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Mario
Benedetti, uno de los
autores latinoamericanos
más leídos ha muerto. La
noticia, que ha dado la
vuelta al mundo, se ha
recibido con particular
dolor en Cuba, donde el
poeta dejó una huella
que todavía se percibe.
Quienes trabajan en la
Casa de las Américas
recuerdan aún el período
en el cual Benedetti
fundó y dirigió su
Centro de Estudios
Literarios. Su relación
con nuestro país
revestía para él un
carácter especial: “Cuba
ha sido siempre una
palabra muy importante
para mí. Incluso antes
de viajar a este país,
la Revolución Cubana fue
para muchos uruguayos
una alerta, nos sacudió
porque vimos la
posibilidad de enfrentar
de alguna manera esa
presión que es política,
económica, militar,
cultural... de los
EE.UU.”, declaraba en
una
entrevista que fue
publicada en La
Jiribilla a
propósito de que le
fuera otorgado el primer
Premio Alba de las
Letras en 2008.
Desde
hacía mucho tiempo la
muerte le preocupaba. A
los 77 años confesaba
que el libro que
entonces escribía tenía
“una gran cantidad de
poemas que se refieren a
ese tema que ahora me
obsesiona. A mis años no
se puede decir como a
los 18, a mí qué me
importa la muerte. Hay
que prepararse para
ella.”
Aunque
recibió críticas por la
aparente sencillez de
sus textos, Benedetti
logró el mayor de los
triunfos para un
escritor: confundir su
voz con el pueblo,
volverse anónimo para
multiplicarse en
grafitis en las paredes,
declaraciones de
enamorados, arengas para
multitudes… tal vez
porque hasta esos señalamientos en contra suya eran capaces de
inspirarlo: “(…) siempre
me aconsejaron que
escribiera distinto/
pero he decidido
desalentar/ humilde/ y
cautelosamente a mis
mentores.
En
consecuencia seguiré
escribiendo/ igual a mí
o sea/ de un modo obvio
irónico terrestre/
rutinario tristón
desangelado/ (por otros
adjetivos se ruega
consultar/ críticas de
los últimos treinta
años)/ y eso tal vez
ocurra porque no sé ser
otro/ que ese otro que
soy para los otros.”
La
poesía era, en efecto,
su mayor pasión. “Tenga
o no éxito, el asunto en
poesía es que sea buena.
Los grandes autores que
han sobrevivido y se
siguen estudiando,
fueron en su mayoría
poetas. (…)Es más
probable que con esos
cultores del verso que
se siguen estudiando y
citando, se escriba la
historia de los pueblos.
Por eso creo en la
poesía.” A su juicio lo
que distinguía a este
género era la “libertad,
una independencia
superior que se
sobrepone a las
presiones del mercado,
más que la prosa. El
poeta escribe lo que le
sale, lo que quiere
decir, tenga éxito o no,
tenga lectores o no, le
caiga bien a la crítica
o le caiga mal.” Libros
suyos como Te quiero
(1956), Ex presos
(1980), Viento
del exilio (1981),
El olvido está lleno
de memoria (1995),
El mundo que respiro
(2001), Existir
todavía (2003),
Adioses y bienvenidas
(2005) y Testigo de uno
mismo (2008)
vienen a corroborar
estas declaraciones.
Sin
embargo, Benedetti fue
capaz de dominar también
otros géneros
literarios.
“Siempre digo que soy un
poeta que además escribe
cuentos y novelas.
También me siento cómodo
con el cuento, aunque me
da mucho más trabajo.”
Entre sus más de 80
libros se agrupan
novelas como
La
tregua
(1960), Gracias por
el fuego (1965),
Las soledades de Babel
(1991), La borra del
café (1992) y
Andamios (1996);
cuentos como
La
muerte y otras sorpresas
(1968), Recuerdos
olvidados (1988),
Buzón del tiempo
(1999), El porvenir
de mi pasado (2003)
y ensayos entre los que
se cuentan
Peripecia y novela
(1946),
Marcel
Proust y otros ensayos
(1951), Letras del
continente mestizo
(1967),
El escritor
latinoamericano y la
revolución posible
(1974),
Subdesarrollo y letras
de osadía
(1987),
La realidad y la palabra
(1991),
Perplejidades de fin de
siglo
(1993)
y Vivir adrede (2007).
