Año VIII
La Habana

13 al 19
de JUNIO
de 2009

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Hablar de literatura

Ernesto Morales Licea • La Habana

Fotos: La Jiribilla

 

Hablar del Centro Onelio en un día como este se me antoja una empresa de susto. Asumir la pose de alumno quizá representativo, podría tener matices muy cómodos si no se tratara de una hermandad de escritores. Mi tarea sería demasiado fácil si no tuviera ante mí, en estos precisos instantes, tanto público acostumbrado a las buenas palabras, y que a no ser por la solemnidad del momento y una cierta condescendencia con el hablante, interrumpirían mi voz para señalar equívocos, cacofonías, mejores maneras de leer lo que leo, mejores maneras de escribir lo que he escrito. Saberme propenso a ser tallereado mentalmente por muchos de ustedes, produce vértigo y despierta los nervios.

Pero sobre todo, hablar en nombre de los más de 600 graduados que ya acumula este Centro en sus anaqueles, en sus postales de memoria, en sus libros y clases y recuerdos imborrables, supone para mí un orgullo solo comparable con el mérito de haber sido uno de estos 600, que durante los últimos 11 años han dado vida a la Institución.

Ahora que lo he dicho, descubro el riesgo que corro al llamarle a nuestro Centro, Institución. No pocos talleristas levantarían su mano, raudos, para corregir el uso del apelativo. Ante ellos me excuso, pero al fin y al cabo, Institución es. Una atípica, eso sí: una que funciona con misteriosos mecanismos de poesía y no con los venenos de la burocracia, una que cada vez se reinventa con mejores y más altos propósitos. Una Institución que no excluye ni condena, que aúna bajo un mismo techo a las más estrafalarias diferencias, y que no solo las respeta y permite, sino que a ellas les rinde culto.

Por mi parte, solo puedo referir a modo de elegía o recuento, mis propias experiencias en torno a este Centro literario.

Y el primer recuerdo no alcanza a tener forma concreta. No es la primera dase, ni el primer texto. No es el reconocimiento de sus profesores, la convivencia con los alumnos, o el arribo a la capital de los que atravesábamos la Isla en su nombre. Mi primer recuerdo, casi la primera deuda, es el rostro entre sorprendido y satisfecho de unos padres que, antes del Centro Onelio, no entendían para qué podría servir el ruido maniático de mi máquina de escribir por toda la casa. Gracias al Centro, el primer paso estaba dado: los familiares, los amigos cercanos, la novia de turno, podrían llamarme escritor sin que la lengua se negara a tanto. Después sabría que no es cierto, que no bastan profesores enciclopédicos, Desafíos de Ficciones, lecturas sin final, para decirse escritor sin que el rubor asome en nombre de la decencia. Después sabría que la carrera de escribir historias es más que dolores de espalda o algún que otro premio de consolación, porque, al menos en esta profesión ingrata, no se cumple el apotegma de sacrificio igual a éxito. Pero en aquellos tiempos, 5 años atrás, saberme incluido en el Curso de Técnicas Narrativas, me trajo el dulce engaño.

Y me quedan este segundo, por supuesto, los días del taller. Las horas de fiero debate ante un adjetivo, frente a un empecinado escriba que se batía en retirada, y defendía su texto como el jabalí con sus crías: para matarlos luego él mismo en la soledad de su caverna.

Me queda también la sorpresa, mi ingenua sorpresa: Yo no sabía que era posible hablar tanto de literatura. No sabía que pudiera existir una Institución en mi país tropical, cuya razón de ser fuera la literatura, y que hubiera dado servicios prácticos a una legión de intelectuales que en la República de Platón, habríamos quedado en el otro lado de la verja.

Porque, y esto es justo decirlo, la verdadera esencia del Centro de Formación Literaria que hoy, por justa iniciativa, recibe esta medalla; la energía que le da vida y le impulsa en sus empeños a ratos quijotescos, no tiene el nombre de su Curso de Técnicas Narrativas.

