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Hablar
del Centro Onelio en un
día como este se me
antoja una empresa de
susto. Asumir la pose de
alumno quizá
representativo, podría
tener matices muy
cómodos si no se tratara
de una hermandad de
escritores. Mi tarea
sería demasiado fácil si
no tuviera ante mí, en
estos precisos
instantes, tanto público
acostumbrado a las
buenas palabras, y que a
no ser por la solemnidad
del momento y una cierta
condescendencia con el
hablante, interrumpirían
mi voz para señalar
equívocos, cacofonías,
mejores maneras de leer
lo que leo, mejores
maneras de escribir lo
que he escrito. Saberme
propenso a ser
tallereado mentalmente
por muchos de ustedes,
produce vértigo y
despierta los nervios.
Pero
sobre todo, hablar en
nombre de los más de 600
graduados que ya acumula
este Centro en sus
anaqueles, en sus
postales de memoria, en
sus libros y clases y
recuerdos imborrables,
supone para mí un
orgullo solo comparable
con el mérito de haber
sido uno de estos 600,
que durante los últimos
11 años han dado vida a
la Institución.
Ahora
que lo he dicho,
descubro el riesgo que
corro al llamarle a
nuestro Centro,
Institución. No pocos
talleristas levantarían
su mano, raudos, para
corregir el uso del
apelativo. Ante ellos me
excuso, pero al fin y al
cabo, Institución es.
Una atípica, eso sí: una
que funciona con
misteriosos mecanismos
de poesía y no con los
venenos de la
burocracia, una que cada
vez se reinventa con
mejores y más altos
propósitos. Una
Institución que no
excluye ni condena, que
aúna bajo un mismo techo
a las más estrafalarias
diferencias, y que no
solo las respeta y
permite, sino que a
ellas les rinde culto.
Por mi
parte, solo puedo
referir a modo de elegía
o recuento, mis propias
experiencias en torno a
este Centro literario.
Y el
primer recuerdo no
alcanza a tener forma
concreta. No es la
primera dase, ni el
primer texto. No es el
reconocimiento de sus
profesores, la
convivencia con los
alumnos, o el arribo a
la capital de los que
atravesábamos la Isla en
su nombre. Mi primer
recuerdo, casi la
primera deuda, es el
rostro entre sorprendido
y satisfecho de unos
padres que, antes del
Centro Onelio, no
entendían para qué
podría servir el ruido
maniático de mi máquina
de escribir por toda la
casa. Gracias al Centro,
el primer paso estaba
dado: los familiares,
los amigos cercanos, la
novia de turno, podrían
llamarme escritor sin
que la lengua se negara
a tanto. Después sabría
que no es cierto, que no
bastan profesores
enciclopédicos, Desafíos
de Ficciones, lecturas
sin final, para decirse
escritor sin que el
rubor asome en nombre de
la decencia. Después
sabría que la carrera de
escribir historias es
más que dolores de
espalda o algún que otro
premio de consolación,
porque, al menos en esta
profesión ingrata, no se
cumple el apotegma de
sacrificio igual a
éxito. Pero en aquellos
tiempos, 5 años atrás,
saberme incluido en el
Curso de Técnicas
Narrativas, me trajo el
dulce engaño.
Y me
quedan este segundo, por
supuesto, los días del
taller. Las horas de
fiero debate ante un
adjetivo, frente a un
empecinado escriba que
se batía en retirada, y
defendía su texto como
el jabalí con sus crías:
para matarlos luego él
mismo en la soledad de
su caverna.
Me queda
también la sorpresa, mi
ingenua sorpresa: Yo no
sabía que era posible
hablar tanto de
literatura. No sabía que
pudiera existir una
Institución en mi país
tropical, cuya razón de
ser fuera la literatura,
y que hubiera dado
servicios prácticos a
una legión de
intelectuales que en la
República de Platón,
habríamos quedado en el
otro lado de la verja.
Porque,
y esto es justo decirlo,
la verdadera esencia del
Centro de Formación
Literaria que hoy, por
justa iniciativa, recibe
esta medalla; la energía
que le da vida y le
impulsa en sus empeños a
ratos quijotescos, no
tiene el nombre de su
Curso de Técnicas
Narrativas.
