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Que su nombre
siga casi tan ignorado en su
país como el pedazo de selva que
esconde sus huesos era
previsible para Jorge Masetti.
Periodista, sabía cómo se
construyen renombres y se tejen
olvidos. Guerrillero, pudo
presumir que si era derrotado el
enemigo sería el dueño
momentáneo de su historia.
Masetti, desde
luego, era un rebelde integral.
La guerrilla de Salta, su
presencia en Argelia y en Playa
Girón, Prensa Latina, este
libro, son eslabones de una
misma cadena de admirable
coherencia. Entre 1958 y 1964
vivió para la revolución
latinoamericana cuya semilla
está en Cuba y la Revolución
vivió tempestuosamente en él...
Hubo, sin duda, un
proceso cuya génesis atestiguan
estas páginas. Masetti era
reportero de radio El Mundo
cuando en 1958 decidió ir a ver
qué sucedía en Cuba. Sus
contactos eran débiles, sus
medios escasos, su objetivo
—Fidel en la Sierra—
desmesurado.
La medida del
peligro está dada, sin énfasis,
en su propio relato: de los dos
periodistas extranjeros que
Masetti encontró en la Sierra,
uno fue asesinado, al descender,
por la policía de Batista; al
otro lo torturaron y “cantó”.
Mortales
esperas, escondites, marchas
imposibles a pie y en mula, la
confianza jugada a cara o cruz
en cada instante, lo acercaron a
los grandes protagonistas de su
historia. En el camino iba
quedando el pueblo cubano, sus
campesinos ametrallados, sus
aldeas arrasadas con napalm.
Masetti, que confesaba no haber
tirado nunca un tiro, se
encontraba de golpe bajo el
fuego de las ametralladoras 50
con que un avión rociaba en la
meseta lo único que daba señales
de vida: él y su guía. Una
campesina le entregaba un
revólver 22 no para defenderse,
sino para suicidarse si topaba
con los guardias. Cambiaba él
mismo su ropa oscura de porteño
con aires de compadrito por la
guayabera del campesino, por el
uniforme del ejército rebelde.
Pero en ese ilusionismo de
periodista ingenioso había como
un oscuro rito, una
transformación auténtica. Había
ido lleno de dudas,
prevenciones, sutilezas y se lo
tragaba la insuperable
experiencia colectiva de un
pueblo en revolución.
Los reportajes a
Fidel y al Che, transmitidos por
Masetti desde la Radio Rebelde,
fueron importantes en la propia
Isla: era la primera vez que el
pueblo cubano escuchaba a sus
líderes. En aquel momento la
Revolución —agraria, popular,
antimperialista— no se definía
aún públicamente por el
socialismo. Eso llegaría
después. “Mucho de lo que
estábamos haciendo ni lo
habíamos soñado”, declaraba
Guevara.
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Los combatientes
se volvían revolucionarios en la
lucha misma, sacudían sus
ataduras mentales, sus
prejuicios, sus lazos con el
pasado. Pero al mismo tiempo
procuraban no alarmar más de lo
indispensable al enemigo
verdadero que se ocultaba tras
la dictadura de Batista:
conocían ya el napalm y el
fósforo vivo de fabricación
norteamericana que regaban los
aviones. Los amigos de la
Revolución libraban una dura
batalla dentro de los propios
EE.UU. para contener
esos embarques de armas que
antes y después han masacrados
pueblos enteros. Que Fidel
Castro hablara de elecciones,
que otros dirigentes eludieran
una definición sobre el
comunismo, que la Revolución no
alejara a sus momentáneos
aliados de la burguesía, eran
necesidades implacables en la
guerra. Las decisiones, en todo
caso, surgirían del pueblo en
armas.
Cuando Masetti
regresa a La Habana, está
marcado. Las radios del Caribe
retransmiten todavía su
reportaje, el país entero ha
escuchado su voz, la policía
conoce su cara. Los únicos que
parecen ignorar su hazaña son
sus jefes en Buenos Aires. Un
angustioso cambio de telegramas
le confirma que no han recibido
nada. Entonces hace algo que
requiere un coraje excepcional:
vuelve a la Sierra y graba por
segunda vez su reportaje.
