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Recuerdo que cuando yo era apenas una
niña, y aquel anciano de guayabera
blanca y sombrero de pajilla aclaró en
una comparecencia televisiva que la
célebre pieza musical atribuida al
folclor ruso “Ojos negros”, era en
verdad de su autoría, tomé uno de los
libros atesorado por mi tía ―si mal no
recuerdo― un tomo de La Mejor Música
del Mundo, y traté de enmendar con
mi puño y letra ese injustificable error
también allí cometido.
Pero con tan mala fortuna que en el
intento se me viró el pomo de tinta
―claro, a la sazón mi pluma era de
fuente― sobre la página que mostraba la
partitura en cuestión, y el castigo que
entonces recibí fue como para no
olvidarlo, ni siquiera ahora que escucho
una de mis canciones preferidas en la
voz de Miriam Ramos: “Perla Marina, /que
en hondos mares/vive escondida/con los
corales. /Celaje tierno/de allá de
Oriente/fresca violeta, /del mes de
abril...”
Por cierto, Sindo decía que tomar café
en latica de leche condensada sabía más
a café que hacerlo en taza de porcelana.
Un secreto que se llevó a la tumba
Lo extraordinario de Sindo es que sin
tener conocimientos académicos, fue
capaz de componer obras maestras
como “La bayamesa”, de 1918,
considerada como nuestro segundo himno
nacional, o “La tarde”, de 1907, que
hizo exclamar a Lecuona: “Ese bolero es
sencillamente un milagro, una
composición perfecta, no tiene defectos,
es insuperable”.
Al escuchar algunas de sus creaciones,
Federico García Lorca le llamó El Gran
Faraón de Cuba. Según Bola de Nieve “su
valor increíble radica en la forma
armónica de producir sus canciones sin
que por esto dejen de ser verdaderamente
cubanas”.
Para Harold Gramatges en nuestra música
popular, el autor de “La tarde” “es la
máxima representación del cancionero
romántico. Su rica cadencia rítmica y
fino dibujo melódico han sido fuentes en
las que han bebido los trovadores
cubanos por espacio de varias
generaciones. (...) Dotado de verdadera
‘inspiración’, le ha cantado con igual
amor al paisaje cubano, la mujer
criolla, a los hechos de gran
trascendencia en nuestra historia. Nada
ha quedado de su vida cotidiana que él
no haya traducido en música”.
Al decir de María Antonieta Henríquez:
“Sindo quizá supo en algún momento que
creaba para la eternidad: que sus cantos
alcanzarían la dimensión de lo
perdurable. Canciones como ‘Germania’,
‘La tarde’ o ‘La bayamesa’ hubieran
bastado para otorgarle el calificativo
de genio a este músico-poeta del pueblo,
que murió sin conocer la teoría de la
música”.
Sobre ese fenómeno que los especialistas
no han podido dar razón, el famoso
compositor Manuel M. Ponce se inquirió:
“¿Por qué ese espíritu inculto, casi
silvestre, sin el caudal de
conocimientos indispensables para
producir obras artísticas, puede crear
melodías bellas y armonizaciones
perfectas? (...) ¡Quien sabe!”
Tal vez como afirmó Eduardo Robreño:
“Fue un secreto que (Sindo) se llevó a
la tumba”.
Una tarde de julio de 1968 el más alto
exponente de la trova cubana fue
sepultado en Bayamo, como eran sus
deseos, mientras se entonaba su
emblemática “Bayamesa”: “Ella es
sencilla, le brinda al hombre/ virtudes
todas y el corazón. / Pero si siente de
la Patria el grito, / pero si siente de
la Patria el grito/ todo lo deja, todo
lo quema, / ese es su lema, su
religión”.
Lo más grande, ser cubano
Anecdotario más fabuloso que el de
Antonio Gumersindo Garay y García es
difícil de encontrar, tanto, que a
veces, se confunde la realidad con la
leyenda.
Nacido en Santiago de Cuba en abril de
1867, aprendió a leer y escribir por su
cuenta, copiando las palabras que veía
en anuncios y carteles.
