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El amanecer del domingo
nos sorprendió con la
noticia del
derrocamiento del
Presidente de Honduras,
Manuel Zelaya. Los
militares invadieron su
morada y se lo llevaron,
no solo de allí, sino
del país. En ropa de
descanso, el Presidente
se encontró raudamente
en Costa Rica. Era,
evidentemente, muy
importante para los
golpistas tenerlo fuera
de Honduras para evitar
que su presencia
estimulara la
movilización y el apoyo
popular a su restitución
inmediata.
No repetirían los
“errores” de Venezuela;
esta vez la ira de la
reacción elaboraría
mejor su impotencia de
clase y afinaría mejor
su estrategia
destituyente: fabricaría
el golpe de estado sobre
excusas legales y
artilugios jurídicos
que, supuestamente,
justificarían la acción
militar de franca
desobediencia e
irrespeto por los
poderes establecidos y
las instituciones que
los representan. Ni el
Legislativo, ni el
Judicial, pueden
decretar un Golpe de
Estado, es decir, poner
fin a la gestión del
Poder Ejecutivo cuando
éste no les gusta, ¿o
sí?
Es esto lo que se está
ensayando en Honduras:
apelar a “canales”
legales para poner fin
por la fuerza a los
procesos de cambio que
están desarrollándose en
el continente.
Obviamente, como es
natural, el ensayo se
llevan adelante en
territorios donde los
costos políticos
resultan menores porque
los procesos sociales
populares son más
débiles, como es el caso
de Honduras.
El disfraz “democrático”
del Golpe de Estado,
anuncia el nuevo estilo
autoritario de los
poderosos y desnuda el
contenido de su
“democracia” de mercado:
“Cuando me conviene sí,
y cuando no me conviene:
no.” No es la vuelta al
pasado, no hay que
equivocarse: Es el
anuncio de los nuevos
procedimientos de la
derecha impotente. El
neo-golpismo es
“democrático” y
“constitucional”.
Honduras anuncia por
tanto la apertura de una
nueva era: la de los
“golpes
constitucionales”.
Es una alerta clara para
los pueblos de América
Latina desde el Río
Bravo a la Patagonia y,
en particular, para
quienes encabezan
proceso de cambio; el
mensaje del poder es
claro: “Si sigues
desobedeciendo , te
sacamos. ¿Y qué?” Los
neo-golpistas están
tranquilos: cuentan con
el apoyo de los medios
de prensa mundiales, los
cuales, en pocos minutos
imponen ante el mundo el
mensaje que desean
instalar. Así pudo
comprobarse ayer en las
más importantes cadenas
televisivas
internacionales: el
usurpador de la
presidencia de Honduras,
no fue ni es llamado
como tal, sino “Nuevo
Presidente”, como si
fuera el sucesor de
Zelaya y no el cómplice
del asalto y destitución
forzada del gobernante.
La complicad de los
medios no es un dato
nuevo. Pero sí lo es el
formato del golpe:
apoyado en un manto de
supuesta y fraguada
legalidad respaldada por
los Jueces Supremos y el
Parlamento. Para eso
quieren ahora estar en
los parlamentos: no para
ser mejores
representantes de los
pueblos, sino para
llevar adelante sus
proyectos de clase o, si
esto no es posible,
impulsar golpes de
estado, ocultando su
conspiración tras el
manto “constitucional”.
Pero la historia no es
unidireccional ni
unidimensional. Si hoy
se tolera el “golpe
democrático” en Honduras
con al excusa de
“salvaguardar la
constitución”, se está
adelantando y asentando
también una
justificación -por
precedente‑, para la
posible ocurrencia de
“golpes
constitucionales” de
otros signos políticos.
Las reglas del juego
democrático exigen,
precisamente por ello,
paridad en su
cumplimiento. En caso
contrario, dejan de ser
reglas del juego para
transformarse en trucos
de un sector de la
sociedad para ganar
tiempo político y
engañar a las mayorías
en favor de sus
empresas. La seguridad
democrática , vista
desde los pueblos,
consiste precisamente en
eso: construir garantías
biunívocas para que cada
pueblo pueda construir
‑con autonomía e
integradiad‑ el modo de
vida que considere
idóneo y necesario a
para sí, en paz y
respeto hacia los demás
pueblos y procesos.
Llegados a este punto,
vuelve a emerger al
centro de la escena una
cuestión política de
fondo: Los procesos
sociales de cambio solo
pueden ser tales, si se
construyen articulados a
las fuerzas sociales,
culturales y políticas
que apuestan al cambio y
generan el consenso
social necesario para
llevarlo adelante. Y
esto solo puede
realizarse desde abajo,
cotidianamente, en todos
los ámbitos del quehacer
social y político: en lo
institucional y en la
sociedad toda. Un empeño
político y social de
esta naturaleza, no se
alcanza espontáneamente.
No basta con que un
mandatario tenga una
propuesta política que
considere justa o de
interés para su pueblo;
es vital que el pueblo,
los sectores y actores
sociales y políticos
sean parte de la misma,
que hayan participado en
su definición, que se
hayan apropiado de ella.
No hay hechos mágicos en
la política, mucho menos
si se trata de cambiar
la correlación de
fuerzas hegemónicas
hacia una nueva
composición política y
social de fuerzas a
favor de cambios
sustantivos: construir
caminos para salir del
egoísmo agonizante del
mercado y avanzar hacia
sociedades solidarias.
Se trata de un cambio de
hegemonía que reclama
construir la fuerza
social, política y
cultural, el actor
colectivo, capaz de
diseñar y decidir el
rumbo y el ritmo de los
cambios, llevarlos
adelante, sostenerlos y
defenderlos. Esta
también es una enseñanza
vital para los procesos
actuales que en este
continente apuestan a
cambiar la realidad de
injusticia y
discriminación, que
apuestan a profundizar
la democracia, sacándola
del recinto del mercado
para ampliarla y
rediseñarla acorde con
el crecimiento
político-cultural de los
pueblos, construyendo
una democracia ciudadana
con igualdad de
derechos, oportunidades
y posibilidades para
todas y todos.
Este es el camino de la
seguridad democrática
que necesitan los
pueblos del continente,
es el único camino para
que el debate de ideas
pueda fluir sin el
asecho nocturno de los
viejos o nuevos Golpes a
la razón democrática que
reclama la humanidad en
el siglo XXI. Ojala la
retórica democrática que
se levanta desde el
poder cuando no le
resultan los procesos en
otras latitudes, sea
igualmente contundente
cuando se atenta abierta
y descaradamente contra
un proceso legítimamente
democrático como el de
Honduras. Vale recordar:
en el mundo globalizado
bajo la hegemonía del
capital, las lecciones
-en un sentido u otro‑
son siempre globales.
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