|
Entre las innumerables que han
sido dadas, tal vez la
definición de Abel Bonnard sobre
el amor sea una de las más
satisfactorias: “Su carácter es
el de comprometer
simultáneamente todas nuestras
potencias en la misma aventura,
y precisamente por esa
complejidad que define, no
aceptamos reconocerlo en un
efecto en que solo el alma está
interesada, ni en una mera
avidez del cuerpo.” Esta
dicotomía del ser humano en
cuerpo y alma es ya, para
muchos, discutible; pero la
mayoría la acepta aún y, en todo
caso, comprende con suficiente
exactitud tanto los instintos,
como la sublimación de los
mismos que se operan en el
hombre.
Esa complejidad del amor que
compromete al ser humano en su
totalidad está magníficamente
aprehendida en la obra de Mario
Benedetti, sobre todo en su
novela titulada La tregua.
En el héroe, el sentimiento
arranca del afán ―aquí un poco
tímido y siempre discreto― de
sentirse joven de nuevo; se va
afianzando en la certeza de
verse correspondido, aunque se
ve minado por un egoísmo que él
racionaliza bajo la forma del
respeto a la libertad de la
mujer amada; y termina por
envolverlo totalmente de una
manera tan honda que solo con su
pérdida se le pone de
manifiesto.
En la heroína el amor es
desinteresado y parejo. A grado
tal que rechaza prejuicios y
conveniencias; no de una manera
cínica que provenga de una
conducta en sí libertina, al
contrario: con la certidumbre de
que, al entregarse al amado, se
coloca a la zaga de sociedad, y
con escrúpulo de omitir reglas a
las que hasta entonces se había
sometido. Esta Avellaneda (así,
curiosamente, por el apellido,
la nombra su amante) viene a ser
un tipo extraordinario en la
literatura de América Latina,
donde por lo general la mujer se
encuentra tan inmersa en
convencionalismos y temores que
nunca ―o casi nunca― llega a
conocer el verdadero amor. El
amor que implica gratuidad,
alegría y confianza. Confianza
tanto en una misma, como en el
ser escogido.
La novela, escrita en forma de
diario, discurre con agilidad,
variando la trama con anécdotas
y personajes secundarios que
prueban la similitud de ideas y
de costumbres entre los
uruguayos y nosotros. El
ambiente donde trabaja el
protagonista, por ejemplo, así
como sus compañeros, podrían ser
los de una oficina mexicana.
También Vignale, el seudotenorio
cuarentón, podría ser un
compatriota. Solo las mujeres
nos superan notoriamente,
incluso la esposa de Vignale,
porque se indigna ante las
infidelidades del marido y les
pone un dique. Y Blanca, a quien
a pesar de querer y respetar a
los suyos, es capaz de tomar
decisiones firmes acerca de su
propia vida.
Una trama paralela en La
tregua está integrada por
las relaciones del padre con sus
hijos: la citada Blanca y dos
varones. Hay la consabida
rebelión de los vástagos y una
comprensiva, casi resignada
actitud del padre. Con excepción
del que toma un camino que
escandaliza aún a la mayor parte
de nuestros contemporáneos, los
hijos también se muestran
tolerantes a la larga, ella
sobre todo. Y esta que da
Benedetti es una buena solución
para el tan discutido problema
de las generaciones.
De política y de religión
también se habla en La tregua,
como debe ser para dar del
héroe, y del tiempo en que
vivió, una visión cabal. Me
limito a citar un párrafo que, a
mi juicio, resulta un acertado
común denominador de la postura
de algunos creyentes-escépticos
de nuestros días: “Gracias a una
corazonada (…) que juega a rojo
cuando sale negro y viceversa.”
Ramón, héroe de Gracias por
el fuego, otra novela de
Benedetti, está sumergido
también en un sentimiento
complejo. Está casado con
Susana, quien ha perdido para él
todo su atractivo, y pone en
cambio sus afanes en Dolores, la
mujer de su hermano. Y ahí, más
que las consideraciones
sociopolíticas de la obra, está
su meollo: no es simplemente
atracción ― “avidez del cuerpo”
― lo que Ramón experimenta hacia
Dolores. Es amor, y Mario
Benedetti lo capta en forma
insuperable. Parte, por
supuesto, del deseo; pero con
una fuerza tal, que llega a
regular todas las ideas y todas
las emociones, al grado de que
la compulsión que Ramón
experimenta hacia su padre es
sometida al arbitrio de la
mujer: si ella lo acepta, nada
hará. Dolores lo rechaza y
Ramón, a fin de cuentas, regresa
a la indecisión provocada por un
trauma de la infancia: vio cómo
su padre maltrataba a su madre,
y por esta guardaba un afecto
muy hondo. Sobreviene un
desenlace sorprendente, en todo
acorde con el carácter del
héroe. Benedetti califica a su
ente de ficción de tímido, a
través de su epígrafe de Cesare
Pavesse. Un monólogo de Dolores
da perfecta cuenta de la
personalidad de esta mujer
inteligente y sencilla. Un
diálogo final entre el viejo
Edmundo y su querida, pone de
relieve la crueldad y el
oportunismo de aquel; se percató
de que su hijo quería acabar con
él; pero no se alarmó por ello,
porque está convencido de que la
nueva generación, el país
entero, están perdidos, ya que
no se atreven a terminar con él
ni con lo que él representa: la
plata y el poder. Benedetti no
permite que este personaje quede
totalmente impune, porque al
menos, induce a la querida a
abandonarlo.
