|
 |
La obra de Onelio Jorge Cardoso
no ha recibido aún, fuera de
Cuba, el reconocimiento y la
atención crítica que merece.
Pero no pretenderé llenar ese
vacío en el escaso tiempo que
dispongo.*
Los interesados pueden recurrir
a media docena de compilaciones
y estudios monográficos que
aportan una lúcida reflexión
colectiva sobre la trayectoria
literaria de este notable
cuentista.1
Lo que quisiera dejar claro es
que, desde el inicio de su
carrera, Onelio se impuso como
autor original y representativo,
en el contexto de la narrativa
cubana, por su peculiar visión
del medio campesino y su
tratamiento del lenguaje. Ambos
rasgos –fundidos artísticamente
en uno solo– respondían a un
conocimiento directo del mundo
rural y a una manifiesta
habilidad para estilizar el
habla de sus pobladores e
imprimir a situaciones y
personajes el sello de la
frescura y la autenticidad.
Onelio era, en suma, un
cuentista nato, lo que Eliseo
Diego subrayó diciendo que
pertenecía a esa estirpe de
narradores –encabezada, en
nuestra lengua, por el mismísimo
Juan Manuel–, que "parecen
valerse de la escritura porque
no les queda otro remedio", es
decir, en cuyo estilo el aliento
de la oralidad se desborda por
encima del rigor de la letra.
Trini Pérez insinúa que Onelio
logró trasvasar con éxito una
modalidad artística a otra
equivalente, reorganizando el
sistema expresivo del habla
rural y redefiniendo así, “como
arte, el arte mismo de la
expresión campesina”.2
Es obvio que, aquí, la
confluencia de artificio y el
folclor, el talento individual y
la experiencia colectiva
produjeron una obra que podía
ser fácilmente reconocida como
emblemática de una identidad
propia. En efecto, los términos
que hemos venido utilizando
remiten al campo semántico de un
subgénero narrativo ligado
estrechamente al concepto de
Nación y a las estrategias
discursivas de los intelectuales
cubanos empeñados en contribuir
al desarrollo de la conciencia
nacional.3
Ese subgénero es el cuento
de tema rural, calificado
indistintamente como guajiro,
campesino, criollo, vernáculo o
cubano. El guajiro, que mantenía
sus nexos ancestrales con las
fuerzas telúricas, era
considerado entonces el
arquetipo de la cubanía, el
criollo por antonomasia.4
Pero los protagonistas de
esos cuentos no eran solo
obreros agrícolas y modestos
agricultores, sino también
carboneros, pescadores,
habitantes de remotos caseríos y
míseras comunidades suburbanas.
En un país de economía
predominantemente agrícola y de
escaso desarrollo urbano, no es
raro que fuesen ellos quienes se
convirtieran en héroes y
portavoces de una mitología
nacional –o, más exactamente,
nacional-popular–, por su
presumible capacidad para
expresar espontáneamente los
intereses y aspiraciones de las
mayorías, es decir, de las
clases populares.
5
Aquí no haré más que sintetizar
algunas opiniones y reflexiones
sobre la poética de Onelio, tal
como se desprende de sus propios
cuentos, sus ocasionales
confesiones y la interpretación
de sus críticos más lúcidos. El
núcleo de esa poética radica en
la creencia de que lo imaginario
constituye "una segunda
dimensión de la realidad".
6
Volveré sobre esto más adelante.
Al presentar el primer libro de
Onelio, en 1945, y antologarlo
por primera vez, al año
siguiente, José Antonio
Portuondo estableció ciertos
criterios que iban a prevalecer
hasta hoy, enriquecidos, claro
está, por la obra posterior de
Onelio y los estudios
subsiguientes: son cuentos,
decía Portuondo, que "se
caracterizan por su sobriedad" y
en los que el mundo rural es
descrito con gran economía de
medios, sin la menor
"preocupación retórica o
sociológica, sin virtuosismos de
estilo ni propósito inmediato de
propaganda".7
Creo percibir en ese comentario
una velada alusión a Luis Felipe
Rodríguez y sus epígonos; a
menos de quince años de la
consagración de Marcos
Antilla hecha por Marinello,
Onelio –como algunos de sus
colegas– había logrado despojar
el cuento guajiro de todo
lastre costumbrista y
didáctico.8
La "fidelidad" al
mundo representado constituye
“también” su divisa, pero se
halla muy lejos del calco o el
reflejo pasivo de rostros,
acciones y paisajes; lo que
cuenta ahora no es el referente,
la realidad más o menos
objetiva, sino la visión que el
narrador ofrece de ella, el
testimonio poético, dramático o
jocoso de la aventura humana.
