Año VIII
La Habana
2008

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Sindo Garay, el mito necesario
Josefina Ortega • La Habana
Foto: Cortesía de la autora
 

Recuerdo que cuando yo era apenas una niña, y aquel anciano de guayabera blanca y sombrero de pajilla aclaró en una comparecencia televisiva que la célebre pieza musical atribuida al folclor ruso “Ojos negros”, era en verdad de su autoría, tomé uno de los libros atesorado por mi tía ―si mal no recuerdo― un tomo de La Mejor Música del Mundo, y traté de enmendar con mi puño y letra ese injustificable error también allí cometido.

Pero con tan mala fortuna que en el intento se me viró el pomo de tinta ―claro, a la sazón mi pluma era de fuente― sobre la página que mostraba la partitura en cuestión, y el castigo que entonces recibí fue como para no olvidarlo, ni siquiera ahora que escucho una de mis canciones preferidas en la voz de Miriam Ramos: “Perla Marina, /que en hondos mares/vive escondida/con los corales. /Celaje tierno/de allá de Oriente/fresca violeta, /del mes de abril...”

Por cierto, Sindo decía que tomar café en latica de leche condensada sabía más a café que hacerlo en taza de porcelana.
 

Un secreto que se llevó a la tumba

Lo extraordinario de Sindo es que sin tener conocimientos académicos, fue capaz de componer obras maestras            como “La bayamesa”, de 1918, considerada como nuestro segundo himno nacional, o “La tarde”, de 1907, que hizo exclamar a Lecuona: “Ese bolero es sencillamente un milagro, una composición perfecta, no tiene defectos, es insuperable”.

Al escuchar algunas de sus creaciones, Federico García Lorca le llamó El Gran Faraón de Cuba. Según Bola de Nieve “su valor increíble radica en la forma armónica de producir sus canciones sin que por esto dejen de ser verdaderamente cubanas”.

Para Harold Gramatges en nuestra música popular, el autor de “La tarde” “es la máxima representación del cancionero romántico. Su rica cadencia rítmica y fino dibujo melódico han sido fuentes en las que han bebido los trovadores cubanos por espacio de varias generaciones. (...) Dotado de verdadera ‘inspiración’, le ha cantado con igual amor al paisaje cubano, la mujer criolla, a los hechos de gran trascendencia en nuestra historia. Nada ha quedado de su vida cotidiana que él no haya traducido en música”.

Al decir de María Antonieta Henríquez: “Sindo quizá supo en algún momento que creaba para la eternidad: que sus cantos alcanzarían la dimensión de lo perdurable. Canciones como ‘Germania’, ‘La tarde’ o ‘La bayamesa’ hubieran bastado para otorgarle el calificativo de genio a este músico-poeta del pueblo, que murió sin conocer la teoría de la música”.

Sobre ese fenómeno que los especialistas no han podido dar razón, el famoso compositor Manuel M. Ponce se inquirió: “¿Por qué ese espíritu inculto, casi silvestre, sin el caudal de conocimientos indispensables para producir obras artísticas, puede crear melodías bellas y armonizaciones perfectas? (...) ¡Quien sabe!”

Tal vez como afirmó Eduardo Robreño: “Fue un secreto que (Sindo) se llevó a la tumba”.

Una tarde de julio de 1968 el más alto exponente de la trova cubana fue sepultado en Bayamo, como eran sus deseos, mientras se entonaba su emblemática “Bayamesa”: “Ella es sencilla, le brinda al hombre/ virtudes todas y el corazón. / Pero si siente de la Patria el grito, / pero si siente de la Patria el grito/ todo lo deja, todo lo quema, / ese es su lema, su religión”.

Lo más grande, ser cubano

Anecdotario más fabuloso que el de Antonio Gumersindo Garay y García es difícil de encontrar, tanto, que a veces, se confunde la realidad con la leyenda.

Nacido en Santiago de Cuba en abril de 1867, aprendió a leer y escribir por su cuenta, copiando las palabras que veía en anuncios y carteles.

