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La primera novela
"urbana" real que leí en
mi vida, no la primera,
sino la más cotidiana,
fue
Gracias por el fuego,
yo tendría a lo más 14
años, eran los tiempos
duros, tiempos de guerra
sucia y huidas a una
Isla Negra abandonada,
de mis primeros retozos
en chales y muslos
tibios. Con ella, nos
sentíamos raros,
extraños a todos quienes
nos rodeaban. Yo le leí
en una tarde de viento
de otoño, casi a la
caída de un sol tenue,
La
noche de los feos,
nosotros, ella y yo,
éramos los feos, lo más
horribles seres, capaces
de descubrirnos una
belleza recóndita, solo
visible para nuestros
ojos en las sábanas de
la juventud temprana.
Mis primeros
sufrimientos del amor
los acompañé con La
tregua, de joven
quinceañero, sumergido
en esas páginas, me
convertía mágicamente en
un viejo jubilado en
búsqueda angustiosa del
amor que se me había
negado a lo largo de
toda una vida. Y cuando
en la patria, el
escondido dolor de los
más valientes, se hacía
húmeda neblina que lo
cubría todo, yo leía
Pedro y el Capitán, para
vislumbrar sin sentir en
sangre y carne, la
tortura de mis hermanos
y hermanas, en esas
viejas casas negras y
escondidas en las
cloacas de un Chile
enfermo.
Y cuando los primeros
chispazos de la rebeldía
pública caían como
goterones sobre el miedo
tantos años reinante y
disfrazado de señor
formal, corrí una noche
hacia el Caupolicán a
escuchar al ex
Presidente, llevaba bajo
mi brazo, como en un
acto fallido, el
Inventario infinitamente
hojeado, marcados con
una hoja amarilla de mi
plaza, los Poemas de la
oficina, que me
retrotraían una y otra
vez presurosos a La
tregua, a Martín Santomé
y a Laura Avellaneda.
Ya pasado unos pocos
años, no más de dos o
tres, escuchando las
bellas detonaciones a lo
lejos y mirando por la
ventana como Santiago
entero entre
chisporroteos y
destellos quedaba
completamente a oscuras,
yo llevaba como quien
lleva el Nuevo
Testamento entre los
brazos, El cumpleaños de
Juan Ángel, la biografía
en prosa poética de Raúl Sendic, el más amado de
todo en Uruguay, el gran
desconocido en este
Chile isleño. Y pensando
en aquellos que daban
dura pelea o estaban
encerrados o
clandestinos, leía
siempre, pensando en mi
hijo aún inexistente,
"Hombre preso que mira su
hijo", porque yo ya en
esos años sabía y creía
firmemente, como hoy
también lo creo, que
"uno no siempre hace lo
que quiere/pero tiene el
derecho de no hacer lo
que no quiere".
Y cuando comenzamos de a
uno en uno a caminar las
calles en silencio y
luego a gritar de uno en
uno y todos juntos
nuestros alaridos contra
el horror y a favor de
la memoria, y tomaba la
mano de mi mujer en las
largas marchas de
banderas , yo guardaba
arrugado en un bolsillo
perro, el poema "Vamos
juntos..." con tu
puedo y con mi quiero,
vamos juntos compañero y
cantaba "Somos mucho
más que dos", mirando
los ojos fijos de mi
amada y al pueblo entero
en su marcha larga.
Y "Vientos de exilio",
fueron los versos
regalados a mi padre,
para recordar en él al
otro padre, que vivió y
murió en el México lindo
y querido sin poder
volver a la patria
anhelada y a través de
él recordar a todos
aquellos que aún andan
vagando el mundo,
llorando la tierra.
Siempre Mario me
acompañó en los días del
descubrimiento del amor
y de la lucha por un
mundo más bello. Pasaron
los años, muchos años y
cuando sentí miedo o
desesperanza ya más
normal, siempre volví a
los poemas de aquel que
se autonombraba como un
poeta menor, con el
humilde orgullo de
saberse un poeta cercano
al pueblo en su
sencillez y simpleza
profunda. Así cuando con
mi mujer peleábamos o
nuestras tardes se
hacían de silencio y
distancias, yo tomaba a
Mario entre mis manos,
lo hacía aparecer por mi
boca extranjera
recitando "Táctica y
estrategia" o "Corazón coraza".
Hoy horas antes que
Mario, mi Mario y el de
ustedes hubiera dejado
de existir en cuerpo, yo
escribí esta breve
poesía en prosa,
tratando de emularlo,
sin saber que sería mi
último homenaje al poeta
en vida:
Si el país está
deshabitado "si ya los
aires no son tan buenos
aires" habrá entonces
que habitarlo, desplegar
nuestras voluntades como
antaño, recorrerlo de
norte a sur
completamente,
plantarnos en cada aldea
y arrasar las ciudades
caminando, iluminarlo
con gritos y canciones,
limpiarlo con antorchas
y banderas, hacer vivir
muy dentro nuestro el
poema que sabemos, es la
fuerza de la vida que
nos resta...
En esta noche del 17 de
mayo, después de una
larga jornada de
confrontaciones, abrazos
y besos húmedos con mi
hijo, que ya cumplió los
15 años, cansado y
un tanto preocupado de
la vida llena de pasión
de mi muchacho, supe de
la muerte de Mario Benedetti, del poeta
cotidiano que me ha
acompañado a lo largo de
mi vida, mi mujer está a
mi lado al escribir
estas palabras, yo le
digo que siento mucha
pena, que Mario
Benedetti haya muerto,
ella me mira a los ojos
como quizá Laura miraba
a Martín en las largas
tardes de caminatas y
veredas en el Montevideo
antiguo y me dice: No Fesal, él no ha muerto,
tu poeta y el de todos,
no ha muerto... |