Como siempre que se acampaba en
caseríos o cerca de ellos, las
visitas de sus pobladores no se
hacía esperar, algunos por
curiosidad y otros para brindar su
colaboración. Por supuesto, las
medidas de seguridad los obligaban a
no dejar salir a nadie hasta que no
se fueran los insurgentes, a no ser
que alguno se enviara a cumplir una
misión. En horas tempranas de la
mañana, guiado por el mayoral Amador
Delgado, se presentó el médico del
central, Juan B. Iglesias,
perteneciente al Movimiento. En su
auto transportó varios artículos de
importancia, entre ellos, botas y
mosquiteros.
Los tres galenos invasores
solicitaron las medicinas de mayor
uso en campaña militar. El agua
caída y la de los pasos por los
crecidos ríos, echaron a perder gran
parte de las que cargaban.
Solicitaron algunas para el asma del
gaucho ―que lo atacaba ese día― y
pastillas para combatir el sueño;
además, material quirúrgico. Como
Guevara no había desistido de llegar
a Las Villas sobre ruedas, incluyó
en el listado camiones y
combustible, para que los situaran
en San Miguel del Junco.
Por los campesinos el comandante
pudo conocer de las luchas libradas
en el realengo Las Maboas, al sur
del central Francisco, cuyos
propietarios, la Francisco Sugar
Company y el King Ranch, habían
querido desalojar a sus moradores
para apoderarse de esas tierras. La
firme resistencia de los campesinos
frente a la guardia rural lo evitó,
a pesar de los abusos, detenciones y
quemas de casas cometidos por los
esbirros al servicio de las firmas
yanquis. En aquellas protestas
sobresalieron los militantes del PSP
(Comunista). Entre los visitantes se
encontraban algunos campesinos que
participaron de esos hechos.
Lo que de allí conoció Che, lo
motivó a escribir y sugerir la
creación de una guerrilla a Fidel:
“...No debe de ninguna manera tener
más de 30 hombres armados, pero
puede colectar aquí lo que le
parezca en todo sentido. Conviene
trabajar la zona de las Maboas donde
hay muy buen clima debido a los
despojos del central Francisco. Hay
monte firme hasta Santa Cruz, desde
Santa Beatriz, bueno para ese número
de hombres...” (3er. Informe a
Fidel. 13 de septiembre.)
Una prueba de que existían
condiciones fue la solicitud
realizada por Nelson Vinagera de
ingresar con otros 22 hombres a la
Ciro Redondo, aunque al no contar
con armas no fueron aceptados.
Como algo a destacar ese día y
escrito por Joel en su libro, fue el
esfuerzo por convencer al
combatiente Roberto Gómez ―sumido en
un estado depresivo―, de que él no
había sido el responsable de la
muerte a Dalcio Gutiérrez. Lo otro
es que Che se quedó dormido cuando
fue al servicio sanitario de la casa
del mayoral. Al ver que se demoraba
demasiado lo fueron a buscar y
entonces se despertó. Ese día dieron
cuenta de un buen desayuno y
abundante comida.
Con la tarde lluviosa reiniciaron el
camino al finalizar el día; cruzaron
el arroyo Pepillín, convertido en
río por la mucha lluvia, que hizo
difícil el paso por los lugares
escogidos. Cuando Che y sus
seguidores alcanzaron la grúa Junco
10, dejaron un compañero para
esperar a los que cruzaron por el
otro punto. Otro río, el Naranjo,
los empapó mucho más. Un columnista
quedó con el mismo objetivo del
anterior. Sobre la media noche
hicieron un alto para acampar,
minutos antes del 12 de septiembre.
SEPTIEMBRE 12: La Columna Antonio
Maceo arribó a los montes de San
Miguel del Junco, en un terreno más
bajo que los tres anteriores,
infectado de mosquitos. De un solo
manotazo se agarraba una buena
cantidad de ellos. Abrir el
mosquitero, por cualquier razón,
provocaba la entrada de una
verdadera plaga. Se repitió el
enmascaramiento de las postas. El
fango era también excesivo.
Prácticamente acamparon encima de un
gran lodazal, lo cual ocasionó
dificultades para montar las
cocinas.