Las tretas que
usa para sortear el cerco
represivo lo pintan a Masetti.
Turista alemán,
viajante italiano o presunto
esposo de una campesina gorda,
no pierde en mitad del peligro
su agudo sentido de lo cómico.
Mucho menos esa mirada
fotográfica del periodista nato,
capaz de dar en cuatro líneas lo
esencial de cualquier situación.
Los pequeños retratos de la
pequeña gente brillan con luz
propia junto a los héroes
mayores del Olimpo. Santiago a
oscuras, la carretera desierta,
“el sonido de fondo” que
acompaña su reportaje a Guevara,
son estampas memorables en un
relato sin pausas.
Este reportaje
es, en mi opinión, la mayor
hazaña individual del periodismo
argentino.
Al salir de Cuba
con su pasaporte
rudimentariamente falsificado,
Masetti tuvo la sensación de que
desertaba, de que volvía al
mundo de los que lloran y dejaba
atrás el mundo de los que
luchan. Esa tajante división iba
a decidir su vida, precipitar su
muerte.
La Revolución
triunfante eligió a Masetti para
una tarea más difícil que su
reportaje en la Sierra Maestra. A
comienzos de 1959, crea la
primera agencia latinoamericana
que consigue inquietar a los
monopolios informativos yanquis.
La deformación por la prensa
internacional de las noticias
cubanas había empezado mucho
antes de la caída de Batista,
cuya larga permanencia en el
poder profetizaba la revista
Times en su primer número de
1959, cuando ya el régimen se
había desplomado... La campaña
contra el gobierno
revolucionario alcanzó una
intensidad jamás vista en la
historia. United Press y
Associated Press, las agencias
que monopolizan el mercado
mundial de noticias, pusieron en
marcha esa catarata de basura
informativa que dura hasta hoy,
preparando el terreno para la
cadena de agresiones que iba a
culminar en Playa Girón. Para
contrarrestar en lo posible ese
ataque incesante y despiadado,
nació Prensa latina.
La empresa pudo
parecer utópica. Los monopolios
informativos reaccionaron ante
la competencia como todos los
monopolios. La guerra desatada
contra Prensa Latina invocó el
pretexto de que era una agencia
oficial. PL era, por supuesto,
tan oficial como United Press,
Reuter o France Presse: no hay
en el mundo una agencia que no
responda a los intereses de un
estado nacional, o de un grupo
monopolista estrechamente
vinculado a ese estado. La
diferencia consiste en que los
países dominantes del mundo
occidental prohíben ese lujo a
los países dependientes. Las
tentativas realizadas en
Argentina y Brasil durante los
gobiernos de Perón y Quadros
fracasaron ante la embestida de
las agencias norteamericanas que
contaron como aliados a los
grandes diarios comerciales de
ambos países, para quienes el
periodismo estatal es un crimen
cuando se trata del estado
nacional, y no lo es cuando
detrás se oculta el poder
extranjero.
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En el caso de
Prensa Latina había otra
diferencia, más “criminal” aún.
Todos los periodistas que
trabajaron en ellas eran
latinoamericanos. Plinio Mendoza
y Gabriel García Márquez en
Colombia, Mario Gil en México,
Díaz Rangel en Venezuela, Teddy
Córdova en Bolivia, Aroldo Wall
en Brasil, García Lupo en
Ecuador y Chile, Onetti en
Uruguay, Tríveri en EE.UU.., Ángel Boan en cualquier
parte, demostraron que una
agencia no era algo tan
misterioso como pretendían los
viejos amos del periodismo.
Dondequiera hubo que pelear por
la noticia en igualdad de
condiciones, llegaron antes y la
escribieron mejor. Como testigo
de esa competencia pude
comprobar que el periodista
norteamericano es
profesionalmente mediocre,
apegado a la rutina, desprovisto
de curiosidad y de amor por lo
que hace. Al tener que competir
con nosotros, con un
conocimiento del medio local que
no excedía los despachos
ministeriales o el lobby de los
grandes hoteles, se encontraban
en una impresionante desventaja.
