Año VIII
La Habana

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Entrevista con miguel mejides

Unos ojos para contar

Bárbara Doval • La Habana

Foto:  Cubaliteraria

 

“Onelio era un hombre de una calva reluciente, linda, llena de estrellas, unos ojos muy agudos, unas manos nerviosas, y era un hombre de pies pequeños y de pies grandes en la literatura” ―irrumpe eufórico mi entrevistado, el escritor cubano Miguel Mejides, luego de recordar que hasta el año 1977, Onelio fue su gran misterio. 
 

“Afecto y mesura no se compaginan” ―le escuché decir a un singular poeta de las letras latinoamericanas cuando otro intelectual y amigo lo presentaba ante un auditorio como “milagro de humanidad”. ¿Será este el caso?, pregunté a Miguel Mejides, quien no solo pertenece a esa generación de narradores que disfrutó del magisterio cercano del “cuentero mayor”, sino que compartió con él, casa y familia. 

“Con la lectura de sus cuentos fui redescubriendo la Isla, había padecido la desesperación al perder un hijo, conocí de la impotencia ante el hambre y el frío o ante un horno de carbón malogrado. Los sufrimientos, satisfacciones y apetencias de los hombres, sus lados oscuros y luminosos me resultaban más comprensibles. Entonces necesité la voz de la amistad y recurrí a Mejides. 

“Lo había leído hasta la saciedad y me parecía que levitaba desde el punto de vista artístico. Sentía timidez al acercarme a él, lo veía en actividades, conversamos dos o tres veces hasta que un día, muy nervioso, le dejo un cuento y regreso a Nuevitas, Camagüey, donde nací y vivía.” 

“De regreso a La Habana voy por la calle 23 y Noel Navarro me avisa de que Onelio quiere verme urgente. Le había agradado el cuento, no lo digo por vanidad, e inmediatamente nos hicimos amigos.”

“El hombre que escribía aquellos cuentos era de un corazón grande, tórrido, tropical, florido, lleno de imaginación, de cuentos de hadas, de orishas, de cosas maravillosas. Era un tipo que volaba”. 

Onelio según cuentan era muy noble. ¿Nunca le viste bravo?

Él se reía mucho de mi carácter loco, aunque en una ocasión no fue así. Yo estaba en La Habana por unos estudios pero vamos a un evento a Camagüey. Me anuncia que lleva un regalo para mi tía y propone entregarlo juntos antes de regresar. Quise aprovechar tanto el tiempo, a mi manera, que olvidé el compromiso. Ya en el aeropuerto le saludo y me dice: “usted no me hable más, yo soy un caballero y si usted no quería que visitara su casa, lo hubiera dicho” y se puso serio. Viajé muy triste en el avión. Al tercer día voy por la UNEAC y un amigo común le había contado las causas del incidente. Onelio no solo me perdonó; se deshizo en disculpas por haber sido tan duro. Era un hombre grandioso. 

¿Es cierto que tenía una sabiduría natural, diferente?

Él tenía la cualidad que todo escritor necesita. Si entraba alguien por la puerta de la oficina y transmitía algo negativo, Onelio lo descubría inmediatamente. Algunos lo explican como magia meopática, simpatética o espiritismo, y ahora que están de moda los collares…Hay una cosa llamada intuición del hombre, olfato largo del ser humano y Onelio lo tenía. Al decir de Hemingway tenía “un detector para la mierda de la vida como para la literatura”.

Pero eran sus ojos, yo siempre veo los ojos de Onelio, brillándoles, observando, atisbando, descubriendo, avizorando. La muerte no le pudo quitar esos ojos tan vivos que están en sus libros…

A mí me parece que lo voy a encontrar socarrón, mirándome por debajo de los lentes, pescando algo para llevar a su literatura. 

Una literatura de tan cubana, universal.

Onelio jugó con la literatura de temas campesinos, y no fue un criollista, rompió con el criollismo ramplón, seudointelectual, pequeño-burgués. Su obra transmite gran sutileza, finura y además, la grandeza del hombre, su dignidad y humanidad. Es un escritor, humanista y un poeta. Antes y después de él, muchos escribimos cuentos, pero no existe en Cuba quien recoja con tal exactitud lo nacional y lo universal. Con Onelio Jorge Cardoso, el cuento encontró una gran anécdota y un tratamiento único del español en cubano. Esta es una de sus “grandes grandezas”.

Siempre he visto un parentesco entre Guimaraes Rosa y Onelio Jorge. Si Guimaraes era el médico que en el lomo de un burro recorrió los sectores brasileños, Onelio era el viajante, el hombre de pueblo buscándose la vida, escribiendo novelas radiales, tratando de vender medicamentos. Onelio caminó su isla y la conoció profundamente. Ambos escribieron sus cuentos, muy parecidos, antes de conocerse.

