Año VIII
La Habana

16 al 22
de MAYO
de 2009

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Hay muchas cosas de radio que contar

Onelio Jorge Cardoso

Foto: Cubaliteraria

 

Yo no sé si fue exactamente por esos años, aunque en el cincuenta y tres yo no estaba trabajando por allí, sino en la Siboney. Un día yo me enteré que el 75% de los radios en Cuba eran radios apagados; quiere decir esto en términos publicitarios, que la gente no los encendía porque no les interesaba el tipo de programa. Entonces yo le propuse a la empresa hacer una novela que fuera más de cosas del pueblo, de problemas; y que esto, desde luego, sería de mayor calidad y redundaría en beneficio de que hubiera más radios encendidos, jugando con el 25 y el 75, yo tratando de interesarlos, no para que se vendiera más jabón, sino para tratar de hacer las cosas mejor. Entonces me dijeron que no, que ese 25% de radios encendidos eran las lavanderas y las amas de casa que consumían un jabón de "Productos Gravi", porque ellos no hacían cultura, vendían jabón; y era absolutamente cierto, canallescamente cierto, porque aquello era un aparato que llegaba a crear necesidades que no existían en el ser humano. Necesidades, y el producto para cubrir esas necesidades.

A base de mentiras. Y contaban con que el pueblo tenía una cultura muy baja; decían que tenía una mentalidad de nueve años; mentalidad, ya no cultura: inteligencia. Que había que escribir para ese pueblo de nueve años a tal extremo que yo te voy a decir el lema de una campaña publicitaria por radio que decía así: "el que come manzanas, siempre gana". Claro, detrás estaba la firma, una marca de manzanas, ¿no? Exportadores, importadores, porque no les interesó nunca vitaminizar a la gente. Pero fíjate la construcción: "el que come manzanas, siempre gana". Una cosa tan burda.

Había otras cosas peores. Tú sabes, el jabón nosecuál, de Crusellas, "quitaba el churre de la barriga". Claro, utilizaban el mismo lenguaje directo del pueblo, pero no había la intención de elevar un poco el nivel, la dignidad de lo que se decía.

Otra cosa muy interesante. Aquí había un personaje que trabajaba en una publicidad. Este hombre dio un viaje creo que a América del Sur. Y por allá se le pegaron me parece que fue las viruelas negras. Entonces la revista Bohemia explotó esto: todas las semanas salía un reportaje diciendo cómo estaba fulano. Si ya estaba cerca de la muerte, si moría o no moría. Esto a la vez creaba en la gente el interés por saber de aquella vida, esa cosa humana que hay de preocuparse por quien está muriendo aunque no lo conozca.

Pero creaban el interés en que esto se conociera a través de "la revista”: ya la revista con esto tenía un motivo mayor para que se comprara. Se mantuvo mucho tiempo, el tiempo que este hombre estuvo grave, aquello de si se moría o no se moría. En fin, el hombre no se murió. Era un empleado anodino, sencillo, simple, de esos que trabajan en la administración de una publicidad. Entonces, cuando el hombre regresó, y se encontró que había habido aquella enorme propaganda sobre él, la capitalizó. Y empezó a adquirir parte de la empresa; se convirtió en un producto vendible. Para no exagerarte, llegó a ser el jefe de una publicidad importantísima, a base de toda aquella propaganda que hubo sobre él, y fue ascendiendo. Eso te da el espíritu. Yo creo que con esas dos anécdotas se entiende bien el espíritu de lo que era la publicidad. No vamos a hablar de la literatura de esa publicidad.

Porque una novela tenía que acabar bien. Empezar mal, enrollarse más y acabar bien. La gente era feliz de todas maneras. Eso no había que decirlo claramente. Eso era una cosa tan establecida que tú sabías que era una cualidad sine qua non. Es decir, cuando tú no hicieras eso no tenías por qué trabajar allí, te dejaban en la calle: porque entonces empezaban las investigaciones a medida que el programa iba saliendo a la calle. Supongamos que llevara un tiempo en el aire.

