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Hace
una semana que el pueblo
de Honduras recibe
golpes de la policía y
el ejército, es
perseguido, acosado con
amenazas y derrama su
sangre por exigir el
respeto a su voluntad:
¡que regrese a
Tegucigalpa el
presidente Zelaya!
¿Acaso esto es
desconocido por alguien
dentro o fuera de
Honduras? ¿Constituye
esto un derramamiento de
sangre hondureña a causa
de la defensa de la
verdadera democracia y
de la Constitución
nacional, o no?
Por otra parte, las
demostraciones
efectuadas en respaldo
al gobierno de facto,
encabezado por
Micheletti, no son
atacadas por la policía,
ni por los militares
armados y parapetados
detrás de escudos
antimotines ¿Qué
significa esta
distinción? ¿Qué se
pretende demostrar
aplicando la violencia a
una mayoría, mientras se
protege a una minoría,
que, aparentemente,
respalda la acción
usurpadora de un
gobierno de facto, sin
legalidad alguna, que es
rechazado tanto
internamente, como por
los gobiernos y
organismos
internacionales de la
región y mundiales? ¿A
quien se debe apoyar y
respaldar?
Rigoberta Menchú,
presente en Tegucigalpa,
señalaba la complejidad
del conflicto creado en
Honduras, precisamente
por la represión y la
violencia desatada
contra la población que
defiende el gobierno y
el Presidente por quien
votó, y contra quien se
rebelaron ilegalmente
las fuerzas
reaccionarias utilizando
como velo de
consagración a la propia
legalidad manipulada en
su particular beneficio.
Ahora sienten miedo de
sus propios actos y de
sus consecuencias, les
aterran sus
irresponsabilidades ante
un pueblo que no los
admite, ni concuerda con
sus ideas y acciones
antidemocráticas.
El regreso de Zelaya,
tan esperado, tan
deseado por el pueblo
hondureño es una
necesidad, no un
capricho personal. Hasta
el momento, ni las
declaraciones, condenas,
retirada de embajadores,
e inclusive sanciones
internacionales - como
la recientemente
aprobada por 33 votos de
otros tantos Estados
miembros, en la
Organización de Estados
Americanos que ha
suspendido a Honduras de
su derecho de
participación en esa
Organización- han hecho
mella en la posición
irracional del gobierno
usurpador.
El pueblo está en las
calles, el pueblo aclama
al presidente Zelaya,
espera su llegada para
su restitución
inmediata. ¿Habrá fuerza
alguna que detenga la
voluntad de ese pueblo
enardecido? ¿Alcanzarán
las armas y los armados
hasta los dientes en su
contra, para evitar que
Zelaya sea conducido
hasta la casa
presidencial y que
reorganice la defensa de
su pueblo? Sin dudas la
respuesta histórica a
estas preguntas es lo
que con más certeza
temen las fuerzas
golpistas hondureñas.
Ellos intentan,
preventivamente, echar
las culpas del posible
“baño de sangre” al
propio presidente, y a
quienes lo apoyan en su
justo propósito dentro y
fuera del país. Pero,
¿es que no vale el
terror y la sangre que
ya ha corrido y corre
por las calles de
Honduras?
Se corre el riesgo de
una
internacionalización
del conflicto hondureño.
De agredir a alguno de
los altos representantes
que acompañarán al
Presidente Zelaya, o
ignorar la autoridad
moral y legal
internacional de que
están investidos, la
situación se convertiría
en algo mucho más grave,
sin precedentes y muy
peligroso para América;
no habría exclusiones
para posibles neutrales
en la región. Esta es
otra arista delicada del
asunto, muy
irresponsablemente
ignorada, o no percibida
en medio de su miopía
política, por los
“irracionales” que
conforman el gobierno
usurpador.
¿Qué pasará hoy? No me
asiste ningún argumento
de peso para poner en
duda que el pueblo de
Honduras, decidido por
una causa justa y en
valiente pelea por ella
junto a su Presidente
¡Vencerá! |