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“Onelio era un
hombre de una calva reluciente,
linda, llena de estrellas, unos
ojos muy agudos, unas manos
nerviosas, y era un hombre de
pies pequeños y de pies grandes
en la literatura” ―irrumpe
eufórico mi entrevistado, el
escritor cubano Miguel Mejides, luego
de recordar que hasta el año
1977, Onelio fue su gran
misterio.
“Afecto y mesura no se
compaginan” ―le escuché decir a
un singular poeta de las letras
latinoamericanas cuando otro
intelectual y amigo lo
presentaba ante un auditorio
como “milagro de humanidad”.
¿Será este el caso?, pregunté a
Miguel Mejides, quien no solo
pertenece a esa generación de
narradores que disfrutó del
magisterio cercano del “cuentero
mayor”, sino que compartió con
él, casa y familia.
“Con la lectura de sus cuentos
fui redescubriendo la Isla,
había padecido la desesperación
al perder un hijo, conocí de la
impotencia ante el hambre y el
frío o ante un horno de carbón
malogrado. Los sufrimientos,
satisfacciones y apetencias de
los hombres, sus lados oscuros y
luminosos me resultaban más
comprensibles. Entonces necesité
la voz de la amistad y recurrí a
Mejides.
“Lo había leído hasta la
saciedad y me parecía que
levitaba desde el punto de vista
artístico. Sentía timidez al
acercarme a él, lo veía en
actividades, conversamos dos o
tres veces hasta que un día, muy
nervioso, le dejo un cuento y
regreso a Nuevitas, Camagüey,
donde nací y vivía.”
“De regreso a La Habana voy por
la calle 23 y Noel Navarro me
avisa de que Onelio quiere verme
urgente. Le había agradado el
cuento, no lo digo por vanidad,
e inmediatamente nos hicimos
amigos.”
“El hombre que escribía aquellos
cuentos era de un corazón
grande, tórrido, tropical,
florido, lleno de imaginación,
de cuentos de hadas, de orishas,
de cosas maravillosas. Era un
tipo que volaba”.
Onelio
―según cuentan― era
muy noble. ¿Nunca le viste
bravo?
Él se reía mucho de mi carácter
loco, aunque en una ocasión no
fue así. Yo estaba en La Habana
por unos estudios pero vamos a
un evento a Camagüey. Me anuncia
que lleva un regalo para mi tía
y propone entregarlo juntos
antes de regresar. Quise
aprovechar tanto el tiempo, a mi
manera, que olvidé el
compromiso. Ya en el aeropuerto
le saludo y me dice: “usted no
me hable más, yo soy un
caballero y si usted no quería
que visitara su casa, lo hubiera
dicho” y se puso serio. Viajé
muy triste en el avión. Al
tercer día voy por la UNEAC y un
amigo común le había contado las
causas del incidente. Onelio no
solo me perdonó; se deshizo en
disculpas por haber sido tan
duro. Era un hombre grandioso.
¿Es cierto que tenía una
sabiduría natural, diferente?
Él tenía la cualidad que todo
escritor necesita. Si entraba
alguien por la puerta de la
oficina y transmitía algo
negativo, Onelio lo descubría
inmediatamente. Algunos lo
explican como magia meopática,
simpatética o espiritismo, y
ahora que están de moda los
collares…Hay una cosa llamada
intuición del hombre, olfato
largo del ser humano y Onelio lo
tenía. Al decir de Hemingway
tenía “un detector para la
mierda de la vida como para la
literatura”.
Pero eran sus ojos, yo siempre
veo los ojos de Onelio,
brillándoles, observando,
atisbando, descubriendo,
avizorando. La muerte no le pudo
quitar esos ojos tan vivos que
están en sus libros…
A mí me parece que lo voy a
encontrar socarrón, mirándome
por debajo de los lentes,
pescando algo para llevar a su
literatura.
Una literatura de tan cubana,
universal.
Onelio jugó con la literatura de
temas campesinos, y no fue un
criollista, rompió con el
criollismo ramplón,
seudointelectual,
pequeño-burgués. Su obra
transmite gran sutileza, finura
y además, la grandeza del
hombre, su dignidad y humanidad.
Es un escritor, humanista y un
poeta. Antes y después de él,
muchos escribimos cuentos, pero
no existe en Cuba quien recoja
con tal exactitud lo nacional y
lo universal. Con Onelio Jorge
Cardoso, el cuento encontró una
gran anécdota y un tratamiento
único del español en cubano.
Esta es una de sus “grandes
grandezas”.
Siempre he visto un parentesco
entre Guimaraes Rosa y Onelio
Jorge. Si Guimaraes era el
médico que en el lomo de un
burro recorrió los sectores
brasileños, Onelio era el
viajante, el hombre de pueblo
buscándose la vida, escribiendo
novelas radiales, tratando de
vender medicamentos. Onelio
caminó su isla y la conoció
profundamente. Ambos escribieron
sus cuentos, muy parecidos,
antes de conocerse.
