Año VIII
La Habana

16 al 22
de MAYO
de 2009

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Entrevista con Francisca Viera

El otro Onelio

Yinett Polanco y Johanna Puyol • La Habana

 Foto: Tomada de Cubaliteraria

 

Este año se conmemora el 95 aniversario del natalicio de Onelio Jorge Cardoso, autor que dejó su huella en la literatura cubana con historias aparentemente sencillas que esconden un conocimiento profundo de nuestra idiosincrasia, una maestría del lenguaje y una mirada clara hacia la realidad social de su época. El Premio Hernández Catá que mereció por “Los carboneros” en 1945 lo consagró definitivamente como un gran narrador. Sin embargo, el recordado autor de “Mi hermana Visia” y “Taita, diga usted cómo” realizó otras labores que han quedado a la sombra de sus famosos cuentos, por ejemplo, que fue redactor del Noticiero Radial Mil Diez y que escribió libretos para la radio y la televisión durante cerca de 12 años.
 

Francisca Viera, Cuca, su esposa y compañera en la vida, recuerda a un Onelio de vida plena hasta el momento de su muerte el 29 de mayo de 1986, inmerso también en su familia y sus numerosos amigos, en su trabajo periodístico y como Consejero Cultural; y también nos descubre al hombre entusiasta que coleccionaba historias y recorría los campos en busca de esa esencia criolla que está en la médula de todas sus narraciones y que le valieron el título de nuestro Cuentero Mayor. 

¿Cómo era la relación de Onelio con su familia?

Por estos días, que es su cumpleaños, yo ordeno sus libros. Algunos no los puedo prestar porque son la única copia. A veces están estropeados porque se manosean mucho. Mis dos hijas los leen, Dora Elina la mayor, bióloga e investigadora, y Elena la menor, profesora universitaria y especialista en Martí. Ambas son estudiosas porque lo aprendieron al lado de su padre, él las estimulaba mucho. Onelio tenía una relación estrecha con sus hijas y sus nietos. Con las hijas tenía delirio. Se hacía muchísimas ilusiones con el futuro de todos sus hijos y nietos, y no se equivocó.

¿Cómo lo conoció?, ¿cómo era su vida por aquellos años?

Yo fui maestra. Cuando estaba estudiando en Santa Clara tuve que ingresar en la Normal de Maestros para estudiar magisterio, pero eso no era lo que me interesaba, lo que yo quería era hacerme bachiller para estudiar. En aquellos tiempos había que venir para La Habana y buscarse un lugar donde vivir para poder ir a la Universidad, que era la única que había. No lo pude hacer, porque mis padres no me podían pagar esos estudios en La Habana. Entonces ¿qué hice?: estudié a la vez el bachillerato y el magisterio. No quería ser maestra y fue lo que tuve que hacer toda la vida. Después me encantó, lo que más me ha gustado y he enseñado es la secundaria, me gusta trabajar con los adolescentes.

Cuando estaba estudiando para el bachillerato tenía un profesor muy bueno, pero de mal carácter, y Onelio, que tenía 12 años, estudiaba también allí. Las hembras se sentaban delante y los varones detrás. Un día él estaba jugando con los otros muchachos y el profesor le tiró el borrador. Le dio en la cabeza pero no le hizo nada. El padre de Onelio se molestó y lo quitó de allí. Tiempo después empezó a escribir y se llevó un premio. Yo siempre leía las cosas de Onelio, a él lo publicaban en Bohemia y en revistas de Argentina y otros países. Da la casualidad que un día lo oigo hablando con un amigo, le decía algo así como que: “No sé ni dónde estoy”. “¿Qué no sabe?”, le digo yo. “Ya usted anda por Argentina, lo publican en Bohemia. A usted ya lo conocen”. Ahí nos hicimos amigos, mientras estábamos en el bachillerato, y él comenzó a conversar a menudo conmigo. Luego volvió a escribir y se ganó otro premio. Batista era el presidente y ya había enfrentamientos, ya se combatía, dejamos de ir a las clases. Entonces Batista, a todos aquellos muchachos que no tenían trabajo, los hace maestros cívicos rurales y les pone uniforme de militares. Onelio, porque había pobreza y necesidad, a pesar de no querer a Batista, se hace maestro. Yo estudiaba magisterio también, ya éramos novios y nos queríamos casar. Cuando termino los estudios empiezo a trabajar en Santa Clara y él todavía estaba por allá, visitaba mi casa para enamorarme. Mi madre lo quería mucho y los dos fumaban muchísimo —Onelio fumó toda la vida, lo último que hice fue comprarle una caja de cigarros. Ella nos dijo que si nos queríamos casar nos daba un cuarto. Nos casamos enseguida. Hicimos una boda por la mañana porque no había mucho dinero, pero aún así vinieron muchos amigos, entre ellos Raúl Ferrer, que fue testigo.

La primera vez que Onelio trabajó de maestro lo mandaron con Raúl Ferrer. Se hicieron íntimos amigos. Después Onelio se hace amigo de Enrique Martínez, un poeta de Santa Clara. Cuando tuve a Dora Elina, en la casa con una comadrona, me quedaba con ella por las noches mientras él se iba para casa de Enrique a hablar de literatura. Tuvo una serie de amigos muy buenos, muy inteligentes, que aunque no eran doctores ni nada parecido, eran muy buenos poetas y escritores y lo ayudaron mucho. Uno de ellos, Sergio Pérez, lo nombra viajante de farmacia en Matanzas.

