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Prensa Latina arribó a su medio
siglo de existencia. Hubo gente
que le auguró apenas tres meses
de vida ante el reto de hacerle
frente al monopolio de los
grandes consorcios noticiosos.
Y no pocos obstáculos tuvo que
superar para introducirse y
ganar espacio y prestigio en ese
difícil mundo.
El 16 de junio de 1959 fue
transmitida la primera
información. Estaba fechada en
Nueva York y recogía las
declaraciones del Embajador de
Tegucigalpa en la ONU refutando
la aviesa insinuación lanzada
por una agencia noticiosa
estadounidense que implicaba a
Cuba en una revuelta militar en
Honduras.
La idea de fundar Prensa Latina
surgió en La Habana, cuando en
la segunda quincena de enero de
1959 se reunieron centenares de
periodistas para informar sobre
la Operación Verdad, a raíz del
triunfo de la Revolución Cubana.
En ese encuentro tomó forma la
idea. Fidel Castro y Ernesto
Che Guevara estuvieron entre sus
más ardientes impulsores, pues
era necesario crear una
alternativa noticiosa en medio
de la feroz cruzada ideológica
que se desarrollaba contra la
pujante Revolución.
La organización recayó en el
argentino Jorge Ricardo Masetti,
quien en muy poco tiempo
convirtió a PL en una verdadera
escuela de periodismo
revolucionario, porque eran
pocos los que estaban
familiarizados con las
características de una agencia
de noticias.
En ese período de aprendizaje,
Masetti insistió en que las dos
cualidades esenciales del
periodista que labora en una
agencia informativa son
exactitud y rapidez, reiterando
siempre que teníamos que ser
objetivos, pero no imparciales.
En su medio siglo de existencia
Prensa Latina se ha destacado
por cumplir tareas que superan
en ocasiones cualquier cálculo
inicial, ya sean por el
resultado alcanzado o por las
dificultades encontradas durante
la cobertura informativa.
Una de ellas, que recordé en
ocasión del aniversario 50 de PL
y muy pocos conocen, fue
realizada en conjunto por la
redacción deportiva,
comunicaciones y la oficina de
Nueva York.
El hecho ocurrió en 1965, cuando
el entonces Comisionado de
Ajedrez de Cuba, José Luis
Barreras, invitó al Gran Maestro
Robert Fischer, de EE.UU., a participar en el IV
torneo internacional Capablanca
in Memoriam.
Fischer no fue autorizado por el
Departamento de Estado a viajar
a La Habana y jugó por teletipo
desde el Marshall Chess Club de
Nueva York, sirviendo de enlace
las comunicaciones de la Agencia
Prensa Latina, llevadas hasta el
Salón de Embajadores del Habana
Libre, escenario del evento.
Hoy es algo que quedó para la
historia, pero ninguno de los
protagonistas olvidó jamás los
obstáculos a vencer, desde la
propia conexión de las
comunicaciones, hasta la
elaboración de un reglamento
especial para los movimientos de
las piezas y el horario
consumido por cada contrincante.
José Luis Barreras tuvo que
“inventar” un reglamento
especial, pues jamás se había
efectuado un torneo
internacional con esas
características, “negociar” con
los directivos de la Federación
Internacional de Ajedrez, en
particular su presidente Folke
Rogard, mantener estrecho
contacto con la Dirección de
Prensa Latina y recibir especial
ayuda de los periodistas Ricardo
Agacino, Severo Nieto y
Francisco V. Portela, junto con
técnicos de teletipos.
Durante meses, las negociaciones
recibieron una amplia
divulgación por la prensa
internacional, y el torneo como
tal fue noticia de primera
plana tanto por el retorno de Fischer a las competencias, como
por las características de la
transmisión de las jugadas.
El juego de Fischer debía ser
supervisado por un árbitro de la
FIDE en Nueva York y otro en La
Habana, y se acordó que fuera
José R. Capablanca, hijo de
quien fuera Campeón del Mundo de
1921 a 1927, quien realizara los
movimientos del norteamericano
en la mesa de juego en el hotel
Habana Libre, a unas 1 340
millas de distancia.
El 25 de agosto de 1965 todo
quedó listo. Compañeros de
teletipos estaban instalados en
la sala de prensa en el Habana
Libre, otro grupo atento en el
Departamento de Comunicaciones
ante cualquier eventualidad y,
pese a la tensión, Agacino,
Nieto y Barreras confiaban en
que todo saldría bien.
Ese día Portela envió el mensaje
MFS-8 desde la oficina:
Att Agacino.- Favor hacer
saber a Barreras lo siguiente:
1.- Yo estoy en la
habitación en la que está
Fischer. La única otra persona
que hay en la habitación es el
árbitro;
2.- Se me invitó por el
Marshall Chess Cluba a estar
presente en la habitación en
vista de que la cantidad de
fotógrafos y camarógrafos y de
público es tal que molestaban
realmente a Fischer. Con tal
motivo se cerró la puerta que
daba al público;
3.- Puedo garantizar que
todo transcurre normalmente;
4.- El público ha aumentado
y llena totalmente todos los
salones y pasillos del Club.
Sds, Portela. Nueva York,
agosto 25/65, 9:55 p.m.
Indudablemente esta hazaña
quedará para la historia. Por
cierto, Fischer no ganó el
torneo. Compartió el segundo
puesto con Efim Gueller (URSS) y
Borislav Ivkov (Yug), quienes lo
vencieron en el cotejo
particular, y el triunfador de
la justa ajedrecística fue el
soviético Vasili Smislov. |