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¡Eso es un cuento!, te
interrumpía, deslumbrado por la
sorpresa, en medio de lo que
pudiera ser la conversación más
insípida del mundo. Apuntándote
con el dedo, insistía: "¡eso es
un cuento!". Y uno no podía
menos que quedar envuelto en
acuciantes conjeturas: qué era,
dónde estaba, cómo reconocer
aquel "eso" ―trivial, pero
absolutamente indescifrable―
donde su olfato perdiguero
descubría, bajo un aluvión de
palabras sin colorido, la tímida
semilla de un cuento. Pero
Onelio no daba explicaciones; y
conociéndolo, nadie se las
hubiera pedido. Se limitaba a
señalar un hecho para él más que
palpable. No obstante, en aquel
momento las cosas tomaban un
cariz distinto: si usted tenía
ojos para verlo, se le hacía
evidente que, justo ahí, Onelio
había comenzado a “navegar”.
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Para Lord Byron "cada paisaje es
un estado del alma". El alma de
Onelio, sin embargo, no
encontraba otro paisaje más
espléndido que su aventura de
"navegar". Propiamente, habría
de obtener su oficial carta de
navegación mucho más adelante,
con "Abrir y cerrar los ojos",
el cuento donde muestra las
claves de ese aspecto íntimo de
su personalidad, es decir, donde
se entrega él mismo como carne
de narración. Pero eso sería
después. Antes de convertirse en
literatura, tal propensión
señalaba un estado muy suyo en
que sutilmente comenzaba a
resbalar sobre la realidad, a
desprenderse de su entorno y,
finalmente ―traspasada la
frontera, sueltas ya las amarras
y abstraído del mundo por
completo―, la imaginación se le
desbordaba en el regodeo de su
propia complacencia. Ese
instante magnífico de flotar a
la bartola en el vacío de un
ensueño sin asidero, es lo que
él llamaba "navegar". Y era ahí
cuando había que verle los ojos
―aquellos ojos de incompatible
tristeza, rayana, a veces, en la
desolación―, era ahí cuando
había que verlos, más redondos y
grandes que nunca, en un
bamboleo de pluma flotando en el
aire, como siguiendo algún
rastro tan inasible como
prometedor, intentando apresar
una imagen en trance de
mostrarse, o a punto quizá, de
apagarse para siempre.
Quienes compartan la sabiduría
de aquella sentencia china: "una
imagen vale más que dos mil
palabras", podrán remitirse a
cierta caricatura del también
inolvidable Juan David, donde
atrapó esa mirada de navegante
extraviado y puso claro como un
fondo marino que, en aquel
especial arte de navegar, Onelio
fue tan Grande Almirante de la
Mar Océano, como el propio Don
Cristóbal, y descubridor como él
―a fuerza de invención― de
tierras, misterios, parajes y
hombres de todo prodigio.
Siempre tuve para mí que Onelio
“veía” sus cuentos. Sin que
ignore el riesgo de tal
subjetivismo, es algo que me
atrevería a sostener. Creo que
él hubiera podido suscribir lo
que ―brumoso como una de sus
gaviotas― su fraterno Félix Pita
ya había confesado: "Alguien,
quieta, calladamente, me está
dictando". Aquí, desde luego, no
me estoy refiriendo sino a esas
fuerzas, conscientes o no, que
confluyen en el acto de la
creación y que, de un modo u
otro, rigen su curso
imaginativo. En ese terreno,
Onelio le sacaba ventaja a
cualquiera. A él, como al
personaje de El mundo
interior de Walter Mitty, le
estaba dado el don de cruzar,
como perro por su casa, la
frontera entre realidad y
fantasía. De hecho, estaba
instalado como huésped perpetuo
en ambas dimensiones: aunque
solo se pudiera advertir su
mudanza de aposento en
instantes, como aquel ya
mencionado, en que oteaba el
viento y, desplegando velas, se
lanzaba a navegar.
