Año VIII
La Habana

13 al 19
de JUNIO
de 2009

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La Huella de Gades

Toni Piñera • La Habana

 

Antonio Gades tenía la llave del público cubano, y bien que sabía conservarla. Con su arte, la sinceridad expresada en sus relaciones con el espectador aquí, y la simpatía que emanaba de su personalidad, ganó en buena lid esa llave. Era, además, o es, para tenerlo siempre en presente, a nuestro lado, un fiel AMIGO de Cuba…

Los vientos del Festival La Huella de España, recién concluido en La Habana constituyeron un fértil terreno donde volvió a germinar el recuerdo de ese hombre —que como expresara Alicia Alonso al hacer el elogio al otorgársele el título de Doctor Honoris Causa en el ISA (1999)— “la fidelidad de Antonio Gades, su presencia y cercanía tanto en los momentos tristes, como alegres, en las grandes dificultades o en los éxitos de nuestro pueblo, es algo que no podemos olvidar, y que le asegura un espacio entrañable en nuestros corazones”.

Ese espacio vibró en momentos altos del encuentro que trajeron al artista en la memoria, ya sea en piel de celuloide, donde volvimos a disfrutar de su arte por la magia del cine, o bien por bailarines que forjaron su imagen a golpe de movimientos cruzando el viento con los cuerpos y dejando una estela de recuerdo donde pudimos reconocerlo nuevamente. De la mano del Ballet Español de Cuba, o en Ecos, en el Ballet Nacional de Cuba, pero sobre todo, cuando su hija, Celia Flores, actuó para el público en el Coloquio dedicado a él en el teatro de Bellas Artes. En palabras se dibujó también al hombre cuando Alicia Alonso lo situó en la escena y bailó, desde el diálogo, otra vez junto con él.

Es que su influencia fue decisiva en la vitalidad del pujante movimiento cubano de baile español, principalmente en compañías como el Ballet Español de Cuba, que dirige Eduardo Veitía, impronta que llegó hasta la actividad académica del Instituto Superior de Arte (ISA), donde el propio Eduardo Veitía realizó ejercicios de culminación de estudios con un trabajo de Diploma sobre la Escuela Bolera… Hijo de una familia de comunistas españoles, luchadores de la Guerra civil y posteriormente víctimas de la represión franquista, él siempre expresó de forma reiterada su militante solidaridad con la Revolución Cubana tanto a través de su arte, como de su verbo y acción pública en actos y mítines de apoyo a Cuba.

Gades está en esta tierra

Guapa, como nombran en España a la mujer hermosa, con la amistad a flor de piel y mirada clara, es Celia Flores, la cantante que cultiva una propuesta musical denominada Nuevo flamenco o Pop flamenco.

Ella es, nada más y nada menos, la hija menor del matrimonio que formaron una vez Antonio Gades y la cantante Pepita Flores González o simplemente  Marisol.

Del Coloquio sobre Antonio Gades donde ella interpretó algunos números del repertorio donde incluyó uno de su primer CD (Celia Flores), argumentó que fue un homenaje de todo corazón, quería dejarle algo mío a La Habana, y dedicarlo a mi padre de la forma en que se hacerlo: cantando. ¿Estar en Cuba nuevamente? Repitió dulcemente  la pregunta y refirió: es emocionante siempre, he estado aquí cinco veces y Cuba es algo que no puedo explicar con palabras, esta Isla era lo más importante para él, de hecho está aquí en esta tierra…

Su mirada clara escarbaba como en el tiempo cuando asomó la pregunta: ¿Cómo recuerdas a Gades? “Con todo el cariño del mundo. Era una persona responsable, disciplinada al máximo para quien el trabajo era lo fundamental en la vida. Eso nos lo inculcó desde pequeños a todos nosotros: para conseguir lo que quieres hay que luchar con todas las fuerzas, solía decirnos. Es algo que lleva siempre presente en su vida la artista, cuyo quehacer creativo está inundado de alegría, vida, y sobre todo de “aroma flamenco” como la música de Málaga, con esos sonidos que le llegan de la herencia árabe o mora.

¿Pop flamenco? Sonriente contestó rápidamente: “lo que canto no es ni pop ni flamenco puro. “No me inmiscuyo en el flamenco porque son cosas mayores, y allá en mi tierra hay mucha gente buena que lo cultiva. Pero si puedo decir que es aflamencado. Es lógico, tengo una influencia que está presente”. Se quedó pensativa y regresó del pensamiento… En Cuba he visto personas, como el caso del cantaor Andrés Correa, quien participó conmigo en el recital, que saben más de flamenco que muchos en España. ¡Lo hace muy bien!

Gades-Marisol… El hecho de llevar consigo el peso de los nombres de sus padres en el arte… Nunca pienso en ello —comentó—, es algo aparte. Pero sí ha sido una maravilla tener unos padres así, y aprender, tomar de ellos las enseñanzas, el amor, la mejor herencia que me dan.

El legado

En el año 1988, Antonio Gades, artista de múltiples facetas, y hombre progresista en el universo de la danza, recibía un inmenso galardón que por vez primera se entregaba en España: el Premio Nacional de Danza por una brillante trayectoria artística en el baile español… El acontecimiento mostró una decisión de premiar a un artista mundialmente reconocido que representaba al mismo tiempo el enlace necesario con la tradición y el presente en su expresión artísticamente más completa. Antonio Gades reunía ese doble valor…

Gades, como otros muchos españoles, fue alumno de Pilar López, la gran bailarina e inmensa maestra que se premiaba indirectamente con ese lauro. Pero el estilo Gades de flamenco teatral, con su sobriedad en el movimiento, la línea geométrica, la preocupación por dar consistencia coreográfica y espacial al desarrollo tradicionalmente introvertido del flamenco, la utilización característica de las manos como prolongación de la línea y mucho más, fue completada tras su encuentro con Vicente Escudero, el gran reconvertidor, junto con La Argentina, del flamenco a la escena moderna.

