|
… y lo peor de todo,
sin necesidad
Evaristo
Carriego
¿A qué obedecerá ese
título de Buena Risa
Social Club? ¿Acaso
Virulo llenará el
escenario con sus
antiguos colegas del
Conjunto Nacional de
Espectáculos, aun cuando
no recen entre los
invitados? ¿Quedará algo
vivo de aquellos temas y
de aquella relación
hilarante y orgánica que
sobrevivía a las
rudimentarias
filmaciones de la época
para imponerse en casas
tan remotas como la mía
de entonces?
Así, indeciso pero
optimista, me fui al
Mella en la noche del
estreno para integrarme
a un auditorio numeroso
y muy diverso,
mayoritariamente joven.
Es muy interesante la
cantidad de espectadores
que acude a nuestros
teatros en clara
composición familiar,
tendencia que se
manifiesta
particularmente en los
espectáculos
humorísticos. Familias,
muchas de ellas con
adolescentes y hasta con
niños, parejas muy
jóvenes y poca gente de
teatro integraban el
auditorio al que me
sumaba con el propósito
de reencontrar a Virulo,
a más de 20 años de
verlo por última vez en
vivo.
|
 |
Desde la canción de Rosa
Alelí, primera del
concierto y alusiva,
como se conoce, a la
relación entre hijos y
padres divorciados, se
produjo una absoluta
empatía entre el artista
y los espectadores.
Ajeno a toda pose,
Virulo ofreció una
espléndida selección que
integraba de modo muy
coherente algunas
canciones significativas
de su etapa con el
Conjunto Nacional de
Espectáculos y otras de
su repertorio posterior,
mucho menos conocido
entre nosotros.
Diversidad temática y
una perspectiva que
apuntó siempre a las
esencias de los temas
tratados iban
conduciendo al
espectador a una risa
cómplice, creciente,
reflexiva, que no
llegaba casi nunca a la
carcajada; acreditando
así una saludable
tensión entre la alta
elaboración artística de
la oferta teatral y la
expectativa general del
público, alimentada por
un humor la mayoría de
las veces circunstancial
e inmediato.
Un pequeño conjunto,
discreto y efectivo en
su labor de
acompañamiento musical y
coros, servía de
apoyatura a las
interpretaciones
impecables del artista.
Lejos de retroceder en
sus mecanismos de
comunicación directa con
el espectador, como
resultado de sus
reiteradas incursiones
en el medio televisivo,
Virulo ha mantenido y
perfeccionado sus
herramientas para la
comunicación con el
público en vivo.
Pequeños gestos,
máscaras faciales para
la caracterización
instantánea de
personajes y actitudes,
mínimas e hilarantes
incursiones
coreográficas y algún
que otro chiste o
narración intermedios
para contextualizar una
canción; dieron cuentas
de un actor-director
atento a cada detalle,
con pleno dominio del
gesto social nacional y
capacidad para
actualizar, con
precisión minimalista,
canciones escritas hace
varios lustros, al punto
de que gran parte del
público lograra
recibirlas como nuevas.
Curiosamente, y sobre
todo en aquellas
canciones muy conocidas
por mi generación y la
de mis mayores que
cuentan una historia
cuya clave se revela al
final, la comunicación
se producía en dos
niveles: una parte del
público coreaba en voz
muy baja las estrofas
iniciales e intermedias
y construía un ambiente
de verdadera complicidad
con el artista; mientras
que la otra, integrada
por los más jóvenes,
reía sorprendida una vez
cerrado el ciclo, tal
como si se tratase de
chistes recién
compuestos.
Y en eso estábamos
cuando llegó el primer
invitado: Eleuterio
González (Telo).
Fundador del grupo La
leña del humor, Telo
integra desde entonces
aquel grupo de jóvenes
humoristas que
enriqueció la vida
cultural universitaria
de los ´80, movimiento
que luego derivó hacia
la disolución de las
agrupaciones originales
y el predominio de
figuras aisladas,
vinculadas en su mayoría
al Centro Promotor del
Humor.
Dando fe de una antigua
relación de trabajo con
Virulo, que incluye
varias asesorías a
textos y espectáculos
suyos, Telo ofreció dos
sketchs o monólogos
breves que no escuchaba
desde aquellas descargas
de La leña… en la
Universidad Central de
Las Villas. Se trata de
dos textos
cuidadosamente
elaborados que indagan
sobre diferentes
aspectos de la
comunicación entre el
artista y su público.
Primero una parodia
sobre los mecanismos de
recepción
característicos de
aquellos pseudopoemas
con fondo musical que
cantantes como Camilo
Sexto popularizaran
durante la década del
´80. Luego una
sarcástica indagación en
los más enrevesados
mecanismos y
elucubraciones que
podrían acompañar a la
escritura de una novela.