Porque no cabe duda de que la
realidad misma es "ambivalente";
9
no hay modo de acceder a ella
sin despojarse de prejuicios y
anteojeras; y Onelio –yo diría
que desde sus primeros cuentos–
logra abordarla como quien
bracea en la corriente de la
vida con los reflejos
desarrollados en la infancia.
¿Qué significa esto? Preferiría
no tener que caer en la "falacia
genética" pero no logro imaginar
de dónde proceden, si no de ese
mundo donde las fronteras de la
realidad y la fantasía son aún
imprecisas, la capacidad de
fabulación y el tono cálido y
persuasivo que caracterizan al
autor, sobre todo porque se
trata de un autodidacta, que
durante años puso en grave
peligro su estilo escribiendo
novelones para la radio, y que,
además, ha sido considerado
siempre un "intuitivo",
espécimen poco común en
el contexto de la narrativa
cubana. Ni remotamente cabría
pensar en un aprendizaje de
índole libresca. De hecho, las
únicas alusiones de Onelio a
otros escritores se refieren,
de un lado, a Luis Felipe
Rodríguez –una referencia
obligada, por lo demás– y de
otro, a grandes maestros
latinoamericanos del relato,
aquellos en cuya obra la
presencia del mundo rural o el
tratamiento del habla campesina
alcanzaron un alto grado de
sutileza y complejidad: los
casos del uruguayo Horacio
Quiroga, del mexicano Juan Rulfo,
del brasileño João
Guimarães
Rosa y, en otro nivel, del
dominicano Juan Bosch, residente
durante largos años en Cuba y
primer ganador, en 1943, del
Premio Internacional Hernández
Catá.
10
Sostengo que para ir a los
orígenes no tenemos otra opción
que remontamos al medio
familiar, allí donde el
aprendizaje del oficio puede
hacerse "de oído", como el de la
música, poniendo atención a los
cuentos de aparecidos y a los
relatos de las peripecias y las
vicisitudes cotidianas. Onelio
ha dicho que su madre tenía "un
modo de decir las cosas que se
hacían inolvidables" y que en su
propio estilo "hay mucho del
modo de hablar" de su padre.
Podemos colegir que en ese
"modo" los silencios pesaban
tanto como las palabras. Porque
la poética oneliana, en efecto,
se basa en el escorzo, el
sobreentendido, la secreta
vastedad del iceberg; es una
teoría implícita de la expresión
y al mismo tiempo de la
recepción, puesto que incluye,
en la trama misma del discurso
narrativo, el "horizonte de
expectativas" del destinatario.
Para Onelio, en una palabra, el
arte de contar es el arte de
sugerir, y por tanto de exigir
un lector cómplice, una lectura
participante. Y es también, por
supuesto, la capacidad de
identificarse con los aspectos
lúdicros y hedonistas del
oficio, comenzando por el
disfrute mismo del lenguaje.
"El cuentero", por ejemplo,
empieza así:
"Una vez hubo un hombre por
Mantua o por Sibanicú..." ambos
toponímicos existen realmente,
pero aquí se usan sin la menor
intención denotativa: Onelio
confesó en cierta ocasión que
había apelado a ellos porque
funcionaban, dentro del
párrafo, "como, acentos
musicales".
11
En un nivel más profundo, sin
embargo, la originalidad de
Onelio consiste en haber
dinamitado desde adentro, y de
modo sistemático, las premisas
conceptuales del "cuento
criollo", su ideología de raíz
panfletaria. Aquí los personajes
no son víctimas inermes de una
situación que hay que
"denunciar"; no son tampoco
luchadores, capaces de
enfrentarse resueltamente a sus
victimarios; son gentes
sencillas, desamparadas,
agobiadas, confundidas, que sin
embargo tienen la capacidad de
soñar. Es como si el lugar de la
violencia, abierta o soterrada,
lo ocuparan de pronto la
imaginación, la fantasía, que
pueden funcionar –y de hecho
funcionan– como medios de
evasión pero también como
estímulos, pues se trata, en la
mayoría de los casos, de lo
que Prada denomina "imaginación
utópica": la que abre
perspectivas inéditas, nuevas
dimensiones de la realidad.12
La idea –tan obvia como
desatendida por la literatura
nativista– de que la fantasía,
el ensueño, los valores
culturales son también –aun en
medio de la opresión o la
rutina– insoslayables
expresiones y necesidades
humanas, esa simple idea
“integradora”
contribuyó, paradójicamente, a
“desintegrar” la estructura del
cuento criollo tradicional, sus
rústicos esquemas binarios. Por
lo pronto, cambia el signo
ideológico del texto: puesto que
también el pobre tiene su
