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Antonio Gades tenía la
llave del público
cubano, y bien que sabía
conservarla. Con su
arte, la sinceridad
expresada en sus
relaciones con el
espectador aquí, y la
simpatía que emanaba de
su personalidad, ganó en
buena lid esa llave.
Era, además, o es, para
tenerlo siempre en
presente, a nuestro
lado, un fiel AMIGO de
Cuba…
Los vientos del Festival
La Huella de España,
recién concluido en La
Habana constituyeron un
fértil terreno donde
volvió a germinar el
recuerdo de ese hombre
—que como expresara
Alicia Alonso al hacer
el elogio al otorgársele
el título de Doctor
Honoris Causa en el ISA
(1999)— “la fidelidad de
Antonio Gades, su
presencia y cercanía
tanto en los momentos
tristes, como alegres,
en las grandes
dificultades o en los
éxitos de nuestro
pueblo, es algo que no
podemos olvidar, y que
le asegura un espacio
entrañable en nuestros
corazones”.
Ese espacio vibró en
momentos altos del
encuentro que trajeron
al artista en la
memoria, ya sea en piel
de celuloide, donde
volvimos a disfrutar de
su arte por la magia del
cine, o bien por
bailarines que forjaron
su imagen a golpe de
movimientos cruzando el
viento con los cuerpos y
dejando una estela de
recuerdo donde pudimos
reconocerlo nuevamente.
De la mano del Ballet
Español de Cuba, o en
Ecos, en el Ballet
Nacional de Cuba, pero
sobre todo, cuando su
hija, Celia Flores,
actuó para el público en
el Coloquio dedicado a
él en el teatro de
Bellas Artes. En
palabras se dibujó
también al hombre cuando
Alicia Alonso lo situó
en la escena y bailó,
desde el diálogo, otra
vez junto con él.
Es que su influencia fue
decisiva en la vitalidad
del pujante movimiento
cubano de baile español,
principalmente en
compañías como el Ballet
Español de Cuba, que
dirige Eduardo Veitía,
impronta que llegó hasta
la actividad académica
del Instituto Superior
de Arte (ISA), donde el
propio Eduardo Veitía
realizó ejercicios de
culminación de estudios
con un trabajo de
Diploma sobre la Escuela
Bolera… Hijo de una
familia de comunistas
españoles, luchadores de
la Guerra civil y
posteriormente víctimas
de la represión
franquista, él siempre
expresó de forma
reiterada su militante
solidaridad con la
Revolución Cubana tanto
a través de su arte,
como de su verbo y
acción pública en actos
y mítines de apoyo a
Cuba.
Gades está en esta
tierra
Guapa, como nombran en
España a la mujer
hermosa, con la amistad
a flor de piel y mirada
clara, es Celia Flores,
la cantante que cultiva
una propuesta musical
denominada Nuevo
flamenco o Pop flamenco.
Ella es, nada más y nada
menos, la hija menor del
matrimonio que formaron
una vez Antonio Gades y
la cantante Pepita
Flores González o
simplemente Marisol.
Del Coloquio sobre
Antonio Gades donde ella
interpretó algunos
números del repertorio
donde incluyó uno de su
primer CD (Celia
Flores), argumentó que
fue un homenaje de todo
corazón, quería dejarle
algo mío a La Habana, y
dedicarlo a mi padre de
la forma en que se
hacerlo: cantando.
¿Estar en Cuba
nuevamente? Repitió
dulcemente la pregunta
y refirió: es
emocionante siempre, he
estado aquí cinco veces
y Cuba es algo que no
puedo explicar con
palabras, esta Isla era
lo más importante para
él, de hecho está aquí
en esta tierra…
Su mirada clara
escarbaba como en el
tiempo cuando asomó la
pregunta: ¿Cómo
recuerdas a Gades? “Con
todo el cariño del
mundo. Era una persona
responsable,
disciplinada al máximo
para quien el trabajo
era lo fundamental en la
vida. Eso nos lo inculcó
desde pequeños a todos
nosotros: para conseguir
lo que quieres hay que
luchar con todas las
fuerzas, solía decirnos.
