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Es curioso el modo en
que la contrarrevolución
internacional asume el
término de “pueblo” y
juega a las mayorías
como si de simples
palabras se tratara.
Mayorías a las que
ningunea en la vida
cotidiana. Leyendo
unas letras
del pequeño hijo del
gran hombre y poeta que
fue Eliseo Diego, a
propósito del golpe en
Honduras, me vino a la
mente una frase de un
comentarista de la
prensa antichavista en
Venezuela.
Aquel señor exhortaba
con vehemencia a “la
gente” para que
asistiera a las
elecciones
parlamentarias y votara
contra el “oficialismo”.
Su definición implícita
de “gente” no podía ser
más descriptiva: “El 4
de diciembre del 2005 el
venezolano no debe ir
para Margarita a
relajarse, no se debería
ir para Miami a comprar,
no debería ir al
gimnasio a ejercitarse,
no debe de quedarse en
casa viendo Globovisión
o HBO, sino que debe
trabajar por su país”.
Es evidente que los
venezolanos a quienes
hablaba el autor no
vivían en los cerros de
Caracas. Para él la
gente que contaba, era
lo opuesto a los Juan
Bimba, los
pata-en-el-suelo, los
tierrúos, los
marginales, los monos,
apelativos que según el
lingüista venezolano
Alberto Rodríguez
Carucci han
caracterizado a los
pobres en el discurso
tradicional de adecos y
copeyanos. ¿Qué es el
populismo?, ¿quiénes han
sido sus representantes?
Cualquier manual de
historia puede
esclarecerlo: los
políticos burgueses como
Carlos Andrés Pérez.
Populistas eran los
demagogos, y la
demagogia –que no es
otra cosa que doble
moral, esa palabra que
tanto usa la
contrarrevolución para
acusar a los demás--,
fue durante la Guerra
Fría un recurso
desesperado de la
burguesía, en países
pobres y dependientes.
Llegó entonces el
momento soñado en que
“el otro mundo” (el
socialista) se
desmoronó, y los
burgueses se percibieron
como triunfadores
absolutos. De la
demagogia –francamente
defensiva--, se pasó al
cinismo arrogante, el de
Bush y Aznar, al
“bushaznarismo”.
Nuestros
contrarrevolucionarios
ilustrados tomaron la
seña y ya nunca más se
autoproclamaron
martianos.
Prescindir de aquellas
citas incómodas que
hablaban de pobres y de
monstruos de siete
leguas y de dos Américas
–la nuestra y la que no
lo es--, fue un alivio.
Entonces actuaron con la
lógica de cualquier
ladrón de barrio: todos
los hombres y mujeres
que “trabajan” para el
pueblo, lo hacen en
realidad para sí mismos;
todos los que censuran a
los ladrones son
potenciales ladrones.
El mundo es del color de
mis ojos. Así que
trasladaron a los viejos
enemigos de clase la
desgastada etiqueta del
invento burgués. Hasta
que el triunfo burgués
no les pareció ya tan
absoluto y aparecieron
nuevos demagogos como
Obama, pero este es ya
otro cuento. Creo que me
desvié de tema.
Quería decir que el
supuesto o el real
populista, en este caso
da igual, parte de una
premisa: lo que hace o
dice —y aquí sí importa
la diferencia—, es bien
recibido por las
mayorías. Por eso es tan
complicado entender a
los ideólogos de la
burguesía cuando miden
el apoyo o el rechazo de
sus amigos y de sus
enemigos. Y vuelvo al
artículo de Diego Jr.
Según su peculiar
óptica, a Zelaya “más de
media Honduras se le
opuso”. Lo que en buen
español significa que no
era popular. Y si no lo
era, ¿cómo podía ser
calificado de
populista?, y si no lo
era, ¿por qué temerle a
una consulta popular,
incluso a su supuesta
intención reeleccionista?
Ah, pero es que “Mel
Zelaya se montó en el
burro de la tozudez y
movilizó ‘al pueblo’”,
agrega.
¿Por qué entrecomilla la
palabra pueblo? ¿Será
que, contrariamente al
articulista venezolano,
se refiere al vulgo, a
la chusma, a los que no
cuentan? Sospecho que
cuando Diego Jr. habla
en cambio de oposición
generalizada, tiene en
mente únicamente a “los
que cuentan” en el país
más pobre de América (en
competencia con Haití).
Diego Jr. habla de la
gente de CNN. Hace
tiempo que estoy tentado
a revisar la posición
que nuestra
contrarrevolución
ilustrada ha asumido en
los últimos años frente
a los más calientes
tópicos de la política
internacional. Por
instinto de clase, están
en contra de todo lo que
Cuba apoye, y viceversa.
Me temo que el resultado
será desesperanzador:
ellos parecen estar más
a la derecha que el
mismísimo jefe del
imperio. Si se les mide
por sus declaraciones,
son más papistas que el
Papa. Pero no es una
diferencia real, la
razón es sencilla: como
buenos animales
políticos, ellos no
escuchan a Obama, sino a
The Wall Street Journal.
Ya los veremos retomar
algunas frasecillas del
Apóstol. Obama en cambio
sí que sabe hacer las
cosas. Se abstiene de
decir lo que la prensa
debe decir. Así que The
Wall Street Journal
habla de un “golpe
democrático” –recuerde
el lector que Pinochet
se ufanaba de que la
suya era una
“dicta-blanda”--, pero
amonesta a los golpistas
y les explica con
paciencia pedagógica
cómo deben actuar.
“Hubiera sido más
inteligente no mandar a
Zelaya al exilio al
amanecer”. “La ruta
correcta —dice el
periódico—, era la de
destituir a Zelaya y
entonces detenerlo por
violar la ley”.
Diego Jr. se esfuerza en
su artículo por repetir
cada una de las ideas
del órgano rector, en
una forma y lenguaje que
parezcan personales.
Otros camaradas suyos de
bando (o de la banda)
han sido más cuidadosos:
ponen links en cualquier
texto que siga las
directrices y remiten al
lector directamente a la
prensa imperial.
Pero lo cierto es que la
legalidad burguesa,
cuidadosamente
construida para sostener
y reproducir al
capitalismo, está
seriamente averiada. Hay
que reinventarla, se
dicen, porque lo que no
puede suceder es que de
pronto democracia sea de
verdad eso que los
libros dicen: el poder
del pueblo, por el
pueblo y para el pueblo.
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