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Yo no sé si fue exactamente por
esos años, aunque en el
cincuenta y tres yo no estaba
trabajando por allí, sino en la
Siboney. Un día yo me enteré que
el 75% de los radios en Cuba
eran radios apagados; quiere
decir esto en términos
publicitarios, que la gente no
los encendía porque no les
interesaba el tipo de programa.
Entonces yo le propuse a la
empresa hacer una novela que
fuera más de cosas del pueblo,
de problemas; y que esto, desde
luego, sería de mayor calidad y
redundaría en beneficio de que
hubiera más radios encendidos,
jugando con el 25 y el 75, yo
tratando de interesarlos, no
para que se vendiera más jabón,
sino para tratar de hacer las
cosas mejor. Entonces me dijeron
que no, que ese 25% de radios
encendidos eran las lavanderas y
las amas de casa que consumían
un jabón de "Productos Gravi",
porque ellos no hacían cultura,
vendían jabón; y era
absolutamente cierto,
canallescamente cierto, porque
aquello era un aparato que
llegaba a crear necesidades que
no existían en el ser humano.
Necesidades, y el producto para
cubrir esas necesidades.
A base de mentiras. Y contaban
con que el pueblo tenía una
cultura muy baja; decían que
tenía una mentalidad de nueve
años; mentalidad, ya no cultura:
inteligencia. Que había que
escribir para ese pueblo de
nueve años a tal extremo que yo
te voy a decir el lema de una
campaña publicitaria por radio
que decía así: "el que come
manzanas, siempre gana". Claro,
detrás estaba la firma, una
marca de manzanas, ¿no?
Exportadores, importadores,
porque no les interesó nunca
vitaminizar a la gente. Pero
fíjate la construcción: "el que
come manzanas, siempre gana".
Una cosa tan burda.
Había otras cosas peores. Tú
sabes, el jabón nosecuál, de
Crusellas, "quitaba el churre de
la barriga". Claro, utilizaban
el mismo lenguaje directo del
pueblo, pero no había la
intención de elevar un poco el
nivel, la dignidad de lo que se
decía.
Otra cosa muy interesante. Aquí
había un personaje que trabajaba
en una publicidad. Este hombre
dio un viaje creo que a América
del Sur. Y por allá se le
pegaron me parece que fue las
viruelas negras. Entonces la
revista Bohemia explotó
esto: todas las semanas salía un
reportaje diciendo cómo estaba
fulano. Si ya estaba cerca de la
muerte, si moría o no moría.
Esto a la vez creaba en la gente
el interés por saber de aquella
vida, esa cosa humana que hay de
preocuparse por quien está
muriendo aunque no lo conozca.
Pero creaban el interés en que
esto se conociera a través de
"la revista”: ya la revista con
esto tenía un motivo mayor para
que se comprara. Se mantuvo
mucho tiempo, el tiempo que este
hombre estuvo grave, aquello de
si se moría o no se moría. En
fin, el hombre no se murió. Era
un empleado anodino, sencillo,
simple, de esos que trabajan en
la administración de una
publicidad. Entonces, cuando el
hombre regresó, y se encontró
que había habido aquella enorme
propaganda sobre él, la
capitalizó. Y empezó a adquirir
parte de la empresa; se
convirtió en un producto
vendible. Para no exagerarte,
llegó a ser el jefe de una
publicidad importantísima, a
base de toda aquella propaganda
que hubo sobre él, y fue
ascendiendo. Eso te da el
espíritu. Yo creo que con esas
dos anécdotas se entiende bien
el espíritu de lo que era la
publicidad. No vamos a hablar de
la literatura de esa publicidad.
Porque una novela tenía que
acabar bien. Empezar mal,
enrollarse más y acabar bien. La
gente era feliz de todas
maneras. Eso no había que
decirlo claramente. Eso era una
cosa tan establecida que tú
sabías que era una cualidad
sine qua non. Es decir,
cuando tú no hicieras eso no
tenías por qué trabajar allí, te
dejaban en la calle: porque
entonces empezaban las
investigaciones a medida que el
programa iba saliendo a la
calle. Supongamos que llevara un
tiempo en el aire.