Entonces hacían una cosa que se llamaba survey, una investigación por ahí de si se oía. Como se oyera, tenía rating, que se decía; entonces, bueno, la novela estaba siendo oída. La novela no, sino el producto. El anuncio que iba dentro de la novela, que a veces cogía cuatro minutos. En el programa había tres menciones del jabón: una antes de comenzar la novela, otra en el medio y otra al final. Entonces, si la novela estaba siendo oída, aunque el programa llevara cierto tiempo y los personajes no dieran más, dispuestos a sufrir y acercándose a la felicidad, de todas maneras tenías que prolongarla, buscarle nuevos giros de modo que aquello se estirara. Ahora bien, ¿no tenía rating, y todavía te faltaba el pedazo del desenlace y el desarrollo? Tenías que cortarlo y ejecutar a todo el mundo, y acabarse la novela. Y te morías tú.

Hay una anécdota muy interesante que cuenta Pita de sus días de escritor de radio. Porque Pita tuvo que hacer todos los corsarios él. El corsario negro, el rojo, el azul, los hizo de todos los colores. Entonces hay un personaje que es uno más a bordo, y este personaje lleva unos días luchando y viviendo. Déjame detenerme un poco para explicarte cómo se realizaba el programa. Como con una hora de antelación o una cosa así se hacía un ensayo que no salía al aire, un ensayo dentro del estudio e inmediatamente casi ocurría el programa. Después, claro, el programa salía "en vivo", como se dice en televisión. Hay un personaje que cuando le dan el libreto para ensayarlo, él lo lee y ve que él se muere en ese libreto, porque le ha caído un bocadillo que dice: "SUENA UN DISPARO. Julián (digamos que era él): —¡Ay, me has matado! (MUERTO QUE CAE)". Quiere decir que ya. Ahora bien, ellos cobraban por una cosa que se llamaba "bolos"; es decir, que mientras trabajaban cobraban, cuando no trabajaban, no cobraban.

Y él llevaba como quince días comiendo de pirata ahí, y entonces, pues figúrate. Viene que se la cepillan, que muere en ese capítulo. Y entonces claro, en el ensayo "cayó muerto", pero cuando salió al aire, al llegar a la parte del libreto que decía lo del disparo, en lugar de lo que debía decir, dice esto: "¡Ay, me has herido! Pero yo soy un tipo vital. Espera que me salve. Voy al hospital." ¡BAAM! y meten el acorde y se queda el final. Y hubo que dejarlo cuatro días más. Además, al mismo Pita le hizo gracia. Fue poco lo que estuvo más, el pobre. Al otro día aparecía el hombre curándose en el hospital (imagínate los hospitales que podían tener los piratas en la Tortuga).

Hay muchas cosas de radio que contar. Cortázar, el escritor de radio, el muchachito joven, contaba que él fue productor de un programa de los cigarros "Trinidad y Hermano", de Ranchuelo. Entonces eran unas novelas de aventuras y hay un gángster, un bandolero, y hay, como cosa natural, los socios del bandolero. En un diálogo entre ellos  dice uno: "Mira, ahí viene el jefe". Bueno, continúan por ahí el libreto. Y a  la media hora llama a CMQ la fábrica "Trinidad y Hermano", que se pusiera el productor. Que nunca más volvieran a decir en un libreto la palabra ‘el jefe’. Le preguntan por qué y dice: “porque hay una fábrica de cigarros en Santa Clara que se llama ‘El Jefe’.” Les estaban haciendo un anuncio indirecto según la mentalidad publicitaria. Que era una cosa muy seria.

Como todos los valores eran falsos, alrededor de la publicidad existía un tipo de empleado que representaba un producto, digamos, una cerveza cualquiera. Representaba la cerveza. Ese señor recibía una comisión grande, gorda, como es natural, por la cantidad de dinero que la tal cerveza daba a la publicidad para que expusiera su producto. Entonces él era el que traía su producto allí. Él ponía a funcionar lo que llamaba "talentos": talento, tanto; incluso ponía el precio a cada talento, lo que había que pagar al músico, al escritor, y hacían el programa.

