Año VIII
La Habana

23 al 29
de MAYO
de 2009

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El amor en la obra de Mario Benedetti

María Elvira Bermúdez • México

Foto: Cortesía Casa de las Américas

 

Entre las innumerables que han sido dadas, tal vez la definición de Abel Bonnard sobre el amor sea una de las más satisfactorias: “Su carácter es el de comprometer simultáneamente todas nuestras potencias en la misma aventura, y precisamente por esa complejidad que define, no aceptamos reconocerlo en un efecto en que solo el alma está interesada, ni en una mera avidez del cuerpo.” Esta dicotomía del ser humano en cuerpo y alma es ya, para muchos, discutible; pero la mayoría la acepta aún y, en todo caso, comprende con suficiente exactitud tanto los instintos, como la sublimación de los mismos que se operan en el hombre.

Esa complejidad del amor que compromete al ser humano en su totalidad está magníficamente aprehendida en la obra de Mario Benedetti, sobre todo en su novela titulada La tregua. En el héroe, el sentimiento arranca del afán ―aquí un poco tímido y siempre discreto― de sentirse joven de nuevo; se va afianzando en la certeza de verse correspondido, aunque se ve minado por un egoísmo que él racionaliza bajo la forma del respeto a la libertad de la mujer amada; y termina por envolverlo totalmente de una manera tan honda que solo con su pérdida se le pone de manifiesto.

En la heroína el amor es desinteresado y parejo. A grado tal que rechaza prejuicios y conveniencias; no de una manera cínica que provenga de una conducta en sí libertina, al contrario: con la certidumbre de que, al entregarse al amado, se coloca a la zaga de sociedad, y con escrúpulo de omitir reglas a las que hasta entonces se había sometido. Esta Avellaneda (así, curiosamente, por el apellido, la nombra su amante) viene a ser un tipo extraordinario en la literatura de América Latina, donde por lo general la mujer se encuentra tan inmersa en convencionalismos y temores que nunca ―o casi nunca― llega a conocer el verdadero amor. El amor que implica gratuidad, alegría y confianza. Confianza tanto en una misma, como en el ser escogido.

La novela, escrita en forma de diario, discurre con agilidad, variando la trama con anécdotas y personajes secundarios que prueban la similitud de ideas y de costumbres entre los uruguayos y nosotros. El ambiente donde trabaja el protagonista, por ejemplo, así como sus compañeros, podrían ser los de una oficina mexicana. También Vignale, el seudotenorio cuarentón, podría ser un compatriota. Solo las mujeres nos superan notoriamente, incluso la esposa de Vignale, porque se indigna ante las infidelidades del marido y les pone un dique. Y Blanca, a quien a pesar de querer y respetar a los suyos, es capaz de tomar decisiones firmes acerca de su propia vida.

Una trama paralela en La tregua está integrada por las relaciones del padre con sus hijos: la citada Blanca y dos varones. Hay la consabida rebelión de los vástagos y una comprensiva, casi resignada actitud del padre. Con excepción del que toma un camino que escandaliza aún a la mayor parte de nuestros contemporáneos, los hijos también se muestran tolerantes a la larga, ella sobre todo. Y esta que da Benedetti es una buena solución para el tan discutido problema de las generaciones.

De política y de religión también se habla en La tregua, como debe ser para dar del héroe, y del tiempo en que vivió, una visión cabal. Me limito a citar un párrafo que, a mi juicio, resulta un acertado común denominador de la postura de algunos creyentes-escépticos de nuestros días: “Gracias a una corazonada (…) que juega a rojo cuando sale negro y viceversa.”

Ramón, héroe de Gracias por el fuego, otra novela de Benedetti, está sumergido también en un sentimiento complejo. Está casado con Susana, quien ha perdido para él todo su atractivo, y pone en cambio sus afanes en Dolores, la mujer de su hermano. Y ahí, más que las consideraciones sociopolíticas de la obra, está su meollo: no es simplemente atracción ― “avidez del cuerpo” ― lo que Ramón experimenta hacia Dolores. Es amor, y Mario Benedetti lo capta en forma insuperable. Parte, por supuesto, del deseo; pero con una fuerza tal, que llega a regular todas las ideas y todas las emociones, al grado de que la compulsión que Ramón experimenta hacia su padre es sometida al arbitrio de la mujer: si ella lo acepta, nada hará. Dolores lo rechaza y Ramón, a fin de cuentas, regresa a la indecisión provocada por un trauma de la infancia: vio cómo su padre maltrataba a su madre, y por esta guardaba un afecto muy hondo. Sobreviene un desenlace sorprendente, en todo acorde con el carácter del héroe. Benedetti califica a su ente de ficción de tímido, a través de su epígrafe de Cesare Pavesse. Un monólogo de Dolores da perfecta cuenta de la personalidad de esta mujer inteligente y sencilla. Un diálogo final entre el viejo Edmundo y su querida, pone de relieve la crueldad y el oportunismo de aquel; se percató de que su hijo quería acabar con él; pero no se alarmó por ello, porque está convencido de que la nueva generación, el país entero, están perdidos, ya que no se atreven a terminar con él ni con lo que él representa: la plata y el poder. Benedetti no permite que este personaje quede totalmente impune, porque al menos, induce a la querida a abandonarlo.

