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Si usted ha decidido
informarse de la
situación en Honduras
por el diario El País,
quedará convencido de
que, aunque es un golpe
de estado lo ocurrido,
el acto, no pasa en
puridad de un sorpresivo
ejercicio arbitrario del
derecho. O un mal
momento de díscolos
sanguíneos defensores de
la ley. La encuesta
defendida por el
presidente
constitucional
hondureño, José Manuel
Zelaya Rosales, no se
refleja como lo que en
sí misma es: una
encuesta que pueda
reflejar, de modo
científico, sobre la
base de las urnas, es
decir sobre el paradigma
de la democracia, la
opinión popular; es, sin
más y adivinando un
posterior proceso, una
“consulta
reeleccionista” que su
propio editorial del 29
de junio considera
violatoria de la
legalidad. Curiosamente,
la ley que declara
ilegal a la encuesta,
mediante la cuarta urna
no obligatoria y no
vinculante, fue
redactada ad hoc,
es decir, utilizando las
facultades conferidas al
poder judicial para
imponer una opinión
política sobre la base
de una presunta
consecuencia y no, como
se hace creer, sobre
hechos consumados, por
tanto en ese caso sí,
ilegalmente. Por
dondequiera que entres,
tanto la impunidad como
el cinismo hieden.
El periodista Pascual
Serrano, con su habitual
inmediatez, fue el
primero en revelar estas
burdas maniobras
informáticas en las que
El País se
complace sin rubor, al
publicar su trabajo “Un
editorial que parece que
condena un golpe”.
Luego, Patricia Rivas,
en su profesional y
equilibrado artículo
“Honduras: al diario
El País se le sale
el golpismo”, compara el
tratamiento dado al
editorial del 13 de
abril de 2002, relativo
al golpe ocurrido en
Venezuela, con el que
dedican al perpetrado en
Honduras durante la
madrugada del 28 de
junio de 2009, y
demuestra que las
diferencias formales no
lastran la coincidencia
política-ideológica. El
doble sentido
comunicacional de
connivencia con los
golpistas está
evidentemente manejado,
no solo en la edición de
facto, sino además en
las previas y, para no
ser incoherentes, en las
posteriores. También el
ensayista Enrique
Ubieta, en su blog y
sobre todo en su
reciente “¡Viva la
democracia!”, revela el
procedimiento de
connivencia, colocación
y asentamiento que la
CNN ha desplegado para
anular las continuas e
imprescindibles condenas
al golpismo.
La edición de este
primero de julio de
El País reafirma el
objetivo.
El reportaje del enviado
especial a Tegucigalpa,
Pablo Ordaz, cuyo título
“Si Zelaya regresa a
Tegucigalpa será
detenido” aparece
precedido del definidor
cintillo “ROBERTO
MICHELETTI | Nuevo
presidente hondureño”,
convierte en agua de
borrajas a las condenas
y resoluciones de
organismos y gobiernos
internacionales. Es un
hecho que Honduras tiene
un “nuevo presidente” y
que el legítimo será
arrestado si comete la
locura de volver. En la
visión del reportero,
por demás, el acto en la
plaza, frente a la
estatua de Morazán,
manifiesta de manera
explícita que los
golpistas, aun a pesar
de lo reprochable del
procedimiento, cuentan
con la mayoría por lo
que, es obvio, quedarán
disculpados. No importa
que sea incoherente,
contradictorio en sí
mismo, que en ese caso
no debieron temerle a la
consulta popular, pues
esas mayorías, por el
hecho de serlo y de
votar, ganarían
inobjetablemente en las
urnas; no importa que el
ejército haya cerrado a
los manifestantes el
acceso a la capital ni
que los repriman con
gases y agresiones
físicas e incluso los
persigan hasta los
hospitales, una vez
heridos; ni importa,
¡qué cinismo!, que
medios alternativos o de
contraria opinión
pública hayan sido
cortados, censurados,
agredidos, vejados por
las fuerzas golpistas.
¿No es para preguntarse
por qué el enviado
especial, supongo que un
profesional del
periodismo que bien
domine sus técnicas,
nada nos dice acerca de
qué piensa el usurpador
de la falsa carta de
renuncia que usó para
juramentarse como
presidente? Tiene ahí
una ilegalidad difícil
de justificar, delito
que, en otros
infractores, su
información no pasaría
por alto. En caso
análogo, aunque en
inversa dirección
ideológica, podía quedar
en riesgo inminente de
despido por solo olvidar
formularle la pregunta.
Incluso podía habérselas
arreglado para dejarle
ver que se inclinaba a
creerle, respecto al
carácter apócrifo de la
carta, más a él que a
Zelaya. ¿Será que
también hay peligro de
despido si salta la
barrera y fuerza al
señor Roberto Micheletti
a ofrecer al menos una
aproximación de su
criterio? Pero la
dirección del diario
español, propiedad de la
expansiva multinacional
PRISA, prefiere
sacrificar el
profesionalismo antes
que poner en bancarrota
sus preceptos
ideológicos. Con que el
golpe aguante, basta.
Luego a confiar en la
desidia y el olvido
cargante que en medio de
la crisis pudieran
insertarse. El
“presidente” golpista no
solo demuestra su
incontinencia de
carácter airado sino
además su absoluta falta
de tacto al advertirle
al mismo periodista que
el embajador de los
Estados Unidos había
participado en los
intentos de disuadir al
presidente Zelaya de
establecer la consulta,
algo que se había
denunciado antes de las
elecciones y que de
pronto no aparece como
demasiado “vinculante”
en los reportes de
prensa dado que Obama ha
condenado, como
corresponde, el golpe.