Esa fue nuestra mejor época económicamente, pero no solo eso, en Matanzas había muchos intelectuales. Allí Onelio escribió muchísimo, una gran cantidad de sus cuentos fueron creados en Matanzas. A mi casa venían los amigos de Santa Clara y los que estaban en La Habana, era de locura pero muy agradable. Yo comencé a trabajar en una secundaria y tenía que salir en un tren a las 10 de la mañana y llegaba a la casa casi de noche, con Elenita de seis meses. Matanzas fue el lugar más agradable para Onelio literariamente, al extremo que me dijo: “El día que yo me muera, quisiera que me enterraran en Matanzas”. No se hizo así porque murió de repente. 

¿Qué recuerda de Onelio el cuentero?

En sus cuentos siempre contaba lo que estaba a su alrededor. Tuvo una profesora en el preuniversitario que lo guió y desde entonces le empezó a gustar escribir. La primera cosa que escribió fue sobre un hombre que vivía en el campo, pero no escribía la realidad tal cual, sino que adaptaba lo que lo impresionaba, y el cuento ya no era una copia de lo que había visto. Salía al campo y hacía historias, como la de Negrita.

Nosotros viajábamos mucho, íbamos a Pinar del Río los sábados y los domingos. Llevábamos los nietos a una finca de unos amigos con los que teníamos una gran relación. Allí Onelio salía mucho al campo y hacía reportajes que reunió después en un libro. Ellos tenían una perrita llamada Negrita que se enamoró de un perro que andaba suelto por la finca, un perro jíbaro, y Onelio hizo dos trabajos sobre estos perros. Uno, el reportaje, cuenta la historia de su enamoramiento con el jíbaro, y el otro es la historia de la propia perra. Cuando los representantes de la agencia llevan esta última historia de Negrita a Alemania, coincide con un concurso y entonces obtiene el premio. Eso determina que Negrita sea publicada en varios idiomas. Lo más lindo que tiene este cuento es cuando él escribe sobre Negrita como si fuera una mujer. Es lo que más me gusta de sus historias.

Cuando escribió su último cuento, “La presea”, me lo puso delante cuando terminó. Los cuentos de Onelio siempre tenían un fondo real. Él vio algo en una fiesta que le hizo gracia, se lo comentó a un amigo que venía a la casa por las noches, y de ahí escribió un cuento. Era sobre un hombre al que se le muere la mujer, y le dije que se había burlado de aquel hombre de mala manera. No me dijo nada, pero se fue para el cuarto, a cuatro pasos de mí, y cuando lo sentí tan callado me imaginé que estaba pensando en cómo arreglarlo, porque cuando se arrepentía de lo que estaba escribiendo lo rompía y lo empezaba otra vez. Pensé que era eso, cuando me dice, con una voz de otro mundo: “Cuca, ayúdame”. Cuando fui ya no me conoció. Llamé a las muchachitas enseguida y lo llevamos al hospital. Le dio una conmoción cerebral y ya no me dejaron verlo más. Fue muy repentino. Desde joven le dolía la cabeza, fue una dolencia que tuvo toda la vida. 

¿Es cierto que se inspiró en usted para escribir el cuento “Francisca y la muerte”?

Sí, aunque yo le pregunté: “Onelio, ¿tú escribiste ese cuento por mí?”,  y me dijo que no. Pero fíjate que adivinó, porque tengo 94 años y estoy aquí. 

Siempre se habla más de la obra de Onelio como cuentista, pero también escribió para muchos periódicos y revistas. ¿Cómo fue la relación de Onelio con el periodismo?

¿Sabes cómo vinimos de Matanzas donde él se sentía tan bien? Porque lo mandaron a buscar de la Emisora Mil Diez. Él dejó todo el bienestar que tenía en Matanzas y vino para La Habana enseguida. Un amigo que tenía aquí le buscó la casa y yo dejé la escuela. Pasamos al principio muchísimo trabajo, pero Onelio escribía sus noticias, las adaptaba al radio y a la televisión, y así fue avanzando hasta que empezó a publicar los cuentos. También trabajó escribiendo novelas de televisión y de radio por capítulos.  

¿Cómo transcurrió la estancia en Lima como Consejero Cultural?

En Lima había muchos escritores y Onelio se sentía bien allí, pero no podía vivir sin las palmas. Cuando estaba de viaje y llegaba en avión, cuando veía las palmas era como si hubiera visto a Dios.

Cuando terminó en Lima le dijeron que iba para Ecuador, pero él respondió que de Ecuador nada: “Yo voy para Cuba”. Lo que quería era estar aquí. Viajó mucho, pero siempre de compromiso. Fue a muchos países asiáticos y europeos trabajando para la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), pero solo por unos días. Después de Lima no admitió que lo mandaran mucho tiempo para ninguna parte. En Lima nunca fuimos ricos, pero era una vida agradable. A Onelio le gustaba salir conmigo y comprarme telas bonitas. A mí me gustaba ponerme siempre el mismo vestido y él protestaba.

Él y Guillén tenían muy buena relación. Guillén, que era muy serio, era el presidente de la UNEAC y Onelio el responsable de la parte literaria, y cuando pasaba alguna cosa siempre estaban de acuerdo, pensaban lo mismo sobre casi todos los asuntos. Trabajó muy a gusto por eso. Le gustaban mucho las poesías de Guillén. Tenían una gran amistad y murieron casi a la vez. 

¿Recuerda alguna anécdota en particular?

Onelio tenía una gran cantidad de amigos en Santa Clara, todos literatos que se conocían entre ellos. Les habían presentado a escritores de La Habana y de otros países, como el dominicano Juan Bosch, que estuvo en mi casa un día en que yo estaba mala porque estaba por nacer mi hija mayor. Él le dijo a Onelio: “Si nace hoy, es el cumpleaños de mi madre que se llama Mercedes”. Pero Dora Elina no nació ese día sino al otro y le puse otro nombre.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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