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Desde el siglo XIX
cuando en Europa
Occidental tuvo lugar
una sucesión de eventos
políticos conocidos como
las revoluciones de 1948
que consolidaron el
poder político de la
burguesía, hasta el
presente latinoamericano
no se percibían con
tanta claridad los
contornos de una época
en la cual las
tendencias al cambio
trascienden las
fronteras nacionales y
abarcan todo un período
histórico.
En esas circunstancias
se presenta lo que suele
llamarse “una situación
revolucionaria”, una
coyuntura en la cual,
“las clases dominantes
no pueden ejercer el
poder con los métodos
tradicionales y los
sectores populares no
soportan más la
explotación y la
opresión a que son
sometidos”, creándose
condiciones propicias
para la ruptura del
orden establecido.
Para Carlos Marx que
hacía depender ese
desenlace de
circunstancias
esencialmente
económicas, de ese modo,
se abría “Una época de
Revolución Social”.
Percibido desde ese
punto de vista, el
cambio asume formas
predominantemente
pacíficas y la escala es
internacional.
En ese caso, el término
“pacífico”, no alude a
situaciones plácidas ni
sugiere que las clases
dominantes renuncian a
sus privilegios sin
combatir, sino a que los
cambios se realizan sin
acudir a las armas y sin
provocar derramamientos
de sangre. No obstante,
en esas etapas, la lucha
de clases se expresa
mediante intensas
confrontaciones y, del
mismo modo como la
revolución avanza, se
despliega también la
contrarrevolución.
Privada de base popular
y sin argumentos como
para intentar revertir
el proceso mediante el
debate político, la
reacción, reiteradamente
derrotada en las urnas,
acude a la movilización
de los elementos más
conservadores, violentos
y primitivos de la
oligarquía,
principalmente al
generalato, el clero y
los restos de la clase
política perdedora,
incluyendo a elementos
desclasados, lumpen e
incluso a mercenarios.
Cuando el proceso de
cambios iniciado por la
Revolución Cubana que
estimuló la maduración
de las condiciones
objetivas y subjetivas
en la región y encontró
replicas positivas en el
triunfo de Salvador
Allende, en Chile, el
sandinismo en Nicaragua
y más recientemente en
los procesos políticos
que, por vías
democráticas y pacíficas
se despliegan en una
docena de países, las
fuerzas
contrarrevolucionarias
maniobran para detener y
si fuera posible
revertir el proceso
revolucionario
continental.
Así, de forma abierta o
sutil, con métodos
parlamentarios, tratando
de articular fuerzas
opositoras y de
manipular la opinión
pública para ganar
consultas electorales o
acudiendo a golpes
militares, mediáticos,
petroleros y a todo tipo
de maniobras, la
reacción pretende
levantar cabeza.
En las últimas horas, en
Honduras, la América
Latina asiste a la
reposición del peor de
los capítulos de la
historia política
hemisférica,
desarrollado sobre la
base de un guión
conocido y según el cual
el generalato se
insubordina y junto a
ellos se alinean el
Poder Judicial, el
Congreso, el alto clero,
los medios de
comunicación y el
empresariado que,
mediante la fuerza
bruta, tratan de deponer
un gobierno legítimo
para paralizar los
cambios sociales.
Lo realmente nuevo no es
el intento de cuartelazo
que ha estado latente en
varios países, sino la
repulsa y el aislamiento
con que se han
encontrado los golpistas
que esta vez no pueden
contar con la OEA y ni
siquiera con el respaldo
norteamericano.
Se trata de un signo de
los tiempos y de una
evidencia del carácter
irreversible de un
proceso revolucionario
continental auténtico,
que cumple tareas
históricas inaplazables,
entre ellas el rescate
de los recursos, la
soberanía y la
independencia nacionales
y la implantación de la
justicia social.
Ante Barack Obama, un
presidente al que
reiteradamente se le
pide que pruebe lo que
dice, incluso lo que
piensa, se presenta una
oportunidad única sólo
que se necesita de una
audacia que tal vez no
tenga para invitar al
presidente Manuel Zelaya
a subir al AIR FORCE ONE
y desembarcarlo en
Tegucigalpa. La ocasión
la pintan calva. |