"riqueza", lo que importa ahora,
como observa García Ronda, es
reivindicar "su identidad, sus
valores, sus derechos y la
legitimidad de su experiencia
cotidiana y su tradición
cultural... "13
Esto equivale a decir que los
depositarios y portavoces de
esos valores –los trovadores,
cuenteros, artistas
populares...– no son parásitos,
como algunos suelen creer, sino
trabajadores que cumplen una
importante función: producir
símbolos, alegorías, metáforas,
imágenes..., sueños, en una
palabra. Onelio tematizó esta
idea en una serie de cuentos,
entre los que sobresalen esas
dos joyitas tituladas "El
cuentero" (1944) y "El caballo
de coral" (1959). En el primero
Juan Candela, un narrador
oral –"La boca fácil y la cabeza
llena de ríos, de montañas y de
hombres"– fascina a los
agobiados jornaleros con sus
historias, pero la credulidad
del auditorio tiene un límite y
el hiperbólico narrador acaba
siendo acusado de "mentiroso";
cuando Candela se retira,
irritado, los hombres no tardan
en descubrir que lo necesitaban:
en algún rincón de su conciencia
ha empezado a abrirse paso la
idea de que aquellas "mentiras"
formaban parte de una
experiencia entrañable, tan
importante para ellos como la
más profunda verdad. En "El
caballo de coral", un caballito
rojo que galopa bajo el agua se
convierte en símbolo de esas
conflictivas urgencias
cotidianas. Lo curioso es que se
trata esta vez de un hombre
rico, que dedica su tiempo a
perseguir quimeras porque no
tiene que dedicarlo a ganar el
pan. El fabuloso animalito, que
probablemente
navegue en dirección a la
utopía, no puede ser visto sino
por quienes “creen” en él
(un principio enunciado ya por
Carpentier en su célebre
prólogo a El reino de este
mundo: "Lo
maravilloso presupone una fe").
No se trata aquí, sin embargo,
de lo real-maravilloso –y mucho
menos de una sublimación
culpable de la miseria en nombre
de la fe– sino de las infinitas
posibilidades que ofrece esa
tierra de nadie que es la
frontera entre la realidad y el
sueño. En este caso, la moraleja
explícita es que no solo de pan
vive el hombre, o, en palabras
del propio narrador, que "el
hombre siempre tiene dos
hambres". La segunda por
supuesto, es la que se refiere a
su incoercible necesidad de
soñar.
Como todos los grandes, Onelio
supo encontrar el universo en
el terruño. Allí estaban las
secretas frustraciones, las
modestas expectativas, los
dramas sin gloria de la vida
provinciana, el mundo entero, en
suma, bajo la suela de sus
zapatos. Onelio fue uno de los
cinco o seis narradores que
desde los años cuarenta
comenzaron a ensanchar las
fronteras del cuento criollo
–un espacio simbólico de la
identidad y la nacionalidad–
hasta hacerlas coincidir con
las fronteras de lo humano.
Autores como él, Montenegro, Novás Calvo y Labrador Ruiz –así
siempre a la sombra protectora
del "Hernández Catá"–, aceptaron
el desafío del género y lo
llevaron, a golpes de
imaginación y de oficio, a un
grado de madurez que hoy nos
permite identificarlo sin más
como literatura, despojado de
equívocas referencias locales.
* Este texto, con ligeras
modificaciones, formaba parte de
una ponencia titulada "Onelio
Jorge Cardoso: Nación, ideología
y literatura nacional" que debía
ser leída ante estudiantes de la
Universidad Complutense, de
Madrid –y de ahí su tono– en un
ciclo de charlas al que no pude
asistir.
Notas:
1- El volumen Cuentos (La
Habana, Editorial Arte y
Literatura, 1975), prologado por
Denia García Ronda, sigue siendo
la edición más completa de las
narraciones del autor. Sobre
ellas pueden consultarse:
Josefa de la C. Hernández Azaret:
Algunos aspectos de la
cuentística de Onelio Jorge
Cardoso (Santiago de Cuba,
Editorial Oriente, 1982);
Coloquio sobre la cuentística
de Onelio Jorge Cardoso (La
Habana, Cuadernos Unión, 1983);
Renato Prada Oropeza: Poética y
liberación en la narrativa de
Onelio Jorge Cardoso (Xalapa,
México, Universidad
Veracruzana, 1988); Valoración
Múltiple de Onelio Jorge
Cardoso, al cuidado de Salvador
Bueno (La Habana, Casa de las
Américas, 1988); Salvador
Bueno: "Onelio Jorge Cardoso
ante la óptica critica", en su
Ensayos sobre cubanos (La
Habana, Ediciones Unión, 1994,
pp. 352-370): y Denia García
Ronda: "El cuentero": la otra
dimensión (La Habana, Editorial
Letras Cubanas,1995).
