|
“(…) los problemas de la
política los solventan
los políticos, y el
Ejército, calladito y
encerrado en sus
cuarteles.”. Así
terminaba el
editorial del lunes 29
de junio del
diario El País en
referencia al golpe de
Estado en Honduras. Y es
que desde aquel otro del
13 de abril de 2002,
tras el golpe de Estado
en Venezuela, ya han
aprendido en este
periódico que puede
salir caro defender un
golpe como hicieron
entonces con un
editorial que terminaba
así:
“Sería bueno que Chávez
y algunos de sus
colaboradores detenidos
rindieran cuentas de sus
desmanes autoritarios y
corruptos ante los
tribunales de su propio
país. Su experiencia,
como la de Fujimori,
debe servir para que se
difunda la lección de
que la democracia no son
sólo votos, sino también
usos”.
Pero este cambio no
quiere decir ni mucho
menos que el rigor y la
honestidad haya dominado
en la forma en que el
rotativo madrileño ha
informado ese día del
golpe de Estado en
Honduras. El titular al
que hemos hecho
referencia es toda una
cadena de malas
intenciones que comienza
por el subtítulo “El
Ejército hondureño
derroca al presidente
Zelaya para evitar un
referéndum
reeleccionista”. ¿Qué
podríamos considerar un
referéndum
reeleccionista? Parece
claro que sería un
referéndum vinculante en
el que se preguntase a
los ciudadanos si
reeligen al presidente.
Como
Ignacio Escolar
recordaba ese día en
Público, lo
que había convocado para
el domingo
“no era la reelección
permanente de Zelaya ni
la presidencia
vitalicia. Ni siquiera
la reforma de la
constitución. Lo que se
votaba era un referéndum
no vinculante para
preguntar a los
hondureños si les
gustaría que en las
próximas elecciones, en
las de noviembre, se
votase también la
creación de una asamblea
constituyente que
reformase la carta
magna. En resumen: era
algo en apariencia tan
inofensivo como
preguntar si se podía
preguntar por reformar
la constitución”.
Pero además -continuaba
Escolar-, “la actual
constitución de Honduras
establece un mandato
único a los presidentes
de cinco años. Zelaya
termina el suyo en
noviembre y, en
cualquier caso, no se
podría presentar a la
reelección porque en esa
fecha no estaría
aprobada la reforma
constitucional que él
propone. Como mucho,
habría sido posible que
en noviembre se votase
la posibilidad de una
reforma constitucional”.
Además, el propio Zelaya
se lo había aclarado al
diario
El País en la entrevista
que publicaban el día
anterior:
“Mire...
Honestamente. No tengo
ninguna opción de
quedarme en el poder. La
única sería romper el
orden constitucional y
no lo voy a hacer”. “¿Es
su palabra?” –inquiere
el periodista-. “Sí, yo
voy a terminar mi
gobierno el 27 de enero
del 2010. Eso es lo que
voy a hacer”, responde
el presidente hondureño.
De modo que un jefe de
Estado responde con unas
afirmaciones al
periódico y al día
siguiente el editorial
da por buenas las
intenciones contrarias.
Pero sigamos con el
editorial, porque más
adelante ponen a la
misma altura al
presidente
democráticamente elegido
y a los militares que lo
derrocan fusil en mano y
lo expulsan del país:
“Y lo cierto es que ayer
domingo el presidente o
los militares, unos u
otros, iban
inevitablemente a violar
la legalidad. Zelaya,
con una consulta no
prevista por la
Constitución, y a la que
se habían opuesto el
Congreso, la autoridad
electoral y el Supremo,
y los militares
tomándose por su mano
una justicia que no les
corresponde”.
Omite el editorial que
lo que pretendía el
presidente hondureño era
una simple encuesta: no
era obligatorio
responder (mientras que
el voto sí lo es en ese
país), no suponía tomar
ninguna decisión
vinculante para ningún
organismo público y lo
organizaba el Instituto
Nacional de
Estadísticas. Lo que el
diario denomina
“Tribunal Supremo”, es
el Tribunal Supremo
Electoral, que no forma
parte del poder judicial
puesto que lo nombra el
Parlamento y su función
es regular las
elecciones no derrocar
presidentes y mandarlos
en un avión a Costa
Rica.
Para el editorial de El
País lo que entraba en
colisión en Honduras no
era la democracia contra
el golpismo militar:
“Lo que aquí se dirimía
era, en definitiva, el
equilibrio de fuerzas en
América Latina, de forma
que si Zelaya se salía
con la suya en la
consulta reeleccionista,
ganaba terreno el
chavismo en América
Central, donde ya la
Nicaragua de Daniel
Ortega hace las veces de
fiel escudero del
presidente venezolano”.
Es decir, lo que “nos
jugábamos” (podría haber
recurrido a la primera
persona el diario) era
permitir otro presidente
chavista. ¡Hasta ahí
podíamos llegar!
Y aunque el editorial,
como dijimos al
principio, condena el
golpe, en las páginas
del diario de ese mismo
día proponen la solución
mediante
una entrevista a Miguel
Ángel Bastenier
, especialista en
América Latina,
editorialista de El País
y ex responsable de
relaciones
internacionales del
diario. En lugar de
incluir su opinión como
artículo lo presentan
como una entrevista para
que no se note que es la
voz del periódico. Así
termina la entrevista:
¿La solución? Para
Bastenier, "que vuelva
Zelaya, que se olvide
del referéndum, y que
las presidenciales de
noviembre decidan hacia
dónde quiere ir el
país". "El único
presidente de Honduras
es Manuel Zelaya,"
concluyó, "todo lo otro
es una farsa".
Ahora lo entendemos
todo. El golpe no se
puede defender, eso lo
sabe hasta El País. De
lo que se trata es de
que los militares
devuelvan al presidente
con la condición de que
ya no haga lo que quería
el presidente, sino lo
que querían los
militares: que no
convocase la consulta.
Por si alguno no se
había enterado en qué
consiste la democracia:
en que los gobernantes
pueden hacer lo que
quieran siempre y cuando
estén de acuerdo las
oligarquías y los
militares (y el diario
El País). Mira que lo
tienen dicho.
www.pascualserrano.net
Nota:
En realidad no acaba
aquí la operación
desinformativa del
diario El País de ese
día con Honduras. Un
reportaje titulado
“ La tentación de la
presidencia vitalicia”
, aún carga
más las tintas en la
responsabilidad del
presidente hondureño. A
todo ello se suma la
calificación recurrente
de populista para Zelaya
en las informaciones de
los días anteriores,
algo a lo que ya estamos
acostumbrados cuando se
trata de presidentes
incómodos. Pero todo
ello lo dejamos para
otro momento que con lo
analizado ya tenemos
bastante. |