepcionar y engañar a
millones en todo el
mundo. Billones de
dólares, tomados de los
bolsillos de los
contribuyentes, han sido
dedicados durante medio
siglo a una guerra de
propaganda contra Cuba
que no tiene paralelo
histórico, y que abarca
prácticamente todas las
áreas y medios desde la
TV y las transmisiones
de radio, filmes,
libros, periódicos y
revistas, conferencias,
hasta millones de copias
de libros de
caricaturas.[6]
Todo esto hecho en
nombre de la democracia,
un concepto que no era
particularmente del
agrado de los fundadores
de la República y de los
que redactaron su
Constitución. La
adopción del término y
su usurpación para
transformarlo en una
herramienta de la
política imperial
vendría mucho después en
la historia y en el
proceso sería privado de
su significación
original.
La noción misma de que
las instituciones de un
país deben reflejar las
de sus vecinos es una
radical negación de
cualquier ideal
democrático.
Estamos convencidos de
que hay que hacer mucho
más para avanzar en
cuanto a la
participación real del
pueblo en cada uno de
los aspectos de nuestro
sistema de gobierno. En
cada uno de los aspectos
desde la nominación de
candidatos directamente
por sus propios
electores; el proceso de
las asambleas regulares
de rendición de cuentas
en las cuales los
delegados y diputados
informan al pueblo y
discuten con ellos
muchos temas; los
despachos
―reuniones
individuales entre los
ciudadanos y sus
representantes; las
respuestas rápidas y
apropiadas a las quejas,
críticas y propuestas
que los ciudadanos
plantean por estas y
otras vías; hasta la
solución de una gran
variedad de problemas o
la implementación de
iniciativas con la
participación directa y
la implicación real de
la comunidad, en todas
esas áreas necesitamos
continuar trabajando
guiados por el principio
fundamental que motiva a
todo revolucionario: la
insatisfacción con lo
que se ha logrado y la
permanente lucha para
alcanzar objetivos
superiores.
Esos esfuerzos no tienen
absolutamente nada que
ver con un impensable
retorno al falso y
corrupto régimen del
pasado. Imponer al
pueblo cubano un régimen
de “democracia
representativa” no sería
un avance en términos
democráticos, si no un
retroceso. Sería privar
a las masas de los
derechos y poderes que
ellas han conquistado y
no darles nada a cambio,
excepto palabras,
retórica sin sentido de
un dogma que no tiene
muchos partidarios entre
aquellos obligados a
vivir con ella.
En vez de copiar una
caricatura ficticia,
nosotros seguiremos
tratando de avanzar en
lo que Kelsen describió
como la
“parlamentarización” de
una sociedad que al
mismo tiempo debe
incluir a todos sus
ciudadanos, eliminando
todas y cada una de las
manifestaciones de
exclusión y
discriminación por raza,
sexo, religión u otro
cualquier motivo. No
menos, sino más
socialismo es la única
vía hacia una sociedad
más democrática.
Nuestros adversarios
gustan de criticar a la
Asamblea Nacional que yo
tengo el honor de
presidir, porque no
estamos acostumbrados a
los métodos que son
comunes en la mayoría de
los parlamentos
occidentales. No,
nosotros no nos
permitimos largas
jornadas de discursos en
frente de las cámaras,
cuyos operadores son los
únicos oyentes. Sí,
nosotros dedicamos un
par de semanas a
nuestras sesiones
plenarias formales.
Pero, créanme,
trabajamos realmente
duro y nos reunimos
muchas más veces durante
el año. La diferencia
real es que en nuestras
reuniones toman parte un
número de personas que
están completamente
ausentes en las
actividades de otros
parlamentos. Nosotros no
tomamos ninguna decisión
importante sin haberla
discutido previamente
con todos los
interesados. Tan pronto
regrese de Canadá, por
ejemplo, me uniré a mis
colegas en las
discusiones que estamos
celebrando desde abril
acerca de los
principales temas que
trataremos formalmente
en nuestra Sesión
Plenaria del próximo
verano. Estamos haciendo
eso en cada provincia y
cada municipio del país
con la participación de
miles de nuestros
ciudadanos.
