|
Después de los relatos de
El
cuentero, la terminante y
casi perentoria colección
publicada por la Universidad
Central de Las Villas en 1958,
la narrativa rural cubana, y
específicamente la poética de
Onelio Jorge Cardoso, llegaron a
un punto de muy difícil
trascendencia; se trataba de un
conjunto afiligranado, de
notable densidad y donde un
sistema de referenciaciones
continuas, levantadas dentro de
un mundo periférico, alcanzaba a
poseer una vigorosa marca. Con
El cuentero Cardoso
sublimó al máximo ese sistema
renovado por las vanguardias y
lo metamorfoseó en un territorio
que se alejaba por completo del
localismo y la vocación
sociologista de algunos
narradores cubanos más
interesados en hablar (en
términos restringidos,
ciertamente) de la identidad
nacional que en contar
historias. Cardoso, atento
siempre al esguince de la
ficción ―que consiste en
detectar y expresar el horizonte
de singularidad de las conductas
humanas―, le regaló a la
literatura cubana contemporánea
un desafío linguoestilístico
capaz de abolir los estrechos
rangos estéticos ―prejuicios,
supersticiones― del cronotopo.
|
 |
A partir de la década del 60 el
paisaje socioeconómico más
externo del mundo campesino (y
también el cosmos del mar, los
pescadores, los carboneros y
todo ese espectro de personajes
que fraguan la vida de
provincias) se modificó de
acuerdo con la propia dinámica
de la Revolución. Sin embargo,
las estructuras internas de esos
mundos, aquellas en las cuales
se revela aun el psiquismo del
sujeto que lo identifica y que
modula ciertas articulaciones
―otras― con la cultura,
permanecieron inalteradas. Me
refiero a un andamiaje de
caracteres, hábitos y modos de
ver la realidad inmediata que,
al pervivir allí, en medio de un
cambio histórico, se convierten
de hecho en esencias muy
concentradas del orbe rural. Tan
concentradas que explican por sí
mismas una paradoja ilusoria:
ellas enuncian con tal ardor y
exclusividad una zona de lo
local que terminan expresando
una porción de lo universal.
Los cuentos escritos y dados a
conocer por Onelio Jorge Cardoso
durante aquella década se
incrustaron, de manera
apremiante, en esa médula
transhistórica que se refugia, a
pesar del tiempo y los
acontecimientos, en el horizonte
interior de los individuos. La
ecuación, algo simplista y
esquemática, que resumiría el
trabajo de Cardoso en ese lapso
se acoge a las pulsiones de
dicha médula, en primer lugar, y
a las reconexiones del presente
de entonces con un pretérito
demasiado próximo, en segundo
lugar.
A la publicación de El
caballo de coral en 1960
siguió la de los primeros
Cuentos completos en 1961;
en 1964 apareció La otra
muerte del gato y después se
dieron a conocer Iba
caminando (1966) y Abrir
y cerrar los ojos (1969).
Ese segmento es el segundo
legado de Cardoso, una zona
comprometida, me parece, con
algunos ajustes de composición
que ponen a prueba la riqueza
(de cualquier índole, me atrevo
a decir) de un mundo y la
maleabilidad de una poética.
Con "El caballo de coral", una
obra maestra tan sencilla como
intraducible (no hay más que
pensar en el tipo de norma
cubana que su estilo tensa allí,
una norma que incorpora
flexiones prestas a la elisión y
la disolvencia de toda
porosidad), Onelio Jorge Cardoso
le propone al lector la metáfora
de las dos hambres ―hambre de
pan y hambre de poesía― luego de
haber subrayado unos 15 años
antes, en "El cuentero", la
necesidad de imaginación.
Podemos suponer cuán menesterosa
es la vida espiritual del hombre
que ansía encontrarse otra vez
con el caballo de coral, esa
criatura pequeña, rojiza y
brillante que hace sonar sus
cascos en el fondo del mar; los
pescadores acuerdan un precio
indeterminado por acudir al
sitio donde, según el hombre,
aparecerá el caballito, y aunque
la dura vida de la pesca ha
borrado en ellos la posibilidad
del ensueño, una especie de
incertidumbre les da curso no al
candor y la credulidad, sino a
la comprensión de que el mundo
es mucho más de lo que existe,
mucho más de lo que se acoge al
tracto de lo real.
