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El
Centro de Formación
Literaria Onelio Jorge
Cardoso recibió esta
semana la Medalla Alejo
Carpentier otorgada por
el Consejo de Estado. El
trabajo de formación con
los nuevos escritores,
el fomento en ellos de
un compromiso
revolucionario contra la
postura individualista
que impera en muchas
partes del mundo, fueron
destacados como algunas
de las razones de mayor
peso por las cuales se
hacía esta entrega.
Fundado en 1998, el
Centro Onelio ha
graduado más de 600
alumnos: estudiantes,
abogados, periodistas,
médicos, bioquímicos,
diseñadores, ingenieros,
geógrafos, físicos,
todos jóvenes
provenientes de diversos
campos profesionales, y
también de disímiles
lugares. Desde sus
inicios el escritor
Eduardo Heras León,
Mención del Premio Casa
de las Américas, Premio
UNEAC de Cuento y Premio
Nacional de Edición, ha
sido el guía de esta
institución dedicada a
la formación de jóvenes
narradores.
El
escritor Francisco López
Sacha ha afirmado que
“la apoteosis” del
Centro Onelio Jorge
Cardoso ocurrió en
aquellas madrugadas del
año 2000 cuando bajo el
impulso de Fidel
hicieron el curso
Universidad para Todos
de Técnicas narrativas,
¿cómo rememora ese
periodo y qué
trascendencia tuvo a su
juicio para la difusión
de la literatura en el
país?
La
génesis de ese curso
estuvo en octubre del
año 99, en un Consejo
Nacional de la UNEAC
efectuado en el teatro
del Ministerio de
Comercio Exterior. En
uno de los momentos del
consejo me pidieron que
hiciera un reporte sobre
el primer curso del
taller —en aquel momento
se llamaba así: Taller
de Formación Literaria
Onelio Jorge Cardoso— y
que informara al pleno
del consejo sobre la
experiencia, realmente
novedosa. Cuando iba a
comenzar a explicar
llegó el Comandante,
preguntó qué estábamos
haciendo y le explicaron
que en ese mismo momento
yo iba a comenzar a
hacer un informe sobre
un curso, una especie de
taller sui géneris
de técnicas narrativas.
Él se sorprendió mucho,
preguntó si eso se podía
enseñar y me dijeron que
hablara con él. Tuvimos
una conversación como de
media hora realmente
inolvidable porque Fidel
pregunta cualquier cosa,
es un hombre lleno de
curiosidad por todo,
preguntaba si Cervantes
había ido a un taller
literario y le respondí
que no, que Cervantes no
había ido a ningún
taller literario porque
él era un genio y los
genios inventan las
técnicas narrativas, no
las aprenden. Fue una
conversación muy
chispeante, llena de
humor. También leí los
testimonios de algunos
estudiantes del primer
curso muy lindos porque
hablaban de que el
taller no solamente le
había dado una nueva
dimensión de la lectura,
de la literatura, sino
que les había cambiado
un poco la vida, la
manera de ver las cosas
y eso se ha repetido
mucho, muchos alumnos
han dicho eso. Él se
impresionó también con
esos testimonios,
incluso varios días
después el propio
ministro Abel Prieto me
decía que el Comandante
lo había llamado
interesado por ese tipo
de curso. Unos días
después hubo un Pleno de
la UPEC donde también
Fidel se refirió a la
importancia del curso,
pues hasta para escribir
una carta se hacía
necesario aprender ese
tipo de técnicas.
Finalmente en julio del
año 2000, mientras yo
estaba de viaje en
Canadá, me avisaron que
él quería que
impartiéramos un curso
por televisión de
técnicas narrativas. Yo
me quedé frío. Regresé y
comencé a prepararlo y
unos días después tuve
la entrevista con Fidel,
una entrevista muy
larga, de varias horas,
donde él me preguntaba
por los pormenores de
este tipo de curso, ya
habíamos preparado
algunos planes de
lección y comenzamos a
discutir los conceptos.