Siendo un niño llevó unas órdenes de José Maceo durante la Guerra Grande ― “¡Los cubanos éramos mambises desde que nacíamos, carajo...!”―, y ya hombre, como correo marítimo, cruzó a nado, en múltiples ocasiones, la bahía santiaguera para hacer contacto con las tropas insurrectas.

Sus únicas clases de guitarra las recibió de Pepe Sánchez, el creador del bolero, y a los 12 compuso su primera obra musical, “Quiéreme trigueña”, enamorado de la joven guantanamera María Mestre.

Como él mismo decía, a orillas del río Guaso, nació su primera sindada: “No me olvides, mujer, ni un momento, / que tu amante por siempre seré, / quiéreme, trigueña, quiéreme, porque jamás yo te olvidaré...”.

Acróbata de circo, espíritu andariego, recorrió casi toda la Isla y hasta algunas naciones latinoamericanas, como Santo Domingo, donde por azares del destino se encuentra en Dajabón con José Martí a quien asegura haber estrechado la mano.

“Lo más grande que tengo es ser cubano”, repetía una y otra vez aquel genio musical que vivió ciento un años y estuvo casi 90 creando lo mejor de nuestra música: “La tarde”, “Perla marina”, “La bayamesa”,” Clave a Maceo”, “El huracán y la palma”, “Ojos de sirena”, “Retorna”, “Tardes grises”, hasta llegar a más de 400 canciones.

Cuando Sindo arribó al centenario de su existencia, dejó dicho: “Ahora que cumplo cien años es cuando comprendo lo breve que es la vida”.
 

De Sindada en Sindada

Los que bien le conocieron afirman que podía aparecer de improviso con la guitarra al hombro, llevando sus sindadas, a un cafetucho de mala muerte o a una serenata en cualquier rincón de la Isla, por muy apartado que fuera.

Pero en 1906 se establece en La Habana, y en el ya desparecido café Vista Alegre, de San Lázaro y Belascoaín, dará a conocer casi toda su obra que muy pronto triunfadora recorrerá el mundo.

Parroquiano habitual del célebre establecimiento, junto con otros grandes de la trova, amanece allí, bohemio y parrandero, bebiendo sus buenas porciones de ron y cantando de segundo con su hijo Guarionex, dúo que para muchos fue único en la historia de la canción cubana.

Su primera grabación la realiza para la RCA Víctor en 1910, y en la década de los 20, graba canciones para la firma Columbia en París, adonde es llevado junto a Guarionex y otros artistas, por Rita Montaner para debutar en el Teatro Palace de la capital francesa.

“Volví feliz por el triunfo, ―confesó a su biógrafa Carmela de León― pero de la plata que gané no guardé ni un solo medio. A mí nunca me preocupó el porvenir, como dice la gente por ahí. Lo que gané, lo gasté, y san se acabó... Eso sí, siempre anduve limpio, aunque no tuviera lujos”.

Se cuenta que ya muy anciano, casi ciego, el bardo pidió su última serenata en la Plaza de Marte, donde se celebraba en su honor el Festival de la Trova.

Según la periodista Olga Fernández, hubo que complacerlo con “El beso adorado”, una canción que no se cansaba de oír, y después de tantos agasajos, soltó una de sus sindadas : “Yo no sé, Sindo Garay, viejo, feo y bizco, y la gente siempre está Sindo para aquí y Sindo para allá. Si Sindo nada más ha sido un viejo cascarrabias”.

Hoy se le considera el autor más cantado por los intérpretes de la canción tradicional cubana.

Martha Valdés, de linaje trovadoresco también, afirmó en 1987 que: "Es difícil, para alguien que ame nuestro cancionero y que haya vivido la experiencia de tratar de crear una canción, pensar en Sindo sin adentrarse en los dominios del mito. No hay mejor forma de corresponderle que compartir ese vuelo que él emprendió en cada acto de creación. Sindo ha sido la fuente, el mito necesario.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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