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El autor, periodista chileno, apunta
la posibilidad de que
estemos ante un golpe de
estado disuasorio que
buscaría desgastar al
reformismo personificado
en Zelaya y forzar un
escenario de negociación
que sirva a la
oligarquía para retomar
su perdida iniciativa
política.
Las fuerzas golpistas,
al igual que aquellas
que se les oponen, han
de tener sus
contradicciones
internas. Es probable
que haya elementos que
en estos momentos estén
fantaseando con un
retorno al gorilismo
puro y duro que asoló a
América Latina en
durante las cuatro
décadas pasadas. Pero
otros elementos deben
ser bien concientes de
que es altamente
improbable que esta
aventura golpista pueda
prolongarse por mucho
tiempo. Ellos saben que,
después del remezón
golpista al escenario
político hondureño, es
necesario tener un plan
B cuando haya que
re-establecer el orden
constitucional. Para
ellos el golpe sería
solamente un elemento
disuasivo dentro de una
estrategia más amplia
para retomar el control
absoluto y la iniciativa
política mediante el
desgaste político del
adversario.
El golpismo como un
elemento disuasivo fue
aplicado de manera
magistral en Haití
durante el primero
gobierno del sacerdote
reformista Jean Bertrand
Aristide. Luego de haber
sido derrocado en
setiembre de 1991
mediante un golpe
financiado y apoyado por
la CIA, Aristide se
refugia en EEUU, donde
comienza un largo
período de negociaciones
con las autoridades
norteamericanas (las
mismas que estaban
detrás del golpe) y,
tras una serie de
concesiones, es
reinstalado en el poder
tres años más tarde, de
la mano de 20.000 US
Marines que ocupan Haití
y dan por terminada la
dictadura de Cedras.
Durante este período,
los EEUU logran
«moderar» lo suficiente
a Aristide como para
que, al menos
momentáneamente, no
representara una
«amenaza»: se abandonó a
una posición básicamente
defensiva, tratando en
todo momento de aparecer
a los ojos del gobierno
de EEUU como una persona
tan razonable e
inofensiva como fuera
posible. Así, se
sumergió cada vez más en
un pantano de
concesiones y de
claudicaciones, dejando
a su pueblo a la espera
de que la solución
viniera de sus reuniones
y no de una ofensiva en
las calles y los montes.
Cuando Aristide es
devuelto al poder, llega
con él un paquete de
ajuste estructural a la
economía haitiana que
profundizó el modelo
neoliberal y con él la
creciente pauperización
de la sociedad.
Es probable que el
golpismo hondureño
busque mediante su
estrategia algo
semejante al ejemplo
haitiano (aunque en un
lapso temporal bastante
menor): ganar tiempo,
«moderar» a Zelaya
mediante el desgaste (en
ningún caso es un
radical) y buscar la
mediación internacional
para lograr un «acuerdo»
entre las partes que
termine de exorcizar
definitivamente el
espectro de reformas
sociales de alguna
significación. Haya o no
estado la CIA detrás del
golpe (y aunque no haya
estado directamente
-cosa que es probable-,
lo estaría
indirectamente pues
todos los generales
golpistas son herederos
de la Escuela de las
Américas, EEUU no tienen
hoy, por sí solos,
capacidad de jugar el
rol de «ablandar» a
Zelaya. Además, el
contexto actual
latinoamericano no lo
permitiría. Tal rol
quedaría en manos,
principalmente, de la
OEA, pero también de la
comunidad internacional
ampliada: UE y EEUU.
Rápidamente la
«comunidad
internacional» (incluida
la ONU) se ha
pronunciado en contra
del golpe y ha rechazado
la salida de Zelaya,
reiterándole su apoyo.
Este rechazo ha sido
particularmente
categórico entre los
países latinoamericanos
y los del ALBA.
Obama sostuvo una
posición ambigua, que se
puede entender como una
manera de tantear el
terreno, en que pedía «a
todos los actores
políticos y sociales en
Honduras que respeten
las normas democráticas,
el estado de derecho y
los principios de la
Carta Democrática
Interamericana», sin
rechazar el golpe ni
apoyar a Zelaya.
Solamente tras
señalamientos por parte
de Chávez y del
presidente de la
Asamblea General de la
ONU, Miguel D'Escoto,
respecto a la probable
intervención
norteamericana en el
golpe, EEUU terminan por
reconocer mediante un
anónimo funcionario del
Departamento de Estado
(más para salvar la cara
que otra cosa), que
Zelaya es el único
presidente legítimo de
Honduras.
Todo indica que la
oligarquía y el ejército
no podrán mantener el
golpe y que solamente
les queda ver cómo
logran una «solución
política» que pueda, de
momento, asumir la forma
de un «compromiso» de
ambas partes, pero que
la deje en pie de poder
volver a retomar su
dominio absoluto a
mediano plazo. Ese rol
político es el que puede
jugar la OEA, la cuál,
al igual que casi todos
los gobiernos, han
expresado su rechazo al
golpe no en términos del
contenido de clase
concreto que encarna,
sino desde la
abstracción de la
defensa del «estado de
derecho». Queda así
marcada la cancha para
ambos bandos: no se
acepta el desborde a la
Constitución ni por la
derecha ni por la
izquierda, o para ser
más precisos, se rechaza
el desborde por la
derecha, precisamente,
para evitar el desborde
por la izquierda. Lo que
se defiende es el
«estado de derecho» que,
en última instancia, es
en lo concreto el orden
social capitalista. Esta
cruzada
democrático-burguesa
puede ser liderada de
manera magistral por la
OEA, la cuál, en
palabras del director de
Human Rights Watch, José
Miguel Vivanco, «tiene
un papel clave que jugar
[para] encontrar
rápidamente una solución
multilateral a esta
ruptura de la democracia
en Honduras».
Con esta táctica, que
busca una solución
«multilateral» (con el
golpismo), la oligarquía
hondureña tratará de
abrirse un espacio
político en los canales
institucionales, donde
lleva la ventaja al
reformismo, a la vez que
sacar de la agenda
política cualquier
reforma sustantiva o
cualquier perspectiva de
radicalización del
proceso político.
De cómo se solucione
este conflicto,
dependerá el futuro del
cambio social en
Honduras: si la crisis
se soluciona por arriba,
primordialmente por los
canales institucionales
el resultado será, sin
lugar a dudas, el
compromiso y la
colaboración de las
partes, con el
consecuente retorno al
status quo; si la
crisis, en cambio, se
soluciona por abajo, y
el golpe es frenado
primordialmente por el
pueblo movilizado en las
calles está la
posibilidad de que el
pueblo avance hacia un
proyecto más radical y
que logre aplastar la
resistencia de la
oligarquía al cambio.
Aun cuando el resultado
estará lejos de ser la
revolución social,
dejará sentadas las
bases para que el pueblo
emprenda ese camino de
largo aliento, para el
que habrá ganado en
experiencia y en
confianza en sus propias
capacidades. Y esa
posibilidad si que hace
temblar a la oligarquía.
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