En cierta ocasión, Odilio Urfé
nos habló del modo en que se
marcaba el compás de la música
bailable en tiempos de la
colonia, cuando aún no se
conocía el contrabajo; y lo
ilustró con la velada ofrecida a
un capitán general, recién
llegado a Cuba, donde, como
muestra curiosa, se había
incluido la actuación de un
conjunto de música típica. Para
el capitán general resultaría
una sorpresa memorable. A una
señal, los libertos que
componían el grupo tronaron una
desenfrenada cacharrería de
cencerros, calabazas, rejas de
arado y cosas por el estilo, y
en medio de aquella polifonía
desconcertante, uno de los
negros se derretía de gozo
profesional, ante la mirada
perpleja de la máxima autoridad
colonial, soplando en la boca de
una tinaja y marcando el compás
del conjunto con las graves
resonancias que sus resoplidos
despertaban en el interior de la
vasija. Al ritmo de aquel
desconocido contrabajo, los
intérpretes ―incluido el que no
cesaba de soplar― cantaban un
estribillo tan exultante como
interminable: “Esto es
felicidad, esto es vida”. Y esto
duró tanto como la paciencia del
desconcertado gobernador que,
por no identificar los
instrumentos ni comprender un
canto que nada cantaba, llegó a
confundir, tal vez, la alegría
de los músicos con el menoscabo
de la autoridad. Fue así que de
un manotazo en la butaca
interrumpió el coro y su
enfático estribillo.“¡Esto es
mierda! ¡Y el del botijo: a la
cárcel!”
A partir de ese día, la
frustración de aquel genio
musical capaz de anticiparse al
contrabajo, nos metió de lleno
en el juego de fantasear con
seres imaginarios como él a
quienes sometíamos risueñamente
a las situaciones más absurdas.
Así nació nuestra benigna manía
de construir las vidas paralelas
de personajes irrelevantes. Y
así, entre risotadas nocturnas
que la considerada Cuca
intentaba inútilmente aplacar,
Onelio iba descubriendo cuentos
que quedaban sepultados en la
risa. Pero no siempre resultó
rigurosamente así.
Una tarde, inducido por la
cachaza del camarero que servía
el café en la UNEAC, Onelio
comenzó a hilvanar un tonto de
pueblo chico que ―al igual que
el camarero entre las mesas―
deambulara por las calles
emulando la pereza del ómnibus
pueblerino. Se reanudaba nuestro
juego. “¿Ya pasó el tonto de las
4:15?”, preguntaba la gente.
Después de mucho andar, Onelio
soltó aquello de la carta de
amor pegada como sello de correo
a su espalda. Nadie hubiera
podido sospechar el magnífico
final de ese sonso nacido en
broma.
En otra ocasión, Onelio me dijo
lleno de entusiasmo: “Chino, ya
comencé a escribir el cuento del
psiquiatra.” De momento no tuve
la menor idea del asunto; pero,
cuando dos o tres días después
me lo leyó, en el jardín de la
propia UNEAC, reconocí al
instante, no al psiquiatra, que
continuaba siéndome desconocido,
sino al fenomenal queso de bola
que en mil formas, colores y
tamaños, y en otras tantas
situaciones, se había
incorporado durante meses a
nuestra vida de todos los días.
No es necesario aclarar que
aunque Onelio aprovechara con
frecuencia hitos de su arsenal
anecdótico en sus narraciones, a
la hora de incorporarlos a la
nueva realidad, apenas si
transferían lo que pudiera ser
una inicial fuerza generadora:
pudieran ser, tal vez, la
chispa; pero, la pradera
ardiendo ―lo que él visualizaba
como cuento― era otra cosa bien
distinta.