Es algo que lleva
siempre presente en su
vida la artista, cuyo
quehacer creativo está
inundado de alegría,
vida, y sobre todo de
“aroma flamenco” como la
música de Málaga, con
esos sonidos que le
llegan de la herencia
árabe o mora.
¿Pop flamenco? Sonriente
contestó rápidamente:
“lo que canto no es ni
pop ni flamenco puro.
“No me inmiscuyo en el
flamenco porque son
cosas mayores, y allá en
mi tierra hay mucha
gente buena que lo
cultiva. Pero si puedo
decir que es
aflamencado. Es lógico,
tengo una influencia que
está presente”. Se quedó
pensativa y regresó del
pensamiento… En Cuba he
visto personas, como el
caso del cantaor Andrés
Correa, quien participó
conmigo en el recital,
que saben más de
flamenco que muchos en
España. ¡Lo hace muy
bien!
Gades-Marisol… El hecho
de llevar consigo el
peso de los nombres de
sus padres en el arte…
Nunca pienso en ello
—comentó—, es algo
aparte. Pero sí ha sido
una maravilla tener unos
padres así, y aprender,
tomar de ellos las
enseñanzas, el amor, la
mejor herencia que me
dan.
El legado
En el año 1988, Antonio
Gades, artista de
múltiples facetas, y
hombre progresista en el
universo de la danza,
recibía un inmenso
galardón que por vez
primera se entregaba en
España: el Premio
Nacional de Danza por
una brillante
trayectoria artística en
el baile español… El
acontecimiento mostró
una decisión de premiar
a un artista
mundialmente reconocido
que representaba al
mismo tiempo el enlace
necesario con la
tradición y el presente
en su expresión
artísticamente más
completa. Antonio Gades
reunía ese doble valor…
Gades, como otros muchos
españoles, fue alumno de
Pilar López, la gran
bailarina e inmensa
maestra que se premiaba
indirectamente con ese
lauro. Pero el estilo
Gades de flamenco
teatral, con su
sobriedad en el
movimiento, la línea
geométrica, la
preocupación por dar
consistencia
coreográfica y espacial
al desarrollo
tradicionalmente
introvertido del
flamenco, la utilización
característica de las
manos como prolongación
de la línea y mucho más,
fue completada tras su
encuentro con Vicente
Escudero, el gran
reconvertidor, junto con
La Argentina, del
flamenco a la escena
moderna.
Pero Gades siempre tuvo
inquietudes creativas, y
desde sus primeras giras
al exterior en la década
de los años 50, no paró
de absorber: trabajó al
lado de Carla Fracci (en
la Scala de Milán) y con
profesores de danza
clásica en París, tuvo
amigos pintores —Mondrián
que fue uno de sus
predilectos—, músicos y
escritores. Por eso,
cuando llegaron los
primeros grandes éxitos
—en Madrid, primero, con
Los Tarantos, y
la temporada de la Feria
Mundial de Nueva York,
en 1964— ya estaba claro
que Antonio Gades
entregaba una danza
española diferente a la
que se divisaba hasta
entonces en los
escenarios ibéricos. Una
forma de danza teatral
que encajaba
perfectamente con el
gusto renovado y las
inquietudes del público
de los 60, y que esto
iba más allá de sus
cualidades personales
como intérprete, en
aquel momento de su
apogeo.
Desde entonces, el éxito
no lo abandonó nunca
más. Con su compañía
propia o invitado por
grandes agrupaciones de
ballet internacionales,
Gades bailó con
frecuencia con el BNC
—compartió con Alicia la
gran aventura de Ad
Libitum, coreografía
de Alberto Méndez—, algo
que según señaló la
bailarina cubana en una
ocasión: “a priori,
a algunos pareció
descabellado unir en la
escena a una bailarina
clásica con un bailarín
flamenco, pero entre
Antonio y yo probamos
que la danza era una
sola”, e interpretó,
además, el papel de
Hilarión, en el
Metropolitan de Nueva
York junto con Alicia
Alonso. Para el BNC
montó su versión de
Bodas de sangre,
estrenada en abril de
1978, en la sala García
Lorca del GTH…
Como coreógrafo tuvo más
éxito que ningún otro
flamenco o de estilo
español, desde el Don
Juan de 1965 (con
música de García Abril),
que lo consolidó como
una de las posibilidades
de romper la mediocridad
tradicional de los
intentos de hacer
coreografía desde el
baile español, hasta las
últimas creaciones,
especialmente Bodas
de sangre, Carmen,
cuyas versiones
cinematográficas con
Carlos Saura le
consagraron ante un
público aún mucho más
vasto. El amor brujo,
y, por supuesto,
Fuenteovejuna, obra
con la que paseó con su
compañía por la Isla en
1996.
