Año VIII
La Habana

16 al 22
de MAYO
de 2009

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Onelio, en un abrir y cerrar de ojos

Gustavo Eguren • La Habana

Foto: Cubaliteraria

 

¡Eso es un cuento!, te interrumpía, deslumbrado por la sorpresa, en medio de lo que pudiera ser la conversación más insípida del mundo. Apuntándote con el dedo, insistía: "¡eso es un cuento!". Y uno no podía menos que quedar envuelto en acuciantes conjeturas: qué era, dónde estaba, cómo reconocer aquel "eso" ―trivial, pero absolutamente indescifrable― donde su olfato perdiguero descubría, bajo un aluvión de palabras sin colorido, la tímida semilla de un cuento. Pero Onelio no daba explicaciones; y conociéndolo, nadie se las hubiera pedido. Se limitaba a señalar un hecho para él más que palpable. No obstante, en aquel momento las cosas tomaban un cariz distinto: si usted tenía ojos para verlo, se le hacía evidente que, justo ahí, Onelio había comenzado a “navegar”.

Para Lord Byron "cada paisaje es un estado del alma". El alma de Onelio, sin embargo, no encontraba otro paisaje más espléndido que su aventura de "navegar". Propiamente, habría de obtener su oficial carta de navegación mucho más adelante, con "Abrir y cerrar los ojos", el cuento donde muestra las claves de ese aspecto íntimo de su personalidad, es decir, donde se entrega él mismo como carne de narración. Pero eso sería después. Antes de convertirse en literatura, tal propensión señalaba un estado muy suyo en que sutilmente comenzaba a resbalar sobre la realidad, a desprenderse de su entorno y, finalmente ―traspasada la frontera, sueltas ya las amarras y abstraído del mundo por completo―, la imaginación se le desbordaba en el regodeo de su propia complacencia. Ese instante magnífico de flotar a la bartola en el vacío de un ensueño sin asidero, es lo que él llamaba "navegar". Y era ahí cuando había que verle los ojos ―aquellos ojos de incompatible tristeza, rayana, a veces, en la desolación―, era ahí cuando había que verlos, más redondos y grandes que nunca, en un bamboleo de pluma flotando en el aire, como siguiendo algún rastro tan inasible como prometedor, intentando apresar una imagen en trance de mostrarse, o a punto quizá, de apagarse para siempre.

Quienes compartan la sabiduría de aquella sentencia china: "una imagen vale más que dos mil palabras", podrán remitirse a cierta caricatura del también inolvidable Juan David, donde atrapó esa mirada de navegante extraviado y puso claro como un fondo marino que, en aquel especial arte de navegar, Onelio fue tan Grande Almirante de la Mar Océano, como el propio Don Cristóbal, y descubridor como él ―a fuerza de invención― de tierras, misterios, parajes y hombres de todo prodigio.

Siempre tuve para mí que Onelio “veía” sus cuentos. Sin que ignore el riesgo de tal subjetivismo, es algo que me atrevería a sostener. Creo que él hubiera podido suscribir lo que ―brumoso como una de sus gaviotas― su fraterno Félix Pita ya había confesado: "Alguien, quieta, calladamente, me está dictando". Aquí, desde luego, no me estoy refiriendo sino a esas fuerzas, conscientes o no, que confluyen en el acto de la creación y que, de un modo u otro, rigen su curso imaginativo. En ese terreno, Onelio le sacaba ventaja a cualquiera. A él, como al personaje de El mundo interior de Walter Mitty, le estaba dado el don de cruzar, como perro por su casa, la frontera entre realidad y fantasía. De hecho, estaba instalado como huésped perpetuo en ambas dimensiones: aunque solo se pudiera advertir su mudanza de aposento en instantes, como aquel ya mencionado, en que oteaba el viento y, desplegando velas, se lanzaba a navegar.

En cierta ocasión, Odilio Urfé nos habló del modo en que se marcaba el compás de la música bailable en tiempos de la colonia, cuando aún no se conocía el contrabajo; y lo ilustró con la velada ofrecida a un capitán general, recién llegado a Cuba, donde, como muestra curiosa, se había incluido la actuación de un conjunto de música típica. Para el capitán general resultaría una sorpresa memorable. A una señal, los libertos que componían el grupo tronaron una desenfrenada cacharrería de cencerros, calabazas, rejas de arado y cosas por el estilo, y en medio de aquella polifonía desconcertante, uno de los negros se derretía de gozo profesional, ante la mirada perpleja de la máxima autoridad colonial, soplando en la boca de una tinaja y marcando el compás del conjunto con las graves resonancias que sus resoplidos despertaban en el interior de la vasija. Al ritmo de aquel desconocido contrabajo, los intérpretes  ―incluido el que no cesaba de soplar― cantaban un estribillo tan exultante como interminable: “Esto es felicidad, esto es vida”. Y esto duró tanto como la paciencia del desconcertado gobernador que, por no identificar los instrumentos ni comprender un canto que nada cantaba, llegó a confundir, tal vez, la alegría de los músicos con el menoscabo de la autoridad. Fue así que de un manotazo en la butaca interrumpió el coro  y  su enfático estribillo.“¡Esto es mierda! ¡Y el del botijo: a la cárcel!”

