Año VIII
La Habana
2008

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 CRÓNICAS DE LA REVOLUCIÓN  (2 Parte)
CAMILO Y CHE (XXIV)
William Gálvez • La Habana
 

Como siempre que se acampaba en caseríos o cerca de ellos, las visitas de sus pobladores no se hacía esperar, algunos por curiosidad y otros para brindar su colaboración. Por supuesto, las medidas de seguridad los obligaban a no dejar salir a nadie hasta que no se fueran los insurgentes, a no ser que alguno se enviara a cumplir una misión. En horas tempranas de la mañana, guiado por el mayoral Amador Delgado, se presentó el médico del central, Juan B. Iglesias, perteneciente al Movimiento. En su auto transportó varios artículos de importancia, entre ellos, botas y mosquiteros.
 

Los tres galenos invasores solicitaron las medicinas de mayor uso en campaña militar. El agua caída y la de los pasos por los crecidos ríos, echaron a perder gran parte de las que cargaban. Solicitaron algunas para el asma del gaucho ―que lo atacaba ese día― y pastillas para combatir el sueño; además, material quirúrgico. Como Guevara no había desistido de llegar a Las Villas sobre ruedas, incluyó en el listado camiones y combustible, para que los situaran en San Miguel del Junco.
 

Por los campesinos el comandante pudo conocer de las luchas libradas en el realengo Las Maboas, al sur del central Francisco, cuyos propietarios, la Francisco Sugar Company y el King Ranch, habían querido desalojar a sus moradores para apoderarse de esas tierras. La firme resistencia de los campesinos frente a la guardia rural lo evitó, a pesar de los abusos, detenciones y quemas de casas cometidos por los esbirros al servicio de las firmas yanquis. En aquellas protestas sobresalieron los militantes del PSP (Comunista). Entre los visitantes se encontraban algunos campesinos que participaron de esos hechos.
 

Lo que de allí conoció Che, lo motivó a escribir y sugerir la creación de una guerrilla a Fidel: “...No debe de ninguna manera tener más de 30 hombres armados, pero puede colectar aquí lo que le parezca en todo sentido. Conviene trabajar la zona de las Maboas donde hay muy buen clima debido a los despojos del central Francisco. Hay monte firme hasta Santa Cruz, desde Santa Beatriz, bueno para ese número de hombres...” (3er. Informe a Fidel. 13 de septiembre.)
 

Una prueba de que existían condiciones fue la solicitud realizada por Nelson Vinagera de ingresar con otros 22 hombres a la Ciro Redondo, aunque al no contar con armas no fueron aceptados.


Como algo a destacar ese día y escrito por Joel en su libro, fue el esfuerzo por convencer al combatiente Roberto Gómez ―sumido en un estado depresivo―, de que él no había sido el responsable de la muerte a Dalcio Gutiérrez. Lo otro es que Che se quedó dormido cuando fue al servicio sanitario de la casa del mayoral. Al ver que se demoraba demasiado lo fueron a buscar y entonces se despertó. Ese día dieron cuenta de un buen desayuno y abundante comida.
 

Con la tarde lluviosa reiniciaron el camino al finalizar el día; cruzaron el arroyo Pepillín, convertido en río por la mucha lluvia, que hizo difícil el paso por los lugares escogidos. Cuando Che y sus seguidores alcanzaron la grúa Junco 10, dejaron un compañero para esperar a los que cruzaron por el otro punto. Otro río, el Naranjo, los empapó mucho más. Un columnista quedó con el mismo objetivo del anterior. Sobre la media noche hicieron un alto para acampar, minutos antes del 12 de septiembre.

 

SEPTIEMBRE 12: La Columna Antonio Maceo arribó a los montes de San Miguel del Junco, en un terreno más bajo que los tres anteriores, infectado de mosquitos. De un solo manotazo se agarraba una buena cantidad de ellos. Abrir el mosquitero, por cualquier razón, provocaba la entrada de una verdadera plaga. Se repitió el enmascaramiento de las postas. El fango era también excesivo. Prácticamente acamparon encima de un gran lodazal, lo cual ocasionó dificultades para montar las cocinas.