Esa prueba no les gustaba para
nada, y aunque mejoraron
momentáneamente su servicio,
acentuaron la campaña de
desprestigio y la presión sobre
los dóciles gobiernos.
Tuve una idea de
lo que esa presión significaba
en mayo de 1959, cuando en ruta
a La Habana debí hacer escala en
Río de Janeiro por 48 horas que
se convirtieron en 48 días. Se
trataba de tomar una oficina,
arrendar un canal de teletipo y
designar un jefe de
corresponsales brasileño, tres
cosas sencillas para las que no
existían obstáculos legales. Las
dificultades que surgieron eran
tan absurdas que no tenían
explicación dentro del marco
idílico de la libertad de
prensa, la libre competencia y
otras fantasías.
Ese año la
United Press confesaba para su
filial en Río una pérdida de un
millón de dólares lo que, sin
duda, revelaba sus buenos
sentimientos. Inmovilizar un
expediente en el ministerio de Viaçao, era mucho más barato. La
burocracia brasileña es la más
imaginativa que he conocido:
siempre faltaba algo, una coma,
un “carimbo”, hasta un análisis
de orina y una muestra de
sangre. La maquinaria
gubernamental chorreaba
corrupción y demora en
proporciones kafkianas.
Téngase en
cuenta que las relaciones entre
Cuba y los países americanos,
incluidos los EE.UU.,
eran todavía “normales”. La
agresión contra PL era, por
supuesto, una partícula de la
agresión global que se gestaba.
Los tropiezos que menciono se
reprodujeron en las 20
filiales latinoamericanas de PL.
Que hayan podido superarse, bien
o mal, es un tributo al genio de Masetti. Un año después de
creada PL tenía además
sucursales en Washington, New
York, Londres, París, Ginebra,
Praga. Convenios firmados con
Tass, CTK, Tanjug, Hsin Hua, y
agencias egipcia, indonesia y
japonesa le daban un ámbito
mundial. L'Express de
París y el New Statesman
de Londres habían cedido sus
derechos latinoamericanos por
ínfimas sumas; The Nation
y The New Republic, de
EE.UU., los daban
gratis. Más de cien clientes en
América Latina y muchos
centenares en los países
socialistas, un volumen
noticioso comparable al de las
agencias norteamericanas,
colaboradores regulares de la
talla de Sartre, Waldo Frank,
Wright Mills: todo esto era
realidad a mediados de 1960.
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La cobertura de
ciertos episodios
latinoamericanos como los
terremotos de Chile, el primer
golpe militar contra Frondizi o
la revolución de Castro León en
Venezuela, fue excepcional. Pero
también se dieron algunos buenos
“palos”, como decían los
cubanos, en territorio enemigo:
Ángel Boan (que después murió en
Argelia) fue el único en
conseguir un reportaje a
Chessman 12 horas antes de su
ejecución. El mismo Boan le
sonsacó una divertida entrevista
a Trujillo (no teníamos
corresponsal en Santo Domingo,
por supuesto) mediante el simple
expediente de llamarlo por
teléfono en nombre de una
agencia rival, mientras un
colega argentino conseguía en
Madrid la primera declaración de
Perón favorable a Fidel Castro.
Una noche, en el aeropuerto de
La Habana, hice el reportaje más
corto de mi vida. Era Ernest
Hemingway, que decía: “Vamos a
ganar. Nosotros los cubanos
vamos a ganar”. Y agregaba: “I'm
not a yankee, you know”.
Algunas veces
excedíamos los límites
habituales del periodismo. Fue
PL quien señaló con meses de
anticipación el lugar exacto en
Guatemala —la hacienda de
Retalhuleu— donde la CIA
preparaba la invasión a Cuba, y
la isla de Swan donde los
norteamericanos habían
centralizado la propaganda
radial por cuenta de los
exiliados.
Vivíamos, puede
decirse, al pie de la teletipo,
pero no recuerdo un trabajo que
se hiciera con tanta felicidad.
