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Sigo las noticias del
golpe de Estado en
Honduras con una enorme
sensación de rabia y
asco en la boca del
estómago. Nuevamente los
militares unidos con las
fuerzas más
reaccionarias de ese
país deciden poner punto
y final a un gobierno
elegido democráticamente
que gobernaba a favor de
los más débiles.
Se que para muchos y
muchas el caso del
presidente Mel Zelaya
será toda una curiosidad
política que desde el
liberalismo supo
evolucionar hacia el
socialismo del siglo
XXI. Aún así debemos
reconocerle la manera en
que en los últimos años
ha mantenido una
política comprometida
con los más
desfavorecidos, con el
medioambiente y con la
independencia de
Honduras con respecto al
imperialismo y las
multinacionales, unido a
otros países de la
región.
Esa ha sido la sentencia
que necesitaban las
fuerzas ultras del país
y el ejército para,
saltando por encima de
la soberana decisión del
pueblo hondureño,
lanzarse a secuestrarlo
y detener un referéndum
absolutamente legítimo
apoyado con la firma de
más de 400.000
ciudadanos.
En los países
occidentales esta vez
han tenido la decencia
de al menos rechazar el
golpe. No tuvo tanta
suerte el presidente
venezolano que el 2002,
durante su golpe. En esa
ocasión decenas de
líderes políticos de la
derecha mundial saltaron
a felicitar al “nuevo
presidente Carmona” y a
desear una “transición
pacífica”. Por desgracia
esa no fue la primera
vez ni la última en que
de forma absolutamente
arbitraria los militares
y otros sectores
oligarcas de los países
se lanzan a quitar o a
poner presidentes.
Casualmente ayer
escribía en mi blog
sobre el ciento un
natalicio de Salvador
Allende, otro ejemplo
más de ese rastro de
presidentes elegidos por
un pueblo desesperado
por la pobreza y el
hambre que fueron
brutalmente sacados de
su puesto para que fuera
ocupado por los “chicos
buenos”, los amigos del
imperio. Honduras sabe
bien lo que es eso. En
los años ochenta, en la
guerra sucia por parte
de los EE.UU. contra el
gobierno de Nicaragua,
el país se convirtió en
unos de los principales
escenarios del conflicto
y se inició una dura
persecución y matanza de
los dirigentes
sindicales, políticos y
sociales de la
izquierda.
En Honduras la
oligarquía no quiere
cambios y pagan bien.
Incluso parecen haber
dado buenas propinas a
algunos medios del
Estado Español que no
dejan de tratar este
golpe como “la reacción
lógica ante un
presidente izquierdista
que quería perpetuarse
en el poder”. No señoras
y señores, se trata de
una maniobra para
detener un proceso en
marcha hacia el
socialismo del siglo
XXI, que le daba la voz
a un pueblo que vivió
tantas décadas
atemorizado.
No se si ese pueblo será
capaz de llenar las
calles de Tegucigalpa
como se llenó Caracas en
abril de 2002. No se si
el presidente regresará
a su puesto y lograrán
continuar el proceso
democrático normal. Tal
vez le pase como a
Arbenz en otro país
centroamericano,
Guatemala, en el año
1954, presidente que
tuvo la idea de
nacionalizar las tierras
de la mayor propietaria
de suelo de ese país la
United Fruit
norteamericana lo que le
costó una invasión
pagada por el Estado de
la compañía frutera y su
exilio. Pero no marchó
sólo al exilio, le
acompañaban muchos
jóvenes revolucionarios
de medio mundo que
apoyaron a su gobierno,
entre ellos un médico
argentino llamado
Ernesto Guevara,
conocido mundialmente
como “Che”. Tal vez esta
noche en Tegucigalpa
algún futuro “Che” llene
las paredes con
consignas de democracia
y libertad jugándose la
vida. |