Como en el tigre de Borges, este conforma solo una línea, una parte del todo.

Este centro, en su capa más profunda, no tiene propósitos educacionales, ni academicistas, ni pedagógicos. Estas, siguen siendo puntas del iceberg. Son las grandes mentiras que todos hemos ayudado a erigir. Son los artificios conque el Chino Heras y la uruguaya Ivonne, y todos los responsables de esta idea, activaron el mecanismo y movieron sus ruedas iniciales 11 años atrás.

Pero la verdadera razón de ser de esta Casa de Escritores, es hablar de literatura. Es rendirse a los pies de tan hermosa invención, erigir un humilde templo a la palabra. Es abrir unas puertas grandes como de Catedral a la conversación, al intercambio, a la coexistencia de estos seres medio maniáticos y meditabundos que ponemos distancias de 300, 400 páginas, entre el mundo y nosotros, y no regresamos a la realidad cotidiana sino con el libro bajo el brazo, ya leído.

Pienso en Eduardo Heras, y no puedo encontrar mejor imagen para sí que la de aquel Hablador que narraba Vargas Llosa entre las tribus machiguengas, que se alimentaba como podía, que deambulaba como un poseso entre la espesura de la selva, pero que iluminaba su voz cuando frente a las multitudes expectantes contaba lo que había visto, escuchado, soñado o inventado en sus años de existencia. Recuerdo a este hombre a quien sin rubor llamo Maestro, prolongando sus conferencias hasta nuestra mesa del comedor, recitando versos, contando anécdotas, explayando su máxima necesidad, su verdadera esencia: adorar la literatura, ante un puñado de talleristas-comensales a quienes de repente, tampoco la comida nos despertaba demasiado interés.

Pienso en los que han dejado una impronta memorable en los cimientos del Centro, en tantos nombres altísimos de las letras cubanas y universales.

Y por qué no, pienso también en los ladridos con que algunos han certificado que este empeño aún cabalga. En los ataques, ni tan pocos ni tan tontos, con que muchos han regalado también al centro sus horas de redacción o discurso, y que como aquel gigante Anteo retumbando contra la Madre Tierra, le han fortalecido invariablemente. También ellos, quiéranlo o no, forman parte de este sueño. También ellos han colocado la casa de 5ta Avenida en las miras de lo que no puede pasarse por alto. En mi profesión periodística, a esto se le llama dar de qué hablar.

Por eso saberme hoy en un sentido homenaje a esta empresa hercúlea, que iniciara un puñado de utópicos años atrás, me llena no solo de orgullo, sino también de nostalgia. La inexplicable y lúcida nostalgia con que miramos siempre atrás cuando se ha vivido algo digno de ser contado. La sensación triste por hermosa de que hemos formado parte de una historia que seguirá contándose con otros núcleos, con otros personajes, y que cada año renovará su membresía como una novela eterna, como aquel célebre libro de Arenas.

Yo no entiendo de méritos y distinciones. No soy muy dado a los formalismos, a las resoluciones, y sé que un gran número de ustedes, artistas e intelectuales la mayoría, tampoco lo son. Pero si lo que hoy se le otorga al Centro Onelio lleva el nombre del marmóreo Carpentier, tiene entonces mi venia y mi respeto.

En nombre de los graduados de esta fraternidad, de los jóvenes narradores cubanos que en este espacio hemos coexistido durante un año de mil historias, los noctámbulos y provocadores, los exóticos y provincianos, lúcidos o enloquecidos, que hemos poblado alguna vez los interiores de este Centro, me permito agradecer la medalla como nuestra.

Al fin y al cabo, también para hacer amigos tenemos el pretexto de la literatura.

Palabras de Ernesto Morales Licea, joven escritor de Bayamo, graduado del Centro Onelio Jorge Cardoso.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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