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Hasta que el presidente de Honduras,
Manuel Zelaya, no
retorne a Tegucigalpa,
con todos los poderes
establecidos en la
Constitución Política
del Estado de ese país
centroamericano, hay que
tener cuidado con la
política del “doble
carril”. Hay demasiada
experiencia en “Nuestra
América” sobre las
hábiles “movidas”
diplomáticas de la Casa
Blanca y de la capacidad
de sus organismos de
inteligencia para
generar confusiones y
finalmente salirse con
las suyas.
“La política del doble
carril” ha sido
desarrollada por Estados
Unidos en la década de
los 80 contra la
Revolución nicaragüense.
Las dos tácticas de una
misma estrategia
(derrotar al
sandinismo), se
tradujeron en la
combinación de la
guerra, cuya base
militar estaba en
Honduras, y el impulso
de diálogos demandados
por sectores opositores
a la intervención
militar pero contrarios
al entonces presidente
Daniel Ortega. Tanto la
organización y el
financiamiento de “los
contras” como la
fabricación de espacios
de diálogo sirvieron
para desgastar al
gobierno revolucionario.
En 1989, el FSLN perdía
el poder conquistado por
las armas en 1979.
Pero si el ejemplo
arriba señalado podría
ser descalificado por el
tiempo transcurrido o
justificado por haber
sucedido en plena Guerra
Fría, el caso Haití es
lo bastante demostrativo
de la doble moral con la
cual actúa la burguesía
imperial. El Domingo 29
de febrero 2004 un golpe
de Estado depuso al
presidente Jean Bertrand
Aristide. Estados Unidos
y la OEA condenaron
duramente la
interrupción de la
institucionalidad
democrática. Luego, una
carta de renuncia del
presidente haitiano fue
divulgada sin previa
confirmación. La
expectativa de los que
apostaban a presenciar,
producto de la posición
estadounidense, el
retorno del presidente
depuesto a Puerto
Príncipe, se fue
diluyendo conforme
pasaban los días y en la
medida que el imperio
trabajaba por abrir una
transición que tomara en
cuenta a los sectores en
conflicto.
Las declaraciones de la
Secretaria de Estado,
Hillary Clinton, a media
tarde del domingo 28 de
junio, parecen confirmar
los datos de la
experiencia histórica.
"Cuando yo hablo de
apoyar el trabajo de la
OEA es una cuestión de
trabajar con los
partidos en Honduras,
porque todos los
partidos involucrados
den un paso atrás y
mirar cómo sus
instituciones
democráticas deberían
funcionar", ha sostenido
la alta funcionaria
estadounidense. Qué
habrá querido decir
Clinton con que "se debe
entender que hay mucho
en juego para mantener
la democracia, no
queremos ir hacia atrás
y queremos que todos los
partidos jueguen un
papel responsable en ese
aspecto". Ojalá que el
“no ir atrás” no sea
avalar la destitución de
Zelaya, quien no cuenta
con el respaldo de los
partidos en el Congreso
Nacional, incluido el
partido liberal con el
cual ganó las elecciones
en 2005, por asumir
posiciones
latinoamericanistas, o
hacer un borrón y cuenta
nueva de tal manera que
los protagonistas del
Golpe de Estado –el
primero en la era
Obama-, no sean
enjuiciados y
condenados.
No hubo, ni con Dan
Restrepo ni con Clinton,
una condena al secuestro
de Zelaya ni al golpe de
Estado en los términos
que se esperaba de una
administración
interesada, según dice,
en reconstruir sus
vínculos con América
Latina. Por lo demás,
llama la atención que la
vicepresidente del
Congreso de Honduras,
Marcia Villeda, haya
declarado a la CNN que
durante más de una
semana se buscó una
solución que evitara la
consulta y que en los
diálogos participó el
embajador de EEUU, Hugo
Llorens.
Otras lecturas de los
sucesos de Honduras,
como el realizado por la
investigadora Eva
Golinger, conducen a
pesar en la
participación del
Pentágono y la CIA, lo
cual, de todas maneras,
levanta un montón de
interrogantes sobre la
real información
disponible por la
administración Obama
antes y durante el golpe
militar, aunque parece
ser una exageración
sugerir que la causa del
golpe habría sido
expulsar a los militares
estadounidenses de
Honduras.
Estados Unidos, que en
la primera mitad del
siglo XX encontró a la
United Fruit y a la
Rosario Minning
controlando casi el 100%
de la exportación de
bananos y minerales,
cuenta con una base
militar en Soto Cano, a
97 kilómetros de la
capital, y los militares
hondureños poco o casi
nada hacen sin el
consentimiento de sus
similares
estadounidenses. De
hecho, es poco probable
que los militares
hondureños hubiesen
activado este golpe sin
el consentimiento de los
altos mandos militares
asentados en ese país o
que la inteligencia
estadounidense, muy
activa en ese país
centroamericano, no se
hubiese percatado del
plan antidemocrático.
Lo que no hay duda es
que la reacción de la
Casa Blanca se fue
modificando conforme el
escenario hondureño e
internacional iba
mostrando una
contundente condena al
golpe de Estado que la
burguesía de ese país,
profundamente vinculada
a compañías
estadounidenses,
perpetró cobardemente y
apoyada en el silencio
mediático contra la
democracia y el gobierno
legítimamente
constituido. Al
principio Obama, en la
voz de Dan Restrepo,
expresó su preocupación
(no empleo la palabra
condena) por los hechos
acaecidos y exhortó a
“que los hondureños
resuelvan sus problemas,
sin la participación de
ninguna interferencia
extranjera”. En horas de
la tarde, el asesor de
la administración
demócrata para América
Latina reiteró casi las
mismas palabras.
Estados Unidos ha
terminado plegándose a
la condena internacional
liderada por los países
miembros del ALBA-TCP.
Otra cosa no podía hacer
y el costo hubiese sido
demasiado alto. Pero eso
no significa que la
burguesía imperial no
vaya a reeditar la
“política del doble
carril”. Su renuncia a
la subversión y
contrainsurgencia sería
negar su propia
naturaleza.
“Nuestra América” ya no
es la misma que la
década de los 70. La
rápida reacción de los
gobiernos progresistas y
revolucionarios ha sido,
a pesar del
comportamiento de los
medios de información
transnacional, decisivo
para evitar la
consolidación del
régimen de facto. Por lo
demás, si de medios se
trata, Telesur ha
demostrado, por si
quedaban dudas, cuan
acertada ha sido la
decisión de crearla.
Por eso, para que
Honduras no sea la
Nicaragua de los 80 y el
Haití de 2004, es
necesario incrementar la
presión de los pueblos y
gobiernos
“nuestroamericanos” y
mantenerse vigilantes
con lo que vaya a hacer
Estados Unidos. Honduras
puede ser un globo de
ensayo. |