Le propuse no comenzar
por un curso de técnicas
narrativas, pues en
última instancia es algo
bastante especializado,
sino empezar por
apreciación de la
literatura —lo que
resultó ser luego el
segundo curso— y él me
dijo que no, que
empezábamos conmigo con
ese curso de técnicas
narrativas. Él siempre
ha tenido mucha más
visión que nosotros y
tal vez estaba mirando
al futuro. No sé cuáles
fueron sus razones para
decidir eso, al parecer
notó algo en el tipo de
curso, en los
testimonios de la gente,
que lo influyeron para
hacerlo. En esa
conversación le expliqué
que el curso les daba
fundamentalmente a
quienes lo recibían una
especie de nueva
dimensión de la lectura
y si no salían
escritores, salían
promotores de
literatura, asesores
literarios, con una
concepción diferente de
la literatura, porque
era la literatura vista
desde dentro, desde el
laboratorio creador de
cada autor y eso era
importante porque era
una dimensión otra,
diferente a la
acostumbrada, a la de
los lectores simples;
éramos unos lectores
especiales. Él estaba
muy entusiasmado con el
curso y dio la luz verde
para comenzar.
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Todo se organizó con
mucha premura y cuando
hicimos los planes de
lección utilizamos
fragmentos de filmes —el
cine en ese caso es lo
más cercano a la
literatura, aunque son
dos lenguajes
diferentes— para
ilustrar y graficar el
curso de una forma más
didáctica y muchas veces
no aparecía el fragmento
de una película
seleccionada. Me
enteraba ese mismo día a
las 4:00 am y el
director y yo nos
poníamos de acuerdo, una
hora antes de comenzar
el programa en los
cambios que debían
hacerse. Sacha
hablaba de las
madrugadas frías, pues
nos teníamos que
levantar a las 4:00 am
porque el programa
empezaba a las 7:00 am,
pero una hora antes
había que dar el listo. El estudio fue
improvisado, se hizo en
vivo con el riesgo que
se corre, pero realmente
concebimos ese curso con
una pasión, imbuidos con
una voluntad de servir
que dio un resultado
extraordinario. Digo
extraordinario porque
tengo un paquete enorme
de correos electrónicos,
de cartas enviadas por
la gente más insólita,
viejos de 95 años,
niños… no es un secreto
para nadie que a partir
del curso las peticiones
de libros en las
bibliotecas aumentaron.
Un día me encontré en la
calle una señora que me
dio un abrazo y un beso
y me dijo que yo le
había hecho el regalo
más grande de los
últimos años de su vida
porque ella era
profesora retirada de
literatura y toda su
biblioteca estaba llena
de telarañas y polvo y
con el curso había
limpiado los libros,
había rescatado su
biblioteca y estaba
leyéndolos con una
fruición, con un placer
que pensaba haber
perdido.
El Dinosaurio
se convirtió en un
personaje súper conocido
en todo el territorio
nacional porque ese
curso lo vieron alumnos,
profesores, catedráticos
de las universidades,
periodistas, militantes
del Partido, de la
Juventud… se hicieron
una cantidad enorme de
tabloides, primero medio
millón, luego 250 mil
más, eso se vendió en
una semana. Impactó
tanto que se debió
repetir, primero por la
noche y luego en una
duración de diez
semanas. Fue una muestra
palpable de que Fidel
tenía razón, se debía
empezar por el de
Técnicas narrativas.
Todavía hoy en día el
pueblo lo recuerda, han
pasado casi nueve años y
aún la gente me dice:
fue el mejor. Cuando se
dio el curso Marta Rojas
me dijo sentir como si
yo le estuviera hablando
a ella, se sentía
partícipe de la clase,
incluso hizo hasta un
ejercicio de los
propuestos por mí y me
lo entregó, generosa
como es ella. El curso
motivó mucho a la gente
y puso a la literatura y
a los escritores otra
vez en el centro de las
preocupaciones
cotidianas durante ese
tiempo. El sedimento de
amor por la literatura
que creó se reflejó en
las bibliotecas, me
llamaban y me contaban
sobre la avalancha de
gente que iba a pedir
los libros propuestos
por nosotros.
¿Cómo
marcó al Centro Onelio
ese curso?
En
primer lugar nos
sentimos orgullosísimos
de ser el centro del
primero, sobre todo
porque no se nos
escapaba la importancia
del proyecto cultural de
lo que resultó ser
después Universidad para
Todos, donde se han
abordado una cantidad
notable de materias con
una riqueza tremenda.
Haber tenido el honor,
la satisfacción y el
orgullo de haber
inaugurado ese proyecto
cultural a nosotros nos
llenó de regocijo; fue
un estímulo
considerable, nos hizo
ver que el Centro podía
influir de manera
determinante en los
gustos literarios, en la
promoción literaria de
este país, porque al
recomendar a los mejores
escritores, estábamos
luchando contra la
mediocridad, contra el
lugar común, estábamos
hablando de verdadera
literatura y eso
inevitablemente ayuda a
elevar el nivel cultural
del país.