En algunos de los cuentos
comprendidos en el volumen que
lleva por título La muerte y
otras sorpresas, Mario
Benedetti vuelca también un
concepto evidentemente humano en
torno al amor. Con humano quiero
decir complejo, pero sin
presuntuosas posturas; profundo,
pero sin artificiales
explicaciones y, en fin, vívido
y congruente con el carácter del
personaje a quien sustenta. “La
noche de los feos” enfoca, con
ternura y sutileza, un caso que
pocos escritores se dignan a
tender. Para casi todos el amor
es un don concedido únicamente a
los que ostentan atractivos
físicos. Puede el hombre no ser
hermoso precisamente; pero en
forma invariable los novelistas
se complacen en describir la
opulencia corporal de las
hembras. Benedetti, en quien
―consciente o no― se advierte la
influencia de Henri Barbusse,
sabe en cambio que el amor es
una catálisis recíproca entre
mujer y hombre.
Entre mujeres y hombres, sin
más; no el privilegio de unos
cuantos. Es en cierto modo, como
dice la heroína de este cuento
de Benedetti, “un lugar común.
Tal para cual”. Es, en efecto,
la concretización de similitudes
síquicas, más que físicas, entre
personas de distinto sexo. En
“Réquiem con tostadas” y en
“Datos para el viudo”, el
escritor uruguayo adopta una
actitud opuesta a la que
generalmente prefieren ―o han
preferido por tradición― los
escritores latinoamericanos: no
se escandaliza ante la
infidelidad femenina ni la
condena con acrimonia. Considera
posible, sencillamente, que ante
la ceguera afectiva del
compañero, una mujer se deje ver
por, y vea a su turno, a un
hombre que la ame.
Las cualidades sobresalientes de
Mario Benedetti como cuentista y
novelista provienen en suma de
su capacidad para imprimir un
tono conmovedor y decisivo a
situaciones que simplemente
vistas y comentadas pueden
resultar obvias.
El cumpleaños de Juan Ángel
es un largo poema que responde a
la moderna abolición de los
principios de la poesía: carece
por supuesto de metro y rima,
así como de puntuación y
mayúsculas, e incluye todas las
fealdades que sean necesarias
para una franqueza absoluta.
Ello no obstante, tiene un ritmo
grato y muchos giros felices.
Arranca de las vivencias
personales para derramarse en la
crítica sutil del ambiente que
cercó al poeta.
El concepto del amor está en
este libro bastante diluido y
recatado. Se diría que Benedetti
prefiere, para abordar a fondo
este asunto, armarlo sobre un
personaje ficticio y darle una
dimensión objetiva.
Cuando tiene once años, el héroe
de este libro conoce a Inesita
Olmos y siente “un extraño
cosquilleo en el colon y el
alma”; sus nociones sobre las
relaciones sexuales son
confusas: “en cada circulito
pienso semen, pienso ovario,
pienso feto”; y se siente mejor
en la azotea en compañía de sus
verdaderos amigos: “me refiero
―aclara― como es obvio a mi
sandokan, a mi david copperfiel,
a mi porthos, a mi buffalo bill,
a mi tarzán y mi pequeño
escribiente florentino”. (De
paso hago notar que omite a
Verne.)
Cuando tiene quince años su idea
sobre el amor es más directa
aunque esté curiosamente
mezclada con posibles dudas de
carácter religioso: “… fifty
fifty vos ponés la virginidad
―dice a una chica anónima― yo el
espíritu santo”; y se increpa a
sí mismo: “hoy mirás a la
muchacha de la lluvia/las
muchachas del sol/y tu primera
taquicardia de homenaje te deja/
débil con las cejas en alto y
una nostalgia que empieza en los
riñones”.
A los dieciséis, Juan Ángel es
mucho más explícito en lo que a
las relaciones sexuales atañe.
Está quizá ante su primera
experiencia erótica y supone en
sí mismo un gran candor y en la
mujer, por joven que ella sea,
la experiencia acumulada de
muchas generaciones. Utiliza
Benedetti curiosos neologismos ―testitequiero,
ovarirríe y testiovariando― que
dan buena idea de la escaramuza
amorosa.
De los dieciocho a los
veintiséis, el amor para Juan
Ángel queda en segundo término.
Está inmerso en preocupaciones
de cariz político y a los
veintiocho lo encontramos ya en
pleno hogar, con su mujer Luisa
y sus hijos Andresito y Jorge.
No tiene ojos sino para ellos.
Sus relaciones conyugales son
plenamente amorosas y está
convencido de que “la única paz
de veras suasoria es la paz
erótica”.
A los treinta años, parte. Tiene
que luchar por devolver la
dignidad a su patria y al mundo,
en esa hora terrible en la que
“la dulce ubre divina (…) de
pronto ha interrumpido el
suministro”.
Viene después el conocimiento
fortuito con alguna mujer; pero
en un nivel de camaradería
estricta aunque, como él
sospecha, pueda de pronto correr
“entre las piedras la lagartija
erótica”.
Todavía más adelante piensa que
“no es justo que lo dialéctico
entorpezca lo erótico”; mas el
tema amoroso cede bajo el alud
de sus experiencias como
revolucionario y del trato con
sus camaradas.
En este largo poema, Benedetti
aprehende con inteligencia la
iniciación amorosa del
adolescente pero, sobre todo,
concede al lazo conyugal el
rango de amor genuino ―según la
idea de A. Bonnard― porque en
dicho lazo compromete todas las
facultades de su ser. |