Masetti era incansable, un
temperamento meridional, lleno
de recóndito humor. Un tabaco y
una guayabera que alternaba con
el traje oscuro y la corbata
negra, le bastaba para sentirse
“aplatanado” sin abandonar una
sola inflexión de su lenguaje
porteño. Era pintoresco verlo
irrumpir en la redacción donde
predominaban los cubanos y
gritar sus órdenes tratando a
todo el mundo de vos. Se casó,
por segunda vez con su
secretaria cubana. De madrugada,
cuando cerraban los últimos
canales había tiempo para
reunirse en su oficina donde
circulaba un mate y un
tocadiscos pasaba un tango.
Alguna vez la presencia de un
centinela guajiro en la puerta
cerrada indicaba la presencia
del Che. La amistad que los unía
llevaba el sello indisoluble de
la Sierra.
La suerte de
Prensa Latina estaba ligada a la
Revolución Cubana. La SIP,
regenteada entonces por el
coronel Dubois, dictó el úkase
definitivo prohibiendo a sus
miembros usar los servicios de
PL. Una noche, en una callejuela
de Costa Rica, la casualidad
deparó a Masetti el placer de
decirle en tres palabras lo que
pensaba de él. Dubois se hizo el
sordo pero ya las puertas de los
diarios estaban cerradas.
Es conocida la
presión implacable que llevó a
los gobiernos latinoamericanos a
romper con Cuba. En cada caso la
ruptura fue precedida por el
cierre de PL, Masetti lo había
previsto con mucha anticipación.
Cuando llegó el momento la
agencia contaba con equipos de
escucha capaces de suplir en
parte el vacío, y la
construcción de una potente
emisora llegaba a su fin. Cuba
no podía quedar aislada. PL
sigue hasta hoy dando al pueblo
cubano las noticias del mundo, e
informando a los que quieran o
puedan escucharla, lo que pasa
en Cuba. Esa es la obra de
Masetti.
En marzo de
1961, Masetti renunció a Prensa
Latina. Su alejamiento tiene que
ver con el auge momentáneo del
sectarismo, pero por sobre todo
con su deseo de ocupar un puesto
de más riesgo en la tarea
revolucionaria a la que ya
estaba entregado por completo.
Esa oportunidad se dio en
seguida, en Playa Girón. Masetti
retomó el comando de la agencia
y vio sucumbir bajo el fuego de
las milicias las últimas
tentativas norteamericanas por
reimplantar su dominio en la
Isla. Después marchó a Argelia,
donde se combatía aún. Era el
intermedio necesario antes de
acometer su última empresa, la
guerrilla de Salta.
La idea de traer
la lucha armada a la Argentina
no era nueva en Masetti. Nació
en la misma Sierra, la meditó
largamente en La Habana. Puede
discutirse, se discute, si el
momento elegido era el
apropiado, si la teoría del foco
es o no correcta, si la lucha
armada puede entablarse sin el
respaldo de una sólida
organización política. La
honestidad de Masetti, la
coherencia consigo mismo, la
fidelidad al precedente cubano,
están fuera de la discusión.
Pertenece a esa lista ya larga
de hombres que en América Latina
vivieron sus ideas hasta el
sacrificio: De la Puente Ojeda,
Lobatón, Camilo Torres, Ernesto
Guevara. Sabía que la victoria
final de la Revolución está
amasada con los fracasos
anteriores. El triunfo
fulminante de los cubanos en
enero de 1959 no basta para
borrar las derrotas que lo
precedieron, ni aún la más
memorable de esas derrotas: el
asalto al Moncada. Dentro de esa
perspectiva no hay quizá
victorias ni fracasos
individuales, aunque haya
experiencias que recoger y
asimilar.