A partir de ese día, la frustración de aquel genio musical capaz de anticiparse al contrabajo, nos metió de lleno en el juego de fantasear con seres imaginarios como él a quienes sometíamos risueñamente a las situaciones más absurdas. Así nació nuestra benigna manía de construir las vidas paralelas de personajes irrelevantes. Y así, entre risotadas nocturnas que la considerada Cuca intentaba inútilmente aplacar, Onelio iba descubriendo cuentos que quedaban sepultados en la risa. Pero no siempre resultó rigurosamente así.

Una tarde, inducido por la cachaza del camarero que servía el café en la UNEAC, Onelio comenzó a hilvanar un tonto de pueblo chico que ―al igual que el camarero entre las mesas― deambulara por las calles emulando la pereza del ómnibus pueblerino. Se reanudaba nuestro juego. “¿Ya pasó el tonto de las 4:15?”, preguntaba la gente. Después de mucho andar, Onelio soltó aquello de la carta de amor pegada como sello de correo a su espalda. Nadie hubiera podido sospechar el magnífico final de ese sonso nacido en broma.

En otra ocasión, Onelio me dijo lleno de entusiasmo: “Chino, ya comencé a escribir el cuento del psiquiatra.” De momento no tuve la menor idea del asunto; pero, cuando dos o tres días después me lo leyó, en el jardín de la propia UNEAC, reconocí al instante, no al psiquiatra, que continuaba siéndome desconocido, sino al fenomenal queso de bola que en mil formas, colores y tamaños, y en otras tantas situaciones, se había incorporado durante meses a nuestra vida de todos los días.

No es necesario aclarar que aunque Onelio aprovechara con frecuencia hitos de su arsenal anecdótico en sus narraciones, a la hora de incorporarlos a la nueva realidad, apenas si transferían lo que pudiera ser una inicial fuerza generadora: pudieran ser, tal vez, la chispa; pero, la pradera ardiendo ―lo que él visualizaba como cuento― era otra cosa bien distinta.

No sé cómo escribía Onelio los cuentos. Daba la impresión de escribirlos sobre la marcha; pero, en tal caso, habría que tomar en cuenta que, por lo general, esa marcha era fulminante y arrojaba un saldo un tanto misterioso: la enorme desproporción entre el lapso mínimo de su escritura sin retoques y el resultado casi siempre rallano en la perfección.

Tal vez no sea exactamente así, pero tengo la impresión de que corregir sus originales lo alteraba. Onelio era un escritor espontáneo, en el sentido de no rescatar una obra a fuerza de laboriosidad. Y era impaciente: tan pronto la concluía, la estaba dando a la prensa.

En cierta ocasión me leyó un par de páginas, deslavazadas una de otra, que me dejaron pasmado. Una, describía el remanso de un río donde la corriente desdibujaba unos mangos maduros caídos en su lecho; la otra, el resplandor de una fragua filtrándose al atardecer por las rendijas de una vieja herrería. Para mí el pasaje de El siglo de las luces en que Esteban, tumbado en la proa de la goleta, ve desfilar el fondo submarino del Caribe, han sido las páginas más brillantes de nuestra descripción. Al leer aquellas dos, solitarias, de Onelio, les hice un sitio a su lado.

Durante mucho insistí en que las publicara; pero Onelio no accedía, pues, aún siendo verdaderamente poéticas, no eran cuentos. Después Onelio ocupó un cargo en nuestra embajada en Perú, y a su regreso me confesó haberlas echado al fuego. Fue un momento de depresión. Había intentado retomar la idea, olvidando, quizá, que en lo espontáneo residía su don. Me vio tan desolado con la noticia que prometió reconstruirlas. Pero ambos sabíamos que era imposible. Además, yo sabía algo que su modestia le impedía comprender: aquellas páginas estaban tocadas por lo que Zweig llamó momentos estelares.

Rondaba una vez, con Onelio y mis tres hijos pequeños, el frondoso mango de la UNEAC, en espera de un milagro a propósito; pero, los mangos altivos se multiplicaban en su esplendor y no pasaban de ofrecerse como frutos de inocente tentación. Mis hijos, esperanzados y llenos de golosina ante tanto prodigio, me urgían el regalo a toda costa, sin sospechar que, en el trance, más que nada me reprimía mi propia impericia. Por complacerlos, lo intenté varias veces, con toda mi torpeza a cuestas, hasta que mi hijo mayorcito asumió en pleno la derrota: “Papi, tú no sabes.” Fue entonces que se cruzaron nuestras miradas: yo, doblemente avergonzado; él, alejándose, por no ser testigo de mi humillación. De pronto lo vi regresar con mirada extraviada. Tomó a mi hija por el brazo y, él, que era incapaz de maltratar un árbol, le dijo: “¿Cuál quieres?” Ella señaló uno preciso en lo alto de la copa, y tras el trazo sonoro de la piedra entre las ramas, sentimos el revuelo bullicioso del mango en su caída hasta la mano de Onelio; “¿Y tú?”, repitió con ojos azorados; “¿Y tú?” dijo de nuevo; y cada una de las voces, tras la pregunta; se repetía el murmullo de la caída y el mango señalado aparecía en la mano de Onelio. Nunca he visto a mis hijos tan deslumbrados, sin saber ―ni ellos ni yo― a ciencia cierta cómo se había producido aquel pequeño milagro tan inesperado como ―por milagro― irrepetible.

El más desconcertado e incrédulo era el propio Onelio. Yo no supe qué pensar ni qué decir. “Chino, ¡esto es un cuento!” fue lo único que se me ocurrió.

Él, completamente exhausto ―me dijo que sí con la cabeza.

Tomado de La Gaceta de Cuba, mayo/ junio de 1996, pp. 5-6

 

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