Diálogo con el hombre
Precisamente, de
aquellos días en que
este redactor vivió al
lado de Gades y su
compañía entregando su
quehacer escénico con
esa pieza inspirada en
la obra de Lope de Vega
—dedicada a la memoria
de Celia Sánchez—, a
quien mucho admiró
“porque expresa la
valentía de la mujer, y
Celia encarna la pureza,
la sensibilidad de la
vanguardia consagrada a
transformar la
sociedad…”, son estas
preguntas-respuestas que
tratan de armar su
inigualable personalidad
y humanismo.
¿Algún común denominador
en su obra como
coreógrafo? Sin pensarlo
ataca: “Las he hecho,
son mías. Tienen que ver
unas con otras. Con el
paso del tiempo, observo
que son consecuentes y
estoy satisfecho de
nuestra labor que ha
marcado un camino
difícil pero
gratificante. Eso de
rescatar la cultura,
investigar, buscar
nuestras costumbres, y
el folclor, mirar atrás.
Aunque políticamente no
voy para atrás ni para
coger impulso”.
¿El flamenco? “Es algo
extraño y misterioso. No
lo puedo explicar, lo
siento. Es una cultura,
no un ejercicio físico.
Una filosofía de la
vida, una manera de
asentir, llorar,
divertirse, tomar el
vino como el pueblo,
vivir. No se puede estar
en Nueva York en una
academia, comer
hamburguesa, y decir que
bailas flamenco”.
En las obras que escojo
—dijo— como Bodas de
sangre he buscado el
folclor, los ritmos
nuestros como lenguaje.
Fuenteovejuna no
es un espectáculo de
flamenco, es que somos
un crisol de cultura,
autóctona e influenciada
por muchas otras. Por
eso se mezclan aquí los
bailes populares de
muchas regiones de
España, y parece que han
encajado bien con el
flamenco”.
Todo esto lo aprovecha
en la obra, “algo que
agradezco al pueblo que
es, en definitiva, la
cultura, y no a algunos
intelectuales que muchas
veces suelen decir que
es suya. Es mentira. Es
como la vida, se la
debes a tu madre y a tu
padre, no al Señor”.
“Director, coreógrafo,
bailarín, ¿cuál
prefiere? Sin pensarlo
señaló con todas sus
fuerzas “Trabajador”
¿Cuba? “es lo que me
gusta a mí. No soy
cubano, pero me
considero como tal. Y
hubiera querido llevar
esta Revolución por todo
el mundo. No es un
concepto mío, pertenece
al Che.”
Dicen que
Fuenteovejuna es
Gades ciento por ciento…
“Es del pueblo porque lo
sentí. En estos momentos
en que vivimos, en que
las sociedades de
consumo y el Nuevo Orden
lo que quieren es el yo,
yo, yo, egoísta,
nosotros entonamos un
grito de solidaridad,
con los que están
acorralados”.
La ternura invade su voz
cuando recuerda a su
padre, ese hombre que no
pudo conocer de muy
pequeño porque luchaba
en el frente, ese que
tenía un hermoso
concepto de la vida, que
repartía todo, quien
inculcó la conciencia de
clase que Gades elegiría
después. “Él me enseñó,
y la única herencia que
me dejó fue esta” en mi
hambre mando yo. La
solidaridad se le está
olvidando a la gente. Y
este es mi grito”.
Antonio Gades dijo en
una oportunidad: “si un
hombre se dedica a hacer
una cosa, tiene que ser
lo suficientemente
honrado y honesto para
proponerse llegar al
máximo de sus
posibilidades: No cabe
duda de que él lo
alcanzó. |