La fineza de percepción visible
en toda la cuentística de
Cardoso se pone de manifiesto en
un relato de 1961 que podría
haberse arruinado a causa del
incómodo automatismo de su
convención dramática. "En la
ciénaga" es uno de esos textos
donde cierta belleza moral logra
expresarse por encima de la
ignorancia y la orfandad; la
madre del niño enfermo le pide
al Gallego que la lleve en su
bote a ver al médico; el Gallego
lo piensa mucho, pues debe
cuidar de su horno de carbón,
pero accede y ambos parten; el
bote encalla en el fango,
llueve, la tragedia se cierne
sobre ellos y Cardoso logra
extraer de las circunstancias
una coloración entre vergonzante
y siniestra, un sobretono de
presagio que se cumple cuando la
mujer, impávida, le dice al
carbonero que no hay que
apurarse, pues el niño ha
muerto; aun así ella alcanza a
ver la esforzada nobleza del
Gallego más allá de la niebla de
unas palabras crueles que él
pronuncia a su pesar y de las
cuales se arrepiente.
La aridez estratificada y
pasmosa del Gallego es similar a
la de ese muerto constantemente
invocado en "Un brindis por el
zonzo"; ante un interlocutor
ocluido, y en medio de la
permisividad del alcohol, el
hablante repara, con mansa pero
dolida indignación, en las
injustas apariencias que
envuelven la personalidad del
zonzo; en el pueblo nadie sabe
del origen del zonzo, nadie sabe
quién era, qué sueños grandes y
sencillos había tenido en la
vida, cómo llegó a derogar la
validez de su existencia hasta
sumergirse en la desdicha y casi
desaparecer de la memoria de las
gentes.
Cardoso nos aposenta todo el
tiempo en la que acaso es una de
las sedes o núcleos de su
laboratorio de modos de contar:
“el Personaje conocido, pero
ignoto”. Sin hacer del viaje de
la apariencia a la esencia un
croquis narrativo, va después de
todo reproduciéndolo en la mayor
parte de los relatos, pero con
intensidad variable; el
“Personaje” se hace “Persona” y
se resume, con las adiciones y
sustracciones de rigor, en la
siguiente transición: personaje
conocido / personaje desconocido
/ personaje conocido, donde el
primer segmento corresponde a
“una apariencia atractiva”, el
segundo a “la exploración rápida
de un misterio”, y el tercero a
“la suplantación de la
apariencia por una verdad
demoledora”.
Quizá la riqueza de la
complejidad humana, esa que el
lector competente forja en tanto
saldo o efecto de los cuentos,
encuentre una explicación en los
inestables dualismos ―un
vacilante sistema binario―
puestos en marcha dentro de los
textos; los dualismos están
allí, ciertamente, pero se
adhieren a sus propias derivas y
conforman un rizoma.
La apuesta estética a que he
hecho alusión en estos y otros
relatos (cabe citar, por
ejemplo, "Los metales", "Por el
río", "Isabelita") se dramatiza
y reifica en un entorno que no
ha sido invadido del todo por la
acronía. Me refiero a un
espacio-tiempo intervenido por
el mito y donde la inocencia, el
amor, los peligros del mal o el
instinto se liberan de una
inmediatez próxima a lo cargoso;
un espacio-tiempo, sin embargo,
que funciona “además” como
contexto de un drama específico
y que se libra de ser mero
trasfondo. "Los metales", de
1964, habla de la curiosidad de
un niño cuyo referente básico es
el Nando de "Taita, diga usted
cómo", de 1942; ambos personajes
se enfrentan, sin comprenderla,
a la desesperación violenta de
los adultos. De la zarandeada
personalidad del niño nos llega
la voz de un dilema universal.
