Año VIII
La Habana

13 al 19
de JUNIO
de 2009

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Aires de amistad y de cariño

Aitana Alberti • La Habana

 

Dedico mis palabras inaugurales al poeta, periodista y ensayista Ángel Augier, casi centenario, por su minuciosa investigación sobre las relaciones de mis padres con la Isla, recogidas en su libro Rafael Alberti en Cuba, y por la intensa amistad que los unió desde el lejano primer viaje de ellos en 1935, y conmigo desde 1984.

Esta mañana habanera, acosada por los fuegos del trópico, recibo con la mayor alegría y emoción los frescos y reparadores aires de la amistad y del cariño. Henos aquí reunidos en amoroso cónclave en torno a la figura de Rafael Alberti, aquel niño, clandestino aprendiz de torero, que huía del Colegio de los Jesuitas de El Puerto, para bañarse en la bahía gaditana o soñar bajo las frondas de la Arboleda Perdida; un niño que recorrería todo el siglo XX para convertirse en uno  de los mayores poetas de nuestra lengua y en paradigma de  decoro y dignidad.

Hace 25 años que yo vivo en La Habana. Mi natal Buenos Aires, Roma, Málaga y otras ciudades que me tuvieron se han ido quedando remansadas en la memoria, casi tan profundamente melancólica como la de mi madre.

Esta ciudad, estas calles, estas gentes, estos árboles desbordados,  esta delgada Isla, esta Cuba lorquiana de suspiro y barro, clavada en la garganta de Goliat, ya son los únicos posibles para mí, la eterna trasterrada, primero, por los misteriosos designios de la Historia y después por voluntad propia, como si hubiera querido repetir de algún modo ese larguísimo  extrañamiento de la patria que sufrieron mis padres, Rafael Alberti y María  Teresa León.  Y al fondo, por transparencia, siempre Cádiz,  aquella de principios del pasado siglo, donde  el niño Rafael  convivía de cierta manera alegrísima e ingenua con La Habana, “entre fandangos y habaneras”, cuando “La Cabaña y El Príncipe sonaban por los patios de El Puerto”, y el padre aromaba sus horas de descanso con el humo de los habanos traídos de la Isla, en el mismo momento que en Burgos una niña rubia muy hermosa  sentía idéntico perfume en las ropas del padre militar, veterano de la guerra de Cuba. Porque “Cuba se había perdido, y esta vez era de verdad. /Era verdad, /no era mentira. / Un cañonero huido llegó cantándolo en guajira. /La Habana ya se perdió, / tuvo la culpa el dinero. / Calló, / cayó el cañonero. / Pero después, pero, ¡ah!, después/fue cuando al sí/ lo hicieron YES.”

A papá le gustaba que su hija única viviera en Cuba, por razones que no es necesario explicar, y así me lo dijo en más de una ocasión en ese Madrid donde había regresado, aunque anciano, restallante aún de savia joven, con mi madre perdida en laberintos sin posible retorno, y él tan perdido como ella en otros difíciles caminos, que la gloria colma de peligros y acechanzas.

Y ahora, diez años después de fundirse sus cenizas con el mar gaditano, veo ante mí a Luis García Montero, a Benjamín Prado, a Luisito Muñoz, a Fernando Valverde y también a Julio Neira, que llegará esta noche. Los tres primeros tan cercanos a  mi padre, tan amigos suyos, tan queridos por él. Veo a un jovencísimo Luisito Muñoz haciéndole de secretario, algo que papá jamás había tenido, y a Luis, el Mayor, pues los dos Luises son primos, preparándole las obras completas para Aguilar, de la que solo se publicarían tres tomos; y a Benjamín, que bien pudiera hacer suyos estos versos de Rafael “Si Garcilaso volviera, yo sería su escudero, ¡que buen caballero era!”, pues realmente fue algo así, y un testigo invaluable durante 13 años de amistad ininterrumpida.

Agradezco a la Embajada de España, a la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, y en especial a nuestro amigo Javier Hergueta, infortunadamente pronto a partir, pero que dejará en La Habana la huella indeleble de sus infatigables y fructíferos trabajos, el habernos brindado la oportunidad única de estar hoy celebrando a un andaluz universal, en este Museo de Bellas Artes que en 1991 lo acogió en sus salas como pintor, para contarles  sobre la vida y obra de Rafael Alberti en todas sus aristas, en toda su profundidad angélica y torturada.

En múltiples ocasiones me han preguntado ¿cómo era tu padre, cómo  era realmente  ese Rafael Alberti íntimo? Para responderles a todos, cuando se celebró su Centenario un periódico español publicó estas palabras mías, que he adaptado muy levemente para esta celebración:
 

Noticia de un poeta

¿Cómo es Rafael?

Rafael nació en una noche de tormenta decembrina el año 2 del pasado siglo, a orillas de la mar gaditana, mientras el viejo tonelero de la bodega  de su padre desempolvaba las figurillas del Nacimiento o Belén familiar.

Alegre, excelente decidor de versos propios y ajenos, supersticioso como buen andaluz, practica el pesimismo rosa y el optimismo negro, es decir, que echa unos granos de inquietud a la esperanza y pinta celajes rosados en el horror.

¿Cómo es Rafael?

Rafael es genial. Un poeta genial y un pintor de primera. Según Picasso, mejor pintor que poeta. (Picasso, según Rafael, mejor poeta que pintor.)

Durante mucho tiempo, fue el poeta más despremiado. Después, cuando por fin volvió, fue premiado, halagado, condecorado, festejado, traído y llevado. En una ocasión, le entregaron un diploma, una cesta de uvas y mil litros de vino de Frascatti. Este es el mejor galardón para un poeta, declaró.

¿Cómo es Rafael?

Rafael no es ni alto ni bajo. El pelo largo, blanco y vaporoso, flota en torno a una gorra azul de marinero. Primero fue un delgadísimo poeta vanguardista, más tarde, él y Pablo Neruda juntos llegaron a ser tan anchos como las obras completas de Balzac expuestas en la vidriera de una librería de París. A los 70 recuperó, por fin, la esbeltez toreril de los 20.

¿Cómo es Rafael?

Rafael es un padre cariñoso, juguetón, bondadoso, protector, risueño, preocupado, atribulado, temeroso, furioso. Según María Teresa León, cuando está furioso saca un peine diminuto y se peina cien veces concienzudamente.

¿Cómo es Rafael?

Rafael Alberti es un poeta del mar y un poeta en la calle. Mejor dicho, un poeta del pueblo, que viene  a ser lo mismo. Por serlo, estuvo casi 39 años fuera de donde debía estar. Afirmó que moriría con los zapatos puestos y así fue: no se sacudió jamás el polvo del camino.

Hoy, 107 años después de aquella decembrina noche de tormenta, es un poeta recién nacido.
 

Seminario Alberti, en el X aniversario de su muerte celebrado del 10 al 12 de junio de 2009 en el Museo  Nacional de Bellas Artes.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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