La crónica de El País
“cumple” con su deber
informativo apenas
añadiendo que una
colaboradora le tira de
la manga sin que él
demuestre reparar en
ello.
La intención es tan
marcada, que la
inmediata encuesta de
El País, formulada
bajo la pregunta
“¿Debería intervenir la
comunidad internacional
para neutralizar el
golpe de Estado en
Honduras?”, no se limita
a colocar Sí o No en las
posibles respuestas,
sino que añade “es una
cuestión interna” a la
casilla No. ¿Son tontos
los tíos y tías de El
País?, se preguntan
algunos ante la
cabalgante falta de
profesionalidad. Y no lo
son ni un ápice. Mire
usted que aparece, junto
a este reportaje, un
dolido artículo de Jorge
Volpi, un escritor de
obra, respetado, en el
que, mediante “la
variable dictatorial de
Castro” y la forzosa
descalificación abstrusa
del chavismo, asume LA
TRIBUNA del diario e
intenta cancelar la
posibilidad del legado
de Bolívar.
No pueden esconderse a
estas alturas los
costurones de la
desesperada campaña. El
proyecto de integración,
que se suponía derrotado
para siempre, resurge
antes de que estén en
condiciones para
detenerlo. Una vez
entendido el método
jurídico, la hegemonía
sobre la propia
democracia
representativa hace
aguas, y se perfila
posible que las masas se
expresen y que voten. La
inmensa mayoría de las
consultas populares, que
en este siglo XXI se han
llevado a cabo bajo
campañas de descrédito,
golpes bajos y acciones
terroristas, han
demostrado el rumbo de
la expresión y el deseo
popular. Lo que preocupa
en verdad es que la
historia marca un curso
diferente; el pánico
cunde a partir de que se
va demostrando que las
transformaciones
sociales pueden
progresar compulsadas
desde el propio
ejercicio de la
democracia
representativa (algo que
en momentos anteriores
de la historia
hubiéramos considerado
utópico) y que la
fórmula, si se entiende
según las condiciones
específicas para cada
nación, según los
requisitos de las
fuerzas en marcha, puede
dar frutos de avance a
un socialismo ganado por
las urnas. De ese modo
lo ven con claridad, de
ahí que en Honduras se
reaccione contra una
simple consulta,
colgándose de la brocha
satánica de un chavismo
que ellos mismos
diseñan, manipulándolo
sobre sucios y espurios
métodos, ajenos sin
remedio a los más
tímidos atisbos de la
ética.
Los fines de El País
no se vislumbran,
pues, en el ejercicio
democrático de los
poderes del estado ni,
mucho menos, en el libre
y democrático ejercicio
de la información y la
opinión de prensa, sino
en la hegemonía
neopanglosiana que
impone como el menor de
los males posibles, casi
un don, el dominio de
las oligarquías
financieras, el vertical
consenso de la opinión
pública a partir de
constructos ideológicos
cerrados, excluyentes,
predeterminados por el
neoliberalismo
empresarial. Si las
mayorías opinan
diferente, El País
justifica que se les
aplaste, se les reprima
y se les masacre, como
en el caso de Honduras
con las Fuerzas Armadas,
la Policía y el “airado”
Micheletti, cuyo único
defecto parece ser su
tendencia al exabrupto
ante la prensa. Y si las
minorías opinan como al
diario le place, como se
puede apreciar en su
incansable y ya cansina
campaña de oposición
política contra el
gobierno bolivariano que
preside Hugo Chávez,
entonces sí se justifica
el despliegue
publicitario, la
omisión, la manipulación
ideológica, la
tergiversación de
sucesos y hasta la
mentira flagrante, por
delito que fuese en
otros casos. No solo
justifican, sino además
conducen el futuro del
golpe, con el golpista
de turno, o con otro que
venga a “suavizar” el
paño, pues los medios
van bien si con los
fines serán
reconciliados.
No estamos en presencia,
entonces, de un ortodoxo
ejercicio de manual
establecido por la
Escuela de las Américas,
sino de un nuevo giro en
el que la cadena de
sucesos reinstaura la
pátina de sus eslabones,
aprovechando que el
nivel de organización y
despliegue de los
movimientos populares
hondureños es aún
limitado, tanto en
organización como en
recursos, y, sobre todo,
omitiendo detalles
importantes que puedan
subvertir las
conclusiones ya marcadas
por los objetivos, esos
sí, aún procedentes del
manual. En los reportes
de prensa de medios como
la CNN o El País,
concentrados en
garantizar su hegemonía
(algo que también ha
empezado a sacudirse con
alternativas), el camino
trazado al objetivo se
cumple estrictamente,
pues, como bien lo
saben, está en juego el
futuro de América Latina
y, con interpretación
explícita que no pueden
eludir, el propio
ejercicio de su
hegemonía corporativa.
Notas:
[1]
“Golpe a un caudillo”,
http://www.elpais.com/articulo/opinion/Golpe/caudillo/elpepio
pi/20020413elpepiopi_2/Tes
[2]
“La vuelta del golpe”,
http://www.elpais.com/articulo/opinion/vuelta/golpe/elpepuop
i/20090629elpepiopi_1/Tes
[3]
Aunque en el Diccionario
de la Real Academia de
la Lengua puede leerse:
“1. m. desus. El hecho,
en contraste con el
dicho o con lo pensado.
2. m. desus. Negocio,
provecho”, cualquier
inclinación del sentido
semiótico es,
obviamente, una
intención que el autor
prefiere hacer explícita
y no dejarla sólo en la
ironía semántica.
[4]
Aunque el artículo de
Volpi, “La pesadilla de
Bolívar”, es refutable
en la inmensa mayoría de
sus puntos, no va en
este momento de
propósito. |