En algunos de los cuentos comprendidos en el volumen que lleva por título La muerte y otras sorpresas, Mario Benedetti vuelca también un concepto evidentemente humano en torno al amor. Con humano quiero decir complejo, pero sin presuntuosas posturas; profundo, pero sin artificiales explicaciones y, en fin, vívido y congruente con el carácter del personaje a quien sustenta. “La noche de los feos” enfoca, con ternura y sutileza, un caso que pocos escritores se dignan a tender. Para casi todos el amor es un don concedido únicamente a los que ostentan atractivos físicos. Puede el hombre no ser hermoso precisamente; pero en forma invariable los novelistas se complacen en describir la opulencia corporal de las hembras. Benedetti, en quien ―consciente o no― se advierte la influencia de Henri Barbusse, sabe en cambio que el amor es una catálisis recíproca entre mujer y hombre.

Entre mujeres y hombres, sin más; no el privilegio de unos cuantos. Es en cierto modo, como dice la heroína de este cuento de Benedetti, “un lugar común. Tal para cual”. Es, en efecto, la concretización de similitudes síquicas, más que físicas, entre personas de distinto sexo. En “Réquiem con tostadas” y en “Datos para el viudo”, el escritor uruguayo adopta una actitud opuesta a la que generalmente prefieren ―o han preferido por tradición― los escritores latinoamericanos: no se escandaliza ante la infidelidad femenina ni la condena con acrimonia. Considera posible, sencillamente, que ante la ceguera afectiva del compañero, una mujer se deje ver por, y vea a su turno, a un hombre que la ame.

Las cualidades sobresalientes de Mario Benedetti como cuentista y novelista provienen en suma de su capacidad para imprimir un tono conmovedor y decisivo a situaciones que simplemente vistas y comentadas pueden resultar obvias.

El cumpleaños de Juan Ángel es un largo poema que responde a la moderna abolición de los principios de la poesía: carece por supuesto de metro y rima, así como de puntuación y mayúsculas, e incluye todas las fealdades que sean necesarias para una franqueza absoluta. Ello no obstante, tiene un ritmo grato y muchos giros felices. Arranca de las vivencias personales para derramarse en la crítica sutil del ambiente que cercó al poeta.

El concepto del amor está en este libro bastante diluido y recatado. Se diría que Benedetti prefiere, para abordar a fondo este asunto, armarlo sobre un personaje ficticio y darle una dimensión objetiva.

Cuando tiene once años, el héroe de este libro conoce a Inesita Olmos y siente “un extraño cosquilleo en el colon y el alma”; sus nociones sobre las relaciones sexuales son confusas: “en cada circulito pienso semen, pienso ovario, pienso feto”; y se siente mejor en la azotea en compañía de sus verdaderos amigos: “me refiero ―aclara― como es obvio a mi sandokan, a mi david copperfiel, a mi porthos, a mi buffalo bill, a mi tarzán y mi pequeño escribiente florentino”. (De paso hago notar que omite a Verne.)

Cuando tiene quince años su idea sobre el amor es más directa aunque esté curiosamente mezclada con posibles dudas de carácter religioso: “… fifty fifty vos ponés la virginidad ―dice a una chica anónima― yo el espíritu santo”; y se increpa a sí mismo: “hoy mirás a la muchacha de la lluvia/las muchachas del sol/y tu primera taquicardia de homenaje te deja/ débil con las cejas en alto y una nostalgia que empieza en los riñones”.

A los dieciséis, Juan Ángel es mucho más explícito en lo que a las relaciones sexuales atañe. Está quizá ante su primera experiencia erótica y supone en sí mismo un gran candor y en la mujer, por joven que ella sea, la experiencia acumulada de muchas generaciones. Utiliza Benedetti curiosos neologismos ―testitequiero, ovarirríe y testiovariando― que dan buena idea de la escaramuza amorosa.

De los dieciocho a los veintiséis, el amor para Juan Ángel queda en segundo término. Está inmerso en preocupaciones de cariz político y a los veintiocho lo encontramos ya en pleno hogar, con su mujer Luisa y sus hijos Andresito y Jorge. No tiene ojos sino para ellos. Sus relaciones conyugales son plenamente amorosas y está convencido de que “la única paz de veras suasoria es la paz erótica”.

A los treinta años, parte. Tiene que luchar por devolver la dignidad a su patria y al mundo, en esa hora terrible en la que “la dulce ubre divina (…) de pronto ha interrumpido el suministro”.

Viene después el conocimiento fortuito con alguna mujer; pero en un  nivel de camaradería estricta aunque, como él sospecha, pueda de pronto correr “entre las piedras la lagartija erótica”.

Todavía más adelante piensa que “no es justo que lo dialéctico entorpezca lo erótico”; mas el tema amoroso cede bajo el alud de sus experiencias como revolucionario y del trato con sus camaradas.

En este largo poema, Benedetti aprehende con inteligencia la iniciación amorosa del adolescente pero, sobre todo, concede al lazo conyugal el rango de amor genuino ―según la idea de A. Bonnard― porque en dicho lazo compromete todas las facultades de su ser.
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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