|
Este año se conmemora el 95
aniversario del natalicio de
Onelio Jorge
Cardoso, autor que dejó su huella en la
literatura cubana con historias
aparentemente sencillas que
esconden un conocimiento
profundo de nuestra
idiosincrasia, una maestría del
lenguaje y una mirada clara
hacia la realidad social de su
época. El Premio Hernández Catá
que mereció por “Los carboneros”
en 1945 lo consagró
definitivamente como un gran
narrador. Sin embargo, el
recordado autor de “Mi hermana
Visia” y “Taita, diga usted
cómo” realizó otras labores que
han quedado a la sombra de sus
famosos cuentos, por ejemplo,
que fue redactor del Noticiero
Radial Mil Diez y que escribió
libretos para la radio y la
televisión durante cerca de 12
años.
|
 |
Francisca Viera,
Cuca, su esposa y compañera en
la vida, recuerda a un Onelio de
vida plena hasta el momento de
su muerte el 29 de mayo de 1986,
inmerso también en su familia y
sus numerosos amigos, en su
trabajo periodístico y como
Consejero Cultural; y también
nos descubre al hombre
entusiasta que coleccionaba
historias y recorría los campos
en busca de esa esencia criolla
que está en la médula de todas
sus narraciones y que le
valieron el título de nuestro
Cuentero Mayor.
¿Cómo era la
relación de Onelio con su
familia?
Por estos días,
que es su cumpleaños, yo ordeno
sus libros. Algunos no los puedo
prestar porque son la única
copia. A veces están estropeados
porque se manosean mucho. Mis
dos hijas los leen, Dora Elina la
mayor, bióloga e investigadora,
y Elena la menor, profesora
universitaria y especialista en
Martí. Ambas son estudiosas
porque lo aprendieron al lado de
su padre, él las estimulaba
mucho. Onelio tenía una relación
estrecha con sus hijas y sus
nietos. Con las hijas tenía
delirio. Se hacía muchísimas
ilusiones con el futuro de todos
sus hijos y nietos, y no se
equivocó.
¿Cómo lo
conoció?, ¿cómo era su vida por
aquellos años?
Yo fui maestra.
Cuando estaba estudiando en
Santa Clara tuve que ingresar en
la Normal de Maestros para
estudiar magisterio, pero eso no
era lo que me interesaba, lo que
yo quería era hacerme bachiller
para estudiar. En aquellos
tiempos había que venir para La
Habana y buscarse un lugar donde
vivir para poder ir a la
Universidad, que era la única
que había. No lo pude hacer,
porque mis padres no me podían
pagar esos estudios en La
Habana. Entonces ¿qué hice?:
estudié a la vez el bachillerato
y el magisterio. No quería ser
maestra y fue lo que tuve que
hacer toda la vida. Después me
encantó, lo que más me ha
gustado y he enseñado es la
secundaria, me gusta trabajar
con los adolescentes.
Cuando estaba
estudiando para el bachillerato
tenía un profesor muy bueno,
pero de mal carácter, y Onelio,
que tenía 12 años, estudiaba
también allí. Las hembras se
sentaban delante y los varones
detrás. Un día él estaba jugando
con los otros muchachos y el
profesor le tiró el borrador. Le
dio en la cabeza pero no le hizo
nada. El padre de Onelio se
molestó y lo quitó de allí.
Tiempo después empezó a escribir
y se llevó un premio. Yo siempre
leía las cosas de Onelio, a él
lo publicaban en Bohemia
y en revistas de Argentina y
otros países. Da la casualidad
que un día lo oigo hablando con
un amigo, le decía algo así como
que: “No sé ni dónde estoy”.
“¿Qué no sabe?”, le digo yo. “Ya
usted anda por Argentina, lo
publican en Bohemia. A
usted ya lo conocen”. Ahí nos
hicimos amigos, mientras
estábamos en el bachillerato, y
él comenzó a conversar a menudo
conmigo. Luego volvió a escribir
y se ganó otro premio. Batista
era el presidente y ya había
enfrentamientos, ya se combatía,
dejamos de ir a las clases.