En ambos casos el
artista se esmera con
fortuna en caricaturizar
fórmulas y estructuras
preconcebidas para la
producción de sentido
que en última instancia
revelan incultura y
falta de rigor en la
instancia generadora del
hecho artístico y que
aspiran a una
comunicación inmediata,
subestimando de paso la
inteligencia del
espectador.
|
 |
En esta cuerda y desde
una crítica filosa e
incisiva que no deja
lugar a dudas, Telo nos
ofrece dos de las piezas
más valiosas de aquel
colectivo villaclareño
que, si bien conservan
vigencia y vitalidad
suficientes, hoy nos
parecen un tanto
ingenuas ante el
desmedido incremento de
tales operaciones en
nuestro contexto
mediático y en muchos de
los espectáculos en vivo
que se producen, muchos
de ellos concebidos por
artistas del sector
profesional. Sin
embargo, y en franco
contraste con la audacia
comunicacional de Virulo,
Telo exigió una mayor
atención del espectador,
como consecuencia de su
limitada proyección
escénica y de un ritmo
lento e inseguro que en
ocasiones llegó a
comprometer la
comunicación y afectar
la indiscutible
hilaridad de los textos
representados.
Luego sucedió algo que
no por anunciado dejó de
resultar chocante: toda
aquella atmósfera
cuidadosamente
construida por la
acertada progresión
dramática de las
canciones y chistes
incluidos, en lugar de
desembocar en un bloque
final más intenso pero
coherente con los
mecanismos de
enunciación
predominantes hasta ese
momento, derivó en la
intervención del segundo
invitado, el actor
Carlos Gonzalvo y su
personaje el Profesor
Mentepollo. Es así que
el público, hasta
entonces contenido,
expectante, presto a la
indagación, transita de
golpe hacia la recepción
llana y directa de un
tipo de chiste que no
pretende profundizar en
causa o esencia alguna.
De un minuto a otro la
perspectiva crítica de
alta elaboración se
trasmuta en choteo y el
espectador salta de la
complicidad a un
aquelarre más
periodístico que
artístico, que da al
traste con toda la
atmósfera de
participación
inteligente construida
durante los primeros 45
minutos de función.
En una suerte de
retransmisión en cámara
rápida, algunos de los
temas que fueron
examinados por Virulo
son recapitulados por el
actor Carlos Gonzalvo,
desde la superficialidad
de un personaje muy
coherente con su
concepción y propósitos
comunicativos, pero
situado en un contexto
erróneo. De momento, los
mismos asuntos y otros
sufren una suerte de
banalización o lavado
ideológico con fuerte
sabor a prohibido, como
consecuencia de una
operación que se ha
hecho habitual en
nuestros escenarios y
espacios televisivos y
que no precisa de altos
niveles de elaboración
textual para alcanzar
elevadas cotas de
popularidad.
|
 |
Y esto no quiere decir
que Gonzalvo y otros
humoristas de similar
perfil estén
incapacitados para
generar propuestas de
mayor rigor estético.
Sin pretender siquiera
un esbozo de su
trayectoria, puedo dar
fe del desempeño de este
actor con agrupaciones
tan diferentes como el
Teatro Pinos Nuevos, de
la Isla de la Juventud y
Humoris Causa, de la
capital. Lo que ocurre
es que, más allá de sus
posibilidades como
actor, Gonzalvo se acoge
en este caso al tipo de
humor superficial que
prefieren y potencian
nuestros medios de
difusión masiva y que
responde a arquetipos de
comunicación tan
antiguos como el humor
mismo, puestos aquí en
función de aprovechar
asuntos poco abordados
por esos mismos medios.
Lo que me cuestiono en
este caso es la
pertinencia de hacer
coincidir en un mismo
escenario dos modos tan
diferentes de
comunicación con el
espectador, en aras de
conseguir una
convocatoria masiva que
sospecho Virulo hubiese
conseguido por sí solo,
sobre todo en una sala
tan céntrica y vinculada
al humor como el Teatro
Mella.
Pero Virulo al parecer
volvió para quedarse y
el día llegará en que
retome su merecido
espacio en los medios
(ojalá que sea mediante
un espacio fijo) y
recomponga sus nexos con
humoristas como Osvaldo
Doimeadiós, Iván Camejo
y el propio Telo, entre
otros; más cercanos a
sus mecanismos de
elaboración estética y
prestos a construir
contra viento y marea
ese humor inquietante,
sagaz y participativo
que nos hace hoy tanta
falta o más que en
aquellos años
fundacionales del
Conjunto Nacional de
Espectáculos. |