Antes de considerar en
diciembre pasado la
nueva Ley de Seguridad
Social tuvimos miles de
reuniones con la
participación activa de
millones de
trabajadores, que
discutieron, modificaron
y aprobaron por
abrumadora mayoría el
texto que fue finalmente
aprobado.
Nosotros no queremos
imponer nuestro sistema
a otros. Tampoco creemos
que el nuestro sea la
perfecta realización del
ideal democrático.
Simplemente decimos que
en Cuba nos estamos
esforzando por
desarrollar un proyecto
legítimo para contribuir
a uno de los más
antiguos debates de
nuestra civilización,
tratando de introducir,
lo más posible, la
democracia directa
dentro de las
inevitables formas de
representación en una
sociedad moderna.
Permítanme con toda
humildad sugerir que
todos aquellos que se
consideran a sí mismos
demócratas deben
reconocer que la
democratización es un
proceso necesario en
todos y cada uno de los
países y que no existe
una cosa tal como
“democracia” por
imposición.
Yendo atrás en el
tiempo, en lo que
Norberto Bobbio describe
como su “más famoso
elogio”, Pericles
tenía una idea diferente
de la democracia:
“vivimos bajo una forma
de gobierno que no emula
con las instituciones de
sus vecinos; por el
contrario, somos
nosotros mismos un
modelo que algunos
siguen, en vez de ser
imitadores de otros
pueblos… se llama
democracia porque su
administración está en
manos no de unos pocos,
sino de muchos”[7].
El sistema
norteamericano de
gobierno fue claramente
identificado por sus
Fundadores como algo muy
diferente de las
clásicas y antiguas
formas de democracia.
“Está claro que el
principio de
representación no fue ni
desconocido por los
antiguos ni
completamente pasado por
alto en sus
constituciones
políticas. La verdadera
distinción entre estos y
los gobiernos
norteamericanos radica
en la total exclusión
del pueblo, en su
capacidad colectiva,
de cualquier
participación en los
últimos, y no en la
total exclusión de
los representantes del
pueblo de la
administración en los
primeros”[8].
Tal exclusión fue
necesaria “para evitar
la confusión y la
intemperancia de una
multitud”, una
visión amenazadora para
Hamilton, Madison y sus
coetáneos. Tanto era así
que ellos sentenciaron:
“si los ciudadanos
atenienses hubieran sido
Sócrates, todas las
asambleas atenienses
habrían sido, aún así,
turbas”[9].
De una aversión tal por
las multitudes
evolucionó un concepto
de democracia que buscó
restringir su
participación en el
ejercicio del poder
político y el control de
la administración la
cual llegó a ser
definida como
“democracia
representativa”. Su
fundamento era reducir
el papel de las masas, o
del populacho, a elegir
sus “representantes” y
delegar en ellos la
soberanía del pueblo.
Este enfoque
reduccionista ha sido
transformado
exitosamente en una
especie de dogma
indiscutible.
Tal éxito es bastante
asombroso teniendo en
cuenta que el concepto
fue objeto de algunas de
las más convincentes
críticas desde que
apareció por primera vez
en el mundo occidental.
Al tema Jean Jacques
Rousseau dedicó algunas
de sus más elocuentes
páginas. Nadie ha sido
capaz alguna vez de
refutar sus argumentos
acerca de la
imposibilidad de una
democracia real en
sociedades profundamente
divididas entre ricos y
pobres y de la falacia
de “delegación de
soberanía”, a menos que
los “representantes”
estén completamente
controlados por las
masas con un “mandato
imperativo”.
Estas aspiraciones
igualitarias fueron
claramente expresadas
entre los Jacobinos y
jugaron un papel
importante en la intensa
y sangrienta lucha de
los revolucionarios
franceses. Estuvieron
también presentes en el
proceso que llevó a la
independencia de las
Trece Colonias y durante
las primeras etapas de
la República, pero
fueron manejadas
hábilmente con la
retórica de Jefferson y
también con la represión
de Shays y otras
rebeliones, y con
instrumentos tales como
la Ley contra Disturbios
y la Ley de Sedición,
piezas legislativas que
inauguraron una bien
establecida tradición
norteamericana.
La noción de “democracia
representativa” y su
implementación en la
vida real ha sido
siempre objeto de
discusión.