No sé cómo escribía Onelio los
cuentos. Daba la impresión de
escribirlos sobre la marcha;
pero, en tal caso, habría que
tomar en cuenta que, por lo
general, esa marcha era
fulminante y arrojaba un saldo
un tanto misterioso: la enorme
desproporción entre el lapso
mínimo de su escritura sin
retoques y el resultado casi
siempre rallano en la
perfección.
Tal vez no sea exactamente así,
pero tengo la impresión de que
corregir sus originales lo
alteraba. Onelio era un escritor
espontáneo, en el sentido de no
rescatar una obra a fuerza de
laboriosidad. Y era impaciente:
tan pronto la concluía, la
estaba dando a la prensa.
En cierta ocasión me leyó un par
de páginas, deslavazadas una de
otra, que me dejaron pasmado.
Una, describía el remanso de un
río donde la corriente
desdibujaba unos mangos maduros
caídos en su lecho; la otra, el
resplandor de una fragua
filtrándose al atardecer por las
rendijas de una vieja herrería.
Para mí el pasaje de El siglo
de las luces en que Esteban,
tumbado en la proa de la goleta,
ve desfilar el fondo submarino
del Caribe, han sido las páginas
más brillantes de nuestra
descripción. Al leer aquellas
dos, solitarias, de Onelio, les
hice un sitio a su lado.
Durante mucho insistí en que las
publicara; pero Onelio no
accedía, pues, aún siendo
verdaderamente poéticas, no eran
cuentos. Después Onelio ocupó un
cargo en nuestra embajada en
Perú, y a su regreso me confesó
haberlas echado al fuego. Fue un
momento de depresión. Había
intentado retomar la idea,
olvidando, quizá, que en lo
espontáneo residía su don. Me
vio tan desolado con la noticia
que prometió reconstruirlas.
Pero ambos sabíamos que era
imposible. Además, yo sabía algo
que su modestia le impedía
comprender: aquellas páginas
estaban tocadas por lo que Zweig
llamó momentos estelares.
Rondaba una vez, con Onelio y
mis tres hijos pequeños, el
frondoso mango de la UNEAC, en
espera de un milagro a
propósito; pero, los mangos
altivos se multiplicaban en su
esplendor y no pasaban de
ofrecerse como frutos de
inocente tentación. Mis hijos,
esperanzados y llenos de
golosina ante tanto prodigio, me
urgían el regalo a toda costa,
sin sospechar que, en el trance,
más que nada me reprimía mi
propia impericia. Por
complacerlos, lo intenté varias
veces, con toda mi torpeza a
cuestas, hasta que mi hijo
mayorcito asumió en pleno la
derrota: “Papi, tú no sabes.”
Fue entonces que se cruzaron
nuestras miradas: yo, doblemente
avergonzado; él, alejándose, por
no ser testigo de mi
humillación. De pronto lo vi
regresar con mirada extraviada.
Tomó a mi hija por el brazo y,
él, que era incapaz de maltratar
un árbol, le dijo: “¿Cuál
quieres?” Ella señaló uno
preciso en lo alto de la copa, y
tras el trazo sonoro de la
piedra entre las ramas, sentimos
el revuelo bullicioso del mango
en su caída hasta la mano de
Onelio; “¿Y tú?”, repitió con
ojos azorados; “¿Y tú?” dijo de
nuevo; y cada una de las voces,
tras la pregunta; se repetía el
murmullo de la caída y el mango
señalado aparecía en la mano de
Onelio. Nunca he visto a mis
hijos tan deslumbrados, sin
saber ―ni ellos ni yo― a ciencia
cierta cómo se había producido
aquel pequeño milagro tan
inesperado como ―por milagro―
irrepetible.
El más desconcertado e incrédulo
era el propio Onelio. Yo no supe
qué pensar ni qué decir. “Chino,
¡esto es un cuento!” fue lo
único que se me ocurrió.
Él, completamente exhausto ―me
dijo que sí con la cabeza.
Tomado de
La Gaceta de
Cuba,
mayo/ junio de 1996, pp. 5-6 |