En
este sentido de la
promoción cultural para
todo el país destaca una
de las particularidades
de la labor del Centro:
la cantidad de graduados
provenientes del
interior del país,
trabajadores de
bibliotecas, casas de
cultura, etc., ¿qué
valor tiene para usted
la relación entre la
vanguardia intelectual y
este sector de la
juventud fuera del mundo
académico pero con
inquietudes literarias?
Uno de
los aciertos del curso
ha sido una especie de
premisa que nos puso
Abel cuando nos dio el
estímulo inicial. Él
conocía de este sueño
mío y comenzó a
presionarme para que
empezara. Luego, cuando
yo me decidí a lanzarme
me dijo: tú debes
encontrar un método para
convertir este taller en
nacional, si no es
nacional fracasa,
siempre se va a quedar
en La Habana. Estuve
pensando en eso y se me
ocurrió la idea de hacer
un curso doble, dividido
en dos grupos, un grupo
habanero, con clases los
sábados y otro grupo
nacional, término ideado
por Ivonne, la
coordinadora del Centro,
donde están alumnos de
todas las provincias.
Eso sí, siempre sobre la
base del talento que
descubrimos a partir de
los textos enviados por
los aspirantes. Para
nosotros siempre ha
resultado una sorpresa
la respuesta a cada
convocatoria, cada año
llegan más, el año
pasado fueron casi 150.
Entonces uno se
pregunta, qué pasa en
este país, este país es
mágico, el talento está
aquí a racimos en los
lugares más intrincados,
descubrimos una joven en
Cacocum que nos envía
cuentos y es un talento
en bruto o un campesino
de la Sierra de Najasa
que camina diez
kilómetros para
llamarnos por teléfono y
sin embargo es un joven
con talento interesado
por la literatura. Del
mismo modo vienen
jóvenes de Jobabo,
Guantánamo, Jiguaní,
Guanes, de los lugares
más intrincados. Ya los
premios literarios no se
los ganan solo los
habaneros, se los ganan
mucha gente del llamado
interior, de las otras
provincias, si en algo
hemos ayudado es que
hemos cambiado un poco
la cartografía del
talento, de la
literatura en Cuba. Es
el caso de Holguín,
tradicionalmente tierra
de poetas y ahora tierra
de narradores y poetas,
porque por este Centro
han pasado más de 25
holguineros con
innumerables premios
literarios. Se ha
modificado un poco el
mapa de la narrativa
cubana, ahora hay
grandes talentos en
Granma, en Bayamo, en
Manzanillo… y antes
necesitabas una lupa
para descubrirlos. El
Centro ha sido una
oportunidad para que
ellos penetren, no
precisamente en el mundo
académico, pero sí en el
mundo de la enseñanza,
del conocimiento de la
literatura, a un nivel
superior. En nuestro
sistema de educación
existe la Facultad de
Letras, pero ella no
forma escritores, forma
investigadores,
críticos, etc., el
Instituto Superior de
Arte no tiene carrera de
literatura, entonces
muchos alumnos catalogan
al Centro como la
Facultad que le falta al
ISA, otros dicen que es
el Harvard de los
talleres literarios
porque efectivamente es
un taller de nuevo tipo,
teórico-práctico. El
gran drama de los
talleres es precisamente
que ayudan a los jóvenes
cuando empiezan pero
estos van
desarrollándose y llegan
a un nivel en el cual ya
el taller no les da
ningún beneficio, se
cocinan en su propia
salsa.
Este taller les
da la posibilidad de dar
ese salto de calidad
necesario para
convertirse en un
escritor. Siempre
aclaro, esto no es una
fabriquita de
escritores, porque los
escritores no se
fabrican, el escritor
nace pero también se
hace, y cómo se hace,
aprendiendo las
herramientas del oficio.
Eso es lo que nosotros
le enseñamos, sin
influir para nada en qué
tendencia deben
escribir, con cuál
lenguaje deben trabajar,
aquí cada alumno escribe
como quiere, aborda sus
propios temas, aquí hay
realistas mágicos,
policíacos, escritores
para niños, hay de todo
y nosotros respetamos
las tendencias de cada
uno, no les imponemos un
determinado criterio,
sencillamente les damos
las herramientas y les
decimos cómo emplearlas.
Luego cuando ellos leen
sus textos y se “tallerean”,
ahí se enfrentan al uso
de esas herramientas,
todo lo demás, sus
gustos, sus preferencias
literarias, son de cada
uno.
