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Desde 1960 hasta
1989 el promedio fue de
12 cuartelazos anuales.
En 1968 el 62 por ciento
de Latinoamérica, Medio
Oriente, Asia
Sudoccidental y África
estaba gobernado por
dictaduras militares. El
total de
pronunciamientos
militares que han
castigado Latinoamérica
en toda su historia
asciende a 327
El golpe de estado es
una antigua práctica con
tufo a campamento
militar. Según la
enciclopedia on line
Wikipedia, la locución
procede del francés
coup d’État y
significa «toma súbita y
violenta del poder
político por un grupo de
poder, vulnerando
El concepto debutó en
Francia en el siglo
XVIII. Pretendía
justificar las acciones
de fuerza empleadas por
el rey —violatorias de
todas las legislaciones
vigentes— para
deshacerse de sus
enemigos, siempre con el
pretexto de mantener «la
seguridad del Estado o
el bien común».
Aquella definición
original tiene zonas
comunes con lo que en
política se llama hoy
«autogolpe», es decir,
cuando el gobernante de
un país democrático se
autoconcede atribuciones
hasta entonces solo
concernientes al Estado
y sus poderes. Así
ocurrió en Perú en 1992.
El presidente Alberto
Fujimori disolvió el
Congreso de la República
e inauguró un régimen
autoritario que gobernó
hasta el año 2000.
Antes, en 1930, apareció
Técnica del golpe de
estado, libro de Curzio
Malaparte, que le otorgó
modernidad al concepto.
Dice en sus páginas: «El
golpe de Estado es un
recurso de poder cuando
se corre el peligro de
perder el poder». Esta
afirmación sirve para
recordar que el golpe de
Estado ha sido un
recurso de las clases
dominantes cuando se les
agotan los recursos de
dominio constitucional y
democrático.
A los cubanos la
expresión «golpe de
Estado» suele traernos
odiosos recuerdos. Fue
por la ruta de la bota y
la bayoneta que
Fulgencio Batista tomó
por la fuerza las
riendas del país en la
madrugada del 10 de
marzo de 1952. Durante
casi siete años nos
impuso una feroz
dictadura que dejó un
saldo de más de 20 000
compatriotas muertos.
Otro tirano digno de la
antología del crimen, el
tristemente célebre
Augusto Pinochet,
derrocó con similares
métodos a Salvador
Allende, presidente
constitucional de Chile,
el 11 de septiembre de
1973. Antes de morir en
combate en el
santiaguino Palacio de
la Moneda, el estadista
sudamericano ofreció
tenaz resistencia a los
traidores.
Los golpes de Estado
proliferaron
especialmente en el
mundo en los años 60 de
la pasada centuria.
Desde 1960 hasta 1989 el
promedio fue de 12
cuartelazos anuales, es
decir, uno al mes. El
diario digital español
20 Minutos asegura que
hubo años, como 1963, en
que cada dos semanas
tenía lugar una asonada
militar en algún lugar
del planeta. «Entender
quién había llegado al
poder, cómo y por qué,
ocupaba buena parte de
los análisis y
editoriales de la
prensa», acota.
Según el venezolano
Virgilio R. Beltrán, en
1968 el 62 por ciento de
Latinoamérica, Medio
Oriente, Asia
Sudoccidental y África
estaba gobernado por
dictaduras militares. Y
agrega: «Si hacemos
cuenta del total de
pronunciamientos
militares documentados
en 25 países, desde 1902
hasta la última
jugarreta de golpista en
Venezuela (2002),
resultan 327 golpes de
Estado, contando los que
se estabilizaron como
dictaduras por meses o
años y aquellos que
duraron pocos días, como
fue el caso de los
repetidos golpes de
Estado en Bolivia».
Realmente, en la
historia latinoamericana
los cuartelazos
parecieron poseer el don
de la ubicuidad desde
que en el siglo XIX
comenzó a transitar por
las sendas de la
independencia. Suerte de
espada de Damocles,
muchos gobernantes
constitucionales de la
región la vieron pender
—¡y abalanzarse!— sobre
sus cabezas en
diferentes períodos.
Hubo casos en que los
militares no lograron
controlar el poder. Como
el ocurrido en la ciudad
peruana de El Callao, en
1834, cuando el
presidente, Luis José de
Orbegoso, se refugio
allí perseguido por los
golpistas al mando de
los oficiales Gamarra y
Bermúdez. El pueblo se
enfrentó a los
complotados, los derrotó
y devolvió el cargo a
Orbegoso. Desde entonces
El Callao ostenta el
título de «La Fiel y
Generosa Ciudad del
Callao, asilo de las
Leyes y de la
Libertad».Y casos como
el de Panamá en 1902,
considerado el primer
golpe de Estado
latinoamericano de este
siglo, cuando los
miembros de la Compañía
constructora del Canal
se alzaron en armas,
ocuparon el Palacio de
gobierno y se separaron
de Colombia.