Entonces hacían una cosa que se
llamaba survey, una
investigación por ahí de si se
oía. Como se oyera, tenía
rating, que se decía;
entonces, bueno, la novela
estaba siendo oída. La novela
no, sino el producto. El anuncio
que iba dentro de la novela, que
a veces cogía cuatro minutos. En
el programa había tres menciones
del jabón: una antes de comenzar
la novela, otra en el medio y
otra al final. Entonces, si la
novela estaba siendo oída,
aunque el programa llevara
cierto tiempo y los personajes
no dieran más, dispuestos a
sufrir y acercándose a la
felicidad, de todas maneras
tenías que prolongarla, buscarle
nuevos giros de modo que aquello
se estirara. Ahora bien, ¿no
tenía rating, y todavía
te faltaba el pedazo del
desenlace y el desarrollo?
Tenías que cortarlo y ejecutar a
todo el mundo, y acabarse la
novela. Y te morías tú.
Hay una anécdota muy interesante
que cuenta Pita de sus días de
escritor de radio. Porque Pita
tuvo que hacer todos los
corsarios él. El corsario negro,
el rojo, el azul, los hizo de
todos los colores. Entonces hay
un personaje que es uno más a
bordo, y este personaje lleva
unos días luchando y viviendo.
Déjame detenerme un poco para
explicarte cómo se realizaba el
programa. Como con una hora de
antelación o una cosa así se
hacía un ensayo que no salía al
aire, un ensayo dentro del
estudio e inmediatamente casi
ocurría el programa. Después,
claro, el programa salía "en
vivo", como se dice en
televisión. Hay un personaje que
cuando le dan el libreto para
ensayarlo, él lo lee y ve que él
se muere en ese libreto, porque
le ha caído un bocadillo que
dice: "SUENA UN DISPARO. Julián
(digamos que era él): —¡Ay, me
has matado! (MUERTO QUE CAE)".
Quiere decir que ya. Ahora bien,
ellos cobraban por una cosa que
se llamaba "bolos"; es decir,
que mientras trabajaban
cobraban, cuando no trabajaban,
no cobraban.
Y él llevaba como quince días
comiendo de pirata ahí, y
entonces, pues figúrate. Viene
que se la cepillan, que muere en
ese capítulo. Y entonces claro,
en el ensayo "cayó muerto", pero
cuando salió al aire, al llegar
a la parte del libreto que decía
lo del disparo, en lugar de lo
que debía decir, dice esto:
"¡Ay, me has herido! Pero yo soy
un tipo vital. Espera que me
salve. Voy al hospital." ¡BAAM!
y meten el acorde y se queda el
final. Y hubo que dejarlo cuatro
días más. Además, al mismo Pita
le hizo gracia. Fue poco lo que
estuvo más, el pobre. Al otro
día aparecía el hombre curándose
en el hospital (imagínate los
hospitales que podían tener los
piratas en la Tortuga).
Hay muchas cosas de radio que
contar. Cortázar, el escritor de
radio, el muchachito joven,
contaba que él fue productor de
un programa de los cigarros
"Trinidad y Hermano", de
Ranchuelo. Entonces eran unas
novelas de aventuras y hay un
gángster, un bandolero, y hay,
como cosa natural, los socios
del bandolero. En un diálogo
entre ellos dice uno: "Mira,
ahí viene el jefe". Bueno,
continúan por ahí el libreto. Y
a la media hora llama a CMQ la
fábrica "Trinidad y Hermano",
que se pusiera el productor. Que
nunca más volvieran a decir en
un libreto la palabra ‘el jefe’.
Le preguntan por qué y dice:
“porque hay una fábrica de
cigarros en Santa Clara que se
llama ‘El Jefe’.” Les estaban
haciendo un anuncio indirecto
según la mentalidad
publicitaria. Que era una cosa
muy seria.
Como todos los valores eran
falsos, alrededor de la
publicidad existía un tipo de
empleado que representaba un
producto, digamos, una cerveza
cualquiera. Representaba la
cerveza. Ese señor recibía una
comisión grande, gorda, como es
natural, por la cantidad de
dinero que la tal cerveza daba a
la publicidad para que expusiera
su producto. Entonces él era el
que traía su producto allí. Él
ponía a funcionar lo que llamaba
"talentos": talento, tanto;
incluso ponía el precio a cada
talento, lo que había que pagar
al músico, al escritor, y hacían
el programa.
Había programas, y aquello se
seguía pagando mensualmente.
Nosotros hicimos una vez en
"Cine Revista" —que también era
un aparato publicitario, que
intercalaba anuncios— un
proyecto de documental de cine
donde relajeábamos, choteábamos
los productos. Porque el pueblo
estaba abrumado de esa cosa. Y
le presentamos esto a Guastella.