Onelio con su gran frente tocó
la punta de las estrellas. Sus
manos tocaban un cuento y… ahí
están. “El Cuentero”, por
ejemplo, Juan Candela es capaz
de adentrarse en el golfo de
México, ir y volver desde un
lado de la campiña cubana.
¿Quieres decir, que en esencia,
Onelio y sus personajes son muy
parecidos?
Exactamente, Onelio es incapaz
de mentir y Juan Candela miente,
pero el autor está en el corazón
de su personaje que viaja en la
luz hacia la eternidad. Cuando
tú lees una novela de alguien,
por lo general, la gente dice:
si el personaje es lujurioso, un
cristiano o un extremista social
también lo puede ser el
escritor. No es precisamente
así. La similitud debe
establecerse con la urdimbre
literaria, con el conjunto de su
obra. Si usted ve una obra que
no se parece a su artista,
comience a dudar.
Mejides con su natural desenfado
y apasionamiento que a Onelio
divertía recuenta de una novela
destruida.
“Yo escuché de labios de Onelio
un fragmento de esa novela suya,
que parecía maravillosa, pero a
los creadores, por momentos, nos
abruman grandes agonías por lo
que escribimos. Al hijo lo
quieres perfecto y después
aprendes a amarlo. En la
literatura es igual. Aunque los
libros se puedan destruir y ―por
suerte― los hijos no, sino la
humanidad sería un caos. Vi a
Onelio destruir esa novela. Y no
es que piense que el género
cuento es inferior, nunca podré
pensar eso, pero hubiera sido
interesante ver a Onelio suelto
en una novela.”
Ya hay generaciones que no
conocen a Onelio.
Este es un momento para
reafirmar la nacionalidad. No
con consignas, sino a partir de
la cultura. La cultura es
nación. Martí como poeta, con su
vida ejemplar y su obra reafirmó
lo cubano. Onelio con su vida
ejemplar y su obra asevera la
nacionalidad cubana. Onelio es
Cuba. Y me parece que siempre
los ojos de Onelio van a estar
frente a cada adolescente, cada
joven, sobre cada caballo que
cruce los fondos del mar. Por
eso, las nuevas generaciones ―y
no lo digo como abuso del lema
en busca de un sentido positivo,
sino en defensa de lo genuino―
deben conocer a Onelio.
En las bibliotecas, los libros
de los grandes escritores
desaparecen, cosa muy buena,
porque el buen libro es como la
amante inolvidable que siempre
se desea cerca.
Los niños en la escuela
primaria leen cuentos como
“Francisca y la muerte” y “El
Cuentero”, y son capaces de
disfrutarlos, a pesar de no ser
especialmente dedicados a ellos.
Es más importante ser conocido
por tu obra que por la vanidad
de un nombre. Tal vez, alguien
olvide a Cervantes pero no a Don
Quijote… un loco que… Onelio
tiene eso con los niños, los
personajes de sus cuentos se
hacen más vivos que él mismo. En
su obra siempre está presente el
hambre de encontrar lo eterno de
la vida, y ahí está la
universalidad. Así sucede con
los clásicos, ahí están Don
Quijote o Madame Bovary.
Entonces, ¿crees que Onelio es
un clásico?
Hay dos tipos de clásicos. Uno
se lee con complacencia, con
avidez. El otro, ganó un Nobel,
se estudia en la universidad, se
leen fragmentos de su obra y no
se retoman, quedan en los
grandes tomos de editoriales
famosas. Por eso, cuando a una
persona la tildan de clásico
debe ponerse a temblar, pues
pueden pasar a los que no se
leen. Con Onelio ocurre lo
contrario.
Con su lenguaje sentencioso y
economía de medios, hubo un
tiempo en que su literatura no
gozó de dicha entre los
críticos, precisamente por ser
muy “sencilla”.
Hay épocas, hay modas. Cuando
surge la nueva novela francesa,
todo el mundo quería escribir
novelas de la nueva ola, sin
embargo, los que escriben
sencillo recogen el alma de lo
popular y queda. Y a los
críticos, luego la historia les
pasa la cuenta. Mi generación
conoce a Onelio aceptado,
venerado, la deidad literaria
Onelio.
Cuando pienso en Onelio me queda
la nostalgia de no haberlo
conocido personalmente.
Sí lo conoces, porque eres su
admiradora. Como has leído toda
su obra y te transmitió algo,
como el corazón y las cosas
humanas que dejó para nosotros
están en ti, los ojos de Onelio
están en ti y siempre estarán
sobre los ojos de los que lo
lean. Cuando un escritor puede
transmitirte un valor humano,
una realidad linda, la limpieza
del alma y te hace mejor, ya lo
conociste.
Yo he sido amante de una
Virginia Wolf, yo he sido amigo
de Tomas Man, los he conocido y
los he querido. Onelio está
vivo, pues con su hechizo
literario pudo enamorarte, en el
sentido lindo de la palabra, que
es unir las dos fuerzas de la
vida: la tuya y la de él.
Fragmentos de una entrevista
concedida por Miguel Mejides sobre Onelio Jorge
Cardoso para Radio Ciudad de La
Habana, en 1992.
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