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Al no contar con el
apoyo de su benefactor
norteamericano y
desafiando instituciones
multilaterales
regionales y mundiales,
los oligarcas hondureños
se declararon “especie
en extinción”.
El golpe de Estado al
presidente Manuel Zelaya
no sólo fue el empleo de
un inaceptable método de
fuerza para tomar el
poder, sino la renuncia
de un sector de la clase
política y económica a
ocupar un lugar en las
transformaciones
democráticas del país.
Los movimientos
nacionalistas y
populares que desde hace
casi dos décadas sacuden
el continente, pusieron
a prueba a los sectores
oligárquicos que
defendieron con celo la
democracia cuando se
trató de alternarse en
el poder, pero que
fueron incapaces de
transformarse en una
auténtica oposición.
En Venezuela y Bolivia,
por mencionar a los dos
procesos revolucionarios
democráticos más
avanzados, la oligarquía
en vez de garantizar su
sobrevivencia
adaptándose a los
cambios democráticos,
ensayó todos los métodos
para burlar la voluntad
mayoritaria del
electorado. Sin embargo
en ambos casos, la torpe
renuencia a un acomodo a
la realidad pudo
justificarse por el
aliento y apoyo que
recibieron durante la
administración de George
W. Bush.
En el caso de Honduras,
un hecho sin precedentes
cambió las reglas del
juego. Una de las
primeras condenas a la
quiebra del orden
institucional y
reconocimiento del
presidente Manuel Zelaya
como legítimo jefe de
Estado, después del
asalto militar a su
residencia que lo
derrocó y secuestró,
procedió del propio
presidente Barack Obama,
la secretaria de Estado
Hillary Clinton, y el
embajador norteamericano
en Honduras.
Para nadie es un secreto
los históricos vínculos
de Washington con el
alto mando militar
hondureño. Baste
mencionar el uso de su
territorio como
plataforma y santuario
para la invasión
mercenaria organizada
por la CIA que derrocó
al presidente
constitucional
guatemalteco Jacobo
Arbenz y su empleo como
base de entrenamiento y
retaguardia de la
“contra” durante la
“guerra sucia” del
presidente Ronald Reagan
contra la revolución
sandinista, para
confirmar los
comprometidos lazos de
lealtad entre el
Pentágono y el Estado
Mayor de las fuerzas
armadas hondureñas.
Por lo que no
sorprendería conocer que
en días previos a la
asonada militar,
existieran
conversaciones y
consultas entre
funcionarios de la
embajada norteamericana
y los ejecutores
políticos y militares
del golpe de Estado, lo
que a juzgar por la
posición asumida por
Washington, sugiere
rotunda desaprobación.
Una urgente cumbre de la
Alianza Bolivariana de
las Américas en
Nicaragua, con la
participación del
presidente hondureño
Manuel Zelaya, tiene
lugar desde ayer en
Nicaragua, con unánime
decisión de no permitir
se consuma el crimen
contra la democracia
hondureña.
Por primera vez en la
historia, coinciden EU,
el ALBA, la OEA y la
ONU, en sus
declaraciones en defensa
de la democracia. Algo
muy importante pero no
suficiente. Si las
palabras coinciden con
la voluntad política, no
se puede perder tiempo.
Es necesario un urgente
esfuerzo multilateral
para reincorporar al
presidente Zelaya a sus
funciones. La mejor
lección para los
“dinosaurios” hondureños
y el resto de la
“especie” que observa
con atención los
acontecimientos. |