Siempre lo digo en
la primera clase, este
año son 60, tal vez
salgan tres escritores,
eso sería una maravilla,
si salen cinco es un
milagro, los demás no se
convierten en escritores
pero sí pueden dirigir
un taller, tornarse
asesores literarios,
promotores o mejores
lectores y mejores seres
humanos, porque como
decía Abel aquel día
aquí se crea una
química, un clima
fraterno de discusión,
de ver siempre en el
compañero no un enemigo
ni un oponente, sino un
compañero al cual se
debe ayudar. Con ese
criterio nosotros
trabajamos y eso es lo
que ha dado resultado y
permanencia al taller y
ha propiciado que cada
año venga más gente.
Tengo una guerra a
muerte con los mayores
de 35 años porque
quieren su taller
también pero no puedo
hacerlo porque se cuelan
aquí 200 personas. Una
vez recibí una carta
terrible de un grupo de
personas mayores que me
asaltó a la salida de la UNEAC. Me dijeron:
"Lea". Decía: "Nosotros,
los abajo firmantes,
jóvenes mayores de 35
años…" Planteaban que
debía haber un taller
dedicado a la gente
mayor. Eso sí, no se
pudo haber concretado
estos 11 años de trabajo
si no hubiera una pasión
por hacer las cosas. Esa
pasión se ha mantenido
sobre todo en los
fundadores. No se nos ha
acabado el fuego. Yo soy
escritor, pero soy
maestro también, esas
son dos de mis
vocaciones primarias, la
otra es la de editor.
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Abel Prieto
hace entrega
a Eduardo Heras
León
de la
Distinción Alejo Carpentier
otorgada al
Centro Onelio |
El
pasado año el Centro
organizó el Primer
Festival Internacional
de Narradores Jóvenes,
¿cómo se ha fomentado
esta relación entre la
institución y el
pensamiento progresista
más nuevo dentro del
continente?
A
nosotros se nos ocurrió
la idea de hacer un
Festival Latinoamericano
y queríamos establecer
vínculos con los más
jóvenes narradores del
continente. El método
que empleamos fue sui
géneris. Conocíamos
la experiencia de Bogotá
39, pero detrás de esa
organización había
editoriales trabajando y
evidentemente fue un
evento de promoción de
jóvenes con libros ya
publicados. A nosotros
nos interesaba llegar a
la gente más humilde, es
decir, a los
prácticamente
desconocidos, gente de
gran talento que todavía
no había tenido la
posibilidad de acceder
al circuito de las
editoriales y de la
promoción internacional.
Se nos ocurrió contactar
a nuestros amigos de
América Latina: Poli
Délano, de Chile;
Abelardo Castillo y su
esposa Sylvia
Iparaguirre, gran
escritora, en Argentina;
Claribel Alegría,
Hildebrando Pérez,
Hernán Lara, en México;
Luis Britto, en
Venezuela, y algunos
más. Les pedimos a
ellos, que atienden
talleres literarios,
conocen el mundo
cultural y son además
amigos de Cuba y de su
Revolución, que nos
recomendaran cuáles
jóvenes invitar. Nos
llegó una lista y de
acuerdo con las
posibilidades económicas
que teníamos invitamos a
muchos jóvenes que ya
han empezado a ser
reconocidos. Para
nosotros, por ejemplo,
fue una enorme sorpresa
y una constatación de
que lo que habíamos
hecho era correcto,
cuando Samantha
Schweblin, escritora
argentina y una de
nuestras invitadas, fue
Premio Casa de las
Américas, una muchacha
desconocida sin
promoción internacional
que nos recomendaron
Abelardo Castillo y
Liliana Heker, los dos
grandes escritores
argentinos. Este premio
validó para nosotros el
método empleado. El
Festival ha dejado una
huella tremenda entre
los invitados porque han
mantenido
correspondencia entre
ellos y con los
narradores cubanos,
decían que iban a
llamarle Habana 35, pues
eran menores de 35 años
y valía la pena la
experiencia. El Festival
nos dio muchas alegrías
y satisfacciones,
pasamos unos días
realmente maravillosos,
y los jóvenes, sobre
todos los más de cien
cubanos, tuvieron una
experiencia tremenda al
verse de pronto
compartiendo con jóvenes
con similares objetivos
en la vida. Se creó un
clima fraterno y
camaraderil realmente
impresionante.