Como en
el tigre de Borges, este
conforma solo una línea,
una parte del todo.
Este
centro, en su capa más
profunda, no tiene
propósitos
educacionales, ni
academicistas, ni
pedagógicos. Estas,
siguen siendo puntas del
iceberg. Son las grandes
mentiras que todos hemos
ayudado a erigir. Son
los artificios conque el
Chino Heras y la
uruguaya Ivonne, y todos
los responsables de esta
idea, activaron el
mecanismo y movieron sus
ruedas iniciales 11 años
atrás.
Pero la
verdadera razón de ser
de esta Casa de
Escritores, es hablar de
literatura. Es rendirse
a los pies de tan
hermosa invención,
erigir un humilde templo
a la palabra. Es abrir
unas puertas grandes
como de Catedral a la
conversación, al
intercambio, a la
coexistencia de estos
seres medio maniáticos y
meditabundos que ponemos
distancias de 300, 400
páginas, entre el mundo
y nosotros, y no
regresamos a la realidad
cotidiana sino con el
libro bajo el brazo, ya
leído.
Pienso
en Eduardo Heras, y no
puedo encontrar mejor
imagen para sí que la de
aquel Hablador que
narraba Vargas Llosa
entre las tribus
machiguengas, que se
alimentaba como podía,
que deambulaba como un
poseso entre la espesura
de la selva, pero que
iluminaba su voz cuando
frente a las multitudes
expectantes contaba lo
que había visto,
escuchado, soñado o
inventado en sus años de
existencia. Recuerdo a
este hombre a quien sin
rubor llamo Maestro,
prolongando sus
conferencias hasta
nuestra mesa del
comedor, recitando
versos, contando
anécdotas, explayando su
máxima necesidad, su
verdadera esencia:
adorar la literatura,
ante un puñado de
talleristas-comensales a
quienes de repente,
tampoco la comida nos
despertaba demasiado
interés.
Pienso
en los que han dejado
una impronta memorable
en los cimientos del
Centro, en tantos
nombres altísimos de las
letras cubanas y
universales.
Y por
qué no, pienso también
en los ladridos con que
algunos han certificado
que este empeño aún
cabalga. En los ataques,
ni tan pocos ni tan
tontos, con que muchos
han regalado también al
centro sus horas de
redacción o discurso, y
que como aquel gigante
Anteo retumbando contra
la Madre Tierra, le han
fortalecido
invariablemente. También
ellos, quiéranlo o no,
forman parte de este
sueño. También ellos han
colocado la casa de 5ta
Avenida en las miras de
lo que no puede pasarse
por alto. En mi
profesión periodística,
a esto se le llama dar
de qué hablar.
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Por eso
saberme hoy en un
sentido homenaje a esta
empresa hercúlea, que
iniciara un puñado de
utópicos años atrás, me
llena no solo de
orgullo, sino también de
nostalgia. La
inexplicable y lúcida
nostalgia con que
miramos siempre atrás
cuando se ha vivido algo
digno de ser contado. La
sensación triste por
hermosa de que hemos
formado parte de una
historia que seguirá
contándose con otros
núcleos, con otros
personajes, y que cada
año renovará su
membresía como una
novela eterna, como
aquel célebre libro de
Arenas.
Yo no
entiendo de méritos y
distinciones. No soy muy
dado a los formalismos,
a las resoluciones, y sé
que un gran número de
ustedes, artistas e
intelectuales la
mayoría, tampoco lo son.
Pero si lo que hoy se le
otorga al Centro Onelio
lleva el nombre del
marmóreo Carpentier,
tiene entonces mi venia
y mi respeto.
En
nombre de los graduados
de esta fraternidad, de
los jóvenes narradores
cubanos que en este
espacio hemos coexistido
durante un año de mil
historias, los
noctámbulos y
provocadores, los
exóticos y provincianos,
lúcidos o enloquecidos,
que hemos poblado alguna
vez los interiores de
este Centro, me permito
agradecer la medalla
como nuestra.
Al fin y
al cabo, también para
hacer amigos tenemos el
pretexto de la
literatura.
Palabras
de Ernesto Morales Licea,
joven
escritor de Bayamo, graduado del
Centro Onelio Jorge
Cardoso. |