Pero Gades siempre tuvo inquietudes creativas, y desde sus primeras giras al exterior en la década de los años 50, no paró de absorber: trabajó al lado de Carla Fracci (en la Scala de Milán) y con profesores de danza clásica en París, tuvo amigos pintores —Mondrián que fue uno de sus predilectos—, músicos y escritores. Por eso, cuando llegaron los primeros grandes éxitos  —en Madrid, primero, con Los Tarantos, y la temporada de la Feria Mundial de Nueva York, en 1964— ya estaba claro que Antonio Gades entregaba una danza española diferente a la que se divisaba hasta entonces en los escenarios ibéricos. Una forma de danza teatral que encajaba perfectamente con el gusto renovado y las inquietudes del público de los 60, y que esto iba más allá de sus cualidades personales como intérprete, en aquel momento de su apogeo.

Desde entonces, el éxito no lo abandonó nunca más. Con su compañía propia o invitado por grandes agrupaciones de ballet internacionales, Gades bailó con frecuencia con el BNC —compartió con Alicia la gran aventura de Ad Libitum, coreografía de Alberto Méndez—, algo que según señaló la bailarina cubana en una ocasión: “a priori, a algunos pareció descabellado unir en la escena a una bailarina clásica con un bailarín flamenco, pero entre Antonio y yo probamos que la danza era una sola”, e interpretó, además, el papel de Hilarión, en el Metropolitan de Nueva York junto con Alicia Alonso. Para el BNC montó su versión de Bodas de sangre, estrenada en abril de 1978, en la sala García Lorca del GTH…

Como coreógrafo tuvo más éxito que ningún otro flamenco o de estilo español, desde el Don Juan de 1965 (con música de García Abril), que lo consolidó como una de las posibilidades de romper la mediocridad tradicional de los intentos de hacer coreografía desde el baile español, hasta las últimas creaciones, especialmente Bodas de sangre, Carmen, cuyas versiones cinematográficas con Carlos Saura le consagraron ante un público aún mucho más vasto. El amor brujo, y, por supuesto, Fuenteovejuna, obra con la que paseó con su compañía por la Isla en 1996.

Diálogo con el hombre

Precisamente, de aquellos días en que este redactor vivió al lado de Gades y su compañía entregando su quehacer escénico con esa pieza inspirada en la obra de Lope de Vega —dedicada a la memoria de Celia Sánchez—, a quien mucho admiró “porque expresa la valentía de la mujer, y Celia encarna la pureza, la sensibilidad de la vanguardia consagrada a transformar la sociedad…”, son estas preguntas-respuestas que tratan de armar su inigualable personalidad y humanismo.

¿Algún común denominador en su obra como coreógrafo? Sin pensarlo ataca: “Las he hecho, son mías. Tienen que ver unas con otras. Con el paso del tiempo, observo que son consecuentes y estoy satisfecho de nuestra labor que ha marcado un camino difícil pero gratificante. Eso de rescatar la cultura, investigar, buscar nuestras costumbres, y el folclor, mirar atrás. Aunque políticamente no voy para atrás ni para coger impulso”.

¿El flamenco? “Es algo extraño y misterioso. No lo puedo explicar, lo siento. Es una cultura, no un ejercicio físico. Una filosofía de la vida, una manera de asentir, llorar, divertirse, tomar el vino como el pueblo, vivir. No se puede estar en Nueva York en una academia, comer hamburguesa, y decir que bailas flamenco”.

En las obras que escojo —dijo— como Bodas de sangre he buscado el folclor, los ritmos nuestros como lenguaje. Fuenteovejuna no es un espectáculo de flamenco, es que somos un crisol de cultura, autóctona e influenciada por muchas otras. Por eso se mezclan aquí los bailes populares de muchas regiones de España, y parece que han encajado bien con el flamenco”.

Todo esto lo aprovecha en la obra, “algo que agradezco al pueblo que es, en definitiva, la cultura, y no a algunos intelectuales que muchas veces suelen decir que es suya. Es mentira. Es como la vida, se la debes a tu madre y a tu padre, no al Señor”.

“Director, coreógrafo, bailarín, ¿cuál prefiere? Sin pensarlo señaló con todas sus fuerzas “Trabajador” ¿Cuba? “es lo que me gusta a mí. No soy cubano, pero me considero como tal. Y hubiera querido llevar esta Revolución por todo el mundo. No es un concepto mío, pertenece al Che.”

Dicen que Fuenteovejuna es Gades ciento por ciento… “Es del pueblo porque lo sentí. En estos momentos en que vivimos, en que las sociedades de consumo y el Nuevo Orden lo que quieren es el yo, yo, yo, egoísta, nosotros entonamos un grito de solidaridad, con los que están acorralados”.

La ternura invade su voz cuando recuerda a su padre, ese hombre que no pudo conocer de muy pequeño porque luchaba en el frente, ese que tenía un hermoso concepto de la vida, que repartía todo, quien inculcó la conciencia de clase que Gades elegiría después. “Él me enseñó, y la única herencia que me dejó fue esta” en mi hambre mando yo. La solidaridad se le está olvidando a la gente. Y este es mi grito”.

Antonio Gades dijo en una oportunidad: “si un hombre se dedica a hacer una cosa, tiene que ser lo suficientemente honrado y honesto para proponerse llegar al máximo de sus posibilidades: No cabe duda de que él lo alcanzó.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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