En medio de tan difíciles condiciones, poco pudieron descansar. Pasado el mediodía el comandante dio órdenes de estar listos para partir y trasladarnos a otro sitio más alto. Se esperaba que lloviera y los camiones corrían peligro de quedar atascados en ese lugar. Después de comprobar que los pelotones ya estaban listos y habían terminado de comer y de recoger los cacharros de cocina, se suscito un desagradable incidente entre dos oficiales.
 

El capitán William Gálvez recibió quejas de que el teniente Haroldo Cantallops había cometido una falta que desagradó a los allí presentes. Le llamó la atención a Cantallops de un modo incorrecto, cayendo en la ofensa personal. Esto motivó un intercambio de palabras desagradables y William, más violento aún, lo agredió originándose una pelea entre ambos que solo cesó con la intervención de varios compañeros.
 

Este hecho por sí solo constituía una grave indisciplina, pero si se trataba de dos oficiales era aún más grave, pues tal conducta en la guerrilla es severamente sancionada.
 

Después de calmados los ánimos, Camilo actuó: increpó duramente a ambos oficiales y mandó a desarmarlos, pendientes a juicio para determinar la sanción definitiva. Mientras, asumió el mando del segundo pelotón el teniente Walfrido Pérez, procedente de la vanguardia.
 

Comieron el rancho cocinado en la casa del dueño de la finca, una bonita vivienda de madera y arquitectura sajona sobre horcones, por ser un terreno bajo. Allí también se situó la comandancia. Solo estaban en ella dos hermanas del propietario, pues este se encontraba para la ciudad. Partieron de San Miguel del Junco pasadas las 17:00 horas. Llovió más que en los últimos días y como los caminos se tornaron intransitables y el río Najasa les impidió el paso, tuvieron que retroceder y marchar por un terraplén, lo cual constituyó un tormento. Los camiones se atascaban y todos debían desmontarse y empujarlos para sacarlos del fango. El invasor Rubén Calderios, armero de la columna, fue golpeado fuertemente por una cadena que se rompió cuando un camión halaba a otro.
 

Invirtieron más de 3 horas en salir de esos fangales. Les preocupaba la proximidad del central Macareño ―actual Haití―, pues la guardia rural destacada en ese puesto podía conocer la ubicación rebelde. Además de mojarse diariamente de pies a cabeza, se enfangaban de igual forma. Salieron a la carretera de Santa Cruz a Camagüey y transitaron por ella unos tres kilómetros, para tomar otro terraplén. El cruce de este camino era peligroso, pero nada sucedió.
 

Avanzaron hasta que el río Curvajaya impidió el paso y se vieron obligados a acampar en un monte de peores condiciones que el anterior. La mayoría de los columnistas tuvo que armar las hamacas en lo alto de los árboles, otros se amarraron a estos para poder dormir algo, rendidos por el cansancio y el terrible sueño, difícil de dominar, y los demás tiraron los nylon sobre el fango y se acostaron sobre ellos.

 

CHE: “Septiembre 12.- Otra jornada durísima la de hoy. Tenemos hambre y sed y las armas pesan como si fueran de plomo. Solo tuvimos fuerzas para llegar a la finca San Miguel.”
 

En los terrenos de la finca Sumacará, Guevara, el guía, Joel y Manuel se encaminaron al bohío de José García a quien apodaban Negrito, a unos mil metros y le informaron que acamparían en aquel lugar. Allí lo hizo una parte; otra se acomodó alrededor de viviendas cercanas. Los que habían tomado distinto camino demoraron en llegar, pues el práctico se perdió y cuando aparecieron, faltaban 20 hombres. El guía Vinagera fue a buscarlos.
 

Se pudieron comprar víveres en la bodega del batey de la colonia Santa Beatriz. Se mantuvo el menú y la abundancia: carne de res, arroz y vianda. También compraron un queso.
 

CONTINUARÁ
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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