Siendo un niño llevó unas órdenes de
José Maceo durante la Guerra Grande ―
“¡Los cubanos éramos mambises desde que
nacíamos, carajo...!”―, y ya hombre,
como correo marítimo, cruzó a nado, en
múltiples ocasiones, la bahía
santiaguera para hacer contacto con las
tropas insurrectas.
Sus únicas clases de guitarra las
recibió de Pepe Sánchez, el creador del
bolero, y a los 12 compuso su primera
obra musical, “Quiéreme trigueña”,
enamorado de la joven guantanamera María
Mestre.
Como él mismo decía, a orillas del río
Guaso, nació su primera sindada: “No me
olvides, mujer, ni un momento, / que tu
amante por siempre seré, / quiéreme,
trigueña, quiéreme, porque jamás yo te
olvidaré...”.
Acróbata de circo, espíritu andariego,
recorrió casi toda la Isla y hasta
algunas naciones latinoamericanas, como
Santo Domingo, donde por azares del
destino se encuentra en Dajabón con José
Martí a quien asegura haber estrechado
la mano.
“Lo más grande que tengo es ser cubano”,
repetía una y otra vez aquel genio
musical que vivió ciento un años y
estuvo casi 90 creando lo mejor de
nuestra música: “La tarde”, “Perla
marina”, “La bayamesa”,” Clave a Maceo”,
“El huracán y la palma”, “Ojos de
sirena”, “Retorna”, “Tardes grises”,
hasta llegar a más de 400 canciones.
Cuando Sindo arribó al centenario de su
existencia, dejó dicho: “Ahora que
cumplo cien años es cuando comprendo lo
breve que es la vida”.
De Sindada en Sindada
Los que bien le conocieron afirman que
podía aparecer de improviso con la
guitarra al hombro, llevando sus
sindadas, a un cafetucho de mala muerte
o a una serenata en cualquier rincón de
la Isla, por muy apartado que fuera.
Pero en 1906 se establece en La Habana,
y en el ya desparecido café Vista
Alegre, de San Lázaro y Belascoaín, dará
a conocer casi toda su obra que muy
pronto triunfadora recorrerá el mundo.
Parroquiano habitual del célebre
establecimiento, junto con otros grandes
de la trova, amanece allí, bohemio y
parrandero, bebiendo sus buenas
porciones de ron y cantando de segundo
con su hijo Guarionex, dúo que para
muchos fue único en la historia de la
canción cubana.
Su primera grabación la realiza para la
RCA Víctor en 1910, y en la década de
los 20, graba canciones para la firma
Columbia en París, adonde es llevado
junto a Guarionex y otros artistas, por
Rita Montaner para debutar en el Teatro
Palace de la capital francesa.
“Volví feliz por el triunfo, ―confesó a
su biógrafa Carmela de León― pero de la
plata que gané no guardé ni un solo
medio. A mí nunca me preocupó el
porvenir, como dice la gente por ahí. Lo
que gané, lo gasté, y san se acabó...
Eso sí, siempre anduve limpio, aunque no
tuviera lujos”.
Se cuenta que ya muy anciano, casi
ciego, el bardo pidió su última serenata
en la Plaza de Marte, donde se celebraba
en su honor el Festival de la Trova.
Según la periodista Olga Fernández, hubo
que complacerlo con “El beso adorado”,
una canción que no se cansaba de oír, y
después de tantos agasajos, soltó una de
sus sindadas : “Yo no sé, Sindo Garay,
viejo, feo y bizco, y la gente siempre
está Sindo para aquí y Sindo para allá.
Si Sindo nada más ha sido un viejo
cascarrabias”.
Hoy se le considera el autor más cantado
por los intérpretes de la canción
tradicional cubana.
Martha Valdés, de linaje trovadoresco
también, afirmó en 1987 que: "Es
difícil, para alguien que ame nuestro
cancionero y que haya vivido la
experiencia de tratar de crear una
canción, pensar en Sindo sin adentrarse
en los dominios del mito. No hay mejor
forma de corresponderle que compartir
ese vuelo que él emprendió en cada acto
de creación. Sindo ha sido la fuente, el
mito necesario. |