En otra perspectiva de
configuración se encuentran "Por
el río" e "Isabelita", de 1963,
articulados al fusionarse en la
mente del lector, pues el
segundo explica lo que ocurre en
el primero; Fernández, llamado
el Gallego ―no sabemos si se
trata del viejo carbonero de "En
la ciénaga", o de algún
inmigrante prototípico―, se
lleva a su casa a Isabelita, a
quien toma por mujer; el hombre
puede ser su padre, pero insiste
en hacerla suya; poco después
sabemos que el Gallego se ha
robado con alguien de Matanzas
un yate y se ha ido; Isabelita
regresa, feliz, en compañía de
un miliciano muy joven; el
Gallego ha intentado llevársela
consigo, pero ella vuelve con
otro. Podemos intuir lo que
sucede en "Por el río" gracias a
la legibilidad de las zonas
oscuras de la trama, pero la
verdadera explicación la
suministra "Isabelita", texto
donde se halla el pretérito de
toda la historia: una joven
casadera y pobre cuya ilusión
consiste en ser la novia de ese
hombre sonriente, soleado, a
quien ella llama Orlando; él,
ilusión entre ilusiones, no
existe aún; la mira desde la
sensualidad de un cromo donde se
anuncia un dentífrico. Isabelita
corre hacia la manigua, huye del
Gallego, pero este la obliga a
regresar al rancho y permanecer
allí hasta que, en "Por el río",
conozcamos la decisión del
Gallego: apoderarse del yate
"con una gente rica de Matanzas"
y marcharse de Cuba.
La inquieta y soñadora
Isabelita, de los relatos
acabados de mencionar;
Moñigüeso, del quiroguiano
―morboso, de raíz expresionista―
cuento homónimo (escrito en
1943, pero recogido por primera
vez en La otra muerte del
gato); la voluptuosa y casi
mística Graciela, de "Un olor a
clavellina", de 1965, y el
misterioso suicida Samuel, de
"Nadie me encuentre ese muerto",
de 1968, son, digamos,
“intensidades” sicológicas en
las cuales se centran las
mejores narraciones de estos
años, integrables algunas en un
realismo mágico que no prodigan
del todo y alimentadas, en
ocasiones, por una ludicridad
sobre la que se alza el estatuto
de la imaginación como reserva
del yo y abrevadero del sujeto
en su búsqueda y enunciación de
sí mismo. En torno a este tópico
es preciso citar historias como
"Me gusta el mar", de 1966, y
"Abrir y cerrar los ojos", de
1968, conectadas de acuerdo con
el mismo principio estructurador
que permite el enlace de "Por el
río" con "Isabelita". Debemos
añadir a este conjunto una
fábula crucial: "El canto de la
cigarra", de 1962.
Aunque Santiago nunca ha visto
el mar, sueña con él
indeteniblemente; fabrica
historias marineras, de viajes
por los grandes océanos, de
aventuras y descubrimientos
geográficos; no quiere saber del
mar real porque ya sabe, como
muchos personajes de Onelio
Jorge Cardoso (el hombre que se
niega a reencontrarse con
Graciela porque quiere mantener
vivo un recuerdo, o aquel otro
que se niega a oír noticias
ciertas sobre el destino de
Samuel, pues prefiere imaginarlo
yendo y viniendo por el mundo),
que la ilusión de las cosas se
rompe cuando tropieza con la
verdad, inferior siempre;
Santiago se entrega al ensueño y
Pedro lo interrumpe de un modo
cruel; un botellazo pone fin a
esas perturbaciones, ya que
Santiago va a la cárcel, que le
resulta paradisíaca: sumido en
una soledad rara vez estorbada,
el imaginador del mar teme la
llegada del día de la libertad.
Así, Onelio Jorge Cardoso
reivindica el valor de la
ilusión y la fuerza del desacato
que ejerce lo irreal por medio
de sus predicaciones; como
convocatoria y modelado interior
del mundo, y como problema
estético de la representación en
un segundo grado muy
significativo, lo real
desaparece en su propia
tamización tras la escogencia
del individuo. Y si a esto
adicionamos la nítida pesquisa
moral acerca del sitio que ocupa
el arte en la sociedad, un
examen palmario en "El canto de
la cigarra", tendremos una idea
bastante cabal de las rutas por
donde tomaron los cuentos del
autor de El hilo y la cuerda
(1974) durante los diez primeros
años posteriores al triunfo de
la Revolución, un lapso en el
que alcanzó a reformular y
armonizar sus inquietudes. Si
bien estas son similares a las
de otros momentos de su
quehacer, no es menos cierto que
mantuvieron su fidelidad, en el
carácter unitario de su obra, a
la manufactura continua (y acaso
al difícil perfeccionamiento) de
un mundo narrativo de eficaz y
heroica distinción.
Tomado de
Cubaliteraria |