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La Habana

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Alfredo García Por Esto!

 

Al no contar con el apoyo de su benefactor norteamericano y desafiando instituciones multilaterales regionales y mundiales, los oligarcas hondureños se declararon “especie en extinción”.

El golpe de Estado al presidente Manuel Zelaya no sólo fue el empleo de un inaceptable método de fuerza para tomar el poder, sino la renuncia de un sector de la clase política y económica a ocupar un lugar en las transformaciones democráticas del país.


Los movimientos nacionalistas y populares que desde hace casi dos décadas sacuden el continente, pusieron a prueba a los sectores oligárquicos que defendieron con celo la democracia cuando se trató de alternarse en el poder, pero que fueron incapaces de transformarse en una auténtica oposición.

En Venezuela y Bolivia, por mencionar a los dos procesos revolucionarios democráticos más avanzados, la oligarquía en vez de garantizar su sobrevivencia adaptándose a los cambios democráticos, ensayó todos los métodos para burlar la voluntad mayoritaria del electorado. Sin embargo en ambos casos, la torpe renuencia a un acomodo a la realidad pudo justificarse por el aliento y apoyo que recibieron durante la administración de George W. Bush.

En el caso de Honduras, un hecho sin precedentes cambió las reglas del juego. Una de las primeras condenas a la quiebra del orden institucional y reconocimiento del presidente Manuel Zelaya como legítimo jefe de Estado, después del asalto militar a su residencia que lo derrocó y secuestró, procedió del propio presidente Barack Obama, la secretaria de Estado Hillary Clinton, y el embajador norteamericano en Honduras.

Para nadie es un secreto los históricos vínculos de Washington con el alto mando militar hondureño. Baste mencionar el uso de su territorio como plataforma y santuario para la invasión mercenaria organizada por la CIA que derrocó al presidente constitucional guatemalteco Jacobo Arbenz y su empleo como base de entrenamiento y retaguardia de la “contra” durante la “guerra sucia” del presidente Ronald Reagan contra la revolución sandinista, para confirmar los comprometidos lazos de lealtad entre el Pentágono y el Estado Mayor de las fuerzas armadas hondureñas.

Por lo que no sorprendería conocer que en días previos a la asonada militar, existieran conversaciones y consultas entre funcionarios de la embajada norteamericana y los ejecutores políticos y militares del golpe de Estado, lo que a juzgar por la posición asumida por Washington, sugiere rotunda desaprobación.
Una urgente cumbre de la Alianza Bolivariana de las Américas en Nicaragua, con la participación del presidente hondureño Manuel Zelaya, tiene lugar desde ayer en Nicaragua, con unánime decisión de no permitir se consuma el crimen contra la democracia hondureña.

Por primera vez en la historia, coinciden EU, el ALBA, la OEA y la ONU, en sus declaraciones en defensa de la democracia. Algo muy importante pero no suficiente. Si las palabras coinciden con la voluntad política, no se puede perder tiempo. Es necesario un urgente esfuerzo multilateral para reincorporar al presidente Zelaya a sus funciones. La mejor lección para los “dinosaurios” hondureños y el resto de la “especie” que observa con atención los acontecimientos.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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