En los campos de
Argelia, Masetti volvió a tomar
contacto con la guerrilla. A
fines de 1962 estaba de regreso
en Cuba, alcanzó a conocer a su
hija recién nacida, después se
alejó para siempre. Cuando
reaparece en la provincia de
Salta, el pequeño grupo de
rebeldes que lo acompaña lo
conoce solamente por su nombre
de guerra: Segundo. La elección
está explicada en una carta a
Federico Méndez y Juan Jouvé,
sobrevivientes de la guerrilla
encarcelados hasta hoy:
“Al ingresar en
el EGP (Ejército Guerrillero del
Pueblo) cada miembro adoptaba un
nombre de guerra, y Masetti
eligió el de Segundo por el
siguiente motivo: el Che, que en
ese momento realizaba tareas
imprescindibles para la
Revolución Cubana, pertenecía en
forma honoraria al EGP,
conociéndosele a ese fin por el
nombre clave de Martín Fierro...
Masetti eligió el de otro gaucho
famoso, Segundo Sombra... Luego
Masetti fue conocido simplemente
por Segundo, aunque fue
realmente nuestro primer y único
comandante.”
Otro
sobreviviente recuerda: “Nunca
hablaba de su vida personal.
Sabíamos que tenía mujer e hijos
porque una vez los mencionó. En
cierta oportunidad, él mismo
habló de Masetti en tercera
persona. Pero yo ignoraba que
fuese él, y las fotos que
después me mostraron tenían poco
que ver. Cuando lo conocí tenía
una gran barba negra, casi azul.
Costaba tutearlo: era
imponente.”
A comienzos de
1962 Masetti escribía a su
mujer: “Ya van cuatro meses y
medio que aguardamos, con ansias
controladas pero que nos
devoran, el momento de rendir
“nuestra materia”. Siempre
presentes, las primeras palabras
de la carta de Martí a Mercado
que constituyen también las
iniciales de la Segunda
Declaración de La Habana: “Ya
puedo escribir... Ya estoy todos
los días en disposición de dar
la vida por la patria'”, y
agregaba: “La Revolución ya no
es un hecho a observar, un hecho
histórico a criticar, sino que
la Revolución somos nosotros
mismos... es nuestra conciencia,
la que nos juzga y nos critica y
nos exige.”
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Se sentía fuerte
y optimista, a pesar de las
dificultades de la vida en el
monte. Adiestraba a su gente, se
movía sin cesar eludiendo
cualquier choque. No había
perdido su buen humor, su ácido
espíritu de broma. Cargaba la
mochila más pesada, a pesar de
una dolorosa desviación de
columna vertebral que lo hacía
sufrir bastante. A fines de 1963
dice en una nueva carta a su
mujer: “Ahora llevamos
recorridos más de un centenar de
kilómetros en el mapa, aunque en
realidad son muchísimos más.
Nuestro contacto con el pueblo
es desde todo punto de vista
positivo. De los coyas
aprendimos muchas cosas, y los
ayudamos en todo lo posible.
Pero lo más importante es que
quieren pelear... Es esta una
región en que la miseria y las
enfermedades alcanzan el máximo
posible, lo superan. Impera una
economía feudal... Quien venga
aquí y no se indigne, quien
venga aquí y no se alce, quien
pueda ayudar de cualquier manera
y no lo haga, es un canalla...”.
A comienzos de
1964 los diarios publican las
primeras noticias de la
guerrilla, cuyos días estaban
contados. En marzo los servicios
de informaciones consiguen
infiltrar dos hombres que
promueven un incidente donde
resulta herido el guerrillero
Diego. La gendarmería captura un
campamento con cuatro hombres,
donde estaban todas las
provisiones. El hambre acosa
ahora a la guerrilla: la zona
está desprovista de caza,
incluso de pájaros. El
guerrillero Antonio muere
despeñado. El 18 de abril es
sorprendido un nuevo grupo. Días
después en un confuso choque con
la gendarmería resultan muertos
Hermes (Hermes Peña, cubano) y
Jorge. Diego, César y Marcos
mueren de hambre. Los dispersos
van cayendo en grupos de dos o
tres.
Masetti no
aparece nunca. Se ha disuelto en
la selva, en la lluvia, en el
tiempo. En algún lugar
desconocido el cadáver del
comandante Segundo empuña un
fusil herrumbrado. Tenía al
morir 35 años, había nacido en
Avellaneda.
Marzo
de 1969
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