Había programas, y aquello se seguía pagando mensualmente. Nosotros hicimos una vez en "Cine Revista" —que también era un aparato publicitario, que intercalaba anuncios— un proyecto de documental de cine donde relajeábamos, choteábamos los productos. Porque el pueblo estaba abrumado de esa cosa. Y le presentamos esto a Guastella. Guastella no estaba conforme con que se hiciera. Pero nosotros insistimos, insistimos y un día en un acto débil de esos logramos hacer un documental, donde le dimos una tremenda relajeada a todos los anuncios que nos cayeron en la mano. Y la empresa vivía de los anuncios. "Alka-Seltzer", que era un producto, tenía el lema de "Alka-Seltzer siempre cae bien"; entonces tiraban un "Alka-Seltzer" hacia el primer plano, hacia la pantalla; y nosotros hicimos que al llegar hiciera una enorme explosión. Y así otras cosas. Conclusión: se cayeron como cinco anunciantes. Por poco quiebra "Cine Revista". Guastella se puso las manos en la cabeza, y la protesta y la regañina fueron tremendas. Claro, no nos botaron porque nadie más hacía "Cine Revista". No se podía sustituir tanto la producción de cine como la de radio, porque no había técnicos. Nosotros no lo éramos tampoco, pero habíamos aprendido a hacer el trabajo.

En radio había mucha gente sin trabajo, teniendo que adular, y teniendo que adular quizá está mal dicho. Teniendo que congraciarse por necesidad. Así que figúrate, las mujeres hermosas ¡cómo no se verían en qué situación también! Los magnates bajaban el dedo y decían: "tú vas a hacer tal cosa", aunque no fuera buena actriz. Así fue la publicidad. En su mecánica, cómo funcionaba. Había gente que quería hacer otra cosa, un poco más digna. Un día Leovigildo Díaz, Marcos Behemaras y yo nos pusimos a hacer un programa que se llamaba "El conuco de Liborio". Ese programa estaba basado en pedirles a los campesinos que escribieran cartas y que plantearan sus problemas. Y empezaron a hacerlo. La quinta parte de los problemas eran tan serios que tumbaron el programa. Primero eran programas amorosos y esas cosas. Y un día llega una que dice: "se me le cayó el techo a la casa. ¿Qué hago?", y para esas cosas, en aquellos programas, no había respuesta.

La estación de radio que sí defendía al pueblo fue la emisora Mil Diez, del Partido. Era una estación revolucionaria. Sí planteaba problemas.

Allí me pasé yo muchos años escribiendo todos los días el mismo título, "Por una marina mercante cubana", no se me olvida. Nadie me hacía caso, pero todos los días lo decía. Eso sería en los años cuarenta, hasta que cerraron, la policía, la estación.

Muy poca gente ha hablado de Mil Diez. Yo te digo que sería una cosa importante empezar a buscar a la gente de Mil Diez. Mil Diez fue heroica, Mil Diez se sostenía de milagro. Allí conocí yo a Aracelio Iglesias. Te puedo contar que un día estaba yo dando un noticiero y Aracelio, que era un líder recio, un hombre de pueblo... que no iba a andar con finezas, llegó y me dijo: "Oye, tengo que hablar ahora en la caseta". Y yo le dije: "Bueno, esta es la hora del noticiero". Y me dijo: "¡Qué noticiero! Déjame hablar ahí". Y empezó a hablar. Así fue como lo conocí.

Allí se hicieron una buena cantidad de artistas importantes de este país. Allí empezó recitando Raquel Revuelta; los Matamoros cantaban todas las mañanas allí. Había un programa infantil. Pérez Prado se hizo allí; el mambo se hizo allí. Portillo de la Luz, José Antonio Méndez.

Porque allí llegaba gente humilde, que empezaba. Una vez llegó un cantante de guitarra del interior, que paraba en casa de un amigo. Y el día que era el cumpleaños de la madre del amigo no tenía nada que regalarle, y le quiso dedicar una canción. Entonces empezó el programa, le metieron un acorde y dice: "Esta canción se la dedico a la señora fulana de tal —de la casa donde él paraba— con todos mis efluvios eróticos". Y cuando llegó a la casa, no pudo entrar nunca más allí.

Vaya, cosas así. Mil Diez era lo único... Porque instituyeron un tipo de radio de corazón publicitario que le roncaba el mango. Sería lindo que alguien se preocupara de la historia de Mil Diez.


Tomado de http://www.librinsula.bnjm.cu

Nota:

Texto elaborado a partir de una entrevista realizada por Elena Jorge a Onelio Jorge Cardoso y publicada en La Gaceta de Cuba en mayo de 1974.

 

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