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Dedico mis palabras
inaugurales al poeta,
periodista y ensayista
Ángel Augier, casi
centenario, por su
minuciosa investigación
sobre las relaciones de
mis padres con la Isla,
recogidas en su libro
Rafael Alberti en Cuba,
y por la intensa amistad
que los unió desde el
lejano primer viaje de
ellos en 1935, y conmigo
desde 1984.
Esta mañana habanera,
acosada por los fuegos
del trópico, recibo con
la mayor alegría y
emoción los frescos y
reparadores aires de la
amistad y del cariño.
Henos aquí reunidos en
amoroso cónclave en
torno a la figura de
Rafael Alberti, aquel
niño, clandestino
aprendiz de torero, que
huía del Colegio de los
Jesuitas de El Puerto,
para bañarse en la bahía
gaditana o soñar bajo
las frondas de la
Arboleda Perdida; un
niño que recorrería todo
el siglo XX para
convertirse en uno de
los mayores poetas de
nuestra lengua y en
paradigma de decoro y
dignidad.
Hace 25 años que yo vivo
en La Habana. Mi natal
Buenos Aires, Roma,
Málaga y otras ciudades
que me tuvieron se han
ido quedando remansadas
en la memoria, casi tan
profundamente
melancólica como la de
mi madre.
Esta ciudad, estas
calles, estas gentes,
estos árboles
desbordados, esta
delgada Isla, esta Cuba
lorquiana de suspiro y
barro, clavada en la
garganta de Goliat, ya
son los únicos posibles
para mí, la eterna
trasterrada, primero,
por los misteriosos
designios de la Historia
y después por voluntad
propia, como si hubiera
querido repetir de algún
modo ese larguísimo
extrañamiento de la
patria que sufrieron mis
padres, Rafael Alberti y
María Teresa León. Y
al fondo, por
transparencia, siempre
Cádiz, aquella de
principios del pasado
siglo, donde el niño
Rafael convivía de
cierta manera alegrísima
e ingenua con La Habana,
“entre fandangos y
habaneras”, cuando “La
Cabaña y El Príncipe
sonaban por los patios
de El Puerto”, y el
padre aromaba sus horas
de descanso con el humo
de los habanos traídos
de la Isla, en el mismo
momento que en Burgos
una niña rubia muy
hermosa sentía idéntico
perfume en las ropas del
padre militar, veterano
de la guerra de Cuba.
Porque “Cuba se había
perdido, y esta vez era
de verdad. /Era verdad,
/no era mentira. / Un
cañonero huido llegó
cantándolo en guajira.
/La Habana ya se perdió,
/ tuvo la culpa el
dinero. / Calló, / cayó
el cañonero. / Pero
después, pero, ¡ah!,
después/fue cuando al
sí/ lo hicieron YES.”
A papá le gustaba que su
hija única viviera en
Cuba, por razones que no
es necesario explicar, y
así me lo dijo en más de
una ocasión en ese
Madrid donde había
regresado, aunque
anciano, restallante aún
de savia joven, con mi
madre perdida en
laberintos sin posible
retorno, y él tan
perdido como ella en
otros difíciles caminos,
que la gloria colma de
peligros y acechanzas.
Y ahora, diez años
después de fundirse sus
cenizas con el mar
gaditano, veo ante mí a
Luis García Montero, a
Benjamín Prado, a
Luisito Muñoz, a
Fernando Valverde y
también a Julio Neira,
que llegará esta noche.
Los tres primeros tan
cercanos a mi padre,
tan amigos suyos, tan
queridos por él. Veo a
un jovencísimo Luisito
Muñoz haciéndole de
secretario, algo que
papá jamás había tenido,
y a Luis, el Mayor, pues
los dos Luises son
primos, preparándole las
obras completas para
Aguilar, de la que solo
se publicarían tres
tomos; y a Benjamín, que
bien pudiera hacer suyos
estos versos de Rafael
―“Si
Garcilaso volviera, yo
sería su escudero, ¡que
buen caballero era!”,
pues realmente fue algo
así, y un testigo
invaluable durante 13
años de amistad
ininterrumpida.
Agradezco a la Embajada
de España, a la Agencia
Española de Cooperación
Internacional para el
Desarrollo, y en
especial a nuestro amigo
Javier Hergueta,
infortunadamente pronto
a partir, pero que
dejará en La Habana la
huella indeleble de sus
infatigables y
fructíferos trabajos, el
habernos brindado la
oportunidad única de
estar hoy celebrando a
un andaluz universal, en
este Museo de Bellas
Artes que en 1991 lo
acogió en sus salas como
pintor, para contarles
sobre la vida y obra de
Rafael Alberti en todas
sus aristas, en toda su
profundidad angélica y
torturada.
En múltiples ocasiones
me han preguntado ¿cómo
era tu padre, cómo era
realmente ese Rafael
Alberti íntimo? Para
responderles a todos,
cuando se celebró su
Centenario un periódico
español publicó estas
palabras mías, que he
adaptado muy levemente
para esta celebración:
Noticia de un poeta
¿Cómo es Rafael?
Rafael nació en una
noche de tormenta
decembrina el año 2 del
pasado siglo, a orillas
de la mar gaditana,
mientras el viejo
tonelero de la bodega
de su padre desempolvaba
las figurillas del
Nacimiento o Belén
familiar.
Alegre, excelente
decidor de versos
propios y ajenos,
supersticioso como buen
andaluz, practica el
pesimismo rosa y el
optimismo negro, es
decir, que echa unos
granos de inquietud a la
esperanza y pinta
celajes rosados en el
horror.
¿Cómo es Rafael?
Rafael es genial. Un
poeta genial y un pintor
de primera. Según
Picasso, mejor pintor
que poeta. (Picasso,
según Rafael, mejor
poeta que pintor.)
Durante mucho tiempo,
fue el poeta más
despremiado. Después,
cuando por fin volvió,
fue premiado, halagado,
condecorado, festejado,
traído y llevado. En una
ocasión, le entregaron
un diploma, una cesta de
uvas y mil litros de
vino de Frascatti. Este
es el mejor galardón
para un poeta, declaró.
¿Cómo es Rafael?
Rafael no es ni alto ni
bajo. El pelo largo,
blanco y vaporoso, flota
en torno a una gorra
azul de marinero.
Primero fue un
delgadísimo poeta
vanguardista, más tarde,
él y Pablo Neruda juntos
llegaron a ser tan
anchos como las obras
completas de Balzac
expuestas en la vidriera
de una librería de
París. A los 70
recuperó, por fin, la
esbeltez toreril de los
20.
¿Cómo es Rafael?
Rafael es un padre
cariñoso, juguetón,
bondadoso, protector,
risueño, preocupado,
atribulado, temeroso,
furioso. Según María
Teresa León, cuando está
furioso saca un peine
diminuto y se peina cien
veces concienzudamente.
¿Cómo es Rafael?
Rafael Alberti es un
poeta del mar y un poeta
en la calle. Mejor
dicho, un poeta del
pueblo, que viene a ser
lo mismo. Por serlo,
estuvo casi 39 años
fuera de donde debía
estar. Afirmó que
moriría con los zapatos
puestos y así fue: no se
sacudió jamás el polvo
del camino.
Hoy, 107 años después de
aquella decembrina noche
de tormenta, es un poeta
recién nacido.
Seminario Alberti, en
el X aniversario de su
muerte celebrado del 10
al 12 de junio de 2009
en el Museo
Nacional de Bellas Artes. |