Aunque
en menor medida,
escribió además teatro
(de 1979 data su obra
Pedro y el capitán),
guiones de cine y
crónicas de humor, e
incluso fue
actor de reparto en el
filme El lado oscuro
del corazón, de
Eliseo Subiela. Una
buena parte de sus
poemas se han vuelto
canción en las voces de
Pablo Milanés, Isabel
Parra, Silvio Rodríguez,
Joan Manuel Serrat,
Daniel Viglietti y otros
tantos cantores.
Por su
extensa obra recibió
premios como el Reina
Sofía de Poesía
Iberoamericana, el
I
Premio Iberoamericano
José Martí, el Premio
Internacional Menéndez
Pelayo y el
Premio ALBA de las
Letras en su primera
edición, pero a estos
lauros anteponía su
acción política, por la
que tuvo que sufrir
exilio amenazado de
muerte, porque “la
política es también una
forma del amor (aunque
no viceversa)” y sus
luchas por el porvenir:
“Creo en las utopías.
Los buenos pasos que han
dado los hombres en toda
su historia han sido
gracias a los utópicos,
entre ellos Jesús, Freud
y Marx, que quizá no
materializaron
totalmente lo que
predicaban, pero de
muchas formas ayudaron
al progreso de la
humanidad.”
“No me arrepiento de
nada por lo que he
luchado aunque he
cometido mis errores
como cualquiera, pero
las posiciones que he
tomado han sido de
acuerdo con lo que en
ese momento me dictaba
mi conciencia. No
padezco de insomnio,
siempre he podido dormir
tranquilo, salvo cuando
andaban recogiendo a la
gente de izquierda para
llevársela presa. Pero
eso no tenía que ver con
mi conciencia sino con
la de ellos.”
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Su muerte conmociona a
sus amigos. “Es
indecible el dolor de su
pérdida —escribe Juan
Gelman—. (…) sobre todas
las cosas, fue un hombre
bueno. Nunca se doblegó
ante el Poder. Su muerte
deja el vacío grande que
dejan los grandes. De su
obra nacerán otros
poetas, como él siempre
quiso, y seguirá vivo en
el tiempo.” Joan Manuel
Serrat afirmó sentir
"pena por la muerte del
amigo y la separación
definitiva que esto
significa y liberación
porque en este caso la
muerte se presenta como
liberadora". Con un
poema expresó Eduardo
Galeano su dolor: “El
dolor se dice
callando./Pero me
pregunto:/¿qué será de
nuestra ciudad, sola de
él?/¿qué será de
Montevideo, mutilada de
él?/Y me pregunto:/¿qué
será de nosotros, sin su
bondad inexplicable?
Cuando su ausencia
física es un hecho,
quedan entonces sus
palabras como consuelo:
“Confío en que los
hombres y mujeres del
futuro aprendan a
salvarse y lo digo
porque uno sabe que como
individuo, como persona
se va a morir, es ley de
la vida. Pero nunca
queremos que aquello que
dejamos atrás
desaparezca, sería
horroroso. Siempre haré
lo posible –sé que no
puedo sobrevivir– para
que la humanidad
sobreviva, y para que la
gente viva mejor de lo
que vive.”
En la carrera por la
vida, escribió su
despedida antes que la
muerte lo alcanzara.
“(…) Te dejo frente al
mar/descifrándote
sola/sin mi pregunta a
ciegas/sin mi respuesta
rota./ Te dejo sin mis
dudas/ pobres y
malheridas/ sin mis
inmadureces/ sin mi
veteranía./Pero tampoco
creas/a pie juntillas
todo/no creas nunca
creas/este falso
abandono./Estaré donde
menos/lo esperes, por
ejemplo/en un árbol
añoso/de oscuros
cabeceos./Estaré en un
lejano/horizonte sin
horas/en la huella del
tacto/en tu sombra y mi
sombra./Estaré
repartido/en cuatro o
cinco pibes/de esos que
vos mirás/y enseguida te
siguen./ Y ojalá pueda
estar/de tu sueño en la
red/esperando tus ojos/y
mirándote. |