Onelio con su gran frente tocó la punta de las estrellas. Sus manos tocaban un cuento y… ahí están. “El Cuentero”, por ejemplo, Juan Candela es capaz de adentrarse en el golfo de México, ir y volver desde un lado de la campiña cubana. 

¿Quieres decir, que en esencia, Onelio y sus personajes son muy parecidos?

Exactamente, Onelio es incapaz de mentir y Juan Candela miente, pero el autor está en el corazón de su personaje que viaja en la luz hacia la eternidad. Cuando tú lees una novela de alguien, por lo general, la gente dice: si el personaje es lujurioso, un cristiano o un extremista social también lo puede ser el escritor. No es precisamente así. La similitud debe establecerse con la urdimbre literaria, con el conjunto de su obra. Si usted ve una obra que no se parece a su artista, comience a dudar. 

Mejides con su natural desenfado y apasionamiento que a Onelio divertía recuenta de una novela destruida. 

“Yo escuché de labios de Onelio un fragmento de esa novela suya, que parecía maravillosa, pero a los creadores, por momentos, nos abruman grandes agonías por lo que escribimos. Al hijo lo quieres perfecto y después aprendes a amarlo. En la literatura es igual. Aunque los libros se puedan destruir y ―por suerte― los hijos no, sino la humanidad sería un caos. Vi a Onelio destruir esa novela. Y no es que piense que el género cuento es inferior, nunca podré pensar eso, pero hubiera sido interesante ver a Onelio suelto en una novela.” 

Ya hay generaciones que no conocen a Onelio.

Este es un momento para reafirmar la nacionalidad. No con consignas, sino a partir de la cultura. La cultura es nación. Martí como poeta, con su vida ejemplar y su obra reafirmó lo cubano. Onelio con su vida ejemplar y su obra asevera la nacionalidad cubana. Onelio es Cuba. Y me parece que siempre los ojos de Onelio van a estar frente a cada adolescente, cada joven, sobre cada caballo que cruce los fondos del mar. Por eso, las nuevas generaciones ―y no lo digo como abuso del lema en busca de un sentido positivo, sino en defensa de lo genuino― deben conocer a Onelio.

En las bibliotecas, los libros de los grandes escritores desaparecen, cosa muy buena, porque el buen libro es como la amante inolvidable que siempre se desea cerca. 

­Los niños en la escuela primaria leen cuentos como “Francisca y la muerte” y “El Cuentero”, y son capaces de disfrutarlos, a pesar de no ser especialmente dedicados a ellos.

Es más importante ser conocido por tu obra que por la vanidad de un nombre. Tal vez, alguien olvide a Cervantes pero no a Don Quijote… un loco que… Onelio tiene eso con los niños, los personajes de sus cuentos se hacen más vivos que él mismo. En su obra siempre está presente el hambre de encontrar lo eterno de la vida, y ahí está la universalidad. Así sucede con los clásicos, ahí están Don Quijote o Madame Bovary. 

Entonces, ¿crees que Onelio es un clásico?

Hay dos tipos de clásicos. Uno se lee con complacencia, con avidez. El otro, ganó un Nobel, se estudia en la universidad, se leen fragmentos de su obra y no se retoman, quedan en los grandes tomos de editoriales famosas. Por eso, cuando a una persona la tildan de clásico debe ponerse a temblar, pues pueden pasar a los que no se leen. Con Onelio ocurre lo contrario. 

Con su lenguaje sentencioso y economía de medios, hubo un tiempo en que su literatura no gozó de dicha entre los críticos, precisamente por ser muy “sencilla”.

Hay épocas, hay modas. Cuando surge la nueva novela francesa, todo el mundo quería escribir novelas de la nueva ola, sin embargo, los que escriben sencillo recogen el alma de lo popular y queda. Y a los críticos, luego la historia les pasa la cuenta. Mi generación conoce a Onelio aceptado, venerado, la deidad literaria Onelio. 

Cuando pienso en Onelio me queda la nostalgia de no haberlo conocido personalmente.

Sí lo conoces, porque eres su admiradora. Como has leído toda su obra y te transmitió algo, como el corazón y las cosas humanas que dejó para nosotros están en ti, los ojos de Onelio están en ti y siempre estarán sobre los ojos de los que lo lean. Cuando un escritor puede transmitirte un valor humano, una realidad linda, la limpieza del alma y te hace mejor, ya lo conociste.

Yo he sido amante de una Virginia Wolf, yo he sido amigo de Tomas Man, los he conocido y los he querido. Onelio está vivo, pues con su hechizo literario pudo enamorarte, en el sentido lindo de la palabra, que es unir las dos fuerzas de la vida: la tuya y la de él. 

Fragmentos de una entrevista  concedida por Miguel Mejides sobre Onelio Jorge Cardoso para Radio Ciudad de La Habana, en 1992.
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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