En medio de tan difíciles
condiciones, poco pudieron
descansar. Pasado el mediodía el
comandante dio órdenes de estar
listos para partir y trasladarnos a
otro sitio más alto. Se esperaba que
lloviera y los camiones corrían
peligro de quedar atascados en ese
lugar. Después de comprobar que los
pelotones ya estaban listos y habían
terminado de comer y de recoger los
cacharros de cocina, se suscito un
desagradable incidente entre dos
oficiales.
El capitán William Gálvez recibió
quejas de que el teniente Haroldo
Cantallops había cometido una falta
que desagradó a los allí presentes.
Le llamó la atención a Cantallops de
un modo incorrecto, cayendo en la
ofensa personal. Esto motivó un
intercambio de palabras
desagradables y William, más
violento aún, lo agredió
originándose una pelea entre ambos
que solo cesó con la intervención de
varios compañeros.
Este hecho por sí solo constituía
una grave indisciplina, pero si se
trataba de dos oficiales era aún más
grave, pues tal conducta en la
guerrilla es severamente sancionada.
Después de calmados los ánimos,
Camilo actuó: increpó duramente a
ambos oficiales y mandó a
desarmarlos, pendientes a juicio
para determinar la sanción
definitiva. Mientras, asumió el
mando del segundo pelotón el
teniente Walfrido Pérez, procedente
de la vanguardia.
Comieron el rancho cocinado en la
casa del dueño de la finca, una
bonita vivienda de madera y
arquitectura sajona sobre horcones,
por ser un terreno bajo. Allí
también se situó la comandancia.
Solo estaban en ella dos hermanas
del propietario, pues este se
encontraba para la ciudad. Partieron
de San Miguel del Junco pasadas las
17:00 horas. Llovió más que en los
últimos días y como los caminos se
tornaron intransitables y el río
Najasa les impidió el paso, tuvieron
que retroceder y marchar por un
terraplén, lo cual constituyó un
tormento. Los camiones se atascaban
y todos debían desmontarse y
empujarlos para sacarlos del fango.
El invasor Rubén Calderios, armero
de la columna, fue golpeado
fuertemente por una cadena que se
rompió cuando un camión halaba a
otro.
Invirtieron más de 3 horas en salir
de esos fangales. Les preocupaba la
proximidad del central Macareño
―actual Haití―, pues la guardia
rural destacada en ese puesto podía
conocer la ubicación rebelde. Además
de mojarse diariamente de pies a
cabeza, se enfangaban de igual
forma. Salieron a la carretera de
Santa Cruz a Camagüey y transitaron
por ella unos tres kilómetros, para
tomar otro terraplén. El cruce de
este camino era peligroso, pero nada
sucedió.
Avanzaron hasta que el río Curvajaya
impidió el paso y se vieron
obligados a acampar en un monte de
peores condiciones que el anterior.
La mayoría de los columnistas tuvo
que armar las hamacas en lo alto de
los árboles, otros se amarraron a
estos para poder dormir algo,
rendidos por el cansancio y el
terrible sueño, difícil de dominar,
y los demás tiraron los nylon sobre
el fango y se acostaron sobre ellos.
CHE: “Septiembre 12.- Otra
jornada durísima la de hoy. Tenemos
hambre y sed y las armas pesan como
si fueran de plomo. Solo tuvimos
fuerzas para llegar a la finca San
Miguel.”
En los terrenos de la finca Sumacará,
Guevara, el guía, Joel y Manuel se
encaminaron al bohío de José García
a quien apodaban Negrito, a unos mil
metros y le informaron que
acamparían en aquel lugar. Allí lo
hizo una parte; otra se acomodó
alrededor de viviendas cercanas. Los
que habían tomado distinto camino
demoraron en llegar, pues el
práctico se perdió y cuando
aparecieron, faltaban 20 hombres. El
guía Vinagera fue a buscarlos.
Se pudieron comprar víveres en la
bodega del batey de la colonia Santa
Beatriz. Se mantuvo el menú y la
abundancia: carne de res, arroz y
vianda. También compraron un queso.