Entonces Batista, a todos
aquellos muchachos que no tenían
trabajo, los hace maestros
cívicos rurales y les pone
uniforme de militares. Onelio,
porque había pobreza y
necesidad, a pesar de no querer
a Batista, se hace maestro. Yo
estudiaba magisterio también, ya
éramos novios y nos queríamos
casar. Cuando termino los
estudios empiezo a trabajar en
Santa Clara y él todavía estaba
por allá, visitaba mi casa para
enamorarme. Mi madre lo quería
mucho y los dos fumaban
muchísimo —Onelio fumó toda la
vida, lo último que hice fue
comprarle una caja de cigarros.
Ella nos dijo que si nos
queríamos casar nos daba un
cuarto. Nos casamos enseguida.
Hicimos una boda por la mañana
porque no había mucho dinero,
pero aún así vinieron muchos
amigos, entre ellos Raúl Ferrer,
que fue testigo.
La primera vez
que Onelio trabajó de maestro lo
mandaron con Raúl Ferrer. Se
hicieron íntimos amigos. Después
Onelio se hace amigo de Enrique
Martínez, un poeta de Santa
Clara. Cuando tuve a Dora Elina,
en la casa con una comadrona, me
quedaba con ella por las noches
mientras él se iba para casa de
Enrique a hablar de literatura.
Tuvo una serie de amigos muy
buenos, muy inteligentes, que
aunque no eran doctores ni nada
parecido, eran muy buenos poetas
y escritores y lo ayudaron
mucho. Uno de ellos, Sergio
Pérez, lo nombra viajante de
farmacia en Matanzas.
Esa fue nuestra
mejor época económicamente, pero
no solo eso, en Matanzas había
muchos intelectuales. Allí
Onelio escribió muchísimo, una
gran cantidad de sus cuentos
fueron creados en Matanzas. A mi
casa venían los amigos de Santa
Clara y los que estaban en La
Habana, era de locura pero muy
agradable. Yo comencé a trabajar
en una secundaria y tenía que
salir en un tren a las 10 de la
mañana y llegaba a la casa casi
de noche, con Elenita de seis
meses. Matanzas fue el lugar más
agradable para Onelio
literariamente, al extremo que
me dijo: “El día que yo me
muera, quisiera que me
enterraran en Matanzas”. No se
hizo así porque murió de
repente.
¿Qué recuerda
de Onelio el cuentero?
En sus cuentos
siempre contaba lo que estaba a
su alrededor. Tuvo una profesora
en el preuniversitario que lo
guió y desde entonces le empezó
a gustar escribir. La primera
cosa que escribió fue sobre un
hombre que vivía en el campo,
pero no escribía la realidad tal
cual, sino que adaptaba lo que
lo impresionaba, y el cuento ya
no era una copia de lo que había
visto. Salía al campo y hacía
historias, como la de
Negrita.
Nosotros
viajábamos mucho, íbamos a Pinar
del Río los sábados y los
domingos. Llevábamos los nietos
a una finca de unos amigos con
los que teníamos una gran
relación. Allí Onelio salía
mucho al campo y hacía
reportajes que reunió después en
un libro. Ellos tenían una
perrita llamada Negrita que se
enamoró de un perro que andaba
suelto por la finca, un perro
jíbaro, y Onelio hizo dos
trabajos sobre estos perros.
Uno, el reportaje, cuenta la
historia de su enamoramiento con
el jíbaro, y el otro es la
historia de la propia perra.
Cuando los representantes de la
agencia llevan esta última
historia de Negrita a
Alemania, coincide con un
concurso y entonces obtiene el
premio. Eso determina que
Negrita sea publicada en
varios idiomas. Lo más lindo que
tiene este cuento es cuando él
escribe sobre Negrita como si
fuera una mujer. Es lo que más
me gusta de sus historias.