2- Cf. Eliseo Diego: "Tres
cuentos para niños" y Trinidad
Pérez: "João
Guimarães
Rosa y Onelio Jorge Cardoso: en
la tercera orilla de la
imaginación", ambos en
Valoración múltiple..., ed. cit.,
pp. 425 Y 411, respect.
3- Desde principios del siglo
XIX había en Cuba una clara
noción del papel que
desempeñaban los intelectuales
en lo que hoy llamaríamos "la
construcción del sujeto
nacional". El sentido de la
identidad cubana no hubiera
sido el mismo sin los artículos
de Varela, los poemas de Heredia
o los ensayos de Saco, para no
hablar de ciertas expresiones de
la cultura popular. Pero en un
conocido apunte de Martí,
fechado en 1881, que aludía a
esa ecuación en un contexto más
amplio, se ponía todo el
énfasis en uno solo de sus
miembros: "No hay letras, que
son expresión –observaba Martí–,
hasta que no hay esencia que
expresar en ellas. iNi habrá
literatura hispanoamericana
hasta que no haya
Hispanoamérica." Faltaba añadir
que tampoco habría
"Hispanoamérica" –ni como
categoría histórica, ni como
visión, ni como proyecto– sin
los textos hispanoamericanos que
contribuyeran a definirla, a
"expresarla". Hasta hace poco,
además, la impresión de que
vivíamos en la "aldea global" y
que por tanto era preciso "desterritorializar"
los espacios culturales, parecía
haber convertido el asunto en un
anacronismo; pero de pronto la
historia se ha encargado de
darle una candente actualidad, y
por otra parte ciertas tesis,
como la de Ángel Rama en La
ciudad letrada, suscitan vivas
controversias. (Véase, por
ejemplo, "Cintio Vitier y 'la
ciudad letrada'. Polémica con
Arcadio Díaz Quiñones", en
Contracorriente [La Habana], a.
1 núm. 2, oct-dic. 1995, pp.
106-116). En el mundo académico
anglosajón, el tema ha
experimentado un auge repentino
en los últimos años, como puede
verse en las obras de Benedict
Anderson (Imagined Communities)
y Doris Sommer (Foundational
Fictions), así como en la
compilación de Homi Bahba Nation
and Narration. Conviene tener en
cuenta, por lo demás, los
riesgos que entraña n las
definiciones esencialistas o
ahistóricas de la identidad y
las culturas nacionales. [Véase
al respecto Mabel Moraña:
Literatura y cultura nacional en
Hispanoamérica (1910-1940).
Minneapolis, Instituto para el
Estudio de Ideologías y
Literatura, 1984.]
4- A propósito de cierta novela
"vernácula", un crítico se
refería a "esa cubanidad virgen
y potente de la que es máximo
depositario el hombre de nuestra
tierra, el campesino". Ángel
Augier: "Prefacio" [1937].
Reproducido en Luis Felipe
Rodríguez: Ciénaga. Pról, de
César Leante. (La Habana,
Editorial Arte y Literatura,
1975, p. 24)
5- Cf Denia García Ronda:
"Onelio en su tiempo", Prólogo a
Onelio Jorge Cardoso: Cuentos,
ed. Cit. p.7.
6- Cf "Entrevistas", en
Salvador Bueno, comp.;
Valoración múltiple..., ed. cit.,
p. 37.
7- José Antonio Portuondo:
Cuentos cubanos contemporáneos,
Sel., pról. y notas de J.A.P.
(México, Editorial Leyenda,
1946, pp. 231-232).
8- Un crítico y lingüista ha
hecho la curiosa observación de
que Onelio "apenas emplea
cubanismos en su obra". Luis
Álvarez Álvarez: "El relieve
narrativo", en Salvador Bueno,
comp.: Valoración múltiple...,
ed. cit., p. 218.
9- El término es de Renato Prada
Oropeza. Véase su Poética y
liberación…, ed. cit., p. 43.
10- Fundado en 1942 por el
magistrado Antonio Barreras, el
Premio –en su doble vertiente,
Nacional e Internacional– se
mantuvo vigente hasta 1955. Su
objetivo, en el primer caso, era
"estimular a los escritores
vernáculos, ofrendando [el]
galardón al mejor cuento del
año, de ambiente criollo".
(Agradezco a Ricardo Hernández,
investigador del Instituto de
Literatura y Lingüística, el
acceso a esta información.)
11- Cf. "Entrevistas", en
Salvador Bueno, comp.:
Valoración múltiple"…, ed. cit.,
pp. 23, 35 Y 39, respect.
12- Cf. Renato Prada Oropeza:
Poética y liberación..., ed. cit.,
p. 30.
I3- Denia García Ronda: "El
cuentero ": la otra dimensión, ed. cit. p. 9. |