Guastella no estaba conforme con
que se hiciera. Pero nosotros
insistimos, insistimos y un día
en un acto débil de esos
logramos hacer un documental,
donde le dimos una tremenda
relajeada a todos los anuncios
que nos cayeron en la mano. Y la
empresa vivía de los anuncios. "Alka-Seltzer",
que era un producto, tenía el
lema de "Alka-Seltzer siempre
cae bien"; entonces tiraban un "Alka-Seltzer"
hacia el primer plano, hacia la
pantalla; y nosotros hicimos que
al llegar hiciera una enorme
explosión. Y así otras cosas.
Conclusión: se cayeron como
cinco anunciantes. Por poco
quiebra "Cine Revista".
Guastella se puso las manos en
la cabeza, y la protesta y la
regañina fueron tremendas.
Claro, no nos botaron porque
nadie más hacía "Cine Revista".
No se podía sustituir tanto la
producción de cine como la de
radio, porque no había técnicos.
Nosotros no lo éramos tampoco,
pero habíamos aprendido a hacer
el trabajo.
En radio había mucha gente sin
trabajo, teniendo que adular, y
teniendo que adular quizá está
mal dicho. Teniendo que
congraciarse por necesidad. Así
que figúrate, las mujeres
hermosas ¡cómo no se verían en
qué situación también! Los
magnates bajaban el dedo y
decían: "tú vas a hacer tal
cosa", aunque no fuera buena
actriz. Así fue la publicidad.
En su mecánica, cómo funcionaba.
Había gente que quería hacer
otra cosa, un poco más digna. Un
día Leovigildo Díaz, Marcos
Behemaras y yo nos pusimos a
hacer un programa que se llamaba
"El conuco de Liborio". Ese
programa estaba basado en
pedirles a los campesinos que
escribieran cartas y que
plantearan sus problemas. Y
empezaron a hacerlo. La quinta
parte de los problemas eran tan
serios que tumbaron el programa.
Primero eran programas amorosos
y esas cosas. Y un día llega una
que dice: "se me le cayó el
techo a la casa. ¿Qué hago?", y
para esas cosas, en aquellos
programas, no había respuesta.
La estación de radio que sí
defendía al pueblo fue la
emisora Mil Diez, del Partido.
Era una estación revolucionaria.
Sí planteaba problemas.
Allí me pasé yo muchos años
escribiendo todos los días el
mismo título, "Por una marina
mercante cubana", no se me
olvida. Nadie me hacía caso,
pero todos los días lo decía.
Eso sería en los años cuarenta,
hasta que cerraron, la policía,
la estación.
Muy poca gente ha hablado de Mil
Diez. Yo te digo que sería una
cosa importante empezar a buscar
a la gente de Mil Diez. Mil Diez
fue heroica, Mil Diez se
sostenía de milagro. Allí conocí
yo a Aracelio Iglesias. Te puedo
contar que un día estaba yo
dando un noticiero y Aracelio,
que era un líder recio, un
hombre de pueblo... que no iba a
andar con finezas, llegó y me
dijo: "Oye, tengo que hablar
ahora en la caseta". Y yo le
dije: "Bueno, esta es la hora
del noticiero". Y me dijo: "¡Qué
noticiero! Déjame hablar ahí". Y
empezó a hablar. Así fue como lo
conocí.
Allí se hicieron una buena
cantidad de artistas importantes
de este país. Allí empezó
recitando Raquel Revuelta; los
Matamoros cantaban todas las
mañanas allí. Había un programa
infantil. Pérez Prado se hizo
allí; el mambo se hizo allí.
Portillo de la Luz, José Antonio
Méndez.
Porque allí llegaba gente
humilde, que empezaba. Una vez
llegó un cantante de guitarra
del interior, que paraba en casa
de un amigo. Y el día que era el
cumpleaños de la madre del amigo
no tenía nada que regalarle, y
le quiso dedicar una canción.
Entonces empezó el programa, le
metieron un acorde y dice: "Esta
canción se la dedico a la señora
fulana de tal —de la casa donde
él paraba— con todos mis
efluvios eróticos". Y cuando
llegó a la casa, no pudo entrar
nunca más allí.
Vaya, cosas así. Mil Diez era lo
único... Porque instituyeron un
tipo de radio de corazón
publicitario que le roncaba el
mango. Sería lindo que alguien
se preocupara de la historia de
Mil Diez.
Tomado de
http://www.librinsula.bnjm.cu
Nota:
Texto elaborado a
partir de una entrevista
realizada por Elena Jorge a
Onelio Jorge Cardoso y publicada
en La Gaceta de Cuba en
mayo de 1974.
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