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Para quienes defendemos
la democracia, cualquier
intento de tumbar la
voluntad popular
mediante las armas, es
rechazada. Sucede, sin
embargo, que a la
mayoría de gobernantes
del mundo (y a las
clases oligárquicas que
los sustentan), el
cuento de la democracia
les trae sin cuidado, y
no tienen reparos en
apoyar aquellos golpes
de estado que les
convienen. Hace apenas
siete años, los
gobiernos de Estados
Unidos y de España
apoyaron el golpe de
estado contra el
Presidente Chávez, hoy,
sin embargo, condenan el
secuestro del presidente
hondureño Zelaya y
exigen la restitución
del orden
constitucional. ¿Qué ha
cambiado de 2002 a 2009?
¿Será el "Yes, we can"
de Obama? ¿El talante de
Zapatero?
O ni una cosa ni la
otra, pues lo que ha
cambiado verdaderamente
es el mapa político de
Latinoamérica. Cuando se
planeó el golpe de
Estado en Venezuela,
apenas Cuba era un
aliado estable del
gobierno bolivariano. Y
por mucho afecto que
tengamos por la más
grande de las islas del
Caribe, la oposición de
Cuba al gobierno
golpista no habría
alterado demasiado la
agenda en Miraflores. La
situación en 2009 es
diametralmente distinta.
¿Qué perspectivas de
prosperidad puede tener
un país de siete
millones de habitantes
cuyo gobierno no sea
reconocido por la
mayoría de gobiernos de
Latinoamérica, cuyo
petróleo depende de
Venezuela y sus
servicios de asistencia
sanitaria dependen de la
solidaridad de los
médicos cubanos? Ningún
gobierno en el mundo,
por más de derechas que
éste sea, apoyaría un
golpe de estado
condenado al fracaso.
¿Y entonces porqué la
oligarquía hondureña se
obstina en realizarlo?
La respuesta la tenemos
quizás en las
declaraciones realizadas
por Rafael Correa,
presidente de Ecuador,
quien ha insistido en la
restitución del
presidente Zelaya sin
condiciones. El
verdadero objetivo de la
oligarquía no es cambiar
su presidente sinó
evitar el inicio de una
reforma constitucional
que podría llevar a su
irreversible pérdida de
influencia sobre la
partidocracia hondureña.
La desesperación de esta
oligarquía es tal, que
para lograr su objetivo
no tiene reparos en
situar el país
centroamericano al borde
de una guerra civil. Si
Zelaya fuera restituido
en su cargo con el
compromiso de no iniciar
la reforma
constitucional, los
golpistas podrían darse
por satisfechos.
En definitiva, el golpe
de estado en Honduras,
más allá del dolor e
indignación que nos
produce, evidencia las
transformaciones que se
vienen produciendo en
Latinoamérica estos
últimos años. Esperemos
que se imponga el
sentido común y que el
pueblo hondureño pueda
reformar su constitución
para cerrar la
partidocracia y abrir el
camino hacia una
democracia participativa
y protagónica. Y
esperemos también que
las fuerzas armadas
hondureñas tengan la
responsabilidad de no
abocar el país a una
tragedia, en este
sentido, la ascendencia
de Chávez sobre los
militares fue decisiva.
Y, por si las moscas,
movilicémonos para que
así sea. |