En el siglo XX, el
profesor Hans Kelsen,
autor principal de la
actual constitución de
la República austriaca,
le dedicó ensayos
específicos y varios
capítulos de sus más
significativos libros.
En esos importantes
textos Kelsen insistió
en la falacia de la
“democracia
representativa”, que
para él era solamente
una “ficción”[10]
. Salvar la distancia
entre la democracia
ideal con participación
directa del pueblo, solo
verosímil a niveles de
pequeña escala, tales
como en la experiencia
de la Grecia clásica, y
la necesaria
representación
inevitable en los
estados modernos, era
solamente posible en lo
que él definió como la
“parlamentarización de
la sociedad”, un sistema
por el cual el pueblo a
través de una red
completa de agrupaciones
e instancias
―fábricas,
escuelas, vecindarios y
organizaciones sociales―
tomaría parte en el
proceso de definición de
políticas y control de
administraciones.
La discusión acerca de
la democracia directa y
la representativa y
sobre sus diferentes
formas y combinaciones
ha sido larga y es
fuente de un debate rico
y vigente. Desde una
perspectiva teórica
parece ser infundado y
bastante ingenuo asumir
que alguien haya
solucionado la polémica,
mucho menos pretender
haber alcanzado la
realización de la
expresión final y
definitiva de la
democracia.
Tal pretensión solo
aparece entre los
políticos occidentales,
que se presentan a sí
mismos como los
creadores de la sociedad
perfecta y predicadores
de un nuevo dogma. Ellos
se enfrentan a un
obstáculo empírico.
Si lo que ellos han
producido es la
insuperable cumbre de la
evolución social, el
non plus ultra del
desarrollo político, los
sujetos de esa sociedad
deberían considerarse a
sí mismos muy felices y
sin ningún deseo de
cambiar su paraíso. Si
la sustancia de tal
idílica organización es
votar para elegir a sus
representantes, emitir
el voto debe ser la
actividad más importante
de sus vidas atrayendo
la participación
entusiasta y masiva de
todos. La vida real
parece indicar otra cosa
y prueba que lo que
realmente motiva a los
que abogan por la
“democracia
representativa” no es la
creencia en un dogma
sino su uso como
instrumento defensivo
para proteger de las
masas sus intereses.
A medida que el proceso
de globalización ha
avanzado, de la misma
forma lo ha hecho la
evidencia del carácter
ficticio de la
“democracia
representativa”. Thomas
Friedman, no
precisamente un enemigo
de ese proceso, ha
explicado amablemente
cómo su principal rasgo
es la impotencia de los
seres humanos al
enfrentar un mercado y
unas fuerzas
tecnológicas poderosas y
anónimas que deciden e
incluso destruyen sus
vidas[11].
El otorgamiento de
poderes al ciudadano
es el corazón de
la democracia. La
globalización es
exactamente lo
contrario. Con su avance
los países han sido
privados de su soberanía
y los individuos de su
ciudadanía.
La crisis económica
global por la que
estamos atravesando
ahora es la mejor
demostración.
A nivel internacional un
grupo muy limitado de
países, entre ellos los
responsables de la
crisis, están tomando
decisiones que afectan a
todos los otros sin ni
siquiera consultarlos.
Después de superar
muchos obstáculos la
Asamblea General de
Naciones Unidas se
reunirá, al fin, el
próximo mes, para
discutir la crisis. La
Asamblea no debe
levantar sus sesiones
hasta que podamos
encontrar e implementar
soluciones. La solución
de la crisis no debe
dejarse en las manos de
aquellos que la han
creado.
A nivel nacional
millones han perdido sus
empleos, muchas fábricas
fueron cerradas y
billones de dólares han
sido entregados a los
ricos para rescatarlos
con el dinero de sus
víctimas. Las próximas
generaciones nacerán con
una carga increíblemente
grande que pesará sobre
sus hombros por un
tiempo imprevisible.
Ellas tendrán solamente
un consuelo: en estos
días dramáticos, sus
padres no fueron
consultados; ellos no
pudieron dar su opinión
acerca de lo que estaba
pasando.