El periodista argentino
Modesto Emilio Guerrero
dice en su artículo
«Memoria del golpe de
Estado en América Latina
durante el siglo XX»,
que el total de
pronunciamientos
militares que han
castigado a los países
del subcontinente en
toda su historia
asciende a 327. A pesar
de que muchos no pasaron
de la anécdota, dan una
idea bastante clara de
lo extendida que estuvo
semejante práctica en
los cuarteles.
Bolivia encabeza en
Iberoamérica la lista
histórica de los países
con más golpes
intentados o consumados:
190, de los cuales 23
triunfaron. El país
andino llegó a registrar
más tentativas golpistas
que años de
independencia. Colombia
lidera el otro extremo,
con solo cuatro asonadas
en su currículo. Seis
países del subcontinente
pasaron entre 45 y 50
años de siglo XX
gobernados por gente de
uniforme: Venezuela,
Paraguay, Guatemala,
Nicaragua, Brasil,
Argentina, Bolivia.
No causa asombro
entonces que el término
gorila, que identifica a
los golpistas brutales,
tenga linaje
latinoamericano, pues el
primero en darle uso con
esa connotación fue un
programa argentino
llamado La Revista
Dislocada, en 1955. Por
entonces se proyectaba
el filme Mogambo, con
Clark Gable y Ava
Gardner, que acontecía
en la selva. El programa
comenzó a parodiarlo y
el público creyó oír en
lo que decía un
personaje («¡deben ser
los gorilas, deben
ser...!») una alusión a
un complot para derrocar
al presidente Juan
Domingo Perón. La Real
Academia le da a gorila,
entre otras acepciones,
el significado de
«militar que actúa con
violación de los
derechos humanos».
Los cuartelazos
desaparecieron al sur
del río Bravo en los
años 80 y 90 de la
pasada centuria, cuando
hicieron mutis los
últimos regímenes
militares y volvió por
sus fueros la democracia
representativa. Solo una
asonada castrense
triunfó desde entonces:
la que encabezó en 1989
en Paraguay el general
Andrés Rodríguez contra
la cruenta dictadura de
su anciano suegro, el
también entorchado
Alfredo Stroessner.
En la etapa hubo un
intento de golpe de
Estado fallido. Lo
sufrió el presidente
venezolano Hugo Chávez
cuando en abril de 2002
la reacción lo apartó
del cargo por dos días.
El cuartelazo lo
azuzaron la CIA y
algunos medios de prensa
para frustrar el proceso
revolucionario iniciado
allí por el carismático
líder. Pero al final los
militares leales y el
pueblo lo repusieron en
el Palacio de
Miraflores.
Algunos expertos dicen
que ya los golpes de
Estado fueron
sustituidos por los
golpes de calle,
revueltas populares de
protesta que dieron el
golpe de gracia a las
presidencias de Abdalá
Bucaram (Ecuador, 1997),
Raúl Cubas (Paraguay,
1999), Jamil Mahuad
(Ecuador, 2000),
Fernando de Rúa
(Argentina, 2001),
Gonzalo Sánchez de
Lozada (Bolivia, 2003) y
Lucio Gutiérrez
(Ecuador, 2005). Pero,
como para desmentir, ahí
está el cuartelazo en
Honduras, el número 21
en la lista mundial de
los intentados o
consumados en el actual
siglo.
En África los golpes de
Estado proliferaron,
principalmente a partir
de la descolonización.
El primero fue el que
propinó en 1960 el
coronel Mobutu Sese
Seko, un militar
semianalfabeto, a
Patricio Lumumba,
presidente legítimo del
Congo Belga, actual
Zaire. Lumumba fue
asesinado con el apoyo
de la CIA. El último se
consumó en Madagascar el
17 de marzo de este año,
cuando el presidente
legítimo Marc
Ravalomanana fue
depuesto. Las Islas
Comoras tienen el récord
africano de más golpes
sufridos: más de 20 en
34 años de soberanía.
La vieja y estirada
Europa no escapa de esta
suerte de relatoría de
la historia golpista
internacional. España,
por ejemplo, hubo de
experimentarlos en su
territorio cinco veces.
La primera fue en 1923,
con el cuartelazo de
Primo de Rivera. Y la
última la fracasada
intentona de 1981,
encabezada por el
teniente coronel Tejero.
Tal vez algún lector
curioso se pregunte,
perplejo: «Bueno, ¿y por
qué en Estados Unidos
nunca se ha producido un
golpe de Estado, a pesar
de la pobreza en que
vive parte de su
población?» La
respuesta, medio en
broma y medio en serio,
la ofreció la presidenta
de Chile, Michele
Bachelet, en una
entrevista con un órgano
de prensa: «¡Porque en
Estados Unidos no hay
una embajada de Estados
Unidos!»
En efecto, ironía a un
lado, en el 30 por
ciento de los golpes de
Estado ocurridos en este
siglo en América Latina
tuvieron participación
las tropas
norteamericanas. La
cifra se aproxima al 70
por ciento si se habla
solo del Caribe y
Centroamérica. En todos
los casos, omnipresente,
tuvo incidencias «la
embajada americana». |