Cuando escribió
su último cuento, “La presea”,
me lo puso delante cuando
terminó. Los cuentos de Onelio
siempre tenían un fondo real. Él
vio algo en una fiesta que le
hizo gracia, se lo comentó a un
amigo que venía a la casa por
las noches, y de ahí escribió un
cuento. Era sobre un hombre al
que se le muere la mujer, y le
dije que se había burlado de
aquel hombre de mala manera. No
me dijo nada, pero se fue para
el cuarto, a cuatro pasos de mí,
y cuando lo sentí tan callado me
imaginé que estaba pensando en
cómo arreglarlo, porque cuando
se arrepentía de lo que estaba
escribiendo lo rompía y lo
empezaba otra vez. Pensé que era
eso, cuando me dice, con una voz
de otro mundo: “Cuca, ayúdame”.
Cuando fui ya no me conoció.
Llamé a las muchachitas
enseguida y lo llevamos al
hospital. Le dio una conmoción
cerebral y ya no me dejaron
verlo más. Fue muy repentino.
Desde joven le dolía la cabeza,
fue una dolencia que tuvo toda
la vida.
¿Es cierto
que se inspiró en usted para
escribir el cuento “Francisca y
la muerte”?
Sí, aunque yo le
pregunté: “Onelio, ¿tú
escribiste ese cuento por mí?”,
y me dijo que no. Pero fíjate
que adivinó, porque tengo 94
años y estoy aquí.
Siempre se
habla más de la obra de Onelio
como cuentista, pero también
escribió para muchos periódicos
y revistas. ¿Cómo fue la
relación de Onelio con el
periodismo?
¿Sabes cómo
vinimos de Matanzas donde él se
sentía tan bien? Porque lo
mandaron a buscar de la Emisora
Mil Diez. Él dejó todo el
bienestar que tenía en Matanzas
y vino para La Habana enseguida.
Un amigo que tenía aquí le buscó
la casa y yo dejé la escuela.
Pasamos al principio muchísimo
trabajo, pero Onelio escribía
sus noticias, las adaptaba al
radio y a la televisión, y así
fue avanzando hasta que empezó a
publicar los cuentos. También
trabajó escribiendo novelas de
televisión y de radio por
capítulos.
¿Cómo
transcurrió la estancia en Lima
como Consejero Cultural?
En Lima había
muchos escritores y Onelio se
sentía bien allí, pero no podía
vivir sin las palmas. Cuando
estaba de viaje y llegaba en
avión, cuando veía las palmas
era como si hubiera visto a
Dios.
Cuando terminó
en Lima le dijeron que iba para
Ecuador, pero él respondió que
de Ecuador nada: “Yo voy para
Cuba”. Lo que quería era estar
aquí. Viajó mucho, pero siempre
de compromiso. Fue a muchos
países asiáticos y europeos
trabajando para la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba
(UNEAC), pero solo por unos
días. Después de Lima no admitió
que lo mandaran mucho tiempo
para ninguna parte. En Lima
nunca fuimos ricos, pero era una
vida agradable. A Onelio le
gustaba salir conmigo y
comprarme telas bonitas. A mí me
gustaba ponerme siempre el mismo
vestido y él protestaba.
Él y Guillén
tenían muy buena relación.
Guillén, que era muy serio, era
el presidente de la UNEAC y
Onelio el responsable de la
parte literaria, y cuando pasaba
alguna cosa siempre estaban de
acuerdo, pensaban lo mismo sobre
casi todos los asuntos. Trabajó
muy a gusto por eso. Le gustaban
mucho las poesías de Guillén.
Tenían una gran amistad y
murieron casi a la vez.
¿Recuerda
alguna anécdota en particular?
Onelio tenía una gran cantidad
de amigos en Santa Clara, todos
literatos que se conocían entre
ellos. Les habían presentado a
escritores de La Habana y de
otros países, como el dominicano
Juan Bosch, que estuvo en mi
casa un día en que yo estaba
mala porque estaba por nacer mi
hija mayor. Él le dijo a Onelio:
“Si nace hoy, es el cumpleaños
de mi madre que se llama
Mercedes”. Pero Dora Elina no
nació ese día sino al otro y le
puse otro nombre.
|