Ese fue el trabajo de
sus “representantes”,
los “elegidos” pero
irresponsables
individuos que habían
usurpado los derechos
soberanos de sus padres.
Recuerdo los años 90,
cuando los cubanos
comenzaron a enfrentar
el “período especial”,
años económicos muy
difíciles, justamente
comparados por algunos
observadores
independientes y
objetivos, como peores,
para nosotros, que la
Gran Depresión de los
años 30.
En esos días nosotros
solamente tomamos una
decisión: consultar a
cada ciudadano. Fuimos a
las fábricas, a las
granjas y a los barrios
y discutimos ampliamente
nuestros problemas con
todo el mundo. Y de esa
forma, discutiendo y
votando, se llegó a un
consenso nacional y
decisiones específicas,
muchas veces dramáticas,
que afectaban a muchos
individuos fueron
tomadas directamente por
aquellos que estaban
involucrados.
Al mismo tiempo,
reuniones muy diferentes
se realizaban en otros
lugares con pocos
participantes y
negociaciones secretas
casi concluyeron con la
adopción del Acuerdo
Multilateral de
Inversiones que nunca
fue discutido en ningún
parlamento nacional
(muchos de ellos
protestaron por
habérseles ocultado),
mucho menos, por
supuesto, el AMI fue
consultado con los
millones de personas
cuyas vidas hubiera
alterado profundamente.
Los expertos mencionados
anteriormente
reconocieron que nuestro
método fue crucial en
ayudarnos a superar la
crisis y que gracias a
él, incluso en esos días
terribles, nuestra
situación era mejor que
la que imperaba en
América Latina[12].
Los regímenes
latinoamericanos que
fueron tan obedientes al
dogma que prevalecía en
ese momento han
desaparecido, barridos
por los pueblos. En un
creciente número de
países en todo el
continente los pueblos
están “rediseñando la
realidad” y abriendo
para sí mismos una nueva
época, trascendiendo la
historia que les fue
impuesta, creando una
nueva. Este es el
resultado de los
esfuerzos y sacrificios
de generaciones. Fue un
camino largo y difícil.
Pero tengo que decir que
llegamos a este punto
también porque mi pueblo
fue capaz de abrir el
camino hace 50 años.
Palabras
de clausura en la
Conferencia
Internacional “La
magnitud de una
Revolución: Cuba,
1959-2009”, Mayo 7-9,
2009 Universidad Queen,
Kingston, Canadá.
Notas:
[1]-
“Listen,
Yankee –the
revolution in
Cuba”,
Ballantine
Books, New York,
1969, p.13.
[2]-
Henry Kissinger,
“Diplomacy”,
Simon and
Schuster, 1994,
p. 19 and 834.
[3]-
“A nation of
agents – the
American path to
a modern self
and society”,
James E. Block,
The Belknap
Press of Harvard
University
Press, 2002, p.
184, 236 and
237.
[4]-
Henry Kissinger,
“Years of
Renewal”, Simon
and Schuster,
New York, 1998,
p. 1074 and
1078.
[5]-
Louis A. Pérez
Jr., Ibidem, p.
227.
[6]-
“Psywar on Cuba
– The
declassified
history of US
anti-Castro
propaganda”,
Jon Elliston,
1999, Ocean
Press.
[7]-
Thucydides,
“History of the
Peloponnesian
War, II, 37,
quoted by
Norberto Bobbio
in “Democracy
and
Dictatorship”,
University of
Minnesota Press,
1989, p. 139.
[8]-
“The Federalist,
a commentary on
the Constitution
of the United
States”,
Alexander
Hamilton, John
Jay and James
Madison, The
Modern Library,
New York, p.
413.
[9]-
Ibidem, p. 361.
[10]-
See, for example,,
“Teoría General
del Estado”,
Editorial Labor
S.A., Barcelona,
1925 adn
“Esencia y Valor
de la
Democracia”,
Editora
Nacional, México
DF, 1974.
[11]-
“The Lexus and
the Olive tree”,
New York, 1999.
[12]-
“La Economía
Cubana. Reformas
estructurales y
desempeño en los
Noventa,”
Comisión
Económica para
América Latina y
el Caribe de las
Naciones Unidas
y Fondo de
Cultura
Económica,
1997.
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