Sobre
el quehacer de la
institución se ha
resaltado su actitud de
compromiso intelectual y
ético. ¿Cuál debe ser, a
su juicio, el rol de los
intelectuales en el
contexto actual que vive
el mundo?
No me
gusta dar este tipo de
opinión porque puede
sonar a magister
dixit, como que
estoy dando lecciones.
Pienso que el compromiso
de cada cual, deriva de
acuerdo a cómo ha vivido
y la actitud asumida en
cada momento. En mi caso
específico —no puedo
hablar por otros— fui un
joven muy pobre, de
extracción muy humilde,
quedé huérfano desde
pequeño y a base de
mucho esfuerzo y de
mucho sacrificio me pude
hacer maestro. Terminé
precisamente en el año
en que triunfó la
Revolución. Gracias a
ella, no solamente yo,
sino mi familia entera,
accedimos a los niveles
más elevados de la
educación y para
nosotros siempre estuvo
claro cuál era la
actitud a asumir. Es
decir, participé de un
proyecto que cambió la
vida de este país y nos
cambió a nosotros
mismos. Eso se demostró
posteriormente en mis
propias vivencias en la
milicia, en Playa Girón,
en la lucha contra
bandidos en el Escambray
y luego en la
literatura. La palabra
compromiso ya está un
poco gastada, se remonta
a los años 50, a los
planteamientos de Sartre
en su famoso texto
acerca del compromiso
del intelectual. Yo
sencillamente soy un
hombre de mi tiempo, soy
un revolucionario, le he
entregado mi vida a este
país y a la Revolución,
y trato de ser fiel a
esa actitud que he
mantenido durante toda
mi vida. No puedo
cambiar a estas alturas,
de ninguna manera, si he
dedicado toda mi vida a
un objetivo y a un
proyecto. Puedo estar en
desacuerdo con cosas,
por supuesto, pero
siempre he mantenido el
mismo criterio. A mi
juicio cada uno debe
hacerse un examen de
conciencia y llegar a la
conclusión de que vive
en un tiempo y un
espacio que exige de
continuas definiciones.
Esa definición la tuve
cuando joven y he
seguido fiel a ese
concepto de la vida y de
mi visión del mundo.
Ojalá todo el mundo sea
así, tenga una visión
del mundo, sea la que
sea, respeto todos los
criterios y todas las
opiniones; pero mi vida
ha respondido siempre a
esos ideales, a ese
compromiso por lo tanto
voy a seguir siendo así
hasta la muerte, no
tengo otra alternativa.
Decía
que tiene tres grandes
vocaciones, la de
maestro, la de escritor
y la de editor, de algún
modo el Centro ha
propiciado la conjunción
de las tres… ¿por qué
apostar y dedicarle
todos estos años a esta
atípica institución?
Como
dije, soy maestro
primero. Los años
pasados aquí han sido de
continua lucha conmigo
mismo, porque dedicar
estos años al Centro es
haber dejado de escribir
una buena cantidad de
libros. Sigo escribiendo
y tengo nuevas cosas
para publicar, pero no
es lo mismo. De todas
maneras siento que los
libros que no he hecho
son aquellos escritos
por los alumnos. Me
causa enorme
satisfacción cuando un
alumno del Centro gana
un premio o escribe un
libro magnífico. Senel
Paz siempre me decía:
"me gano un premio y tú
te pones más contento
que yo".
Siempre recordaré una
anécdota del primer o
segundo curso: un joven
narrador de Jobabo, un
pueblo perdido de las
Tunas, leyó su primer
cuento en clases. Se lo
hicieron talco, fue
terrible, señalaron
millones de errores,
tantos que decía: "Me
han dejado solo el
título". Entonces
alguien se paró y dijo:
"El título tampoco, es
infame". Pasaron varios
meses y en el último
encuentro leyó un nuevo
cuento. Cuando terminó,
hubo un silencio en toda
el aula y de pronto la
gente empezó a aplaudir
y él empezó a llorar.
Haber vivido esa emoción
justifica el trabajo.
Para algo sirve lo que
hemos hecho: los jóvenes
crecen. A fin de cuentas
nos lo agradecen y
muchos son amigos
entrañables para toda la
vida. Ahora con la
medalla acabo de recibir
un correo de Tarragona,
España, de un ex alumno
del Centro. Decía que no
podía dejar de
escribirme y de recordar
el tiempo pasado aquí.
Cosas como esas me hacen
sentirme satisfecho y
pensar que no he perdido
tanto, en definitiva.
Sobre todo he ganado
satisfacción en mi
vocación de maestro. |